Pasado y Presente.¿CUÁL ES EL NOMBRE DE LA CAPITAL DE LA REPÚBLICA?  

Juan Daniel Balcácer

Los dominicanos familiarizados con el acontecer político vernáculo son conscientes que de un tiempo acá las Cámaras legislativas, reunidas en Asamblea Nacional, sesionan para conocer y revisar el ante proyecto de Constitución Política sometido por el Poder Ejecutivo para su aprobación. Como es de esperar que acontezca en un sistema democrático, pluralista y representativo, como elque prevalece en la República Dominicana, es natural que los distinguidos congresistas, representantes de diferentes organizaciones políticas, introduzcan algunas variaciones al texto original que les sometió el Poder Ejecutivo de forma tal que al final los dominicanos dispongamos de Pacto Fundamental adecuado a las necesidades de una nación moderna. Hay muchas expectativas respecto de la reforma constitucional en curso, pues se sabe que el legislador, además de reafirmar principios jurídicos hace tiempo en vigor y que son inalterables por su naturaleza, habrá de introducir novedosos cambios con el fin de entregarle al país una Carta Sustantiva moderna…

Sin embargo, he podido constatar al examinar el articulado que ya ha sido aprobado por los congresistas, que existe un tema relacionado con el nombre auténtico e histórico de la capital de la República Dominicana que, a diferencia de lo propuesto por el Poder Ejecutivo, los asambleístas han decidido mantener tal y como erradamente figura en nuestra Constitución desde 1966. Según la propuesta del Poder Ejecutivo el nombre de la capital de la República es simplemente SANTO DOMINGO; pero a partir de 1966 el legislado inadvertidamente tal vez la llama SANTO DOMINGO DE GUZMÁN. Parece un tema trivial, tautológico, sostendrán algunos, pero estimo que no lo es si nos ceñimos a la realidad histórica.

Origen histórico del nombre.Hacia 1498, no hay seguridad en torno al día ni al año, el Adelantado Bartolomé Colón, hermano del Gran Almirante, fundó sobre la margen oriental del río Ozama una ciudad a la que bautizó con el nombre de Santo Domingo, en honor al Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden de predicadores cuyos integrantes son los frailes conocidos como “dominicos” o “dominicanos”. Fray Cipriano de Utrera es de opinión de que otras dos razones también influyeron en la escogencia de dicho nombre: 1) que el día en que el Adelantado llegó al lugar donde se erigió la pequeña villa era domingo; y, 2) que el padre de los Colón se llamaba Domingo. En 1502, tras ser devastada por un huracán, el gobernador Frey Nicolás de Ovando dispuso que la ciudad de Santo Domingo fuera erigida sobre la margen occidental del río Ozama, donde se encuentra actualmente.

La isla Española, bautizada así por el Gran Almirante, porque sus valles y vegas eran “de las más hermosas del mundo y cuasi semejables a las tierras de Castilla”, tuvo por ciudad principal y asiento de sus principales autoridades, a la ciudad de Santo Domingo, luego conocida como Ciudad Primada de América.

Durante varios decenios del siglo XVI, el territorio insular fue conocido como Isla Española; sin embargo, a partir de 1550 en diversos documentos también se le identifica como Isla Española o de Santo Domingo. Este último nombre finalmente se impuso en razón de la importancia que adquirió en el viejo continente la Ciudad Primada de América, siempre llamada Santo Domingo, sin el Guzmán. Aquí se estableció la Real Audiencia de Santo Domingo y cuando se elevó la sede episcopal se le llamó Arzobispado de Santo Domingo.

Desde inicios del siglo XVII, a los oriundos de la Isla de Santo Domingo se les conoció, según consta en una Real Cédula de 1621 y en varios documentos postreros, con el gentilicio de “dominicanos”, que deriva del sustantivo Domingo. Así, pueblo de Santo Domingo, ciudad de Santo Domingo e isla de Santo Domingo fueron siempre identificados sin el Guzmán.

El nombre de la ciudad capital y la Constitución.En noviembre de 1844, tras la proclamación de la REPÚBLICA DOMINICANA el 27 de febrero de ese mismo año, fue sancionada la primera Constitución Política dominicana, en la villa de San Cristóbal. El Artículo 6, título II, dice textualmente: “La ciudad de Santo Domingoes Capital de la República y asiento del Gobierno”. Esta disposición se mantuvo en vigor en todos nuestros textos constitucionales hasta 1942.

En la revisión constitucional de diciembre de 1854, el legislador usó por primera vez el apellido GUZMÁN al enumerar los nombres de las cinco provincias que entonces conformaban el territorio de la República. En el Art. 3 de esa Carta Magna se lee: “Las provincias actuales: Compostela de Azua, Santo Domingo de Guzmán, Santa Cruz del Seibo, Concepción de La Vega y Santiago de los Caballeros”. No obstante, en el Art. 20, “Del Poder Legislativo”, se mantuvo el criterio de que “la ciudad de Santo Domingo es Capital de la República y asiento de los Poderes Supremos del Estado”.

El nombre de la Provincia de Santo Domingo de Guzmán figuró en nuestros textos constitucionales hasta la reforma de 1879, cuando se omitió el apellido Guzmán y simplemente se consignó que la Provincia sede del gobierno central se llamaba Santo Domingo, al igual que la ciudad capital.

Salvo la Constitución de 1858, mejor conocida como la Constitución de Moca, que designó a la ciudad de Santiago como Capital de la República y sede del gobierno nacional, todas las reformas que tuvieron lugar en el siglo XIX mantuvieron invariable el nombre de la ciudad capital como SANTO DOMINGO, sin el Guzmán.

Santo Domingo en las Constituciones del siglo XX.Desde 1907 hasta 1942, el legislador, al momento de reformar la Carta Sustantiva de la nación, siguió la tradición decimonónica designando a la ciudad de Santo Domingo, SIN EL GUZMAN, como capital de la República y asiento del Gobierno nacional. Las leyes, decretos y resoluciones emanadas de los diferentes Poderes del Estado concluían lógicamente de esta manera: “Dado en Santo Domingo, capital de la República, a los… etcétera”.

Se recordará que en la revisión constitucional de 1942, el Artículo 4 creó el Distrito Nacional de Santo Domingo y en el Art. 5 se consignó el cambio de nombre de la capital de esta manera: “La antigua ciudad de Santo Domingo, hoy Ciudad Trujillo, es la Capital de la República y asiento del Gobierno nacional”. Esta disposición se mantuvo en vigor hasta la revisión de diciembre de 1961, que suprimió el nombre de “Ciudad Trujillo” y le devolvió a la ciudad capital el antiguo nombre de SANTO DOMINGO, sin el Guzmán, disposición que se mantuvo vigente hasta 1966.

En la reforma constitucional del 29 de noviembre de 1966, el legislador, tal vez inadvertidamente, consignó, en el Art. 6 que: “La ciudad de Santo Domingo de Guzmán es la capital de la República y el asiento del gobierno nacional”. Lógicamente, desde entonces todos los decretos y leyes emanados del Poder Ejecutivo y del Congreso Nacional, concluyen de la siguiente forma: “Dado en la ciudad de Santo Domingo de Guzmán…”

Conclusión.   El nombre correcto de la capital de la República Dominicana es SANTO DOMINGO, sin el Guzmán.Nunca antes, ni en las constituciones del siglo XIX, ni en las del XX (salvo la reforma de 1966), se usó el apellido Guzmán para referirse a la ciudad capital.

El único caso que puede haber generado cierta confusión, y por eso fue sabiamente corregido en 1879, tuvo lugar a partir de la reforma de diciembre de 1854 cuando se le llamó Santo Domingo de Guzmán a la Provincia, mas no a la Ciudad Capital de la República, que siguió siendo llamada por su original nombre histórico: Santo Domingo, sin el Gumán.

El autor es historiador. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

 

 

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Tres Repúblicas y dos efemérides*

 

Juan Daniel Balcácer

Desde que el de febrero de 1844 fue proclamado el Estado dominicano, “libre e independiente de toda dominación extranjera”, bajo el nombre de República Dominicana, el legislador dominicano consagró en nuestra Carta Magna que cada aniversario de ese memorable acontecimiento sería considerado “día de fiesta nacional”.

La República creada por los trinitarios desapareció a partir del 18 de marzo de 1861 cuando el general Pedro Santana declaró la anexión de Santo Domingo a España. Consecuencia de ese proceder inconsulto nuestra soberanía se desvaneció y los dominicanos, bajo la modalidad de provincia ultramarina de la antigua Madre Patria, pasamos a ser gobernados por extranjeros. El Estado dominicano, pues, o su expresión jurídico-política, la República Dominicana, desapareció en 1861 para reaparecer dos años después por obra de los patriotas dominicanos —integrados por la gran mayoría del pueblo—, quienes el 16 de agosto de 1863 iniciaron una guerra de liberación nacional que culminó triunfante el 12 de julio de 1865, cuando las tropas españolas abandonaron Santo Domingo.

Con posterioridad a la Guerra de la Restauración —que el Maestro Hostos consideraba nuestra auténtica independencia—, el constituyente dominicano, consciente de la magnitud y trascendencia continental de la revolución restauradora, hizo consagrar en la Reforma Constitucional de 1866 que el 16 de Agosto —en adición al 27 de Febrero— también era “día de fiesta nacional”. A partir de entonces dentro de las Disposiciones Generales que contiene nuestra Constitución (Ver Artículo 98 de la Constitución de 1966, que está en vigor), se lee: “Los días 27 de Febrero y 16 de Agosto, aniversarios de la Independencia y la Restauración de la República, respectivamente, son de Fiesta Nacional”.

Cualquier persona familiarizada con el estudio de la historia dominicana podrá advertir que diferentes textos de Historia Patria, con los cuales se han formado diversas generaciones, presentan una división periódica del acontecer político, social y económico de la nación. En los referidos textos, en cuanto atañe a nuestra vida republicana, algunos autores han preferido la siguiente división: Primera República, que transcurre desde 1844 hasta 1861; Segunda República, lapso comprendido entre el 1865 y el año 1916, cuando nuestro país fue ocupado militarmente por la Infantería de Marina de los Estados Unidos de Norteamérica; y, finalmente, Tercera República, período que tiene lugar desde el 12 de julio de 1924, cuando los interventores norteamericanos abandonaron Santo Domingo, hasta la época actual.

Hay quienes sostienen que es innecesario hablar de “tres repúblicas”, porque en realidad sólo ha existido una sola, la del 27 de Febrero de 1844. En cierto sentido tal razonamiento, además de lógico, es histórico y exacto. Sin embargo, debido a lo accidentado de nuestro devenir histórico y, sobre todo, a las interrupciones institucionales que hemos padecido, consecuencia fundamentalmente de la injerencia de potencias extranjeras en nuestros asuntos internos, es preciso, incluso para facilitar una mejor comprensión de esos fenómenos sociales, que hablemos de una Primera República, una Segunda República y otra Tercera República.

¿Por qué? “Porque —según el historiador Pedro Troncoso Sánchez— en nuestra accidentada vida republicana hemos tenido dos momentos en que se ha interrumpido institucionalmente la República.

“Fueron dos momentos de solución de continuidad, dos hiatos, en la vida de la República: de 1861 a 1863 y de 1916 a 1924. De hecho, o de jure, como pudiera afirmarse respecto de la primera interrupción, dejó de haber un gobierno dominicano, formado por dominicanos, para estar constituido por extranjeros que se subrogaron en la soberanía dominicana. En 1965 hubo un desembarco de tropas extranjeras pero en ningún momento dejó de haber gobierno dominicano”.

“De modo que existiendo esos dos hiatos en nuestra vida republicana es forzoso denominar de alguna manera los tres períodos divididos por esos dos hiatos” (Ver: “En el 50 Aniversario de la Reinstalación del Gobierno Nacional”, Clío, 1974).

Transcurridos los ocho años de eclipse de nuestra soberanía nacional, durante el interregno 1916-1924 —del cual según el doctor Américo Lugo los dominicanos salimos “sin un solo hueso sano”—, la bandera de los Estados Unidos fue arriada el 12 de julio de 1924 de la Torre del Homenaje y de las oficinas públicas en todo el país, y en su lugar fue izada la gloriosa bandera tricolor de los trinitarios, fundadores de la República de Febrero.

Ese día, además, se instalaba el gobierno constitucional, que presidiría el general Horacio Vásquez, ganador de los comicios generales celebrados en el mes de marzo. Apenas cuatro días antes, el presidente provisional de la República, don Juan Bautista Vicini Burgos, emitió el Decreto No. 246 que declaraba día festivo el 12 de julio de 1924, así como el día anterior, “con motivo de los diferentes actos que se celebrarán en ocasión de la instalación del Gobierno Constitucional de la República”.

En ese mismo año el gobierno del general Horacio Vásquez promovió una reforma a nuestra Carta Magna, pero el legislador no declaró “día de fiesta nacional” el 12 de julio de 1924, sino que se limitó a consignar que el 27 de Febrero y el 16 de Agosto, eran los “únicos días de fiesta nacional”. ¿Qué ocurrió? ¿Acaso no se quería herir susceptibilidades en la Administración republicana de Warren Harding, festejando como efemérides independista el día de la retirada definitiva de las tropas militares de nuestro país? ¿O el culto desmedido al caudillismo impidió que se le confiriera al 12 de julio de 1924 la categoría de “día de júbilo nacional” y a su principal propulsor, el licenciado Francisco J. Peynado, el reconocimiento de su condición de Prócer de la Tercera República?

Se trata de meras conjeturas e interrogantes. Pero lo cierto es que los dominicanos, al referir nuestro acontecer republicano hablamos de la Primera República (1844-1865); la Segunda República (1865-1916); y de la Tercera República (1924 hasta el presente). De las dos primeras Repúblicas en nuestro país, por mandato constitucional, el 27 de Febrero y el 16 de Agosto se celebran como “día de fiesta nacional”. ¿Qué ocurrió con el 12 de Julio de 1924? La fecha, sin duda, ha sido relegada al olvido. Mientras, los estudiosos de nuestra historia se encuentran con esta incongruencia: que los dominicanos tenemos “tres Repúblicas”, pero solamente celebramos las fechas conmemorativas de dos de ellas. ¿Qué sucedió con la fecha que rememora el nacimiento de la Tercera República? Me permito presentar el tema para la reflexión particular de cada lector…

(*) Originalmente publicado en El Siglo, el miércoles 4 de mayo de 1994.

 

Vicisitudes de Duarte

 

Juan Daniel Balcácer

Advertencia

El presente libro está conformado por escritos de diferentes épocas, algunos publicados parcialmente, otros totalmente inéditos, pero que, vistos en conjunto, comprenden una unidad temática: las penurias que Duarte padeció en vida; y los obstáculos que después de su muerte fue menester superar para que la posteridad le reconociera sus méritos de indiscutible libertador del pueblo dominicano.

Vicisitudes de Juan Pablo Duarte, texto que le da título a la obra que el lector tiene en sus manos, fue el discurso de ingreso de quien escribe como Miembro de Número a la Academia Dominicana de la Historia. Gran parte de su contenido al igual que algunos de los capítulos referentes a la polémica entre sanchistas y duartistas, a la supuesta huida del patricio en 1843, a las acusaciones que recibió, al cabo de proclamada la República, por alegada malversación de fondos, y a los títulos que algunos autopres cuestionan de Fundador de la República y Padre de la Patria, proceden en su casi totalidad de la investigación que realicé hacia 1980 cuando asumí la defensa de Juan Pablo Duarte en el célebre debate sostenido con el colega historiador José Aníbal Sánchez Fernández.

El trabajo “¿Tuvo Duarte esposa e hijos?” fue elaborado hace algunos años, correspondiendo a una solicitud de la Sociedad Dominicana de Genealogía cuando esta institución era presidida por el historiador Julio Campillo Pérez, y forma parte de la respuesta que ofrecí a ciertos planteamientos formulados por el licenciado Raimundo Tirado en relación con la supuesta descendencia de Juan Pablo Duarte.

En el apartado “Duarte, ese gran desconocido” se evidencia el alarmante nivel de desconocimiento que existe entre la generalidad de nuestros compatriotas acerca del Padre de la Patria y de su formidable legado político. Esa realidad deviene más dramática aún, cuando constatamos que, a pesar de que existe una ley que hace obligatorio el estudio y difusión de la vida y obra del Fundador de la República, el esfuerzo oficial desplegado en ese sentido por lo general ha resultado sobremanera tímido.

Los breves datos biográficos que aporto acerca de la madre de Duarte, Manuela Diez, al igual que de sus demás hijos, muestran cómo la represión desatada por el gobierno santanista, ensañado contra todo lo que simbolizara o representara a Juan Pablo Duarte, ni siquiera respetó la tranquilidad del inofensivo hogar de esa desdichada familia.

Finalmente, en calidad de apéndice, hemos incluido una selecta bibliografía duartiana, a fin de facilitar la labor de investigación de quienes se propongan conocer con mayor amplitud la vida y obra del principal Padre de la Patria.

En la sociedad dominicana se ha desperdiciado bastante tiempo prodigando ditirambos y pleitesía a conspicuas figuras del caudillismo político tradicional. Ha llegado el momento de superar ese lastre del pasado, de mirar al porvenir y reivindicar a los auténticos paladines de nuestras gloriosas epopeyas históricas. Es época de justicia. ¡Comencemos con Duarte!

 

J.D.B.
Santo Domingo, agosto de 1998.

 

 

 

 

 

 

El extremismo de Juan Pablo Duarte

El historiador Vetilio Alfau Durán, uno de los más profundos conocedores del proceso histórico del pueblo dominicano, en cierta ocasión resumió las vicisitudes de Juan Pablo Duarte con esta lapidaria sentencia:

“Ninguno de los altos próceres de América que en la lucha por la libertad se agigantaron, ha sido tan detractado y tan injustamente negado como Juan Pablo Duarte, en vida y en muerte”.

Duarte es un singular ejemplo de devoción y entrega a la causa de la libertad de nuestro pueblo: por los riesgos y peligros que afrontó en el decurso de esa lucha redentora; por los innumerables obstáculos que superó a lo largo del proceso independentista; por el alto precio político y familiar que pagó, al no brindarse para que su liderazgo se convirtiera en fuente de discordia entre sus compatriotas; y, sobre todo, por el injusto olvido al que fueron relegadas su vida y su obra política, por virtud del caudillismo y del desmedido culto a la personalidad imperantes en la sociedad dominicana desde los tiempos de la Primera República.

Debido a su sólida formación política, a su vocación democrática y a su nacionalismo intransigente, Duarte luchó para que luego de la separación de Haití el pueblo de Santo Domingo, o, lo que es lo mismo, el pueblo dominicano, disfrutara de un sistema de gobierno republicano, democrático y alternativo, en el que prevaleciera la igualdad de derechos para todos los ciudadanos.

Durante el proceso de cristalización de esos objetivos fue necesario enfrentar a poderosos sectores sociales que descreían de la doctrina política que profesaban los duartistas. Esos enfrentamientos provocaron que, después de proclamada la República, los revolucionarios fueran perseguidos como si se tratara de criminales merecedores de la vindicta pública, acusados de conspirar contra la estabilidad del gobierno que contribuyeron a crear y que, ulteriormente, fueran deportados del país a perpetuidad.

El destierro fue, pues, el precio político más alto que Duarte y su familia pagaron por su vertical posición nacionalista. Sin embargo, no fueron los haitianos quienes expatriaron al Padre de la Patria, sino un grupo de sus propios compatriotas por quienes también luchó para que vivieran al amparo de un régimen republicano y auténticamente democrático. Esa amarga realidad debió tener un severo impacto en la psiquis del Patricio y, probablemente, originó una profunda depresión que le indujo a mantenerse aislado del país durante cuatro lustros.

Ortega y Gasset plantea que cuando un hombre pasa de una determinada situación satisfactoria a una situación desesperada, por lo general suele alejarse, retirarse, distanciarse de su entorno natural en busca de esa situación de satisfacción que ha perdido. Ese individuo, en consecuencia, deviene apto para entrar en una fase de negativismo, estoicismo, ascetismo o de extremismo respecto del hábitat natural de sus actividades anteriores.

Si entre los objetivos fundamentales del partido duartista se hallaban la separación definitiva del gobierno haitiano, la proclamación de una República independiente y que los dominicanos tuvieran la oportunidad de emprender la marcha hacia el desarrollo político, social y económico, es evidente que en términos generales tales propósitos comenzaron a cristalizarse como consecuencia del grito independentista de la Puerta del Conde. Situación de satisfacción para Duarte; pero las complicaciones políticas e ideológicas que surgieron en el seno de los grupos actuantes en aquel escenario, produjeron un choque de intereses entre duartistas y conservadores que culminó con el fracaso político de los primeros. Situación de desesperación para Duarte; lo cual explica que el Patricio se viera colocado forzosamente frente a esta alternativa: o se incorporaba a las pugnas internas por el poder político, con lo cual –según su cosmovisión- contribuía a la desunión de la familia dominicana; o se mantenía alejado del teatro de los acontecimientos, en el exilio. Colocándose en una situación extremista, Duarte escogió la segunda opción y se perdió en las selvas del Amazonas, en Venezuela.

“El extremismo –afirma Ortega y Gasset– es el modo de vida en que se intenta vivir sólo de un extremo del área vital, de una cuestión o dimensión o tema esencialmente periférico. Se afirma frenéticamente un rincón y se niega el resto”.[1]

Durante poco más de doce años, amigos y familiares de Duarte no tuvieron noticias de su paradero. Se podría afirmar, conforme a las reflexiones de Ortega y Gasset, que, desesperado porque su proyecto político no prosperó del todo y acaso convencido de que el pueblo dominicano no alcanzaría un estadio de desarrollo ideal por el camino que transitaba los conservadores, Duarte decidió adoptar una actitud extremista y retirarse, como en efecto lo hizo, a una vida de sencillez, alejado de su país, en donde pudo haber disfrutado de las comodidades que brinda el poder, en caso de haber transado con los afrancesados.

Esa decisión del Patricio, criticada por algunos autores y admirada por otros que identifican en ella otro rasgo más de nobleza, de escrúpulos y de desinterés personal por el poder político, en modo alguno implicó una renuncia a su convicción democrática y nacionalista. Porque aun cuando el individuo se halle colocado en una posición de extremismo y de alienación respecto de su entorno natural, hay casos en que éste no reniega de ciertos aspectos vitales de su existencia ni de sus creencias filosófico-políticas. Así, en determinada circunstancia, ese individuo emerge de su aislamiento y retorna “a todo cuanto había intentado prescindir”, como aconteció con Juan Pablo Duarte.[2]

De manera que si bien líder del partido duartista, en una etapa específica de su vida, desesperado y acorralado por quienes le adversan políticamente, opta por aislarse de la patria que ha contribuido a liberar; postreramente, tras enterarse de que su magna obra política, la República Dominicana, ha sido sacrificada y aniquilada a raíz de la anexión a España, y, más aún, cuando constata que su pueblo, rechazando tal ignominia, ha reiniciado la lucha para rescatarla, decide retornar al país e incorporarse a la guerra restauradora. Al proceder así, Duarte concluye su trayectoria pública de la misma manera en que la comenzó: luchando por darle a su pueblo la libertad anhelada. Sin embargo, el regreso a la Patria no sería definitivo y, al cabo de tres meses, los avatares del devenir político criollo de nuevo inducirían al apóstol de los trinitarios a abandonar el país, esa vez para siempre.

“A raíz de proclamada la separación de Haití –escribió el historiador Manuel Arturo Peña Batlle–, constituida ya la República Dominicana, tal como la concibiera su ilustre progenitor, varón de virtudes todavía no bien conocidas de sus compatriotas; a raíz de ese suceso trascendental, las aspiraciones torcidas, las ambiciones solapadas, el afán de preponderancias, de los que hasta el momento antes habían estado sirviendo a los intereses haitianos, desataron sus fuerzas invisibles y determinaron para mucho tiempo, la profunda división de tendencias, que, nacida al día siguiente de creada la República, se ha mantenido inalterada hasta nuestros propios días.

“Esa es la abrumadora verdad histórica que caracteriza aquella época. Antes de nacer, nos condenamos a morir nosotros mismos, hubo voluntades concentradas en el mal, pensamientos inspirados en el mal, y entonces, dolorosamente venció el mal. Los buenos, los puros, fueron ridiculizados: la frente poseída de Duarte, fue blanco de la rechifla soez, del insulto grosero, de la imputación infame, el brazo potente, la recia musculatura de Santana, ajena al bien como al mal, sostén salvador en un momento, se impuso al país y a sus hombres. Santana se armó contra Duarte, el pensamiento y lo venció”.[3]

“Después de ese momento, después de esa lucha, que fue a muerte, después de la caída estrepitosa de los febreristas, después del fracaso lastimoso del ideal trinitario, expresado en el fracaso de Duarte; después de eso, no ha habido en Santo Domingo, un duelo tan tremendo, una corriente de civismo tan intensa como aquella: el gesto inmaculado de Duarte, al caer, no ha sido superado en ningún momento. Es único. Se sacrificó, en toda la extensión del sacrificio, a la idea, la salvó definitivamente, inmolándose en su holocausto. Si Duarte no se resigna vencido, si no renuncia a sí mismo, a sus aspiraciones, a sus ambiciones, a su propia personalidad, hubiera sacrificado el Ideal y oscurecido su Apostolado… Sin embargo, el ideal se salvó porque Duarte, gran corazón y gran pensamiento, supo vivir para el ideal; porque Duarte supo morir para que su muerte diera aliento supremo al apostolado de su vida. Tal fue la misión de aquel gran hombre: sacrificarse a su concepción”.[4]

Admirable ejemplo de consistencia política e ideológica nos brinda la trayectoria pública y privada de Juan Pablo Duarte. Se trata de un extraordinario caso de civismo y de patriotismo sin par en nuestra historia política.

Pese a sus críticos, que no son muchos, Duarte adquiere una estatura histórica inconmensurable, tanto en la magnitud de su holocausto personal como en la dimensión del proyecto independentista que concibió su mente preclara a fin de legarnos una República Dominicana libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera.[5]

Lo demás, como dijo Hamlet, es silencio…
Duarte, ese gran desconocido

Un poema de Jorge Luis Borges, en Los Conjurados, describe los aciagos momentos finales de Cristo en la cruz. Lo imagina agonizando frente a la plebe, que lo acosa. Admite que la corona de espinas, sobre su cabeza, le lastima; que antes de morir, Cristo “piensa en el reino que tal vez le espera”; y que nos ha legado “espléndidas metáforas” así como “una doctrina del perdón que puede anular el pasado”. El autor del Aleph termina su poema con estos versos que cuestionan si valió la pena que Cristo se inmolara, sacrificando su propia vida, por la humanidad:

“¿De qué puede servirme que aquel hombre

                                   haya sufrido, si yo sufro ahora?”.

Juan Pablo Duarte, que no era santo sino hombre de carne y hueso, en el plano filosófico fue un fervoroso devoto de la doctrina religiosa preconizada por Jesús. En el ámbito de la civilidad, el Padre de la Patria fue un vigoroso defensor de la libertad y autodeterminación de su pueblo. Profesó una doctrina política fundamentada en el sistema democrático y cuando pocos de sus coetáneos creían en la viabilidad de un proyecto independentista sin injerencias foráneas, luchó por proporcionarle a su pueblo un Estado libre e independiente de toda dominación extranjera.

Por sus principios políticos e ideológicos, que orientó al beneficio de la colectividad, Juan Pablo Duarte lo sacrificó prácticamente todo: su juventud, sus bienes de familia y su vida toda la dedicó a la sagrada causa de la libertad. No reclamó –ni esperó– retribuciones materiales por su sacrificio. Tan sólo aspiró a ver su pueblo, al igual que lo eran el haitiano, el francés, el español, el inglés y el norteamericano, constituido en un Estado republicano autónomo.

Puede afirmarse que el sueño de Duarte se convirtió parcialmente en realidad a partir del 27 de febrero de 1844. Pero al tiempo que para los dominicanos se inició una nueva Era, para el Fundador de la República comenzó un lamentable calvario de tormentos que lo conduciría primero a las mazmorras santanistas y luego al ostracismo de la tierra que le vio nacer y por la cual sacrificó sus anhelos y sueños juveniles.

A partir de septiembre de 1844 el nombre de Duarte devino sinónimo de palabra infame y, por virtud del personalismo que entonces imperó en el país, durante 40 años no se le mencionó ni se le reconoció mérito alguno.

Durante la Primera República el desmesurado culto a la personalidad y al caudillismo impuso la práctica de rendir pleitesías al general Pedro Santana o al general Buenaventura Báez, en fin, al caudillo político de turno. Esa fatídica tradición continuaría, aún después de la guerra restauradora, a lo largo de la Segunda República; se opacaría tenuemente durante el interregno 1916-1924, para reaparecer vigorosa con el advenimiento de la Tercera República, manteniéndose vigente hasta nuestros días.

En el decurso de la historia republicana del pueblo de Santo Domingo, si bien es verdad que desde 1894 a Juan Pablo Duarte se le venera oficialmente como Padre de la Patria y principal líder del partido nacionalista que promovió la separación de Haití y la proclamación de la República Dominicana, no menos cierto es que ese insigne revolucionario, pese a la diversidad de estudios biográficos que existen acerca de su impoluta trayectoria pública y de su magna obra política, todavía es un gran desconocido entre muchos dominicanos. Oficialmente apenas se le recuerda dos veces al año: el 26 de enero, cuando se festeja su fecha natalicia, y el 27 de febrero, cuando la nación conmemora el aniversario de la fundación de la República. Por lo general hay júbilo en ambas ocasiones; pero descreo del auténtico fervor patriótico con que se celebran esas efemérides porque al parecer la alegría colectiva obedece, más bien, a que se trata de días festivos, esto es, no laborables y en los cuales no se imparte docencia. Salvo esas dos fechas, durante el resto del año jamás se vuelve a mencionar el nombre de nuestro Patricio mayor.

Tal desidia o desdén genera una especie de olvido colectivo respecto del hombre y su trascendente obra. Para muestra, basta un botón: al examinar un boletín emitido en octubre de 1993 por la Oficina Nacional de Estadística, acerca de la cantidad de dominicanos y extranjeros que entre 1991 y 1992 visitaron nuestros museos, constatamos que durante ese período 689,632 personas, dominicanos y turistas, visitaron los siguientes museos: Hombre Dominicano (80,747); Historia Natural (34,128); Historia y Geografía (43,169); Arte Moderno (170,941); Casas Reales (75,570); Alcázar de Colón (280,774); Histórico de Baní (3,636); y sólo 767 personas visitaron la casa donde nació Juan Pablo Duarte, el 26 de enero de 1813, ubicada en la calle Isabel la Católica No. 308, convertida desde 1967 en sede del Instituto Duartiano y en Museo de Duarte.

Este último dato es sobremanera desalentador cuando comprobamos que de las setecientos sesenta y siete (767) personas que acudieron al museo de Duarte, 19 eran profesores (presumo que acompañaban algún grupo de alumnos); 375 apenas eran estudiantes, de ambos sexos; 366 adultos y siete extranjeros, lo cual representa un 1.12% del total de visitas de profesores, estudiantes y público en general, nacionales y extranjeros, a los museos antes mencionados.

Hay otro ejemplo, todavía más alarmante. En 1994, el Proyecto para el Apoyo a Iniciativas Democráticas (PID), realizó una encuesta nacional acerca de la cultura política de los dominicanos y sus valores y actitudes en relación con el autoritarismo y la democracia. Pues bien, cuando la DEMOS 94 indagó sobre la persona más admirada del país, los encuestados expresaron su opinión de esta manera: en primer lugar, un 36.0% (más de una tercera parte de los entrevistados) nombró algún familiar, principalmente la madre, como la persona más admirada. En segundo lugar, el doctor Joaquín Balaguer concitó la admiración del 22.1% de los encuestados; mientras que apenas un 5.0% de los entrevistados dijo admirar a Juan Pablo Duarte. Como nota curiosa conviene resaltar que los distinguidos cientistas sociales que dirigieron esta encuesta destacan, como hallazgo sorprendente, que en ese momento la mayoría de los entrevistados identificó al doctor Balaguer como al líder que más había contribuido al desarrollo de la democracia en la República Dominicana.[6]

Apenas tres años después de la aludida encuesta, esto es, en 1997, el mismo equipo de profesionales volvió a realizar otra investigación de campo para medir el nivel de la cultura política dominicana y la percepción de nuestros ciudadanos acerca del paternalismo y la participación. Cuando se cuestionó a los entrevistados en torno del personaje más admirado del país, las respuestas giraron exclusivamente alrededor de políticos contemporáneos y activos. Ninguna alusión fue hecha al nombre de Duarte o tal vez la mención fue tan poco significativa, que los analistas de la muestra consideraron pertinente no incluirlo.

Al igual que la muestra del año 94, la DEMOS 97 no pre codificó la pregunta del personaje más admirado a fin de reducir al mínimo –se consigna en el estudio– la probabilidad de influir sobre la población encuestada. El resultado, empero, fue como sigue: “Hay que destacar, en primer lugar, que en la Demos-97 sólo el 15% del total entrevistado declaró un familiar como personaje más admirado, lo que implica una reducción muy significativa (18.5 puntos porcentuales) con relación al 36.0% de la Demos-94 que dijo admirar un pariente…”

“El presidente Leonel Fernández resultó ser el político contemporáneo más admirado concentrando la simpatía de una quinta parte del total entrevistado y desplazando de esta posición al doctor Joaquín Balaguer, personaje que obtuvo una puntuación semejante en la Demos-94 (22.1%). También resultó un hallazgo novedoso la percepción de la ciudadanía sobre quién era el líder que más había contribuido al desarrollo de la democracia en el país. Aunque todavía una proporción mayor identifica al Dr. Joaquín Balaguer (30.5%), este puntaje es mucho menor que el 45.0% obtenido por el líder del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) en 1994. Otro aspecto llamativo de los resultados de la Demos-97 es el hecho de que el Dr. José Francisco Peña Gómez obtuvo el reconocimiento de una quinta parte de la ciudadanía (19.60%) por su contribución a la democracia”.[7]

La encuesta del 94, lo mismo que la del 97, pone de manifiesto el alto grado de politización que prevalece entre los dominicanos, al tiempo que evidencian el endeble conocimiento que tiene la ciudadanía acerca de determinados personajes ilustres del pasado. En la cultura política dominicana está muy presente aún el factor del clientelismo político, que suele manifestarse conforme a las coyunturas, a la vez que en el orden de las preferencias casi siempre se inclina hacia la persona que en un momento específico se encuentra en condiciones de prodigar favores, sinecuras o privilegios, o que esté en capacidad de resolver parte de los problemas que agobian a la masa política.

En Santo Domingo, los intereses particulares, de grupos o partidos que se expresan en la política cotidiana, con frecuencia sumergen a los verdaderos forjadores de nuestra nacionalidad en las profundas y oscuras aguas del océano del olvido; de manera que no debe extrañar la ausencia del nombre de Duarte, ese gran desconocido, de las encuestas auspiciadas por el Proyecto para el Apoyo a Iniciativas Democráticas.

Una Ley que data del año 1981, la número 370, en su artículo primero estipula que es “obligatoria la enseñanza y divulgación de la vida y obra del Patriota Juan pablo Duarte, tanto en las escuelas públicas como colegios y escuelas privadas, a fin de que sea medular el conocimiento de nuestro gran valor histórico político”; y en el artículo segundo establece que “la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, queda facultada para establecer tanto el nivel desde donde empezará dichas enseñanzas, así como la escogencia de el o los textos que deberán usarse, previa consulta con el Consejo Nacional de Educación”.[8]

Es evidente que, al igual que acontece con otras leyes dominicanas, como por ejemplo la que regula el uso de la bandera nacional –otro de nuestros símbolos patrios más sagrado y que es ultrajado con mayor asiduidad–, la referida ley 370 que hace obligatoria la enseñanza de la vida de Duarte en nuestras escuelas públicas y privadas es también letra muerta, o simple escrito sobre arena a la orilla del mar.

Del preocupante panorama que antecede, se infiere que es tal la magnitud de la alienación padecida por la mayoría de la población dominicana en relación con el culto que se debe tributar a nuestros prohombres y símbolos patrios, que tal vez haya quienes conscientes de las vicisitudes experimentadas por Duarte a lo largo de su apostolado revolucionario, se muestren reticentes respecto de si es ése el paradigma ideal para ser emulado por las jóvenes generaciones del presente; y que, ante tantas calamidades y fracasos, con no disimulada nostalgia se cuestionen, parafraseando a Borges:

¿de qué ha servido que Duarte sufriera por nosotros,

              si los dominicanos también sufrimos ahora?…

 

 

 

 

 

 

 

Vicisitudes de Juan Pablo Duarte[9]

 

Señor Presidente de la Academia Dominicana de la Historia, Doctor Julio Genaro Campillo Pérez;

Señores Académicos de Número y Correspondientes;

Distinguidos invitados, amigos apreciados;

Muy buenas noches:

Con la venia de ustedes, antes de proceder a exponerles el tema con el cual ingreso hoy como Miembro de Número a esta ilustre corporación, desde cuyo seno sus integrantes siempre se han propuesto irradiar esclarecedores destellos de luz que permitan un enfoque lo más objetivo posible del devenir histórico de nuestra nación, quiero evocar brevemente el nombre, vida y obra de ese prestigioso historiador a quien, para mi honra y orgullo, me corresponde suceder en esta Academia. Me refiero a Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, que en paz descanse.

Vida fecunda, dedicada a la iglesia y a la patria, como en doloroso momento acertadamente consignó el académico licenciado Américo Moreta Castillo,[10] Monseñor Polanco Brito nació en Salcedo el 13 de octubre de 1918 y falleció en la ciudad de Santo Domingo el 13 de abril de 1996.

Ordenado sacerdote en 1944, desempeñó una fructífera labor pastoral en diversas provincias del país. Fue el primer Obispo de la Diócesis de Santiago, desde 1956 hasta 1965. Ocupó la posición de Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santo Domingo y fue Arzobispo Coadjutor, desde 1965 al 1975. A partir del año 1975 hasta el 1995 fue Arzobispo Obispo de la Diócesis de Higüey, posición a la que renunció tras alcanzar la edad límite para desempeñar funciones eclesiásticas.

Fue el creador del Seminario San Pío X, de Licey al Medio, así como Fundador y primer Rector de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Asimismo, fue constructor del Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo.

Conjuntamente con sus deberes eclesiásticos, Monseñor Polanco Brito desarrolló sus actividades historiográficas a través de una prolífica obra bibliográfica.[11]

Monseñor Polanco Brito fue exaltado como Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia el 14 de marzo de 1970 y desde entonces ocupó el Sillón M, hasta su lamentable deceso. Fue su Presidente durante tres períodos consecutivos, desde 1986 hasta 1995. De igual modo, fue fundador y primer presidente del Instituto Dominicano de Genealogía.

Como puede apreciarse, su obra historiográfica es vasta y significativa y, por demás, poco menos que imposible de superar. La filosofía de esta Academia, sin embargo, no preconiza que sus miembros compitan entre sí, ni que mucho menos pretendan superar la contribución del otro. Nuestro deber consiste en cultivar la historia apegados a rigurosas metodologías científicas que permitan única y exclusivamente el resplandor de la verdad histórica. Y es de acuerdo con este principio gnoseológico que humildemente acepto la responsabilidad, que sobre mí ha recaído, para ocupar el sillón que durante mas de cinco lustros perteneció a ese insigne prelado e historiador, por cuya memoria solicito dispensemos un minuto de silencio.

La campaña contra Duarte

El general Juan Pablo Duarte, ilustre caudillo del movimiento separatista de 1844, fue el principal propulsor entre sus coetáneos del proyecto político que propugnaba por la independencia pura y simple.

Duarte, asimismo, fue la persona a quien sus propios compañeros de lucha, y algunos prominentes ciudadanos de la época, reconocieron como al máximo líder del partido duartista, y al que por su abnegación y desvelos al servicio de la causa independentista le dispensaron el honroso título de Padre de la Patria.

Pues bien: ese preclaro líder revolucionario, cuya máxima aspiración consistió en lograr que los dominicanos disfrutaran de un Estado republicano, libre y democrático, fue objeto de inmerecidos infundios y calumnias desde antes de cristalizarse el movimiento político por el cual sacrificó su juventud y el bienestar de su familia.

Esa campaña de descrédito se inició en Santo Domingo hacia mediados del año 1843. Fue promovida por un reducido círculo de compatriotas cuya cosmovisión de los acontecimientos divergía sustancialmente de la concepción política preconizada por Duarte y sus correligionarios. Ese grupo político, ideológicamente de inclinación pro colonialista, al parecer advirtió en el carácter intransigente y en la firmeza de los principios revolucionarios del fundador del partido trinitario, un eventual obstáculo para el desarrollo de sus particulares apetencias políticas y económicas. De ahí que el referido grupo anti duartista jamás desistiera en sus esfuerzos por desprestigiarlo políticamente y por excluirlo definitivamente del entorno social dominicano de la época. Los principales artífices de esa campaña de difamación contra el entonces joven revolucionario fueron, al decir de Vetilio Alfau Durán, Pedro Santana, Tomás Bobadilla, Buenaventura Báez, principalmente, a los que ulteriormente se unió el cónsul francés Saint Denys.[12]

Es de lamentar que en los primeros decenios del siglo XX un recio intelectual nacionalista como el historiador Américo Lugo se adscribiera a esa corriente anti duartista que tomó cuerpo después de la Guerra de la Restauración. Joaquín Balaguer, en su Historia de la literatura dominicana afirmó que hacia 1927, Lugo había sido el iniciador de la campaña contra Duarte. En realidad, el autor de Heliotropo no fue el iniciador, sino que continuó con una vieja tradición iniciada por el partido conservador que enfrentó a Duarte durante los días en que fue proclamado el Estado dominicano. Según Vetilio Alfau Durán, Lugo “tuvo la inadvertencia de acoger sin examen infundadas tradiciones interesadamente mantenidas contra Duarte”.[13]

 

Juan Pablo Duarte inició su apostolado revolucionario en el año de 1834, cuando regresó a Santo Domingo procedente de Europa. Desde ese momento –sostuvo Emiliano Tejera– su destino quedó fijado para siempre: “Todo por la patria y para la patria. ¡Nombre, juventud, fortuna, esperanzas, cuanto era, cuanto podía ser, todo lo ofrendó en aras de la tierra de su amor! Las grandes causas necesitan grandes sacrificios, y él, puro y justo, se ofreció como víctima propiciatoria. Amor de madre, cariño de hermanas, afectos juveniles tan caros al corazón, ilusiones de perpetuidad, cimentadas en un heredero de nuestra sangre y de nuestras virtudes, ¡alejaos, alejaos para siempre!”.[14]

 

Como se sabe, Duarte fue el más ardiente exponente y defensor de la idea redentora que nos dio un Estado libre e independiente de todo poder extranjero. De igual modo, fundó la agrupación política La Trinitaria, cuyo propósito esencial era fundamentalmente político: lograr la separación de las comunidades haitiana y dominicana para entonces proceder a crear un Estado libre e independiente de toda potencia extranjera que se denominaría República Dominicana. (Los integrantes de esta agrupación política, que solamente fueron nueve y nada más que nueve, debían diseminarse por la ciudad y demás poblaciones de la parte española de la isla, procurando atraer otros dos compañeros y formar así una célula de tres personas, externa al núcleo central de la organización. Los dos nuevos allegados a la corporación eran conocidos como adeptos y jamás conocerían la identidad de los restantes ocho trinitarios, ni tampoco sabrían de la existencia de dicha sociedad. Esa estructura explica el carácter secreto de La Trinitaria.)[15]

El partido trinitario, sin embargo, no actuó solo en el escenario político dominicano. Había otros grupos políticos conservadores cuyos objetivos primordiales, si bien es verdad que en algunos aspectos coincidían con los nacionalistas –como por ejemplo en la cuestión de la separación de Haití–, no menos cierto es que su proyecto segregacionista en esencia constituía un valladar poco menos que infranqueable para los planes de la independencia pura y simple, que alentaban los duartistas.

 

Esos grupos contrarios a los nacionalistas pueden clasificarse conforme a sus preferencias políticas: uno era pro-haitiano, otro pro-inglés, también había uno pro-español y finalmente estaba el que se identificaba con los franceses. Todos esos “partidos” –si se me permite el use del término–, coincidían en adversar, casi de manera irreconciliable, a los revolucionarios liderados por Duarte.

Entre esos núcleos políticos opuestos a los duartistas, el más prominente era el de los conservadores o afrancesados, “enemigo nato de la República autonómica y, por tanto, anexionista”, según César Nicolás Penson.[16] Los integrantes de este “partido”, con mayor experiencia que los trinitarios por razones de edad, disponían también de mayores recursos económicos y propugnaban porque luego de la disolución de los vínculos con Haití, el pueblo dominicano pasase a depender o a ser protegido por una potencia extranjera.

 

Duarte se opuso tajantemente a esos propósitos, que juzgaba anti-nacionales, y por su actitud vertical frente a quienes consideraba enemigos de la patria (a los que posteriormente llamaría orcopolitas y facción miserable –que además eran y serían siempre “todo, menos dominicanos”-, mereció todo tipo de vejaciones, acusaciones, persecuciones, destierros y hasta intentos para eliminarlo físicamente.

En el códice conocido como el Diario de Rosa Duarte, la hermana del patricio consignó: “Los enemigos de su patria para hacerle desmayar en sus proyectos apelaron al ridículo, unos le apellidaban el niño inexperto; otros el Quijote dominicano que había concebido el proyecto de formar e independizar su Ínsula que ofrecía a los Sancho Panza que le rodeaban”.[17]

Primer destierro

Hacia mediados de 1843, la parte española de la isla experimentaba una inusitada efervescencia política. La alianza táctica que Duarte promovió con los liberales haitianos de La Reforma, tras el derrocamiento del presidente de Haití, Jean Pierre Boyer, permitió a los trinitarios ampliar su radio de acción, al tiempo que posibilitó la conquista de importantes posiciones en el tren administrativo de la ciudad de Santo Domingo a través de las denominadas Juntas Populares.

En una reunión que se llevó a cabo en casa de Manuel Joaquín del Monte, en la que participaron delegados de los diferentes grupos políticos activos en aquellas circunstancias, alguien de los afrancesados formuló una propuesta que los duartistas interpretaron contraria a los planes del partido nacional. Duarte se opuso enérgicamente a tal proposición, argumentando que todo proyecto que atentara contra el interés nacional constituía delito de lesa patria y que, por tanto, debía rechazarse.

Es fama que al siguiente día de esa reunión, las autoridades haitianas recibieron una lista de sediciosos –encabezada por Duarte– quienes conspiraban contra la Unión con Haití y alegadamente propugnaban por la incorporación a Colombia de la parte española de la isla al igual que por el restablecimiento de la esclavitud de los negros. Surtió cierto efecto el argumento de los afrancesados en el sentido de que los trinitarios abogaban por el restablecimiento de la esclavitud de los negros, pues, al cabo de poco tiempo de haber sido proclamada la República Dominicana, se sublevó un grupo de campesinos en Monte Grande con el fin de contrarrestar lo que ellos llamaban “la revolución de los blancos”, la cual supuestamente no era independentista y más bien propendía hacia el retorno a la Madre Patria.[18]

Ante esa falaz denuncia el presidente haitiano, Charles Herard, al frente de un numeroso contingente de soldados, decidió trasladarse a territorio dominicano y personalmente dirigir el apresamiento de los disidentes, sobre todo el principal cabecilla, que lo era Duarte. Fue por ese motivo que desde mediados de julio de 1843 el líder trinitario se vio precisado a ocultarse a fin de evadir la tenaz persecución de que fue objeto por parte del ejército haitiano. Su devota hermana Rosa, en el célebre Diario, escribió que a las cuatro de la tarde del 11 de julio “se ocultó Duarte en casa de sus amigos los Ginebra y los enemigos de la patria estaban de plácemes (a esa hora en ese funesto instante principia su martirio que concluyó a los treinta y tres años y tres días, a las tres de la mañana del 15 de julio de 1876 que pasó a mejor vida)”.

En septiembre de 1843, Duarte y sus principales compañeros de partido, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez, experimentaban su primer destierro en Venezuela, país al que en 1841 el líder de los trinitarios ya había visitado en gestiones de negocios; mientras que los demás correligionarios suyos habían podido eludir la persecución de los soldados haitianos y permanecer en Santo Domingo, continuando así con los aprestos revolucionarios.

Durante este primer destierro, que duró unos siete meses, Duarte padeció no pocas angustias:

La impotencia que debió sufrir porque nada pudo hacer en lo inmediato para evitar las amenazas de que fue víctima su familia por parte de la soldadesca de Herard;

La distancia del suelo patrio, que sin dudas le provocaba indescriptible nostalgia;

Las dificultades que enfrentó entre sus contactos venezolanos para obtener respaldo y recursos económicos que le permitieran llevar a feliz término el proyecto independentista;

La severa fiebre que padeció y le postró en cama desde los meses finales de 1843 hasta mediados de febrero de 1844;

Y, como si todo eso fuera poco, el fallecimiento de su padre, acaecido el 25 de noviembre del 1843, agravado por la circunstancia de que no le fue posible acompañar a su atribulada familia en las exequias de su progenitor.

Es indudable que estas adversidades constituyeron factores de singular gravitación en el estado anímico del joven revolucionario hasta el extremo de colocarlo en el umbral de una profunda melancolía o lo que modernamente los estudiosos del alma humana tipifican como depresión. El mismo Duarte nos brinda un testimonio escrito, un tanto desalentador, sobre el resultado de sus gestiones en favor de la causa revolucionaria:

“Los insuperables obstáculos que en mi patria se oponían a mis pasos me siguieron al destierro haciendo todos mis esfuerzos infructuosos”.

Regreso a la Patria

La República Dominicana fue proclamada el 27 de febrero de 1844. La acción revolucionaria que viabilizó la cristalización del proyecto trinitario obedeció a una combinación de diversos factores políticos originados, fundamentalmente, por virtud de una alianza táctica y estratégica entre el partido nacionalista y los elementos conservadores; alianza urdida por el espíritu intrépido y audaz del joven Ramón Matías Mella.

Una de las primeras disposiciones del gobierno provisional que emergió del grito de la Puerta del Conde, fue comisionar al trinitario Juan Nepomuceno Ravelo y al general Juan Alejandro Acosta para que se dirigieran a Curazao a fin de trasladar al país a Juan Pablo Duarte, a Juan Isidro Pérez y a Pedro Alejandrino Pina, los principales dirigentes del partido trinitario.

Al momento de recibir la grata noticia de que su patria ya era libre, ¿cuál era la situación personal del ilustre revolucionario? El doctor Pedro Troncoso Sánchez, uno de los más profundos conocedores de la vida de Duarte, nos brinda una breve respuesta a esa interrogante:

“Tenía treinta y un años y desde los veinte y cinco se había consagrado a preparar la libertad. Sus esfuerzos y sufrimientos habían quebrantado su salud. La fortuna heredada por él, su madre viuda y sus hermanos había sido ofrecida totalmente a la causa de la independencia. Había tenido que dejar de lado toda ocupación remunerativa. Había puesto en peligro su vida. Había estrangulado su natural deseo de unirse en matrimonio a la mujer amada. Había tenido que emigrar para escapar a la represión del ocupante. Lo que pudo haber sido para él una vida regalada, con una bella compañera, lo trocó por agonía en la tierra natal, en persecución y exilio, en enfermedad y pobreza”.[19]

Duarte regresó a Santo Domingo el 15 de marzo de ese año, apenas cuatro días antes de que en Azua se escenificara el primer choque bélico de importancia entre tropas haitianas y parte del improvisado ejército dominicano. Al decir del historiador nacional José Gabriel García, el patricio fue recibido con “la ovación más espléndida de que puede haber sido objeto un mortal afortunado al regresar del destierro a los lares patrios…” Se le dispensó un recibimiento como si se hubiera tratado de un jefe de Estado; el Arzobispo de Santo Domingo, doctor Tomás de Portes e Infante, lo saludó diciéndole “Salve, Padre de la Patria”; y frente a la Plaza de Armas, hoy Parque Colón, el pueblo en masa al igual que los representantes del incipiente ejército lo proclamaron General en jefe de los Ejércitos de la República, título que no aceptó porque existía un gobierno legítimamente constituido al que correspondía discernir semejantes distinciones. Duarte también fue designado Miembro de la junta Central Gubernativa; elevado al rango de General de Brigada y nombrado Comandante del Departamento de Santo Domingo.

Bajo esas prerrogativas, y de acuerdo con las instrucciones específicas que le impartió el gobierno[20], Duarte se preparó para participar en forma activa en las contiendas bélicas que comenzaron a escenificarse entre dominicanos y haitianos. Conviene recordar que poco tiempo de transcurrido el combate de Azua, las tropas dominicanas –por órdenes del general Santana– se retiraron hasta el pueblo de Baní, y esa circunstancia motivó que Duarte concibiera la idea de atacar al ejército haitiano de común acuerdo con el hatero seybano.

El líder trinitario favorecía un ataque simultáneo a la retaguardia y avanzada del ejército invasor, mediante una acción combinada entre las tropas qué él y Santana dirigían. El hatero seybano, en cambio, pensaba de manera muy distinta y consideró oportuno aguardar a que las tropas enemigas iniciaran la retirada hacia el Oeste. Además de las diferencias políticas que los distanciaban, se cree que esas desavenencias tácticas en el orden militar entre Duarte y Santana contribuyeron a distanciarlos de manera definitiva.

En vista de que no fue posible articular una estrategia específica con el general Santana, Duarte entonces solicitó autorización al Gobierno central para actuar con sus tropas por cuenta propia; solicitud que fue desestimada al tiempo que se le instruyó para que se reportara a la ciudad capital, en donde supuestamente era necesitado. “¡Qué lejos estaba de pensar que ya había llegado a la cumbre de su Tabor, y que lo que se figuraba celajes de gloria, era el vaho infecto de la envidia y la ingratitud, y lo que tomaba por palmas de triunfo, eran los brazos de la cruz dolorosa en que debía ser ajusticiado por los mismos que acababan de deberle la libertad!”.[21]

Ofensiva trinitaria

Entre marzo y agosto de 1844, en medio de la crisis provocada por la incertidumbre de la amenaza haitiana, cuyos legisladores y gobernantes persistían en la cuestión de la indivisibilidad de la isla, los trinitarios libraron una enconada lucha política frente al sector de los conservadores o afrancesados debido, principalmente, a que éstos pretendían, tras la separación de Haití, consumar un protectorado con Francia.

El 26 de mayo, Tomás Bobadilla, presidente de la Junta Central Gubernativa, convocó una reunión en el palacio del gobierno para conocer de un posible acuerdo con Francia. A cambio de cederle a los franceses el control de la bahía de Samaná, se suponía que éstos garantizarían la independencia dominicana bajo la modalidad del protectorado. Como era de esperarse, el sector liberal del Gobierno, representado por Duarte, protestó enérgicamente ante tales pretensiones. Esa oportuna oposición de Duarte logró que –al menos temporalmente– se desistiera de semejante proyecto protectoralista, el cual, conforme al credo duartiano, temprano o tarde terminaría lesionando la recién proclamada soberanía. (Al siguiente año, en diciembre de 1845, cuando ya los ilustres revolucionarios se hallaban en el exilio, Juan Isidro Pérez, el Ilustre Loco, le escribió a Duarte una importante misiva en la que le recordó la trascendencia histórica para el nacionalismo dominicano de su actitud y comportamiento durante esa célebre sesión de la junta Central Gubernativa, a la que he aludido, y la que se debatió la propuesta de Bobadilla para concertar el referido convenio con Francia: “Sí, Juan Pablo, la historia dirá: que fuiste el Mentor de la juventud contemporánea de la patria; que conspiraste, a la par de sus padres, por la perfección moral de toda ella; la historia dirá: que fuiste el Apóstol de la Libertad e Independencia de tu Patria; ella dirá que no le trazaste a tus compatriotas el ejemplo de abyección e ignominia que le dieron los que te expulsaron cual a otro Arístides; y, en fin, Juan Pablo, ella dirá: que fuiste el único vocal de la Junta Central Gubernativa que, con una honradez a toda prueba, se opuso a la enajenación de la península de Samaná, cuando tus enemigos, por cobardía, abyección e infamia, querían sacrificar el bien de la patria por su interés particular. La oposición a la enajenación de la península de Samaná es el servicio más importante que se ha prestado al país y a la revolución”.)[22]

Apenas cinco días después de esos sucesos políticos, esto es, el 31 de mayo de 1844, la oficialidad del ejército de Santo Domingo, en un espontáneo gesto de reconocimiento a la labor desplegada por los trinitarios, mediante comunicación enviada a la junta Central Gubernativa, solicitó que Duarte, Sánchez, Mella, José Joaquín Puello y otros patriotas fueran promovidos y elevados de rango. En el caso del general Duarte, la oficialidad solicitaba que fuera ascendido al grado de General de División Comandante en jefe del Ejército al tiempo que justificaba tal promoción porque “ha sido el hombre que desde muchos años está constantemente consagrado al bien de la patria, y por medio de sociedades, adquiriendo prosélitos y públicamente regando las semillas de Separación, ha sido quien más ha contribuido a formar ese espíritu de libertad e independencia en nuestro suelo, en fin, él ha sufrido mucho por la patria,…”[23]

A medida que se agudizaba la crisis política dominicana, el sector nacionalista daba pasos concretos para obtener mayor cuota de representación en el proceso de toma de decisiones en la esfera gubernamental. Sin embargo, a principios de junio de 1844, el giro que tomaron los acontecimientos políticos preocupó sobremanera a Duarte y compañeros quienes, a fin de evitar que los afrancesados actuaran sorpresivamente y materializaran sus planes desnacionalizadores, decidieron asumir el control del gobierno mediante una especie de coup d’Etat. Fue así como el nueve de junio los trinitarios llevaron a cabo una audaz maniobra política consistente en destituir del gobierno a los representantes del sector afrancesado. Por primera vez, pues, los trinitarios asumieron pleno control del joven Estado dominicano, designando a Francisco del Rosario Sánchez como presidente de la Junta Central Gubernativa que, como se recordará, era un gobierno transitorio aunque legítimo.

Una vez instalados en el poder, los nacionalistas dirigidos por Duarte no anidaron planes de vendettas personales contra sus opositores políticos. Erradamente, los trinitarios, quienes al parecer no eran conscientes de los riesgos que implicaban los choques entre clases sociales de intereses políticos y económicos distintos, no procedieron a detener y expatriar del país a los cabecillas del sector conservador, soslayando con esa actitud tolerante el hecho de que éstos, si hubiesen estado en el lugar de ellos, habrían desplegado todo tipo de esfuerzos por ver cristalizados sus anhelos políticos y clasistas. En este sentido es conveniente aclarar que la estrategia política de los trinitarios, una vez consumado el golpe revolucionario, contemplaba reducir a prisión a Buenaventura Báez, Manuel Joaquín del Monte, Tomás Bobadilla, y otros individuos sindicados como contrarios a la independencia pura y simple. Pero cuando esos ciudadanos fueron a ser detenidos, alguien ya les había avisado y, por lo tanto, se habían asilado en la casa del cónsul francés Saint Denys. El historiador José Gabriel García, testigo de aquellos acontecimientos, escribe: “Acogida con calor la radical medida, juzgada como salvadora por todos los patriotas presentes, y notificada a los caídos por medio de los capitanes Pedro Valverde y Lara y Santiago Barriento, parecía natural que inmediatamente se completara yendo a sorprender a su domicilio a los que debían ser encarcelados; pero sea que los términos inconvenientes en que el comandante de las armas le habló a la tropa, causaran mala impresión al general Sánchez, que no habría deseado ir tan lejos, según cuenta la tradición, o que con la tardanza en ejecutar lo resuelto diera tiempo a que llegara a noticias de los comprometidos el peligro que corrían, es lo cierto que cuando el capitán Rafael Rodríguez salió a la cabeza de una escolta de soldados en busca de ellos, ya Tomás Bobadilla y el doctor Caminero se habían ocultado, y estaban asilados en el consulado francés…”[24]

En efecto, los conservadores no permanecieron de brazos cruzados: tan pronto tuvieron oportunidad, actuaron contra el sector nacionalista y el país político, por tanto, quedó escindido en dos bandos con ideas y propósitos diametralmente opuestos. El general Pedro Santana, que se encontraba acantonado en el Sur con su ejército particular, se preparó para marchar hacia la capital y restituir al sector conservador en el gobierno. Entretanto, en el Cibao los trinitarios –con Ramón Matías Mella a la cabeza– intentaron contrarrestar las gestiones que realizaban emisarios de los afrancesados con el propósito de atraerse a los sectores económicos poderosos de la región. Con el apoyo del ala liberal cibaeña, Mella se adelantó a las maquinaciones del grupo conservador y puso en marcha un arriesgado plan político que de haber resultado exitoso, otro habría sido el destino de la joven república.

La popularidad de Duarte en el Cibao era de tal magnitud, que Mella no vaciló en gestionar su aclamación como Presidente de la República, en un desesperado intento por evitar que el general Santana se alzara con el poder, como en efecto sucedió poco después. La crisis política que se desató entonces fue sobremanera delicada y de proporciones alarmantes. El país probablemente se habría fragmentado en dos regiones con gobiernos distintos, a no ser por la actitud conciliadora que adoptó Duarte tras declinar la proclamación para Presidente de la República de que había sido objeto en Santiago, Moca y Puerto Plata, pues él era partidario de elecciones fruto de certámenes organizados democráticamente en los que participaran libremente todos sus conciudadanos.

Santana y su grupo reaccionaron ipso facto y, al cabo de un mes, los jóvenes revolucionarios fueron depuestos del gobierno, frustrándose así el movimiento cibaeño tendente a convertir a Duarte en presidente de la República. De esa manera, arribaba a su fin el proyecto político de los duartistas, fracasando en sus propósitos de retener el control del Gobierno. El partido trinitario también fue de efímera existencia, pues habiéndose conformado hacia el 1838 ya desde mediados de 1843 había entrado en un proceso de progresiva desintegración. Para septiembre de 1844 el grupo trinitario –en tanto que organización política– había desaparecido del escenario político criollo y la joven nación quedó a merced del sector afrancesado.

Anarquista y traidor

De nuevo en el poder, los conservadores decidieron perseguir y apresar a Duarte y a sus principales compañeros acusándolos de sediciosos y de enemigos de la paz pública. Así, en una Resolución del 22 de agosto de 1844, el general Pedro Santana, que convirtió a la Junta Central Gubernativa en una especie de Alta Corte Marcial, calificó a Duarte de “anarquista, siempre firme en su loca empresa”. Lo acusó de estafador al sostener infundamente que “había arrancado cuantiosas sumas al comercio para gastos imaginarios o inútiles”. Lo tildó de engañar a ciudadanos sencillos; y además lo identificó como instigador, ambicioso fatuo y déspota.

A la luz de esa Resolución, Duarte era un supuesto libertador quien había huido del país cuando Riviere estuvo en Santo Domingo en 1843 dejando a sus amigos y compañeros “en el mayor peligro a causa de sus imprudencias”. Pretendido héroe y libertador de nueva especie, también catalogó el Presidente Santana al fundador de La Trinitaria.[25]

Otro prominente miembro del sector conservador, Tomás Bobadilla, por su parte, juzgó a Duarte como un “joven inexperto” quien lejos de haber servido a su país, jamás ha hecho otra cosa que comprometer su seguridad y las libertades públicas…” Y el cónsul francés Saint Denys, acaso una de las personas de mayor influencia en la política criolla durante los días genésicos de la República Dominicana, catalogó a Duarte como “joven sin méritos”, “sin carácter y sin alcance espiritual”, “mal visto por la población y los notables”, “alborotador”, “vanidoso”, “suficientemente intrigante”, “ambicioso y egoísta”; severas apreciaciones de valor que fueron consignadas en diversas comunicaciones que el cónsul de Francia remitió a la cancillería de su país en esos días de tanta efervescencia política.[26]

Evocando con no disimulada melancolía aquellas fricciones políticas, un profundo analista de nuestro pasado escribió: “Duarte pudo defenderse de sus enemigos; mas para ello era preciso encender la guerra civil, y no fue para llegar a extremo tan deplorable, que él y sus beneméritos compañeros habían hecho sacrificios de todo género, en los años empleados combatiendo la dominación haitiana. Para la Patria habían trabajado; no para ellos, y la Patria podía perderse del todo si se desunían los dominicanos. La historia dirá a su tiempo si obraron bien o mal desaprovechando la oportunidad de combatir la nueva tiranía que se entronizaba en el país; pero en cualquier caso no podrá menos de reconocer en sus actos desinterés y abnegación. Entregaron los brazos a las cuerdas de sus enemigos, y las cárceles dominicanas, en vez de criminales, guardaron Libertadores”.[27]

Mediante la Resolución No. 17 adoptada por la junta Central Gubernativa, Duarte y sus compañeros fueron declarados traidores a la Patria y condenados al destierro perpetuo. Las conclusiones de esa vergonzosa Resolución no pudieron ser más severas: tras calificarlos como “traidores e infieles a la Patria” ordenaba que “todos sean inmediatamente desterrados y extrañados a perpetuidad del país, sin que puedan volver a poner el pié en él, bajo la pena de muerte que será ejecutada en la persona del que lo hiciere, después que sea aprehendido y que se justifique la identidad de su persona;…”

Los que de lealtad sobraban, como afirmara el propio Duarte, fueron acusados nada menos que de traidores a la Patria. Varios decenios después, al referirse a ese deplorable juicio político al que fueron sometidos los fundadores de la República, en brillante exposición presentada al Congreso Nacional, el eminente civilista Emiliano Tejera afirmó: “los que durante muchos años se habían negado constantemente a pedir el apoyo extranjero, temerosos de comprometer el suelo de la Patria; los que sacrificando su patrimonio habían dado armas a ese ejército y libertad a ese grupo de sanguinarios ciudadanos para que ahora se sirviesen de una y otras para infamarlos, para destruirlos. Cinco meses antes eran Libertadores de la Patria, aún no hacía veinte días un puñado de patriotas, y ahora, sin haber faltado a ley alguna, enemigos de la nacionalidad, reos de lesa nación, criminales dignos de muerte”.[28]

Segundo exilio

El 10 de septiembre de 1844, Juan Pablo Duarte, quien había sido humillado, engrillado y confinado a una de las aborrecibles mazmorras de la Torre del Homenaje, abandonó el país que había contribuido a hacer libre e independiente.

No resulta aventurado conjeturar que tan injusto tratamiento debió provocarle profunda angustia, al igual que terrible e inenarrable sufrimiento. Duarte mismo nos revela la desmejorada condición física en que se encontraba al momento en que, junto con otros compañeros, abordó el barco que lo conduciría a su segundo ostracismo, que duró 20 años:

“A las seis de la tarde rodeado de numerosa tropa bajamos al muelle. Yo iba enfermo con las calenturas que había traído de Puerto Plata. Me apoyaba para poder andar en los brazos de mi hermano Vicente y su hijo Enrique. Al llegar al bote que debía conducirnos a bordo del buque nos hicieron separar, pues los opresores de la patria para hacernos más dolorosa la separación nos confinaron a distintos puntos”.

Posteriormente, unos versos contenidos en un Romance de su autoría, evocarían con no disimulada nostalgia el dramático episodio o de su partida:

“Era la noche sombría

y de silencio y de calma;

era una noche de oprobio

para la gente de Ozama;

noche de mengua y quebranto

para la patria adorada;

       el recordarla tan solo el corazón apesara.

 

Ocho los míseros eran

que mano aviesa lanzaba

en pos de sus compañeros

hacia la extranjera playa.

 

Ellos que al nombre de Dios,

Patria y Libertad se alzaran;

ellos que al pueblo le dieron

la independencia anhelada,

lanzados fueron del suelo

por cuya dicha lucharan;

proscriptos, sí, por traidores

los que de lealtad sobraban;

se les miró descender

a la ribera callada,

se les oyó despedirse,

y de su voz apagada

yo recogí los acentos que por el aire vagaban”.

No se detendrían en ese punto las amarguras experimentadas por Duarte, quien apenas comenzaba a transitar por el tormentoso sendero del calvario. Así, varios meses después, el 3 de marzo de 1845, su madre, Manuela Diez, también sería deportada junto con sus demás hijos y nietos, por instrucciones del general Santana, presidente de la República. En comunicación firmada por el Secretario de Interior y Policía, Manuel Cabral Bernal, la familia Duarte-Diez fue acusada de recibir planes desde el extranjero para desestabilizar el gobierno y “mantener el país intranquilo“por lo que se conminó a la apacible dama a “que a la mayor brevedad realice usted su salida con todos los miembros de su familia, evitándose el Gobierno de este modo de emplear medios coercitivos para mantener la tranquilidad pública en el País”.[29]

Tan drástica e inesperada decisión del Gobierno obligó a la familia de Duarte a vender apresuradamente las pocas pertenencias que poseían, incluyendo su casa del barrio de Santa Bárbara. El 19 de marzo de 1845 doña Manuela Diez, en compañía de sus hijos y nietos, abandonó para siempre la República Dominicana. Al reconstruir esos lamentables sucesos, Duarte, quien se reunió con su familia en abril de ese mismo año, escribió: “Abracé a mi querida madre y hermanas en la Guaira y legué a ese Dios de justicia el castigo a tanta iniquidad, a tanta maldad”.

Una vez establecidos en Caracas, Duarte y su hermano Vicente Celestino en principio se dedicaron a labores comerciales. Pero, como es de suponer, la familia Duarte debió padecer no pocas estrecheces económicas, típicas del exilio. En cierta ocasión, preocupado por las deprimentes noticias que había recibido acerca del status económico de los Duarte, Juan Isidro Pérez le escribió una misiva a Juan Pablo en estos términos: “Vive, Juan Pablo, y gloríate en tu ostracismo, y que se gloríen tu santa madre y toda tu honorable familia. No puedo más. Mándame a decir, por Dios, que no se morirán Uds. de inanición; mándamelo asegurar; porque esta idea me destruye. Nada es sufrir todo género de privaciones, cuando se padece por la patria, y con una conciencia tranquila; mándame asegurar, en tu primera carta, que no perecerán de hambre!”.

Es evidente que Duarte respondió a su fiel amigo y discípulo en La Trinitaria, explicándole la verdadera situación suya y de su familia, pues en febrero de 1846 Juan Isidro Pérez, el Ilustre Loco, de nuevo se dirigió al Patricio por escrito, participándole esta vez que “el tenor de tu última carta me ha hecho respirar un poco más tranquilo por tu suerte; y a Dios elevo fervientes votos porque tengas feliz éxito en tus empresas mercantiles…”[30]

Con todo, fueron tantas las amarguras padecidas por la familia Duarte en el exilio, que don Emiliano Tejera ‑quien los conoció y trató en Caracas –, llamaría al desolado hogar de los Duarte “mansión del dolor”; mientras que el historiador Emilio Rodríguez Demorizi consignaría que la historia republicana de Santo Domingo no registra una “vida tan amargamente aciaga, como la vida de la familia Duarte”.[31] Incluso uno de los hermanos de Duarte, de nombre Manuel, enloqueció como consecuencia de los infortunios que padeció junto con su familia, debido a la represión santanista, y jamás quiso retomar a Santo Domingo. Por tanto, es lícito conjeturar que Duarte, consciente de que era una realidad incontrastable que como consecuencia del pronunciamiento revolucionario de Febrero de 1844 sus compatriotas no dependían de ninguna potencia extranjera, y que vivían bajo el amparo de un Estado autónomo –su máxima aspiración –, decidiera continuar residiendo en Venezuela junto con sus hermanas, fundamentalmente porque éstas nunca quisieron abandonar a su suerte al desdichado Manuel.

No cabe dudas, pues, de que los reveses políticos padecidos por Juan Pablo Duarte en su país le decepcionaron de tal forma que –ya radicado en Venezuela –prefirió internarse en las selvas del Amazonas por espacio de doce años. Tal vez se enteró de la amnistía promulgada en 1848 por el Presidente Manuel Jiménes en beneficio de los trinitarios; pero, convencido de que la correlación de fuerzas políticas había variado muy poco, optó por permanecer fuera del país.

Duarte era consciente de que incorporarse a las actividades proselitistas en Santo Domingo implicaba adoptar posiciones firmes y definidas frente a sus opositores políticos y como su concepción de la función pública era tan prístina y tan pura, jamás se brindó para ser motivo de desunión y de discordia entre los verdaderos y buenos dominicanos. Es innegable que su prolongado ostracismo y su desvinculación del escenario político criollo afectaron sensiblemente su liderazgo y contribuyeron a que generaciones posteriores a la proclamación de la República tuvieran un escaso conocimiento sobre su trayectoria pública y privada.

Algunos analistas del pasado dominicano han criticado acerbamente al Padre de la Patria por haber permanecido tanto tiempo fuera del país, al margen del cotidiano quehacer de la política. Aducen esos analistas que la responsabilidad de un auténtico líder es luchar en todo momento junto a su pueblo, tanto durante épocas de crisis como en períodos de paz. Esos críticos, sin embargo, soslayan que Duarte no abandonó el país por voluntad propia, sino que en determinada coyuntura política fue desterrado a perpetuidad por obra de un grupo político que le adversaba con acentuada vesania, amenazado de que en el supuesto caso de intentar penetrar al territorio nacional, de ser aprehendido por las autoridades sería fusilado en el acto.

Es cierto que en 1848 se promulgó una amnistía que favoreció a los ex patriados por Santana cuatro años antes, pero como las condiciones políticas no garantizaban seguridad personal, por lo menos para el principal líder del partido trinitario, que lo era Duarte, y quien había sido, a diferencia de los demás revolucionarios beneficiados con la medida dictada por el presidente Manuel Jiménes, el que resistió con mayor estoicismo la sevicia del general Santana y su grupo, era comprensible que el fundador de la República optara por permanecer en el exilio. Recuérdese que además de haber sido expulsado del país en 1844, en el mes de marzo del siguiente año la familia de Duarte fue también arrojada al destierro, caso único entonces, toda vez que ninguno de los familiares de los demás revolucionarios comprometidos con la causa nacional fue perseguido ni afectado con una disposición tan radical del gobierno santanista por motivos políticos, salvo el caso de la familia Sánchez.

Como se recordará, en febrero de 1845, cuando los dominicanos celebraban el primer aniversario de la proclamación de la República, María Trinidad Sánchez y Andrés Sánchez, tía y hermano, respectivamente, del prócer Francisco del Rosario Sánchez, fueron fusilados junto con otros desdichados compañeros, por disposición de un tribunal militar que los juzgó por alegada conspiración contra el orden establecido. Se podría argumentar que como la inmolación es un acto de mayor trascendencia que el destierro, toda vez que en la primera se ofrenda la vida misma, la familia Sánchez fue víctima de un tratamiento más severo e inhumano que la del líder de los trinitarios. Sin embargo, el posterior retorno al país de Francisco del Rosario Sánchez y su eventual incorporación a las actividades políticas, lo mismo junto al general Pedro Santana -cuyo gobierno propició el sacrificio de sus familiares- que al general Buenaventura Báez, ambos anti duartistas, introduce un elemento diferenciador respecto del caso de la familia Duarte y su actitud frente a la facción política que la arrojó al ostracismo. No pretendo, empero, establecer comparaciones en el caso de estas ilustres familias, pues ambas fueron igualmente abnegadas y sacrificadas casi en similar proporción a lo largo de la trayectoria pública de los dos insignes próceres, Duarte y Sánchez. Simplemente intento ofrecer una explicación razonable acerca de las causas que pudieron haber influido en la psiquis de Juan Pablo Duarte para adoptar la firme decisión de no regresar a Santo Domingo en 1848 a raíz de la amnistía política promulgada en ese año.

En la restauración

En 1864 Duarte regresó a Santo Domingo tras enterarse que la República Dominicana había desaparecido y que los dominicanos se habían convertido en una provincia ultramarina española, como consecuencia de la Anexión a España perpetrada inconsultamente por el general Santana el 18 de marzo de 1861.

Decidido a regresar a la Patria y a luchar por el restablecimiento de su autonomía, y mientras se disponía a preparar su expedición, algunas personas le propusieron concertar acuerdos con los representantes diplomáticos de España en Caracas. Incluso se afirma que hubo quienes le ofrecieron el cargo de Capitán General de la colonia en caso de arribar a acuerdos con la monarquía española y no faltaron quienes insinuaran que con semejante convenio, el otrora líder trinitario hubiera podido devengar beneficios económicos y que “sus hermanos saldrían del estado de privaciones en que me hallaba yo mismo”. Pero Duarte, cuya reciedumbre moral y revolucionaria era inquebrantable hasta en los momentos de mayores penurias económicas, declinó tales ofertas prefiriendo, por el contrario, continuar su trayectoria de libertador sin máculas.

“Los sufrimientos de mis hermanos –escribió en agosto de 1862 –me eran sumamente sensibles, pero más doloroso me era ver que el fruto de tantos sacrificios, tantos sufrimientos, era la pérdida de la Independencia, de esa Patria tan cara a mi corazón, y en lugar de aceptar la opulencia que nos degradaba acepté con júbilo la amarga decepción que sabía me aguardaba el día que no se creyeran útiles ni necesarios a particulares intereses mis cortos servicios”.

El 28 de marzo de 1864, en carta que dirigió a los miembros del gobierno restaurador, Duarte nueva vez se refirió a las penurias sufridas por su intransigente convicción nacionalista y fustigó a los enemigos de la independencia dominicana en estos términos: “Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido con vender al extranjero la patria cuya independencia jurara defender a todo trance, he arrostrado durante veinte años la vida nómada del proscrito sin que la Providencia tuviese a bien realizar la esperanza, que siempre se albergó en mi alma, de volver un día al seno de mis conciudadanos, a consagrar a la defensa de sus derechos políticos, cuanto aún me restase de fuerza y vida.”

“Pero sonó la hora de la gran traición en que el Iscariote creyó consumada su obra y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria.”

“El Señor allanó mis caminos y a pesar de cuantas dificultades y riesgos se presentaron en mi marcha,…”

En esa ocasión, Duarte se ofreció para incorporarse a la lucha que libraban los nacionalistas dominicanos contra los españoles. Se proponía contribuir una vez más a la liberación de la patria para luego permanecer en el país y con toda seguridad dedicarse a labores privadas.

Sin embargo, el gobierno restaurador, por conducto del ministro de relaciones exteriores, que lo era Ulises Espaillat, consideró que los servicios al país del benemérito patriota podían ser mucho más útiles en el extranjero. En consecuencia, se le encomendó una misión diplomática en Venezuela que en principio Duarte rechazó alegando problemas de salud, pero que poco después aceptó cuando se enteró de un comentario avieso publicado en un periódico de La Habana, el Diario de la Marina 24, en el que se afirmaba que su presencia en Santo Domingo causaba rivalidad y división en los círculos de poder del gobierno restaurador. Sólo así el patricio juzgó prudente aceptar la encomienda diplomática en Sudamérica, por lo que justificó su actitud de esta manera:

“Si he vuelto a mi patria después de tantos años de ausencia, ha sido para servirle con alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de amor entre todos los verdaderos dominicanos y jamás piedra de escándalo, ni manzana de discordia”.

En este punto considero conveniente, para mejor orientación del lector, reproducir el texto del falaz artículo, acaso escrito por un periodista español, de nombre J. M. Gafas, a la sazón en Santo Domingo, y cuyo tenor es el siguiente:

“Hay noticias dignas de crédito de que el General Duarte ha venido a cooperar activamente con los rebeldes. Este Duarte, de nombre Don Juan Pablo, es sujeto que hizo gran papel en 1844, cuando se formó la República Dominicana, habiendo sido proclamado entonces como su primer Presidente en el Cibao. Pero careciendo de tacto para saber manejar sus negocios, o sobradamente presuntuoso para contar con el apoyo de otras influencias que las de sus vaporosos satélites, se malquistó desde el primer instante con el General Santana, quien estrenó combatiéndole las fuerzas y el prestigio que alcanzara en sus primeras victorias, sobre los haitianos. Duarte sucumbió fácilmente y salió proscrito para Venezuela, donde hasta el día se había obstinado en permanecer oscuramente, sin embargo de que varias veces ha tenido, (y bajo el gobierno de S.M. con mayor razón) abiertas las puertas de su país. Es don de las nulidades políticas salir de la inactividad para consumar su descrédito, y el paso que da hoy D. Pablo Duarte uniéndose a la pésima causa de la rebelión, merece desde luego la calificación de disparate, y tal, que para ser capaz de cometerle se necesita un cerebro desorganizado. Precisamente habrán querido Benigno Rojas y los dos o tres jefes menos ignorantes de la rebelión sacar gran partido para con los suyos de este incidente personal, y se pretenderá dar a Duarte la significación de un grande hombre capaz de hacer milagros.

“Resultado indefectible: que el Presidente Pepillo Salcedo, Polanco, el generalísimo y los no menos generalísimos Luperón y Monción, no querrán ceder la preeminencia que hoy tienen entre los suyos, y verán de reojos al recién venido, a quien considerarán como a un zángano perezoso que viene a libar la miel elaborada por ellos. Verdad es que la miel y la colmena no valen gran cosa; pero esos señores no las han visto más gordas, y las tienen en tanto aprecio que entre riñen por ellas como César y Pompeyo por el imperio del mundo. Dígalo si no el imperio de Florentino asesinado por Juan Rondón, a causa de rencillas anteriores sobre lo mío y lo tuyo en los saqueos de Azua, San Juan, etc.

“La llegada de Duarte entre esa clase de gente, puede asegurarse, por consiguiente, como una nueva causa de complicación y disolución que surge entre los rebeldes, ya profundamente desmoralizados por sus propios desórdenes”.[32]

Refiriéndose, al parecer, a esas intrigas políticas el poeta Félix María del Monte, quien entonces se hallaba en Puerto Rico, en carta de abril 11 de 1864, le escribió a Duarte: “¿Por qué no estás en el Cibao? Lo comprendo con dolor, aunque nada me dices. Ninguna gloria verdadera se excluye; porque sólo pueden existir rivalidades entre medianías ambiciosas. ¿Es que no hay espacio para el Padre de la Patria y para su protomártir al mismo tiempo? Quiera el cielo que un espíritu egoísta venga a perpetuar entre nosotros el germen de las pasadas discordias. Sólo la nulidad es, envidiosa; sólo ella reniega del mérito!”

Ausencia definitiva

Hacia mediados de 1864 Duarte abandonaría el país para siempre, en esa ocasión en gestión oficial. Desempeñó el cargo diplomático que le fue asignado hasta el mes de marzo del siguiente año, cuando a raíz del derrocamiento y posterior asesinato del presidente José Antonio (Pepillo) Salcedo, el Patricio consideró necesario que su nombramiento fuera ratificado por el presidente sucesor, el general Gaspar Polanco. Como dicha ratificación nunca se produjo, Duarte dio por finalizada su misión diplomática advirtiendo al Ministro de Relaciones Exteriores que no he dejado ni dejaré de trabajar en favor de nuestra Santa Causa haciendo por ella como siempre más de lo que puedo, y sino he hecho hasta ahora todo lo que debo y he querido, quiero y querré hacer siempre en su obsequio, es porque nunca falta quien desbarate con los pies lo que yo hago con las manos.”

Poco después el general Duarte perdería contacto con los diferentes sectores políticos dominicanos que emergieron con posterioridad a la guerra restauradora. “Los partidos personales comenzaban a luchar por el mando, y Duarte, que había jurado no desenvainar su espada en contiendas civiles, esperó en Caracas que la Patria, libre otra vez, tuviera un gobierno nacional estable, que le permitiese ir a morir en paz en la tierra de sus progenitores.”[33]

Transcurrieron once años desde la última comunicación que Duarte dirigió al gobierno restaurador. Según Emiliano Tejera, se trató de un período ‑tanto para él como para su atribulada familia –, “de angustias infinitas, de dolores profundos. La miseria y las enfermedades se le vinieron encima, como precursores de la muerte, y la Patria entretanto se desgarraba las entrañas, como poseída por vértigo infernal”.

Duarte esperó en vano para que en su país la paz y la concordia imperaran entre los buenos dominicanos y, una vez alcanzado ese estadio de convivencia colectiva, entonces regresar e incorporarse a sus actividades comerciales, como prometió a su madre y hermanos en su célebre carta del 4 de febrero de 1844. Pero, lamentablemente, esa aspiración de ver algún día a su Patria unificada, exenta de discordias intestinas y de conflictos fratricidas por el poder político, devino una especie de utopía para el patricio. El tiempo transcurrió y Duarte, alejado de su pueblo, falleció sin que sus más puros anhelos se convirtieran en realidad. En julio de 1876, Andrés de Vizcarrondo, fiel amigo suyo, escribió: “A las tres de la madrugada del 15 del presente mes pasó a mejor vida el ilustre General Dominicano Juan Pablo Duarte, después de una laga y penosa enfermedad y sufrimientos morales que sin duda anticiparon su muerte, la cual supo esperar con su valor acostumbrado y resignación cristiana hasta su último aliento.”[34]

A continuación reproduzco una formidable síntesis de la trayectoria política de Juan Pablo Duarte que debemos a la pluma del historiador Emilio Rodríguez Demorizi: “Figura central en el período de gestación de la República, de 1838 a 1844, no bien acaba de crearla es lanzado al destierro. Vida terriblemente aciaga desde entonces. Del Ozama al frío Hamburgo. De Saint Thomas a Caracas. De las oscuras selvas de Venezuela a los campos de Santiago, adonde viene a luchar contra España. De allí a Caracas y a la muerte.”[35]

 

 

El reconocimiento de la posteridad

Durante la Primera República (1844-1861), la prolongada ausencia de Juan Pablo Duarte del país, lo mismo que el fenómeno del caudillismo originalmente personificado a través de los generales Pedro Santana y Buenaventura Báez, contribuyeron a echar su nombre sin máculas en un cruel e injusto olvido colectivo.

Hacia 1865, cuando las tropas españolas abandonaron el territorio nacional y se restauró la República, ya Juan Pablo Duarte era una figura poco conocida en Santo Domingo. La primera vez que en un acto público fueron mencionados “los ilustres nombres de Duarte, Sánchez, Mella y otros beneméritos que la gratitud nacional recuerda”[36], asociándolos a la revolución de 1844, fue el 27 de febrero de 1867.

Dos años antes, en 1865, durante las elecciones presidenciales que tuvieron lugar en Santo Domingo y en las que resultó electo el general José María Cabral, el nombre de Juan Pablo Duarte fue incluido en una de las boletas como candidato a la presidencia, recibiendo apenas tres votos. Probablemente Duarte nunca se enteró de esa consulta electoral ni tampoco de sus resultados. Sin embargo, se sabe que continuó residiendo en Caracas junto con sus hermanos y que en aquella ciudad, en medio de apremiantes e insalvables dificultades económicas, falleció el 15 de julio de 1876, víctima de una severa tisis pulmonar que le postró en cama durante más de un año, según un inestimable documento de la época cuyo hallazgo debemos a las investigaciones realizadas por un fervoroso estudioso de la vida de Duarte, y quien fuera destacado miembro del Instituto Duartiano, el doctor Antonio Frías Galvez. En el referido documento se hace constar, el 16 de julio de 1876, “que ayer a las tres de la madrugada falleció el adulto Juan Pablo Duarte, entre las esquinas del Zamuro y el Pájaro, y que según certificación del Dr. Federico Tejera, murió de tisis Pulmonar…”[37] Cuando se produjo el lamentable deceso de Juan Pablo Duarte, éste tenía 63 años de edad; y de su vida política es lícito afirmar que “fue breve y desdichada, si es que la desdicha puede ser breve”.[38]

En vida, Duarte padeció muchos denuestos y calumnias; pero también después de su muerte ha habido quienes olímpicamente le han querido negar su condición de Padre de la Patria y han cuestionado algunas de sus virtudes, como su intachable honor, su conducta viril, su reciedumbre moral, su probada valentía personal, sus inquebrantables principios revolucionarios y, sobre todo, la inmensa fe que siempre tuvo en el potencial de su pueblo para mantenerse libre e independiente de toda dominación extranjera.

Su figura histórica no ha estado exenta de apasionadas polémicas que han girado en tomo de si le corresponde o no el título de principal Fundador de la República y, lo que resulta todavía más inverosímil, es que para elevarlo oficialmente a la categoría de Padre de la Patria fue menester que transcurrieran más de 50 años luego de proclamada la República.

Pese a que ese justo y merecido reconocimiento tuvo lugar tardíamente, el mismo –entristece admitirlo –se produjo en medio de acerbas discusiones entre facciones políticas arremolinadas en torno de los nombres de Francisco del Rosario Sánchez y Pedro Santana que pugnaban por elevar a la más alta categoría del Panteón de la Patria al personaje histórico de su predilección, aún en desmedro de la memoria de Juan Pablo Duarte. Y para muestra, basta un botón.

El caso de la estatua

Las controversias acerca de quiénes eran los auténticos fundadores de la República, y a qué personaje correspondía la mayor distinción de la posteridad en atención a los servicios prestados a la Patria, afloraron públicamente cuando un grupo de distinguidos ciudadanos, encabezados por el octogenario poeta y compañero de Duarte en La Filantrópica, Félix María del Monte, se propuso reconocer el aporte de varios prohombres en el proceso de proclamación de la República. Dicho reconocimiento tendría lugar por medio de la colocación de estatuas de esas figuras en diferentes lugares de la ciudad, para que de esa manera la juventud de la época y las generaciones del porvenir tuvieran en ellos a los auténticos paradigmas de la independencia nacional. Como era natural, el primer personaje en ser objeto de ese reconocimiento colectivo sería Juan Pablo Duarte, propósito éste que desató un verdadero cisma.[39]

El proceso para la erección de una estatua en honor de Duarte y la configuración de la inmortal tríada Duarte, Sánchez y Mella no pudo ser más traumático y prolongado. En efecto, dicho proceso dio lugar al surgimiento de una pugnaz controversia pública entre dos grupos de ciudadanos, denominados “sanchistas” y “duartistas” cuyos argumentos en favor de la primacía histórica de sus respectivos héroes trascenderían varias generaciones y se manifestarían en diferentes épocas, a lo largo del siglo XX, en cenáculos académicos y a través de diversos medios de comunicación.[40]

Resulta doloroso admitir que hacia finales del siglo XIX la oposición al proyecto de erección de una efigie del fundador de la República fue de tal magnitud, que transcurrieron más de 35 años para que la nación presenciara por primera vez un homenaje de esa categoría en honor de Duarte. Se trató de la estatua que actualmente se halla colocada en la plaza situada en la esquina formada por las calles Padre Billini y Duarte. Se escogió esa plaza porque había sido el escenario del primer triunfo político de los trinitarios en marzo de 1843 cuando el movimiento de La Reforma.

Pero no culminan ahí las vicisitudes de Duarte. Bien entrado el siglo XX, en algunos cenáculos se esparció una tesis, que todavía espera por documentación fáctica que la fundamente, en el sentido de que en dos ocasiones el Patricio contrajo matrimonio y que, como fruto de ambas uniones conyugales, dejó descendencia tanto en Santo Domingo como en Venezuela.

Nada de extraño tiene que un hombre o una mujer procreen hijos. La reproducción de la especie es ley incontrovertible de la naturaleza. Sin embargo, resulta curioso que un hombre de la talla moral de Duarte, de su férrea formación cristiana, y del respeto que profesó por el núcleo de la familia, ignorara a su esposa y a su descendencia natural hasta el extremo de jamás mencionarlas, pese a que tuvo suficientes oportunidades para reconocer su existencia. Igual silencio guardaron en relación con esa supuesta familia tanto sus hermanas como sus más allegados compañeros de lucha, a quienes debemos numerosos y verosímiles testimonios sobre su vida, su familia y obra política. Tampoco ninguno de sus supuestos descendientes, en el siglo XIX, reclamó, ni pública ni privadamente, su filiación con el Patricio; y mientras no se aporten pruebas documentalmente fehacientes en torno de los hijos de Duarte y de sus dos alegados matrimonios, fuerza es catalogar dicha tesis de apócrifa.

Antes de concluir, invito al lector a repasar aunque sea brevemente el origen de la tradición, más propia de ficción que de la ciencia histórica, que hacia mediados del decenio de los cincuenta del pasado siglo XX se hizo eco el historiador puertorriqueño Luis Padilla de Onis. De origen puertorriqueño, D Onis, quien se estableció en Santo Domingo y en donde dejó descendencia, realizó una investigación, que permaneció inédita hasta 1992, en la que se propuso demostrar que Juan Pablo Duarte había casado y dejado descendencia tanto en Sabana de la Mar como en Venezuela. La tesis de Padilla D’Onis, inconclusa, fue posteriormente retomada por Raimundo Tirado Calcaño quien ha realizado investigaciones sobre el tema en el país, en Puerto Rico y en Venezuela. A la iniciativa de este reconocido profesional se debe incluso la publicación por primera vez, en 1992, del libro de Luis Padilla D’Onis intitulado Galería de Dominicanos Ilustres. Juan Pablo Duarte y sus descendientes, en cuyo contenido aparece explicitada la referida tesis, todavía por comprobarse documentalmente. En el prólogo de esta obra, Tirado anunció que tiene en preparación dos libros sobre el tema de la supuesta descendencia de Duarte. Los estudiosos de la vida y obra de Juan Pablo Duarte estamos a la espera de la publicación de esos trabajos conjuntamente con la documentación que Tirado afirma poseer para entonces evaluar sus postulados y emitir nuestra opinión sobre el particular.[41]

Conclusión

Jamás habrá consenso acerca de la indiscutible proceridad sin manchas del insigne Juan Pablo Duarte. Siempre habrá quien manifieste discordancia respecto de la forma en que se debe venerar al ilustre Fundador de la República Dominicana. Sin embargo, si al momento de juzgar y valorar las acciones de los prohombres que forjaron el Estado dominicano procedemos con imparcialidad y honestidad, al evaluar a Duarte dentro del contexto histórico en que le correspondió actuar, forzoso será admitir que el hombre poseyó admirables dotes de conductor de pueblos y auténticas virtudes de un Padre de la Patria.

A pesar de los sinsabores que Duarte experimentó en el decurso de su ejemplar trayectoria pública y privada, y a despecho de los infundios y denuestos que -aún después de muerto- se han arrojado sobre su memoria sin máculas, la posteridad, que suele ser justiciera, ha reconocido el verdadero lugar que corresponde a cada uno de los héroes nacionales en el Olimpo de los dioses dominicanos, especialmente al insigne fundador de La Trinitaria y principal propulsor, en su época, de una República libre e independiente de toda dominación extranjera.

Es indudable que Juan Pablo Duarte fue un revolucionario en todo el sentido de la palabra; un intelectual preocupado por su pueblo y un consagrado humanista. En cierto pasaje de su vasta obra historiográfica, Vetilio Alfau Durán escribió que todo cuanto fluyó de su pluma y todo cuanto en el campo de la praxis realizó ese hombre singular que le dio a los dominicanos el don supremo de una Patria[42] encierra una profunda e inconmensurable enseñanza que debemos emular y aprovechar los dominicanos del presente y del porvenir.

Razón tuvo, pues, Emiliano Tejera al sostener que, después de todo, es el tiempo el que convierte las penalidades del héroe en rayos de gloria.

 

Polémicas sobre los Fundadores de la República

Se ha dicho y escrito que conjuntamente con la proclamación de la República, en Santo Domingo surgió un vacío de poder que invirtió los valores sociales de tal modo que el Estado, en lugar de ser dirigido por quienes enarbolaron la idea de la independencia pura y simple, fue controlado por los abanderados del proteccionismo y del anexionismo, quienes descreían en la capacidad de los dominicanos para gobernarse por sí mismos.

Ese vacío de poder constituyó uno de los principales factores que propiciaron el surgimiento del caudillismo y del militarismo como factores dominantes en la superestructura político-ideológica nacional. Los auténticos mentores del movimiento revolucionario que motorizó la separación de Haití, fueron ulteriormente desterrados del país por obra de ese sector ultra conservador que los adversaba políticamente.

Para nadie, entonces, fue secreto que entre la pléyade de jóvenes reunidos en torno del partido nacionalista, la figura de Juan Pablo Duarte descolló como la del principal líder del movimiento revolucionario que propugnaba por la instauración de un Estado-nación soberano e independiente.

Duarte, como se sabe, no actuó sólo en el escenario político. Para realizar su inestimable obra fue necesario recibir la colaboración de otros compañeros quienes se identificaron con él y le apoyaron en su jornada libertadora. Ellos, también, le siguieron e imitaron en el camino de la amargura y del martirio. Tal es el caso de Pedro Alejandrino Pina, uno de los más ilustrados próceres dominicanos, miembro fundador de La Trinitaria, quien cuando se refería a esa organización la llamaba partido duartista y se identificaba a sí mismo como “duartista”, esto es, prosélito de Duarte.[43]

La consolidación del caudillismo, en tanto que fenómeno sociológico típico de las sociedades latinoamericanas, impidió que Duarte –en el momento preciso– fuera objeto del justo reconocimiento de sus conciudadanos; y que en vez de merecer honores por su desinteresada labor revolucionaria en beneficio de los dominicanos, el Patricio, en cambio, fue objeto de persecuciones, denuestos, prisión y destierros. Durante poco más de dos decenios, luego de proclamada la República, los dominicanos vivieron inmersos en un clima social caracterizado por una suerte de inversión de valores que, por decirlo así, estancó el desarrollo de la joven nación dominicana en casi todas sus instancias.

En rescate de los héroes nacionales

Al cabo de tres decenios de proclamada la República hubo interés por parte de algunas personas en rescatar del olvido los nombres de quienes con su tesonera y desinteresada labor contribuyeron a disolver los lazos de la unión con Haití. En el ámbito de la política criolla, el santanismo –como fuerza política- había desaparecido y la mayoría de sus miembros había buscado albergue en el Partido Azul, organización de tendencia liberal dirigida por los más connotados líderes de la Restauración; mientras que, en el bando opuesto, se hallaba el Partido Rojo, encabezado por el general Buenaventura Báez.

En el plano cultural afloraron las primeras manifestaciones de un genuino movimiento intelectual encaminado a fortalecer el ethos o, lo que es lo mismo, los sentimientos de identidad nacional en la subconciencia colectiva. El periodismo, el sistema educativo, la literatura y los primeros estudios formales acerca de la evolución histórica del pueblo dominicano, realizaron sus primeros aportes a la formación de una conciencia intelectual dominicana.

En medio de ese florecimiento cultural, lógico fue que se manifestaran los primeros atisbos por identificar los paradigmas y modelos de hombres y mujeres que servirían de ejemplo a las generaciones del porvenir, debido a la magnitud de su sacrificio y contribución al surgimiento, desarrollo y consolidación del Estado nacional. Esa búsqueda de los primeros iconos, mitos y héroes a los cuales debían inmortalizar los dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX tuvo lugar en el lapso transcurrido entre 1875 y 1895.

En el curso de esos dos decenios surgieron fórmulas y propuestas concretas provenientes de diferentes estamentos de la sociedad civil. Los nombres de Pedro Santana, Buenaventura Báez, Juan Pablo Duarte y Francisco del Rosario Sánchez, principalmente, ocuparon el interés de una parte de la opinión pública en medio de encendidos debates orientados a erigir el panteón de los héroes nacionales y, lo que era más importante, a definir cuál de esos paladines merecía la más alta distinción procérea.

Al través de esas polémicas públicas –que en ocasiones alcanzaron niveles alarmantes, sobre todo por las terribles acusaciones formuladas contra Duarte–, se produjeron reclamaciones de un destacado miembro de la familia Sánchez de quien se dice que promovió y logró la inclusión de los restos de tres de sus deudos en la Capilla de los Inmortales de la Catedral Primada de América. Me refiero a los restos mortales de María Trinidad Sánchez, Balbina de Peña viuda Sánchez y Socorro del Rosario Sánchez, tía, esposa y hermana, respectivamente, del mártir de San Juan. (María Trinidad Sánchez murió fusilada por órdenes del Gobierno de Santana el 27 ó 28 de febrero de 1845, porque alegadamente había sido sorprendida en actividades subversivas tendientes a repatriar a su sobrino, que estaba en el destierro; Balbina de Peña fue esposa de Sánchez; y Socorro del Rosario se dedicó al magisterio. Fundó en Santiago, en el año 1870, el Colegio Corazón de María y luego en la capital, estableció otro con el nombre de La Altagracia, más tarde convertido en la Escuela Superior de Señoritas. Sufrió algunas persecuciones por estar emparentada con Sánchez.)[44]

En 1875, bajo la administración del general Ignacio María González –quien había sido connotado miembro del partido baecista–, la Sociedad Cultural La Republicana auspició la exhumación de los restos del general Francisco del Rosario Sánchez, inmolado en San Juan en 1861, junto con algunos compatriotas que en 1856 se habían matriculado españoles cuando la tristemente célebre Matrícula de Segovia. En efecto, Alcides García Lluberes escribió que “Varios de los compañeros de Sánchez y Cabral en su fallida intentona revolucionaria de 1861, denominada pomposamente por la Junta baecista de Curazao, que la concibió y autorizó (término este último usado por Sánchez), Revolución de la Regeneración Dominicana…, abjuraron de su nacionalidad dominicana en 1856, al seguir, como genuinos y descastados rojos que eran, la consigna de su partido, acogiéndose de manera pública y solemne al desnacionalizador y criminal expediente de la Matrícula de Segovia”. Se trata de Félix Mota, Juan Erazo, Francisco Martínez, Domingo Piñeyro y José Antonio Figueroa, “quienes no fueron fusilados por tanto en San Juan de la Maguana como patriotas dominicanos, sino como traidores de la nueva nacionalidad a que habían prestado juramento”.[45]

La iniciativa de la Sociedad Cultural La Republicana pronto rindió sus frutos y, con la anuencia del Poder Ejecutivo y de otras instituciones, dispusieron el traslado de los despojos mortales del Mártir de El Cercado hacia la capital de la República, siendo inhumados el 6 de abril de 1875 en la Catedral Primada de América. De esa manera, tras depositar las ilustres cenizas de quien la noche del 27 de Febrero de 1844 enhestó por primera vez sobre el baluarte del Conde la gloriosa enseña tricolor de los dominicanos, se dio inicio a lo que con el tiempo el pueblo denominó Capilla de los Inmortales.

De la lectura atenta de varios documentos de la época se puede colegir que con la inhumación de los restos del prócer Sánchez, si bien se realizaba un acto justiciero y de necesaria rectificación histórica, los baecistas –en tanto que partido político– daban un trascendental paso rescatando del olvido el nombre y las hazañas de quien había sido, en el ocaso de su vida, destacado militante de esa agrupación política. A partir de ese momento, se inició una campaña destinada a proyectar al general Francisco del Rosario Sánchez como “la primera figura de nuestra gloriosa independencia y uno de los primeros mártires de nuestras luchas intestinas”, “verdadero Padre de la Patria”,[46] “gran patricio padre de nuestros héroes”, y “Caudillo de Febrero”, como lo llamó su panegirista el también baecista Pbro. Calixto María Pina. Pues bien, todos esos juicios los asumió con singular fervor el general Juan Francisco Sánchez, hijo del Mártir del Cercado, y quien posteriormente se opondría públicamente a que se erigiera una estatua en honor de Juan Pablo Duarte.[47]

Como puede advertirse, data de esa época el origen de la campaña que reclamaba exclusivamente para Francisco del Rosario Sánchez todo el mérito del 27 de Febrero de 1844 así como de otros acontecimientos posteriores. Sin embargo, resulta inexacto afirmar que Sánchez fuera “la” primera figura de la Independencia, aun cuando justo es reconocer que sí fue figura destacada en esa memorable jornada. Postreramente, Sánchez tuvo una accidentada vida política en la que adoptó posiciones que han provocado no pocas discusiones. De hecho, su militancia política fue conforme a las coyunturas y no siempre mantuvo la coherencia de los años juveniles. Sabemos que se inició en las lides políticas como duartista y puede decirse que se mantuvo como tal hasta algún tiempo después del destierro de 1844. Tras regresar al país, a raíz de la amnistía ofrecida por el gobierno de Manuel Jiménes en 1848, Sánchez adoptó posiciones concordantes con el santanismo, llegando a manifestar públicamente encendidos elogios en favor del general Pedro Santana. Hacia 1856 ya militaba en las filas del baecismo o “partido rojo”, facción política que defendió en el conflicto armado de 1857. En 1859 salió expulsado del país como baecista opositor de Santana; y la expedición que posteriormente lideró junto con José María Cabral, se afirma que fue un movimiento organizado por el partido rojo. (Parece, sin embargo, que el proyecto no contó con la anuencia del general Buenaventura Báez, conforme al siguiente testimonio de Damián Báez: “Báez no había tenido parte ninguna, por mucho que lo denunciara la prensa de Sto. Domingo, en los diferentes alzamientos que había hecho su partido, y que ni aún en la primera de Sánchez y Cabral que le fue comunicada anticipadamente… no estuvo conforme, la creyó mal encaminada yendo por Haití, y creyó que fracasaba, como sucedió. Por órgano del que esto escribe, lo significó así a sus amigos”. Más adelante, el hermano de Buenaventura Báez agrega: “En el país no había más que Santanistas y Baecistas, los primeros entregaron la República, los segundos oportunamente en Las Matas, Cercado, San Juan, Moca, etc., vertieron su sangre en los patíbulos para recuperar su bandera dominicana…)

En relación con esas diferentes y contradictorias posiciones públicas de tan ilustre prócer fue que Manuel María Gautier, amigo personal de Sánchez y compañeros en el partido baecista, en un discurso pronunciado en 1889 y en el cual aludía a la fecha de inmolación en San Juan de la Maguana, se expresó de esta suerte: “Pero hay que tener aliento para traer siempre a vida memorias tan divinas que si apesadumbran, alientan la fe en todas las ocasiones. En aquellos días la tragedia salvó la gloria; el cadalso fue redención”. Manuel María Gautier, al momento de pronunciar ese discurso, era Vicepresidente de la República.

En este punto, conviene destacar que poco antes de que se iniciara la campaña en favor del prócer Sánchez a fin de elevarlo al más alto sitial del patriotismo nacional, en febrero de 1875 el general Ignacio María González, a la sazón Presidente de la República, le dirigió una misiva al principal Padre de la Patria, esto es, a Juan Pablo Duarte, informándole de “la completa pacificación de la República que concibió y creó el patriotismo de Usted” al tiempo que le invitaba a que regresara al país. “Mi deseo, mi querido General, es que Usted vuelva a la patria, al seno de las numerosas afecciones que tiene en ellas, a prestarle el contingente de sus importantes conocimientos, y el sello honroso de su presencia”; pero Duarte estaba ya muy enfermo y se desconoce si tuvo alguna reacción ante la propuesta que le formuló el Presidente González.[48]

Cuatro años después de que los restos mortales del prócer Sánchez fueron inhumados en la Catedral Primada de América, el Ayuntamiento de Santo Domingo, por iniciativa del regidor Domingo Rodríguez Montaño, en agosto de 1879 inició el proyecto de traslado de las cenizas de Duarte desde Caracas a Santo Domingo; proyecto que se materializó el 27 de febrero de 1884, siendo presidente de la República el general Ulises Heureaux.

Los despojos mortales del Mártir del Patriotismo, como llamó Ulises Espaillat a Juan Pablo Duarte, fueron inhumados, junto a los de Sánchez, en la Capilla de los Inmortales. Pero como ya para esa época habían surgido diversas facciones que se disputaban la primacía patriótica de los principales protagonistas de la época de la Separación de Haití, no sólo se agudizó la pugna entre sanchistas y duartistas, sino que cinco años después, esto es, en 1889, las páginas de los periódicos El Eco de la Opinión y El Teléfono dieron cabida a una enconada polémica entre el historiador José Gabriel García y el escritor Manuel de Jesús Galván acerca del papel que correspondió desempeñar al general Pedro Santana en el proceso de la independencia. Ese fue el primer debate público ocurrido en la República Dominicana con el propósito de establecer la primacía de ciertos actores del período independentista. (La polémica de Santana, al decir del historiador Vetilio Alfau Durán, se repetiría varias veces en el devenir de la historia republicana de Santo Domingo. En 1956 el periódico El Caribe auspició una encuesta acerca del Marqués de Las Carreras en la que participaron numerosos intelectuales y cuyas opiniones luego fueron recogidas en un libro titulado Santana, encuesta acerca del General, Santo Domingo, 1957. En 1968 el opúsculo La Traición de Pedro Santana, del historiador Hugo Tolentino Dipp, dio lugar a otra encendida polémica en las páginas de la revista ¡Ahora!, entre los historiadores Manuel de Jesús Goico Castro y Juan Isidro Jimenes Grullón.)[49] Sin embargo, en adición a los debates acerca del general Santana, en el curso del tiempo afloraron otras pugnas especialmente en torno de las figuras de Sánchez y Duarte, que a continuación reseñaré brevemente.

Sánchez de Peña Vs. Del Monte

En 1893 el Honorable Ayuntamiento de Santo Domingo se propuso realizar un acto de justicia y de reconocimiento a la labor patriótica desplegada por Duarte mediante la erección de una estatua de bronce que honrara su memoria. A raíz de esa iniciativa se creó una Junta Central Erectora, presidida por Félix María del Monte, cuyo propósito era iniciar “una serie de apoteosis que empieza con el que primero concibió, dio calor, propagó e hizo fructificar la grandiosa idea de constituir una patria independiente…;” lo cual significaba que, en adición al merecido tributo a Juan Pablo Duarte, el proyecto abarcaba a otros prominentes hombres de la independencia.

La Junta envió una circular a diferentes personalidades e instituciones a fin de recabar apoyo moral y material para el mencionado proyecto.[50] Sin embargo, esa circular generó una agria controversia, toda vez que había personas proclives a rendir homenaje a otras figuras de la política vernácula, y no necesariamente a Duarte.

El general Juan Francisco Sánchez de Peña (Papí), en carta fechada el 28 de octubre de 1893, publicada en el Listín Diario, se expresó de esta suerte:

“Señor Don Félix María del Monte
Presidente de la Junta Central Directiva
del proyecto de Estatua a Duarte
Ciudad

“Muy señor mío:

“Tengo a la vista la circular No. 3 que la Junta que usted preside ha resuelto pasar con el fin de recabar el concurso material de la ciudadanía para la erección de una estatua de bronce al General Juan Pablo Duarte que ustedes intitulan “Fundador de la República” y “primer prócer de la Patria”.

“En mi calidad de hijo del “Caudillo del 27 de Febrero de 1844 y Mártir del Cercado”, tengo como el mayor de todos mis deberes el de ayudar las manifestaciones del patriotismo y ofrecerme en holocausto en caso de que la nacionalidad dominicana tuviese necesidad de nuevos sacrificios para su defensa, sin embargo, y a causa de esta misma afirmación de mis propósitos más sagrados, no puedo moralmente contribuir a ningún acto de justicia que no sea esencialmente distributivo o que deprima el nivel histórico en que se han sabido coloca otros próceres de nuestra nacionalidad por sus hechos y por sus sacrificios.

“Es obra harto delicada, y por ende muy difícil que parece más bien propia de generaciones posteriores a la publicación de la historia de un pueblo, la de clasificar a sus héroes y discernir la primacía a quien corresponda legalmente; y es por esta misma razón que el que suscribe ha creído y cree todavía que sería más conveniente dejar unidos e igualados en la tumba a los que quisieron ser iguales e inseparables en la vida, y que la posteridad, ilustrada con el conocimiento de los hechos y de las circunstancias de cada uno de nuestros grandes hombres, sea la que venga a determinar el puesto que deban ocupar gradualmente, y en la conciencia, y en el corazón, y en la gratitud de sus conciudadanos.

“Ruego a usted, respetable señor, haga extensiva mi contestación a la circular que menciono en el comienzo de esta carta, a los demás respetables miembros de la Junta Central que me la ha dirigido. Yo soy de ustedes con toda consideración, Atto., S.S. q. b. s. m.

Juan Fco. Sánchez”.[51]

Es evidente que el primogénito del prócer Francisco del Rosario Sánchez negaba su apoyo material y moral al proyecto de la estatua a Juan Pablo Duarte aduciendo varias razones, a saber:

  1. a) No consideraba el proyecto como una manifestación de patriotismo;
  2. b) No podía contribuir a ningún acto de justicia que no fuera esencialmente distributivo;
  3. c) Estimaba que Duarte no era el Fundador de la República y mucho menos el primer prócer de la Patria, títulos que sólo confería a su padre, bautizado por él como “el caudillo del 27 de febrero”; y,
  4. d) Era partidario de que la clasificación de los héroes de la Patria y el discernimiento de primacía a cualquiera de ellos era tarea de generaciones posteriores, muy a pesar de que él juzgaba a su progenitor como “el padre de nuestros héroes”, “el verdadero autor del 27 de Febrero de 1844”, “el proclamador de la independencia dominicana”, “el protomártir de la Restauración” y quien, además, había sido “el instrumento escogido por la Providencia para realizar, venciendo, la obra de la Independencia, e iniciar, muriendo, la obra de la Restauración…”

El general Papí Sánchez, en vehemente defensa de su padre pero en detrimento de Duarte, también sostuvo que en el libro de la historia dominicana, las dos páginas más brillantes eran el 27 de Febrero de 1844 y el 4 de Julio de 1861, una escrita con la sangre y la otra sellada con la espada del general Francisco del Rosario Sánchez.[52] El poeta Félix María del Monte, en carta de noviembre 2 de 1893, respondió al vástago de Sánchez en estos términos:

“Señor: La junta Directiva que presido se ha enterado de la comunicación de usted, de fecha 28 del pasado, en la que indirectamente niega usted su apoyo moral y su concurso material al proyecto de erección de una estatua al insigne patriota don Juan Pablo Duarte, Fundador de la República.

“Como la suscripción es puramente voluntaria nada tiene que objetar la Junta a la decisión tomada por usted por más extraña que le parezca. La opinión pública hoy y la historia mañana, son las llamadas a decidir si obró usted acertada o erradamente, negándose a cooperar con los dominicanos a erigir un monumento en honor del hombre a quien su padre distinguió como amigo y veneró como caudillo.

“El carácter de la Junta no le permite entrar en la apreciación de algunas de las ideas externadas en la nota de usted y con las cuales no está conforme, pero no puede admitir, sin protestar, que vaya a suponerse según lo da usted a entender, que ella es la autora del calificativo de fundador de la República dado a Duarte; pues como no lo ignora ningún dominicano que se haya ocupado de estudiar los documentos históricos que de algún tiempo a esta parte se han venido publicando, ese nombre, así como los de Padre de la Patria y Caudillo de la Separación, se lo han dado antes, entre otros, los próceres Pedro Pina, Juan Isidro Pérez y José María Serra, cuya autoridad como unos de los primeros colaboradores en la obra separatista, no es de suponer que se atreva nadie a poner en duda; lo ha confirmado la mayoría de los escritores y de los políticos que han tenido ocasión de hablar de los orígenes de la República, lo han sancionado todos los actos jurídicos oficiales dictados por el Estado al tratar de discernir los honores de que ha sido objeto ya su ilustre personalidad; lo ha acatado la opinión sensata del país acogiendo con entusiasmo el proyecto que en la actualidad se madura; lo respetó su padre de usted, tan consecuente en todos los actos de su vida pública con las ideas que germinaron en “La Trinitaria”; y se atreve a darle su débil apoyo también el anciano, amigo íntimo de su padre, que como órgano natural de la Junta que preside, tiene el honor de suscribirse.

“Su atto y seguro servidor: Félix María del Monte”.[53]

En el marco de ese intercambio epistolar al través de las páginas del Listín Diario, tuvo lugar la controversia entre el general Papí Sánchez y el poeta Félix María del Monte. Unas cuatro misivas más vieron la luz pública, hasta que el poeta trinitario optó por descontinuar debatiendo el tema de la estatua a Duarte, significando que para enaltecer a ese digno ciudadano que había sido Francisco del Rosario Sánchez y enarrar sus servicios a la Patria “no es necesario inventar lo que no existe”.[54]

Poco después, mediante Resolución de la Junta Central Directiva del Proyecto de Estatua a Duarte, se decidió obviar cualesquiera manifestaciones tendientes a modificar el principal objetivo de dicha entidad. No obstante, la Junta aclaró que con la erección de una estatua a Duarte no se discriminaba a otros próceres, ni se perseguía obrar con exclusivismo, ya que se trataba del primer paso en una serie de homenajes que simplemente comenzaban con el padre de la idea redentora que nos dio una República libre e independiente. La aludida Resolución estaba firmada por el secretario de la Junta, Félix E. Mejía, y su artículo primero rezaba así: “que prima en ella desde el primer día la opinión desapasionada de que la erección de una estatua a Duarte antes que a los demás próceres es solamente el principio de una serie de apoteosis que empieza con el que primero concibió, dio calor, propagó e hizo fructificar la grandiosa idea de constituir una patria independiente; cosa que no han podido negar los que contestan su primacía histórica”.[55]

La tríada de los Padres de la Patria

Hacia 1894, cuando la nación se preparaba para celebrar el cincuentenario de la independencia, los dominicanos no teníamos oficialmente Padres de la Patria. Todavía éramos un pueblo sin mitos, héroes ni paradigmas a quienes emular y reverenciar. Con sobrada razón, pues, en su memorable “Exposición al Congreso Nacional, solicitando el permiso para la erección de la estatua del Ilustre Patricio” Emiliano Tejera consignó que “Ya es tiempo de que los héroes de la Independencia sean honrados como lo merecen sus grandes hechos. De la Patria nada o casi nada han recibido”.[56]

Es significativo resaltar que en apoyo a la iniciativa que en el año anterior había tenido el Ayuntamiento del Distrito Nacional, en esta ocasión el comité pro homenaje a los héroes de la Primera República también solicitó permiso al Congreso Nacional para erigir una estatua en la plaza independencia a lo que ya se definía como “la trilogía del 27 de Febrero”, es decir: a Duarte, Sánchez y Mella, comenzando con el ilustre fundador de La Trinitaria y continuando con cada uno de los próceres de la Separación, a fin de honrar de manera definitiva la memoria de esos tres paladines de la libertad. Pero sucedió que el 4 de abril de ese mismo año, el Congreso Nacional, en sesión presidida por el diputado H. Pierret, negó la petición de la Junta Central Directiva para inicialmente erigirle una estatua a Duarte, con el pretexto de que con tal disposición se evitaba el desborde de las pasiones.[57]

Diversos grupos habían exteriorizado sus particulares preferencias y fue así como surgieron distintas fórmulas acerca de quién o quiénes debían merecer el tributo de la posteridad en calidad de Padres de la Patria. Ya se ha señalado que había quienes entendían que el título de Padre de la Patria correspondía únicamente al general Francisco del Rosario Sánchez; mientras otros opinaban que tan elevada distinción procera era exclusiva del general Santana; los había, además, que primero preferían a Juan Pablo Duarte; y también había defensores de Buenaventura Báez, de José María Imbert, de Fernando Valerio, de Antonio Duvergé, de Ramón Matías Mella y hasta de Tomás Bobadilla. En fin, cada cual, como decía Ulises Heureaux (Lilís), invocaba al santo de su devoción…

El escritor Rafael Abreu Licairac sostuvo una tesis mucho más ecléctica, aunque solapadamente inclinó sus simpatías hacia caudillos del temple de Pedro Santana. De acuerdo con Abreu Licairac la independencia dominicana había sido el fruto del esfuerzo de todos los dominicanos, no de unos cuantos. “Desde el último soldado –escribió– hasta el más encumbrado general; desde el más humilde empleado civil hasta el más alto magistrado de la oficial jerarquía; todos, todos, dieron elocuentes pruebas de abnegación inaudita: artesanos, industriales, comerciantes y pueblo entero, brillaron por el desinterés con que todos, en su respectiva esfera de acción, sirvieron a la patria en aquella época memorable”.

En consecuencia, sin pretender regatearle méritos ni cercenarle glorias a nadie, pretextó Abreu Licairac, rechazaba “el ciego empeño de algunos de fundar injustificable jerarquía en los merecimientos comunes a los principales obreros de nuestra independencia política”; por lo que, según sus conclusiones: “Esta patria de que hoy disfrutamos los dominicanos, es hija del común esfuerzo, del arrojo, del denuedo de nuestros mayores en cuya columna de honor figuran a la misma altura no tres o cuatro próceres, sino más de un centenar de varones y de patriotas eminentes”. De conformidad con esa perspectiva, a mi entender subjetiva, la nación dominicana “no tuvo único fundador” sino que, más bien, “tuvo fundadores, decididos obreros de su independencia, insignes próceres de su redención política”.[58]

El 11 de abril del año 1894, mediante la Resolución No. 3392, el presidente Heureaux decidió poner punto final a las pugnas entre sanchistas, duartistas, santanistas y otros “istas”, tras disponer la construcción de un monumento alegórico que simbolizara la Independencia Nacional en el que se grabaran los nombres de “los esclarecidos próceres Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Mella” quienes “merecen, por virtud de la principal participación que tuvieron en la propaganda y realización de la idea redentora, pasar a la posteridad conservando en ella la personificación del ideal patriótico que confundió a los tres próceres en una aspiración común y única: la de la emancipación política de la familia dominicana”.[59] Este fue, claro está, el inicio oficial de la tríada Duarte, Sánchez, Mella como Padres de la Patria…

El debate, como era natural, continuó aún después de la medida adoptada por el general Lilís, lo que obligó al Congreso Nacional a autorizar la erección de sendas estatuas en honor de Duarte y Sánchez sin que para ello fuera necesario “establecer primacía entre ellos”.[60] Incluso hay quienes sostienen que ante las permanentes presiones que recibía Lilís en relación con la tríada Duarte, Sánchez y Mella, el dictador llegó a sentenciar: “no me muevan el altar porque se me caen los santos”.

Si bien es verdad que a partir de 1894 el pueblo dominicano espontáneamente comenzó a venerar a Duarte, Sánchez y Mella como a los Padres de la Patria, no lo es menos la circunstancia de que nunca cesaron los reproches que mutuamente se prodigaban los grupos que pugnaban por la primacía de los dos primeros. Ello explica por qué todavía en 1897 el historiador García, en carta pública, afirmara que “no contentas las pasiones políticas, en su afán de regatear glorias a unos para atribuírselas a otros, con combatir a Duarte con Sánchez, a Sánchez con Mella, y a los tres con Santana, apelaron…, a la invención de que la idea separatista no fue obra de Duarte sino del Padre Gaspar Hernández”.[61] Durante varios lustros la controversia se eclipsó, pero resurgiría vigorosa hacia el año 1927.

El caso de Américo Lugo

Entre los más connotados intelectuales del siglo XX que debatieron sobre el tema de los héroes nacionales de la República Dominicana figura Américo Lugo, “autor de alegatos elocuentísimos sobre la figura de Sánchez”[62], aunque en raras ocasiones, según Máximo Coiscou Henríquez, sus argumentos autorizan pruebas. El autor de Heliotropo fue notablemente influenciado por un escrito del general Papí Sánchez intitulado “Epítome Histórico escrito por Juan Francisco Sánchez y de Peña para don Américo Lugo” en el cual éste le dio a conocer su versión de lo que denominó “la verdad acerca de la vida de Francisco del Rosario Sánchez”. En este escrito del general Papí Sánchez, cuyo propósito es elevar a Sánchez por encima de todos los prohombres del 1844, se advierte una contradicción. Empieza afirmando lo siguiente: “Voy a referirle el siguiente Epítome histórico que hace tiempo comencé a escribir para aclarar puntos de nuestra Génesis nacional, un tanto envueltos en la duda, por una parte, y por otra, algo desfigurados con leyendas que tienen poco de verídicas” (negrillas mías, J. D. B.). Y concluye su exposición de esta suerte: “Don Américo: he escrito al tropel estos apuntes. Crea en ellos…” No podemos concebir que un escrito iniciado “hace tiempo” se realice “al tropel”, es decir, con prisa, aceleramiento confuso y desordenado (cf. Diccionario de la Real Academia española, pág. 1303). Sin embargo, habiendo escrito su “Epítome” al vuelo, al general Papí Sánchez no le faltó arrojo y calma para sugerirle a don Américo que creyera en todo cuanto le decía. No cabe dudas de que por haber sido escrito con tanta prisa, el “Epítome” adolece de inexactitudes que no resisten el menor análisis científico.[63] Se afirma que Américo Lugo creyó en ese “Epítome” como si se hubiera tratado de una Biblia y que de su pluma principesca fluyeron no pocos dardos venenosos contra la figura prístina de Juan Pablo Duarte.

Fue así como, desde las páginas del semanario Patria, del cual Américo Lugo era director, se intentó revivir el viejo argumento consistente en presentar a Sánchez como superior a Duarte en méritos y aptitudes, tras considerarse que este último carecía de valor personal y de méritos bélicos, que había huido del país en 1843 y que de no haber sido por el primero, los dominicanos no habríamos podido disfrutar de un Estado-nación libre y soberano. La tesis defendida por Américo Lugo acerca de la primacía de Sánchez sobre Duarte fue impugnada por los historiadores Leonidas y Alcides García Lluberes, quienes al través del Listín Diario publicaron diversos artículos que posteriormente fueron recogidos en sendos libros auspiciados por la Academia Dominicana de la Historia.[64]

Sin embargo, es fama que ya en el ocaso de su vida, Américo Lugo, el hombre que con tanta gallardía y dignidad se enfrentó a la ocupación norteamericana de 1916-1924; el mismo que en 1915 escribió en su tesis doctoral que los dominicanos no constituíamos una nación, asumió una admirable actitud de autocrítica y reconoció que cuanto había dicho en detrimento de la figura histórica de Juan Pablo Duarte había sido escrito “al vuelo”, esto es, sin haber realizado una exhaustiva investigación sobre el tema. De esa manera, por tanto, Américo Lugo, a quien en una ocasión llamé el Patriota Olvidado, rectificó su posición respecto de los fundadores de la República, aún cuando no le fue posible abundar con más amplitud acerca de tan importante temática.

Durante la tenebrosa Era de Trujillo, los iconos preferidos del dictador y de algunos de los más conspicuos intelectuales en torno suyo, fueron por un lado el general Pedro Santana, como máxima expresión de la fuerza y del orden, y, por el otro, Juan Pablo Duarte, como símbolo de la idea y de la inacción política. Esa inexacta y ahistórica contraposición de ambos personajes contribuyó en forma decisiva a una mayor alienación en las generaciones posteriores respecto del verdadero papel desempeñado por Juan Pablo Duarte, en tanto que revolucionario pragmático, en el proceso de la independencia nacional. Al mismo tiempo, esa campaña de desinformación permitió la elaboración de una historiografía un tanto fabulada acerca de los orígenes del Estado-nación –que Duarte llamó República Dominicana-, así como en torno de los genuinos prohombres del pasado, cuyas hazañas resultaron menospreciadas toda vez que los villanos devinieron “héroes” y los auténticos patriotas nacionalistas resultaron víctimas de persecución, de destierros y, en determinados casos, algunos fueron fusilados. No obstante, la controversia alrededor de las figuras de Duarte y Sánchez permaneció sepultada hasta que después del movimiento revolucionario de abril de 1965, cuando en la República Dominicana eclosionó una nueva corriente de interpretación historiográfica, la cuestión del juicio de valor sobre los padres fundadores de la República afloraría otra vez ante la opinión pública.

Jimenes Grullón Vs. Lugo Lovatón y Sánchez y Sánchez

Hacia 1969, en el curso de un debate público que sostuvieron los historiadores Manuel de Js. Goico Castro y Juan Isidro Jimenes Grullón acerca del papel desempeñado por el general Pedro Santana en el proceso de la independencia, la misma derivó en un enfrentamiento con dos prominentes defensores del prócer Francisco del Rosario Sánchez.

Sucedió que Jimenes Grullón escribió un artículo titulado “La traición a la Patria en nuestra historia”, en el cual calificó de traidores a varios próceres dominicanos, y en el grupo de los supuestos traidores erradamente incluyó a Francisco del Rosario Sánchez, quien –según su concepto– por lo menos en dos ocasiones había dado la espalda al ideal nacionalista. De inmediato, dos distinguidos juristas e historiadores, Carlos Sánchez y Sánchez y Ramón Lugo Lovatón –este último autor de una amplia y documentada biografía sobre el prócer Sánchez–, emplazaron a Jimenes Grullón para que públicamente demostrara sus acusaciones, quien no tardó en responder al emplazamiento de sus impugnadores.[65] Tras la réplica de este último autor, se desarrolló una extensa y documentada polémica en torno a Sánchez y Duarte. Las plumas de Carlos Sánchez y Sánchez y Ramón Lugo Lovatón dieron a la luz pública un formidable ensayo, en cinco entregas[66], y una vez concluida la publicación de estos trabajos, Lugo Lovatón consideró ampliamente rebatida la posición de Jimenes Grullón y se retiró del debate; mientras que Sánchez y Sánchez, por su parte, continuó a la carga, publicando varios artículos más que, independientemente de su firme posición “sanchista”, justo es reconocerlo, contribuyeron a enriquecer el conocimiento de la historia republicana ddel pueblo dominicano.[67]

Así, las páginas de la célebre revista Ahora!, que fundada y dirigida entonces por el distinguido periodista, Rafael Molina Morillo, acogieron una de las más interesantes polémicas públicas de cuantas ha habido en Santo Domingo alrededor de los fundadores de la República. Carlos Sánchez y Sánchez y Ramón Lugo Lovatón rebatieron contundentemente los criterios vertidos por Juan Isidro Jimenes Grullón, aún cuando a ambas partes no les fue posible mantener el debate estrictamente en el plano académico e histórico y permitieron que las pasiones sumergiera la polémica en las procelosas aguas de las acusaciones personales y familiares.[68] Pese a ello, la polémica, a mi modo de ver, realizó importantes contribuciones al esclarecimiento de la verdad histórica en torno del papel desempeñado por los principales fundadores de la República.

Mientras Juan Isidro Jimenes Grullón acusaba a Francisco del Rosario Sánchez de haber traicionado la Patria, porque firmó la Resolución del 8 de marzo de 1844 y alegadamente se matriculó español en 1856 a raíz del escándalo diplomático conocido como La Matrícula de Segovia, Carlos Sánchez y Sánchez y Ramón Lugo Lovatón desmentían tal aseveración, arremetiendo contra Juan Pablo Duarte al tiempo que consignaban que sin la participación de Francisco del Rosario Sánchez en el movimiento trinitario no habría habido independencia.

Se recordará que Duarte, en agosto de 1843, tuvo que salir del país como consecuencia de la encarnizada persecución que desataron en su contra las autoridades haitianas. Sus correligionarios, también se sabe, continuaron con los aprestos revolucionarios y al siguiente año se dio el grito de separación, procediendo los revolucionarios a proclamar la República Dominicana. De acuerdo con Sánchez y Sánchez y Lugo Lovatón, “si Sánchez no recoge el escudo que se le cayó de las manos a Duarte al abandonar el país en 1843, hubiera muerto el movimiento independentista”. “… Sin Sánchez –consideraron– no hay gloria para Duarte, porque no habría un 27 de Febrero; sin éste no habría existido la Independencia; sin Independencia no habría República y, por tanto, se hubiera perdido la labor trinitaria”.

Juan Isidro Jimenes Grullón, por su parte, enfrentó los cuestionamientos y argumentos de los mencionados autores, también al través de las páginas de la revista Ahora!, destacando que sus contradictores se empeñaban en colocar la figura de Francisco del Rosario Sánchez por encima de la de Juan Pablo Duarte, atribuyendo al primero el mérito exclusivo del hecho histórico de la Puerta del Conde, el 27 de febrero de 1844. Posteriormente, Jimenes Grullón amplió el contenido de sus artículos y los reunió en un controversial opúsculo, prologado por el historiador Julio Genaro Campillo Pérez, titulado El mito de los Padres de la Patria.[69]

Sánchez Fernández Vs. Balcácer

La polémica entre devotos de los próceres Francisco del Rosaril Sánchez y Juan Pablo Duarte reapareció en 1980, cuando quien esto escribe invitó al profesor e historiador José Aníbal Sánchez Fernández a un debate público a raíz de que éste pusiera en circulación su ensayo intitulado ¿Duarte, Fundador de la República?[70] El debate, ciertamente, se llevó a cabo el 19 de febrero de 1980, en la Casa de Bastidas. Estructurado en forma de mesa redonda, los expositores principales fueron José Aníbal Sánchez Fernández y el autor de este trabajo, mientras que como moderador fungió el historiador Euclides Gutiérrez Félix. En calidad de invitados especiales asistieron el profesor Juan Bosch, los historiadores Francisco Henríquez Vásquez, Francisco Antonio Avelino, Jorge Tena Reyes, y el escritor y poeta Enriquillo Sánchez.

Los principales medios de comunicación de la época se hicieron eco del debate, sus propósitos y consecuencias. Hubo editoriales al igual que numerosos artículos de opinión acerca de la conveniencia o no de la polémica. En ciertos círculos sociales había temor de que los participantes en el debate acudieran al mismo a denostar a los patricios fundadores de la República. La polémica, sin embargo, resultó un ejercicio intelectual y académico altamente edificante, por el nivel y el rigor de las exposiciones que allí se presentaron. Yo acudí en defensa de Juan Pablo Duarte; mientras que el colega José Aníbal Sánchez Fernández ejercía su derecho a reclamar el sitial que, según su criterio, merecía su bisabuelo Francisco del Rosario Sánchez. (Recomiendo a los interesados en escudriñar más detalladamente sobre los pormenores del resonante debate, consultar la prensa dominicana del mes de febrero del año 1980.)[71]

En efecto, José Aníbal Sánchez Fernández, en su calidad de biznieto del prócer de El Cercado, era otro ardoroso y pasional defensor de las tradiciones establecidas por algunos miembros de su distinguida familia en favor de Francisco del Rosario Sánchez. Escudado tras modernos instrumentos metodológicos de interpretación histórica, el doctor Sánchez Fernández cabalgó su Rocinante y, cual incansable hidalgo de La Mancha, acudió a cuanta cita fue necesaria para defender sus postulados en el sentido de que el prócer Sánchez había sido el más auténtico de los fundadores de la República.

Autor de numerosos artículos, ensayos, y, de por lo menos, dos libros sobre el prócer Francisco del Rosario Sánchez, el profesor José Aníbal Sánchez Fernández, a quien me unió una sincera, cordial y deferente amistad –pese a nuestras diferencias de enfoques históricos–, nunca quiso sepultar la vieja polémica entre sanchistas y duartistas. Al igual que su tío, Carlos Sánchez y Sánchez, consideraba que la intelligentsia dominicana había erigido a Juan Pablo Duarte en una especie de mito oficial al que, en desmedro de Sánchez, se le atribuían todas las glorias de la fundación de la República.[72]

En mi humilde entender, el profesor Sánchez Fernández fue sorprendido en su buena fe por algunas de las narraciones que tomaron cuerpo en la llamada tradición de la familia Sánchez, de cuyos múltiples propósitos sólo nos preocupa el más injusto: restarle méritos a Duarte para conferírselos a Sánchez.

En su trayectoria como académico, investigador y profesor universitario, el profesor Sánchez Fernández de manera sistemática se propuso demostrar, merced al uso de fragmentos y pasajes de numerosos documentos históricos, que Duarte no fue el fundador de la República; que más bien fue un incapacitado político y un cobarde quien, al no estar dispuesto a correr los riesgos que implicaba proclamar la separación de Haití, optó por huir del país en 1843. De conformidad con algunas de las conclusiones de Sánchez Fernández, Duarte no había sido más que un aventurero irresponsable, un inconsistente y un indeciso; y que quien verdaderamente era merecedor de toda la gloria atribuida al fundador y líder del partido duartista, era su bisabuelo Francisco del Rosario Sánchez, al que por su condición de mulato se le negaba el mérito de principal fundador de la República. Parte de esos alegatos los rebatí en la exposición que hice en el curso de aquella memorable mesa redonda, y no pocos de los argumentos esgrimidos para sustentar mi defensa de Juan Pablo Duarte, aparecen ahora en algunos de los trabajos que conforman el presente libro.

Otro autor contemporáneo que se identifica con esta corriente que he denominado sanchismo antiduartista, porque su propósito consiste en restarle méritos a Duarte para atribuírselos a Sánchez, es el historiador Francisco Antonio Avelino, quien sostiene la tesis de que se ha creado una leyenda de manufactura duartista con el objeto de presentar al fundador de La Trinitaria como al “verdadero autor del golpe de Estado que hizo nacer la Independencia Nacional el 27 de Febrero de 1844.[73]

En el concepto del profesor Avelino se ha elaborado, además, una mitología de Duarte que pretende convertirle en héroe cuando, según su particular enfoque de aquellos acontecimientos, la contribución de este prócer a nuestra independencia sólo se limita a haber organizado y dirigido, durante cierto tiempo, la célebre agrupación política La Trinitaria. De manera, pues, que Duarte, según Avelino, es apenas “uno de los ideólogos de la conspiración febrerista” mientras que Sánchez, además de ideólogo, es héroe y mártir.

El profesor Avelino señala que los ingredientes ideológicos que en el siglo XIX alimentaron la llamada “mitología duartista” fueron los prejuicios de raza y de clase que se conjugaron para negarle a Sánchez su histórico y glorioso papel de Fundador de la República”.[74]

Estimo que esta aseveración, mezcla de verdad y ficción, no responde al entorno histórico social en que actuaron Francisco del Rosario Sánchez y sus compañeros de lucha. Se recordará que la sociedad dominicana es, en esencia, una comunidad afro hispánica; y que durante la segunda mitad del siglo XIX, el prejuicio racial, si se manifestó entre los dominicanos, fue casi imperceptible. La clase dominante de la época estaba integrada por mulatos en su casi totalidad; y no pocos de los caudillos y hombres públicos de las primera y segunda Repúblicas, fueron mulatos o negros, circunstancia de la cual puede colegirse que resultaba improcedente que esas mismas figuras se lanzaran a una campaña antinegra, motivados por el color de su piel y que, por tanto, aplicaran criterios discriminatorios en función de la piel orientados más bien a automarginarse de la esfera del poder.

Se podrá argumentar –y ello es cierto– que existía un sentimiento de repulsión hacia el haitiano (el propio Sánchez, quien era negro, solía decir: Yo soy todo, menos haitiano); pero ese sentimiento antihaitiano no se sustentaba en las diferencias del color de la piel ni respondía a una concepción etnocentrista de los dominicanos –que entonces no existía. Más bien, tal sentimiento antihaitiano obedecía a principios políticos derivados de la doctrina del liberalismo y el nacionalismo preconizados por los duartistas; pues, si se es nacionalista, auténticamente nacionalista, forzosamente se es antihaitiano y anti cualquier otro país que pretenda sojuzgar la nación dominicana y someterla a un esquema de dependencia colonial. No se olvide que, en esa época, la pretensión de los legisladores haitianos, en cuanto se refiere a la parte española de la isla de Santo Domingo, se circunscribía a la tesis de “la una e indivisible”; objetivo político que contrastaba de manera irreconciliable con los postulados doctrinales del partido duartista.

En conclusión, es lícito destacar que durante el transcurso de aquella enconada y hasta cierto punto estéril polémica de finales del siglo XIX, entre duartistas y sanchistas, jamás asomó la idea de que el Mártir de San Juan no merecía distinción alguna debido a su condición racial. Es más: puede afirmarse con suficiente fundamentación histórica que la posición adoptada por la mayoría de los apologistas de Duarte se ha circunscrito a defender los méritos del Fundador de La Trinitaria; jamás a detractar la memoria del prócer Francisco del Rosario Sánchez, ni mucho menos a negarle el verdadero sitial que ocupa en el Panteón de la Patria, claro está, sin que para ello sea menester relegar a Duarte a un plano secundario ni tampoco menospreciar el extraordinario aporte que este último realizó para que los dominicanos se constituyeran en una República libre e independiente de toda dominación extranjera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Tuvo Juan Pablo Duarte esposa e hijos?

Hace varios años suscitó interés público una investigación realizada por el licenciado Raimundo Tirado Calcaño en la que éste asumió la tesis, propia del siglo XX, que atribuye al general Juan Pablo Duarte haber contraído matrimonio en dos ocasiones y en haber procreado descendencia en ambas uniones matrimoniales.

La versión más socorrida sobre la supuesta descendencia de Duarte descansa en una tradición oral que no ha sido documentalmente comprobada. El historiador Euclides Gutiérrez Félix, en una entrevista concedida al periodista Tony Pérez, del periódico Hoy, declaró lo siguiente:

“Duarte no casó nunca, tuvo una novia sobre la base de un compromiso formal propio de la época, pero no contrajo matrimonio con ella, ni hay documentos que prueben que se casó. Ahora, había aquí en la ciudad una vieja versión, aceptada por la mayoría de la gente, de que Duarte sí tuvo descendencia, y eso ha salido recientemente en televisión. Había un barbero aquí en el Salón Marión que se decía que era nieto de Duarte y, efectivamente, en él se notaban los rasgos físicos de la familia Duarte. No hay documento que atestigüe eso, pero hay la versión de que era una novia que él tenía y que tuvo ese hijo; y es lo más normal, porque Duarte, ni era santo, ni era un ser extraterrestre, era un hombre de este país con todas las condiciones físicas y con todos los atributos de los hombres”.[75]

Los defensores de la referida tesis argumentan que entre 1838 y 1840 –se desconoce la fecha exacta– Duarte habría contraído matrimonio en forma secreta con Vicenta Diez, alegada prima suya, con la cual procreó dos hijas. Es importante precisar que en la genealogía de la familia Diez no he encontrado evidencias de que existiera esa Vicenta Diez. Luis Padilla D’Onis y, consecuentemente, Raimundo Tirado, argumentan que ella era hija de Mariano Diez, hermano de Manuela Diez, la progenitora de Juan Pablo Duarte. Aseguran que Vicenta Diez, de quien no existen acta de nacimiento, acta de bautismo ni partida de defunción, nació en El Seibo hacia 1817. Nada se sabe acerca de su niñez y adolescencia, ni de su educación. ¿Quiénes fueron sus maestros, quiénes sus amistades y relacionados en la reducida aldea que era la ciudad de Santo Domingo entre 1820 y 1843? Tampoco existe un daguerrotipo de ella, que nos permita apreciar cómo eran sus rasgos faciales. Extrañamente desapareció de la faz terrestre. A pesar de esas lagunas, Padilla D’Onis ofrece esta curiosa descripción sobre Vicenta, que más bien semeja un retrato propio de una dama de alcurnia de las célebres cortes europeas del medioevo: “Dotada de facciones irreprochablemente finas, exquisitamente bellas –como la recuerdan aún numerosos ancianos que la conocieron joven, que aún viven en Sabana de la Mar – tenía un distinguido porte e impecable elegancia, que por su excelente y brillante educación atraía encantadoramente a los que la trataban, que jamás podían olvidar su simpático rostro, ni sus gentilísimas maneras, así como su irreprochable circunspección…”

En consonancia con esa línea argumental, a Luis Padilla D’Onis también se debe la siguiente elucubración, mucho más cercana al campo de una novela de suspenso, que de un texto de historia: por razones que todavía desconocemos, Duarte contrajo matrimonio secretamente con su prima Vicenta Diez. Con ella procreó dos hijas, de nombre María del Carmen Sandalia y Sinforosa Duarte Diez. La primera supuestamente nació en 1841, mientras que la segunda vino al mundo en 1843. Duarte y su familia primero se establecieron en Santa Bárbara, pero casi de inmediato se trasladaron a San Carlos, villa situada extramuros de la ciudad colonial, a fin de protegerse de “las persecuciones haitianas”. Por razones de seguridad, hacia 1843 Duarte habría instruido a su esposa que se estableciera en el Jovero de Miches, que cambiara su identidad por Vicenta Díaz y que, cuando se le preguntara por el nombre de su esposo, lo identificara como Juan Sotero Duarte.[76]

Acerca del presunto matrimonio de Duarte y del nacimiento de sus hijas, Padilla D’Onis no aporta un sólo documento fidedigno. No hay acta de matrimonio ni testigos; no indica quiénes fueron los padrinos del acto nupcial; tampoco aparecen actas de nacimiento ni de bautismo de las hijas ni de los padrinos de éstas. Todo se reduce, pues, a meras conjeturas que todavía esperan por las pruebas documentales que impregnen verosimilitud a tales argumentos. Hasta el momento, esas elucubraciones se han sustentado en una tradición oral conservada en el seno de una familia de apellido Duarte, oriunda de Sabana de la Mar.[77]

Luis Padilla D’Onis, lo mismo que Raimundo Tirado, alegan que Juan Pablo Duarte, durante su segundo destierro en Venezuela, contrajo nuevo matrimonio, sin antes haberse divorciado en Santo Domingo, y que de esa alegada segunda unión conyugal le nació un hijo, al que se debe la continuidad del apellido Duarte.

Este tercer hijo de Duarte, de nombre Juan Pablo, como su supuesto progenitor, habría nacido en San Felipe de Yaracuy, en el Estado Yaracuy, en Venezuela. De nuevo, Padilla D’Onis, sin ofrecer la más mínima y fiable prueba documental al respecto, se adentra en disquisiciones totalmente alejada de la realidad y da riendas sueltas a la imaginación. Al menos pone en evidencia que Juan Pablo Duarte era un hombre de finos gustos, pues en San Felipe de Yaracuy conoció “a la que iba a ser en lo adelante la dulce compañera de su vida, en una nueva existencia de felicidad hogareña y al plácido rescoldo del amor. Allí, en aquel lejano paraje, conoció a la joven de bellísimas cualidades que lo impresionaron vivamente y despertó en su corazón todo un mundo de esperanzas e ilusiones, sacudiendo en su interior toda la virilidad adormecida durante sus largos años de tristezas y sufrimientos.” El autor confiesa desconocer “cómo se desarrolló este romance ni las proporciones que tuvo”, pero no titubea para afirmar categóricamente que Duarte “procreó hijos en su nueva unión, cuyos descendientes viven en San Felipe y otros lugares de Venezuela y aún del extranjero”.[78]

Padilla D’Onis supone que Juan Pablo Duarte, hijo, nació hacia 1860. Raimundo Tirado, en cambio, sitúa su nacimiento el 23 de junio de 1848, según documentación que posee y que nunca ha publicado. La segunda esposa de Duarte, según D’Onis y Tirado, se llamaba Marcela Mercedes Duarte, hija del señor Joaquín Duarte, al parecer rico comerciante del poblado de San Felipe. Por el contrario, Karl Sonni Rojas, un investigador dominicano residente en Venezuela, desde hace tiempo consagrado a reconstruir el paso de Duarte por las selvas del Apure y el Río Negro, comprobó que el esposo de la señora Mercedes Duarte fue un hombre distinto del ilustre prócer dominicano y en declaraciones ofrecidas a la periodista Angela Peña, afirmó: “Investigué San Felipe de Yaracuy, estado Yaracuy, que queda totalmente al norte, lindando con la costa caribeña y no, no se pudo comprobar absolutamente. Ninguno de los documentos presentados soporta la tesis de que el señor Juan Pablo Duarte, de San Felipe Yaracuy, tenga algo que ver con Juan Pablo Duarte y Diez.”

Durante ocho años, Sonni Rojas estuvo investigando en las regiones por donde anduvo el Padre de la Patria en Venezuela y nada pudo hallar que demostrara concluyentemente que éste tuvo esposas e hijos.[79] Ni en el caso del “matrimonio” de Santo Domingo, ni en el de Venezuela, se ha aportado constancia documental verosímil. Se trata, pues, hasta prueba en contrario, de meros tropos fundamentados en una tradición oral que no resiste un desapasionado y riguroso análisis científico.

El 13 de noviembre de 1988, Raimundo Tirado compareció en el programa El Gordo de la Semana, que produce Freddy Beras Goico, con el propósito de demostrar la veracidad de la tesis que defiende. En mi archivo particular reposa una nota escrita del distinguido historiador duartiano, Pedro Troncoso Sánchez, a raíz de las declaraciones ofrecidas por Tirado en el mencionado programa televisivo, la cual me permito reproducir a continuación:

“El licenciado Tirado me abrió la esperanza de que por fin se había dado con prueba auténtica o con indicios precisos y concordantes de que el Padre de la Patria Juan Pablo Duarte había tenido hijos.

“Pero a medida que pasaba el tiempo me iba desilusionando.

“Leyó muchas certificaciones y mostró muchas fotografías, pero ninguno de estos documentos era ni uno ni lo otro.

“El periodista Bonaparte Gautreaux Piñeiro se lo hizo notar.

“El Lic. Tirado le contestó que llegaría el momento de exhibir dichas pruebas o indicios, pero ese momento nunca llegó. El Lic. Tirado no dio a conocimiento nada que fuera o pareciera ser un acta de notoriedad que constituyera la prueba o alguna base para creer que el padre del hijo natural que le nació a la Sra. Duarte en 1848 era Juan Pablo Duarte y Diez, Fundador de la República.

“Sólo mostró una copia legalizada de la declaración de la Sra. Duarte en que únicamente se habla de un hijo natural de ella.

“También mostró el Lic. Tirado una declaración reciente de personas de apellido Duarte de que según versión familiar, ellas descendían del prócer dominicano Juan Pablo Duarte. “Este documento, junto con otros que nada significan como pruebas o como indicios de que el primero de los Padres de la Patria Dominicana tuvo un hijo, aportan base alguna para siquiera suponer esto último.

“Todo lo revelado por el Lic. Tirado en la tarde del 13 de noviembre en el programa “El Gordo de la Semana” carece de algún valor probatorio, o como presunción, de tal filiación, como muy bien expresó el periodista Bonaparte Gautreaux Piñeiro.

Pedro Troncoso Sánchez”.

Los defensores de la tesis que sostiene que Juan Pablo Duarte casó y tuvo tres hijos, argumentan, además, que los biógrafos del Fundador de la República se han empecinado en mistificarlo, cosificarlo, enajenarlo y en negarle toda cualidad humana. De esa manera, esgrimen, los apologistas de Duarte sólo se han propuesto situarlo en un irreal plano de santidad, rechazando la versión de que éste hubiese tenido esposas e hijos. Es innegable que ha habido algunos autores cuyos estudios sobre Duarte han contribuido a difundir una imagen ficticia del insigne revolucionario; pero las obras de esos autores no constituyen la única fuente disponible ni las mismas han devenido textos oficiales para estudiar la trayectoria pública y privada del Padre de la Patria. Existen, por tanto, numerosos documentos y textos que han hecho posible reconstruir una versión objetiva y desapasionada acerca del Duarte histórico, del Duarte real, de carne y hueso, que nos dio una República libre e independiente de toda dominación extranjera.

Nada de extraño tiene que un hombre o una mujer procreen hijos. Tampoco es imprescindible que para que haya descendencia sea menester el matrimonio, por ley o por la iglesia. La unión conyugal libre es también permitida y, durante gran parte del siglo XIX, en la sociedad dominicana dicha práctica devino una costumbre casi con carácter de tradición si se quiere cultural, aunque no religiosa. La mayoría de los historiadores que ha escrito sobre Duarte, al abordar su faceta amorosa y familiar no ha hecho otra cosa que ceñirse fielmente a los documentos históricos que se conservan sobre su vida y obra.8 Más aún: en el caso particular de su familia, el propio Duarte, quien tuvo múltiples oportunidades para testimoniar si había o no casado y procreado hijos, nunca se refirió a ese tema. ¿Qué necesidad habría impulsado al Patricio a obviar y evadir un aspecto tan trascendente de la existencia humana? Soy de opinión que es injustificable ese silencio de Duarte acerca de su familia y que si nunca se refirió a ella, fue sencillamente porque ésta no existió.

En Santo Domingo se conocen por lo menos dos novias que formalmente tuvo Duarte. Las señoritas María Antonia Bobadilla y Prudencia Lluberes (La Nona), a quienes, a su debido tiempo, obsequió sendas sortijas de compromiso. El anillo que perteneció a la señorita Bobadilla se conserva en el museo de Duarte; el que perteneció a Prudencia Bobadilla se ha extraviado. Juan Pablo Duarte, dedicado por completo a la causa independentista, no pudo contraer matrimonio. Según Federico Henríquez y Carvajal, el Patricio “pasó más de treinta años de martirio, perseguido, acosado, preso, expulso, vilipendiado, escarnecido, víctima propiciatoria de toda suerte de iniquidades, huyéndole a la envenenada atmósfera de la malevolencia, la maleficencia y la maledicencia”. La Nona nunca casó. Se dice que siempre mantuvo viva la esperanza de unirse matrimonialmente a Duarte. Una tradición reza que cuando el pintor Alejandro Bonilla le mostró el cuadro que había hecho de su prometido, ella, anciana ya, exclamó: “¡Ese es Juan Pablo! ¡Está hablando!”.[80]

A la luz de documentos históricos de irrecusable veracidad puede constatarse que en la República Dominicana, durante la segunda mitad del siglo XIX, ninguno de los coetáneos de Duarte mencionó que éste hubiera contraído nupcias y dejado descendencia. Invito al lector a un breve repaso de diversas fuentes:

1.- Desde 1833 hasta 1842 Duarte aparece firmando varios actos notariales en calidad de testigo de bodas, padrino de bautizos, o declarante de nacimientos. Ninguno de esos documentos indica que Duarte estuviera casado, como es de rigor cuando se consignan las generales de los testigos de bodas, bautizos, o declarante de nacimientos. En efecto, el 9 de mayo de 1842, en el libro 3o. de Nacimientos, folio 32, partida No. 135, de la Oficialía del Estado Civil de Santo Domingo, se consigna lo siguiente:

Juan Pablo Duarte, mayor de edad, domiciliado en esta ciudad, de profesión comerciante” declaró “que el día veinte y seis de Marzo próximo pasado había nacido una niña hija legítima del ciudadano Pedro Pina y de Micaela Rosón, mayores de edad de profesión encargado de la educación de niños, de este domicilio y se le puso por nombre Aurelia”.

Es conveniente destacar que, desde tiempos coloniales, entre los dominicanos era costumbre el que la persona elegida para apadrinar una criatura en su bautizo, fuera también quien declarara el nacimiento de la misma ante el oficial del estado civil.

2.– En los “Apuntes para la historia de la Isla de Santo Domingo, y para la biografía del general dominicano Juan Pablo Duarte y Diez”, códice mejor conocido como el Diario De Rosa Duarte, que ha sido el punto de partida para escribir la biografía del Maestro, no se consigna que Duarte tuviera esposas ni hijos. Como se sabe, ese histórico texto tiene la doble significación de que además de haber sido escrito por Rosa Duarte, en el mismo aparecen pasajes originales de la pluma del Fundador de la República, revelador de que Duarte había comenzado a escribir su autobiografía. De ahí que el lector avisado advierta pasajes en los que es Rosa quien habla, y otros en los que es el propio Duarte, en primera persona, el narrador de los acontecimientos.

Por lo menos en siete pasajes distintos del Diario hay alusiones a la familia Duarte. En ninguno de ellos, empero, siquiera de manera tácita, se puede intuir que el ilustre revolucionario tuviera esposa ni hijos. Veamos algunos de esos testimonios aportados por Rosa Duarte: En el 1843, cuando en la parte Este de la isla se produjo el pronunciamiento de La Reforma, se sabe que los duartistas se reunieron en la plaza pública para continuar con los planes que habían urdido. Rosa escribe: “Duarte estaba en su casa no sabiendo cómo desprenderse de su madre y sus hermanas que lo tenían abrazado y no lo dejaban salir.”[81] Meses después, cuando el presidente Herard visitó la parte Este y decidió perseguir a Duarte y a sus principales compañeros, los soldados haitianos rodearon la casa de la familia Duarte. Rosa, el evocar esos acontecimientos, consigna lo siguiente: “A la oración fue Don Luis Betances a suplicar que tocaran y cantaran para que al ver a sus hermanas alegres creyeran sus enemigos que se había embarcado y cesaran de perseguirlo… Al entrar Sánchez en casa de Duarte saltó por encima de los soldados que estaban tendidos en la calzada y le preguntó a sus hermanas por él, las que le contestaron que ignoraban dónde estaba…”[82] El propio Duarte, el 24 de diciembre de 1844, cuando apenas llevaba meses de haber iniciado su segundo y prolongado destierro, afirmaría:

“Allí (Saint Thomas) supe también lo actuado en Sto. Dog. durante mi permanencia en Europa, allí supe que se habían expulsado algunas familias, y que como Riviere el año anterior, en el presente mi familia que se componía (porque los mayores de 25 años estaban desterrados a perpetuidad) de mi anciana madre, cuatro hermanas, la mayor apenas contaba con 16 años, y cuatro niños el mayor de trece, que estaban vigilados por el Batallón del Coronel Matías Moreno…”

¿No resulta extraño que al describir cómo era su familia y quienes la constituían entonces, Duarte omitiera que tenía esposa e hijas? Estimo que no había razones para que el Patricio ocultara ese hecho.

3.– En la Proclama al Pueblo y al Ejército, de julio 28 de 1844, que publicó el General Pedro Santana, entonces presidente de la Junta Central Gubernativa, contentiva sin duda de la más insultante y agraviante nómina de epítetos e infundíos contra el principal líder de La Trinitaria, no se menciona que tuviera esposas ni hijos.

Un documento oficial como ése, en el que se tildaba a Duarte de anarquista, usurpador de funciones, disociador, ambicioso, estafador, arbitrario, inmoral, fabulador, supuesto libertador, cobarde, imprudente, y otras calumnias más, era apropiado para que el déspota Santana y sus áulicos destacaran el hecho de que Duarte –a quien se tenía como un modelo de virtudes cívicas y morales – se había matrimoniado secretamente con una prima suya y con la cual se presume había procreado dos hijas, a quienes nunca reconoció ni hacía referencias. En aquella época, la sociedad dominicana la integraban aproximadamente 120,000 personas distribuidas en cinco provincias y 29 comunes. Resulta inverosímil que un régimen opresor y de tendencia absolutista, como el que encabezaba el general Pedro Santana, no estuviera enterado de quiénes eran y dónde se hallaban ubicados todos los parientes de su principal adversario político, que lo era Juan Pablo Duarte.

4.– Cuando en 1845 el gobierno del general Pedro Santana decidió enviar al ostracismo a doña Manuela Diez viuda Duarte y a sus hijos, la eximia madre del Patricio recibió una carta cuyo tenor fue el siguiente:

“Señora: Siéndole al Gobierno notorio por documentos fehacientes, que es a su familia de Ud. una de aquellas a quienes le dirigen del extranjero planes de Contra-Revolución e instrucciones, para mantener el país intranquilo, ha determinado enviar a Ud. un pasaporte para el Extranjero, el que le acompaño bajo cubierta a fin de que a la mayor brevedad realice Ud. su salida con todos los miembros de su familia, evitándose el Gobierno de ese modo emplear medios coercitivos para mantener la tranquilidad pública en el país”. El gobierno fue severo e implacable en su disposición de desterrar a “todos los miembros de (la) familia” de Duarte. ¿Cómo se explica que no deportara también a la supuesta esposa e hijas del Fundador de la República? Una incontrovertible realidad justifica que tal acción no se produjera: la inexistencia de ellas…

5.– El 25 de marzo de 1864, luego de veinte años de forzada ausencia, el general Juan Pablo Duarte arribó al pueblo de Guayubín, dispuesto a incorporarse a la lucha revolucionaria que libraba al pueblo dominicano para restaurar la República Dominicana que, como se sabe, había sido anexionada a España en marzo de 1861.

En comunicación que el Patricio dirigió al Gobierno Provisorio de la Restauración, en la persona del vicepresidente Ulises Espaillat, se expresó de esta suerte: “Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido con vender al extranjero la patria cuya independencia jurara defender a todo trance; he arrostrado durante veinte años la vida nómada del proscrito sin que la Providencia tuviese a bien realizar la esperanza, que siempre se albergó en mi alma, de volver un día al seno de mis conciudadanos, a consagrar a la defensa de sus derechos políticos, cuanto aún me restase de fuerza y vida…”

El lector avisado podrá advertir que Duarte no menciona a su familia, sino que simplemente exterioriza su deseo de “volver un día al seno de mis conciudadanos”. Esto así porque lo que constituía toda su familia había sido expulsada del país en 1845 y desde esa época residía en Venezuela.

Existen tres misivas que datan de 1864 y 1865; dos de amigos íntimos de Duarte, y una del propio Fundador de la República, que constituyen pruebas irrefutables de que para esa época no se le conocían esposas ni hijos. En una de esas epístolas, su compadre, Francisco Saviñón, el 7 de julio de 1864, le escribió en estos términos:

“Debe usted haber sabido que su comadre estuvo a la muerte pero ya está perfectamente bien. Me encarga saludarlo. Su ahijada está gordísima. De su familia supe por un joven que vino de Caracas, que están bien. En días pasados escribí a Rosa por conducto de los Rojas pues me pedían informes de usted.” En otra correspondencia, de octubre 11 del mismo año, Saviñón volvería a decirle: “Tenga la complacencia de saludar a sus hermanas. Su comadre lo recuerda siempre con placer, y yo como siempre a sus órdenes”.

7.– Francisco Martínez de León, tras enterarse de que Duarte estaba con vida y de que había regresado a Santo Domingo a luchar por la restauración de la República, desde Puerto Rico le escribió lo siguiente:

“Vives, sí, ya lo sabía yo aunque no de una manera positiva y auténtica. Siempre me informaba con cuantos creía, o me parecía que podían haberte visto y todo había sido inútil hasta ahora. Supe que te conservabas con apariencias de pocos años, que tenías bigotes pero no las patillas que solías”.

8.– En una extensa comunicación que Duarte le dirigió al poeta Félix María del Monte, el 2 de mayo de 1865, resume algunos de los infortunios padecidos por él y su familia y en parte alguna se refiere a esposas, cónyuges o hijos:

“ … El 19 de marzo del año siguiente (al 44) Santana y los iscariotes arrojaron del suelo natal a una familia honrada y virtuosa sólo por contarse en ella hijos dignos de la Patria. Finalmente esta familia infeliz llega a La Guaira, el 25 de marzo de 1845, lugar de su destierro.

“Qué más se quiere del patriota? Se quiere que muera lejos de su Patria, él que no pensó sino en rescatarla y con él sus deudos, sus amigos, sus compañeros, sus compatricios.

“Te suplico, por tus hijos y por la madre de tus hijos, no cierres tus oídos a mis palabras porque más de un triste llora su desventura por haberlos oído y no haberlos escuchado, y más de una víctima tropezó con el sepulcro.

“Pero ya esta carta es muy larga y voy a concluirla sin haberte dicho nada de lo mucho que tenía pensado decirte. Mi familia toda saluda a Encarnación y agradecen recuerdos deseando que se conserve buena y siempre dominicana. Mil cariños a los niñitos y mándame decir cuántos tienes y cómo se llaman y su edad.”

¿Acaso no llama la atención que en un documento tan íntimo y privado, como lo es una carta no destinada a la publicidad, Duarte, al referirse a su familia, sólo incluyera a sus hermanos? ¿No resulta curioso también que cuando Duarte inquiere a Félix María del Monte por su familia inmediata, esto es, la esposa e hijos de su compadre, no aprovechara la oportunidad, como es tradición en ese tipo de comunicación, para referirse a su propia familia, es decir, a su esposa e hijos, si los tenía?

9.– En 1864 la presencia de Duarte en el país no fue secreto. ¿Dónde estaban Vicenta Diez y las supuestas hijas de Duarte, que ya eran mayores de edad y, por lo tanto, debían saber quién era su progenitor? ¿Por qué no procuraron reunirse con su esposo y padre? ¿Qué razones tan poderosas existían para que la presunta esposa e hijas de Duarte permanecieran ocultas?

10.– En el libro Elementos de geografía física, política e histórica de la República Dominicana, escrito y publicado hacia 1867, y cuyo autor fue monseñor Fernando Arturo de Meriño, hay un pasaje alusivo a Duarte en el que se lee lo siguiente:

“Este fue el primero que concibiendo el pensamiento de sacudir la dominación haitiana, se lanzó en la vía revolucionaria; el primero que sacrificó su patrimonio, sus afecciones de familia, su reposo, todo, exponiendo su vida mil veces por dar libertad a sus conciudadanos… “

Posteriormente, en 1884, cuando fueron trasladadas sus cenizas al país y le correspondió a Monseñor Fernando A. Meriño pronunciar la Oración Fúnebre, el entonces Arzobispo de Santo Domingo, dijo:

“No, DUARTE no podía resistir más a la desgracia. Pobre hasta la suma estrechez y disputándose constantemente su ya deteriorada salud a una cruel enfermedad, debió sucumbir. Preparado cristianamente y bajo el cariñoso abrigo de los puros afectos de su familia desolada, entregó su espíritu al Señor en la ciudad de Caracas, el día 15 del mes de julio de 1876, a los 63 años de edad”.

11.– El historiador nacional José Gabriel García, en su obra Rasgos Biográficos de Dominicanos Célebres, al escribir sobre la última permanencia de Duarte en Santo Domingo, afirmó: “No habiendo ésta (la misión diplomática en Venezuela) dado resultados satisfactorios se retiró a la ciudad de Caracas, a donde unido a su familia pasó el resto de sus días lleno de privaciones…”

12.– El poeta Félix María del Monte, amigo íntimo de Duarte y compañero de éste en los afanes revolucionarios, en un discurso pronunciado el 27 de febrero de 1884 desde el balcón de la Casa Consistorial en ocasión del traslado al país de sus restos mortales, expresó:

“Hoy, el supremo Gobierno y el Ilustre Ayuntamiento de esta capital, reivindican el polvo sagrado del ilustre general JUAN PABLO DUARTE; y ofrecen al último resto de su familia un asilo en el regazo de la patria, después de cuarenta años de incalificable destierro…”

13.– Nótese que el distinguido febrerista, Félix María del Monte, al referirse a los hermanos del Patricio, que vivían en Venezuela, los considera “último resto de su familia”. ¿Ignoraba Del Monte que Duarte supuestamente había contraído matrimonio y que tenía una hija en el país?

En carta fechada el 10 de febrero de 1885, Rosa y Francisca Duarte, dirigida a Emiliano Tejera, entre otras cosas, le dicen: “Nosotras en todo somos las herederas de todas las contrariedades que a cada instante, como una rémora, Juan Pablo encontraba en su camino, y no exagero…”

¿Cómo es posible que las hermanas Duarte no incluyeran en el pronombre plural “nosotras” a las hijas y esposas de Juan Pablo, si es que las tuvo? ¿Acaso desconocían ellas, tan estrechamente vinculadas a su hermano Juan Pablo, que éste había contraído matrimonio y procreado hijos tanto en Santo Domingo como en Venezuela?

14–En la Exposición dirigida al Congreso Nacional en 1894, por la junta Central Directiva del Monumento a Duarte, Emiliano Tejera, al hablar de Duarte y la forma en que culminó su existencia, escribió:

“El año 1876 le encontró en su interminable destierro, y el mes de julio, tan fecundo para él en acontecimientos prósperos i adversos, le vio tendido en su lecho de muerte (el 15). Dios no le concedía el beneficio, tantas veces pedido, de morir en tierra dominicana. I por qué? Era tan gran delito haber fundado una nacionalidad independiente? Podía haber sido feliz, y desdeñó la felicidad, sino la gozaba en el suelo bendito de la Patria libre. Por ésta había sacrificado sus riquezas, la tranquilidad de sus padres, la dicha de sus hermanos, el amor de su juventud, el natural deseo de verse reproducido en sus hijos. Y todo para qué? Su madre reposaba en tierra extraña; sus hermanas, agobiadas por las penas y una ancianidad anticipada, quedaban en la miseria y sin amparo; su hermano enloquecido por los pesares, podía ser más tarde el ludibrio de los necios, entregando a la befa de los indiscretos, un apellido que tanto había tratado de honrar, sus amigos, los compañeros de su obra, como maldecidos por Dios, habían dejado en la senda dolorosa, donde el menor de los males era el destierro, unos su razón, otros la vida en los patíbulos, todos su dicha i el porvenir de sus familias…”

Este memorable documento fue firmado, además de Emiliano Tejera, por los no menos prestigiosos ciudadanos Félix María del Monte, José Gabriel García, Fernando A. de Meriño, Apolinar de Tejera y Félix Evaristo Mejía.

15.– Federico Henríquez y Carvajal, quién fue amigo personal de las hermanas de Duarte, describe a la familia del Patricio de esta manera:

“De ocho personas principales se componía la familia: la madre, doña Manuela Diez y Ximenez, viuda Duarte, y sus siete hijos: Vicente Celestino, Juan Pablo, Rosa, Filomena, Sandalia, Manuel y Francisca.

“Sólo el primogénito tuvo prole. Juan Pablo i Rosa, henchida el alma de amor i de dolor por la patria caída entre las manos impuras de los reaccionarios y los anexionistas, deshicieron compromisos amorosos y renunciaron al matrimonio. Manuel se volvió loco ante el cuadro de tristezas de la familia. Sandalia fue virgen y mártir en la aurora de su juventud florida.”

16.– El acta civil de la muerte de Juan Pablo Duarte y Diez dice textualmente lo siguiente:

“(REGISTRO PRINCIPAL, Caracas, Parroquia de Santa Rosalía. Defunciones 1876, acta No. 106, fl. 28).‑ Miguel Piña, primera autoridad civil del municipio de Santa Rosalía hago constar: que hoy quince de julio de mil ochocientos setenta y seis se ha presentado ante mi Vegas Fernández y Compañía, industriales y vecinos de la Catedral, manifestando que ha fallecido el GENERAL JUAN PABLO DUARTE, hoy a las tres de la madrugada entre las esquinas del Samuro y el Pájaro; de las noticias que he podido adquirir aparece que el finado tenía sesenta años de edad, soltero, industrial y natural de la República de Santo Domingo e hijo legítimo de Juan José Duarte y Manuela Diez, difuntos.– El Jefe Civil M. Piña.– El Sector. Andrés Socorrás.”

Una nota necrológica aparecida en El Diario de Avisos, de Caracas, el sábado 15 de julio de 1876, edición vespertina, se lee lo siguiente:

“Ha fallecido el General JUAN PABLO D UARTE, Caudillo de la Independencia Dominicana, y sus deudos y amigos que suscriben esperan de usted los acompañe a la inhumación del cadáver mañana a las 9 a.m., en la I P de Santa Rosalía.

“Caracas, julio 15 de 1876.

“Manuel Duarte, Enrique Duarte, José Ayala. Pdo. Francisco Tijera, Dr. Federico Tejera, A. S. de Vizcarrondo, Francisco Tejera, Marcos Guzmán, Felipe Tejera, Miguel Tejera, Andrés Tejera.

“Entre el Zamuro y el Pájaro.”

18.– El prócer puertorriqueño Andrés S. de Vizcarrondo, quien cultivó una estrecha amistad con Duarte en Venezuela, escribió unos apuntes biográficos del Maestro a raíz de su lamentable deceso. Refiriéndose al sepelio de Duarte, Vizcarrondo consignó que “sus venerandos restos fueron trasladados al templo de Santa Rosalía, acompañándolos sus deudos y sus muchos amigos hasta el nuevo cementerio…” Fue Duarte, de acuerdo con Vizcarrondo, “el primero que se lanzó a la revolución, el primero que sacrificó sus afecciones de familia, su reposo…” El escrito del íntimo amigo de Duarte concluye de esta manera:

“El que suscribe; amigo verdadero del General Juan Pablo Duarte, consagra estos mal trazados renglones a la memoria del finado, y da el más sentido y cumplido pésame a sus señoras hermanas, hermano y demás miembros de su familia.”

Llama poderosamente la atención que en un momento de tanta aflicción, como el que produce la ausencia definitiva de un ser querido, no haya referencias a la esposa e hijos de la persona fallecida, como aconteció en el caso de Duarte y de todos sus parientes y amigos que escribieron acerca de su vida.

19.– El académico Crispín Ayala Duarte, biznieto por línea materna de Vicente Celestino Duarte, en carta dirigida al historiador Fray Andrés Mesanza, 0. P, alude directamente a la familia de Duarte que llegó a Venezuela, y afirma que D. Vicente Celestino, fue el “único que contrajo matrimonio y perpetuó apellido”.

Ayala Duarte, al referirse a la deportación por parte de Pedro Santana de la familia Duarte, también consignó: “… los pasaportes que expidió el Dictador Santana y Bobadilla al general D. Juan Pablo, a la madre de éste y a toda su familia.”

20.– El 7 de septiembre de 1889 el periódico El Teléfono publicó la siguiente nota alusiva al fallecimiento de Manuel Duarte, el hermano demente del Fundador de la República:

“La familia Duarte y Diez ha desaparecido por completo del mundo para ocupar eternamente un lugar distinguido en las páginas de la Historia.

“Manuel, el único de los hermanos del ilustre caudillo de la Separación que vivía, acaba de morir en Caracas según lo anuncia la prensa venezolana. Demente hacía muchos años, no quiso repatriarse con los restos venerandos de su hermano; y esta circunstancia obligó a Rosa y a Francisca a dejar que vinieran solas las preciosas reliquias que servían de alivio a sus pesares. El deber, en cuyo cumplimiento se habían sacrificado sus mayores, las mantuvo hasta sus últimos momentos al lado del pobre desvalido, que acongojado por la separación de sus dos compañeras de infortunio no ha podido sobrevivirlas largo tiempo.

“Que descansen en paz esos muertos ilustres y que la gratitud nacional inspire a la generación actual y a las venideras un respeto profundo por las glorias de esa familia de héroes y de patriotas que las malas pasiones de los contemporáneos convirtieron en una familia de mártires.”

Durante el siglo XIX, ninguno de los allegados de Duarte fueran familiares o amigos, íntimos o no, se refirió al hecho de que éste hubiera tenido esposas e hijos.

Ante las auténticas e imbatibles evidencias documentales de los coetáneos de Duarte, no se entiende el por qué algunos sectores interesados pretenden que el historiador imparcial admita como verosímil la versión, no comprobada todavía, de que Juan Pablo Duarte formó familia y dejó descendencia. Otro dato curioso lo constituye el hecho de que cuando en 1884 sus restos mortales fueron trasladados al país, nadie entonces reclamó tener vínculos consanguíneos con el patricio.

Y consta que para rendir el merecido tributo a las cenizas del Fundador de la República, con suficiente tiempo se organizó un apoteósico recibimiento al cual asistieron representantes de todos los pueblos y provincias de la República. Incluso por Sabana de la Mar (de donde es oriunda la familia Duarte a la que Padilla D’Onis y Raimundo Tirado atribuyen descender directamente del Patricio), asistió como representante el señor A.S. Vicioso. De modo que puede colegirse que en 1884 los supuestos descendientes de Duarte residentes en Sabana de la Mar, si los había, debieron enterarse del homenaje oficial que se le rendiría a su ilustre deudo en la ciudad capital. ¿Por qué no salieron a la luz pública y se identificaron como parientes directos del hombre a quien se comenzaba a reconocer como el principal fundador de la República? Primero, no había razones políticas para mantener esa relación familiar en el anonimato; y sin duda habría constituido motivo de satisfacción y orgullo para las autoridades oficiales del momento, y para las entidades cívicas que habían promovido el reconocimiento patriótico a Duarte, enterarse de que el Patricio había dejado descendencia en el país.

De igual modo, cuando el soberano Congreso Nacional, mediante la Resolución de Abril 17 de 1884 asignó una pensión vitalicia de quince pesos mensuales para cada uno de los hermanos de Duarte y dispuso, además, que se adquiriera una casa en nombre de la República para “un hermano y dos hermanas desvalidas del iniciador de la Independencia patria”[83] nadie, en la ciudad capital, ni en ningún otro pueblo de la República, reclamó estar emparentado con el ilustre prócer, pese a que la referida providencia congresional fue de conocimiento público en todo el territorio nacional.

En conclusión: hasta que se demuestre lo contrario, me adhiero a la tesis defendida por los principales estudiosos de la vida y obra de Juan Pablo Duarte en el sentido de que éste nunca casó ni procreó hijos.

Referencias bibliográficas:

Manuel Duarte, Nota Necrológica. Ver Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, No. 116,

Acta Civil de la Muerte de Juan Pablo Duarte Diez en Diario de Rosa Duarte, p. 44.

Juan Pablo Duarte. Nota Necrológica, aparecida en el diario de avisos, Caracas, sábado 15 de julio de 1876, edición vespertina.

Emilio Tejera, “La ascendencia paterna de Juan Pablo Duarte (Comunicación a la Academia Dominicana de la Historia)”, Clío, p. 38, marzo y abril de 1933.

“Carta del Dr. Ayala Duarte al historiador Fr. Andrés Mesanza, O.P.”, Clío,

No. 87, mayo-agosto 1950, Ciudad Trujillo, R.D.

Dr. Manuel Antonio Diez, “De la familia Duarte”, Clío, No. 107, abril junio, 1956, Ciudad Trujillo, R.D.

Proclama del General Santana. Al Pueblo y al Ejército. Julio 28 de 1844. Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones. Tomo I.

Máximo Coiscou Henríquez, “Juan Pablo Duarte y Diez”, En Duarte en la historiográfica dominicana, compilación de Jorge Tena Reyes. Publicaciones de la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos. Centenario de la muerte de Juan Pablo Duarte. Editora Taller, 1976. Santo Domingo, R.D.

Carlos Larrazábal Blanco, “Papeles relativos a Juan Pablo Duarte y su familia”, Boletín del Instituto Duartiano, No. 3, enero-marzo 1970.

“Documentos duartianos”, Boletín Instituto Duartiano, No. 3.

“Testamento de Don Juan José Duarte”, en Vetilio Alfau Durán, “Don Juan José Duarte, breves apuntes biográficos”, Boletín del Instituto Duartiano, No. 3

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Huyó Duarte del país en 1843?

En el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de Julio Casares, se consigna la siguiente definición del verbo Huir: “Apartarse, alejarse rápidamente de alguna persona, cosa o lugar”. Y en el Diccionario de la Lengua Española, vigésima edición, de la Real Academia Española, el referido verbo se describe de esta manera: “Apartarse de prisa, por miedo o por otro motivo, de personas, animales o cosas, para evitar daño, disgusto o molestia”. En consecuencia, hay dos acepciones del verbo “huir” claramente expresadas en las definiciones precedentes: 1) Que el proceso de “huir” se realiza “rápidamente”; y 2), Que el mismo puede producirse “por miedo” a algo, esto es, a personas, animales o cosas.

Hay quienes yerran deliberadamente o no al sostener que en 1843 el general Juan Pablo Duarte huyo del país innecesariamente a fin de evadir la persecución que en su contra desató el gobierno haitiano. Tal afirmación es inexacta.

Lepelletier de Saint Rémy, en su obra Santo Domingo, Estudio y Solución Nueva de la Cuestión Haitiana, publicada en París en 1848, sostuvo que hacia julio de 1843, cuando Charles Riviere Herard penetró a territorio dominicano se encontró con que algunos “espíritus se unían ya en tomo a un pensamiento común y que el partido secesionista tenía conciliábulos secretos”. Por tal razón, el general Riviere a su paso por la parte española de la isla procedió en forma drástica e hizo Ilevar y arrastrar a los calabozos de Port-au-Prince a los habitantes más influyentes de Santo Domingo”.[84]

Como se sabe, el presidente haitiano arribó a la Ciudad Primada de América el 12 de julio, alrededor de las once de la mañana, seguido de un imponente ejército y “rodeado de los portadores de la maldecida representación que desde el día anterior había salido a recibirlo”.[85] Por conducto de Augusto Brouard –su delegado en Santo Domingo–, Herard había recibido un informe procedente del sector conservador dominicano en el cual se delataba a los principales cabecillas del movimiento que propugnaba por la separación de las comunidades dominicana y haitiana con fines de instaurar una república libre y soberana.

Las residencias de Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez –al igual que la de Francisco del Rosario Sánchez –, fueron requisadas de manera exhaustiva por los soldados haitianos, pero, afortunadamente, los dirigentes revolucionarios, previamente enterados de la denuncia de la que habían sido objeto, tuvieron el tiempo necesario para ocultarse desde el día anterior a la llegada de Riviere.

Poco tiempo después de que Herard y sus tropas terminaron la búsqueda de los trinitarios por todo el pueblo, se dirigieron a la sede del Gobierno local, sita en el Palacio Borgellá, prente a la Plaza Colón, y desde allí adoptaron varias medidas encaminadas a controlar la situación política, para luego proceder a castigar a quienes consideraban peligrosos sediciosos que atentaban contra la unidad con Haití. En efecto, una de las primeras disposiciones adoptadas fue enviar un batallón de soldados para que se “alojara al lado y frente a la casa de Duarte”, que se hallaba oculto en casa de la familia Ginebra en el sector de La Atarazana.[86]

Quien lea atenta y desapasionadamente el Diario de Rosa Duarte comprobará que de entre la legión de patriotas que en esa época lucharon por la independencia pura y simple, fue Juan Pablo quien por su capacidad intelectual, por su indiscutible liderazgo y por su avanzada concepción política que estorbaba los planes proteccionistas de los afrancesados, se convirtió en el más calumniado de los trinitarios y por quien el presidente haitiano Riviere mostró mayor interés para reducirlo a prisión.

A raíz del escondite de Duarte, su hermana recuerda que los enemigos de la patria estaban de plácemes” y que en el preciso instante en que el Patricio se escondió “principió su martirio que concluyó a los treinta y tres años y tres días, a las tres de la mañana del 15 de julio de 1876 que pasó a mejor vida”. Es decir, que el calvario redentor que Duarte inició en 1843 sólo concluyó en 1876 cuando se produjo su infausto deceso; exactamente 38 años después de haber fundado La Trinitaria y de haber tomado “el terrible juramento de fidelidad” para liberar a su patria.

Durante esos días aciagos, Duarte se vio constantemente precisado a cambiar de escondite para evitar que los soldados haitianos pudieran apresarlo. El presidente Riviere, consciente de que el joven revolucionario no se encontraba en su casa, sometió a la familia Duarte a un terror sistemático, al igual que a las familias de Pedro Alejandrino Pina, Juan Isidro Pérez y Francisco del Rosario Sánchez, pues por lo menos dos veces por día enviaba oficiales en procura de “los muchachos”, como despectivamente llamaba el sector conservador dominicano a los trinitarios. El 18 de julio, consigna Rosa, que a “Duarte sus enemigos le perdieron la pista y su saña se dirigió toda entera contra sus compañeros de infortunio…”

Tan pronto la soldadesca haitiana se percató de haber perdido el rastro de Duarte, arreció la represión entre la ciudadanía y la cárceles se llenaron de patriotas en todos los pueblos de la parte española, “pues a más de las delaciones verbales Riviere tenía en su poder la malhadada representación”. Y la ciudad –agrega Rosa –era presa de la mayor consternación. Los enemigos, ideando infamias para ver de coger a Duarte, mandaron dos oficiales del Batallón que estaba alojado frente a su casa a proponer a sus hermanas que bordaran una bandera con las armas de Colombia…” con el propósito de acusarlos de pretender unir Santo Domingo a Colombia.

Los haitianos, como se puede advertir, jamás descontinuaron la persecución contra Duarte. En efecto, el 24 de julio, a las cuatro de la tarde, nueva vez fueron allanadas su casa y la de su tío José Diez. “Al oficial que llevaba la orden de registrar la casa –escribe Rosa –, le acompañaba una numerosa tropa de la que una parte cercó la manzana y la otra se introdujo en la casa dividida en dos filas de dos en fondo; una fila de soldados armados entró por el dormitorio principal hasta las piezas interiores; y la otra se extendió desde la calle pasando por la sala hasta los corrales. Colocada la tropa se dio principio al registro el que duró hasta las seis de la tarde…”

Ese día, tras enterarse de que las tropas volverían a allanar la casa, las hermanas Duarte “aglomeraron en la galería, ayudadas por las sirvientas y algunos jóvenes, muchas y grandes cajas llenas de ropa y losa que tenía su madre, montándolas unas sobre otras”.

Según el relato de Rosa Duarte, la casa de la familia estaba tan vigilada que los afrancesados supieron el asunto de las cajas y fueron con la tropa cuatro o seis cargadores de maderas para bajar las cajas, aburridos de trabajar inútilmente, pues no lo encontraron, el jefe mandó desfilar la tropa en dirección al almacén”; siempre con el único propósito de apresar al principal cabecilla de la sedición, que lo era Juan Pablo Duarte.

A finales de julio de 1843 la persecución contra Duarte, Pérez y Pina se intensificó de tal manera que el presidente Herard llegó a ofrecer el grado de Coronel y tres mil pesos de recompensa a quien revelara su escondite. La devota hermana del líder nacionalista afirma que a las tres de la madrugada del día 30 a Duarte y a Pina “se les presentó muy arrepentido uno de sus perseguidores aconsejándoles [que] salieran de allí (estaban en casa del señor José Botello en la calle El Conde esquina Espaillat) pues los cogerían infaliblemente y que sus cabezas habían sido puestas a precio…” Ese mismo día en la noche los revolucionarios abandonaron su último refugio en la ciudad debido a “que las casas estaban bajo la más estricta vigilancia y el terror difundido por todas partes; ni las familias de los traidores estaban tranquilas, pues entre ellas algunos de sus miembros desaprobaban la tenaz persecución que se les hacía…”

La coyuntura histórica no era propicia para dar el golpe revolucionario. Los independentistas, para acometer tal proyecto, precisaban de ciertos elementos esenciales que no tenían, como dinero, armamentos y alianzas táctico-estratégicas con el sector conservador. En esas circunstancias, permanecer en la ciudad habría constituido una decisión arriesgada y poco menos que suicida, máxime si tampoco había garantías mínimas para asegurar que los duartistas, tras guarecerse en poblaciones aledañas a la ciudad de Santo Domingo, hubieran podido eludir exitosamente la persecución de los soldados haitianos. De ahí que los partidarios de la independencia pura y simple y, por tanto, miembros y simpatizantes del partido nacional, optaran por sacar del país a Duarte, Pérez y Pina, a fin de salvar sus vidas. Evidentemente que, para los propósitos del movimiento revolucionario, aquellos jóvenes eran más útiles vivos que convertidos en mártires…

Rosa consigna que “Duarte era tan querido, tan estimado de sus conciudadanos, su prestigio era tan ilimitado que los dominicanos creían (y lo demostraban sus hechos) que libertarlo de caer en poder de sus perseguidores era salvar la patria y con ella su feliz porvenir…” Fue así como el 2 de agosto de 1843, Juan Pablo Duarte, Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina “separándose del suelo natal con el corazón oprimido, no por efecto de sus propios males, sino por la suerte de la desgraciada patria, por la suerte de sus padres, hermanos y amigos y por no haber sido posible salvar con ellos al mejor de sus amigos, al más acendrado patriota, al desgraciado Francisco Sánchez que dejaban a las puertas del sepulcro.”

Por consecuencia, la salida del país de Duarte y de sus más cercanos colaboradores –es importante señalarlo–, no respondió a una decisión aislada y desesperada de los tres revolucionarios. La acción obedeció a las gestiones de quienes los protegían y temían por el peligro que corrían sus vidas. En este sentido, el historiador José Gabriel García consigna que ellos lograron embarcarse clandestinamente para el extranjero, gracias a los esfuerzos de algunos hombres de buena voluntad, no habiéndolos acompañado Sánchez porque aguda enfermedad le obligó a quedarse oculto corriendo inmensos peligros, que vinieron a cesar cuando esparcida por sus amigos políticos la noticia de que había muerto… desistieron las autoridades de sus diligencias por encontrarle…” (negritas mías, JDB).[87]

La persecución contra Duarte sólo se descontinuó tan pronto las autoridades haitianas comprobaron que él y sus más cercanos compañeros de lucha habían abandonado la isla. Al proceder de ese modo, Duarte y sus amigos ‑según el historiador García –“obraron cuerdamente”, lo cual significa que de haber actuado en forma contraria, habría sido equiparable a incurrir en un acto de locura puesto que no había garantías para sus vidas.

Pocas personas desconocen que Duarte permaneció fuera del país por espacio de siete meses, entre Curazao y Venezuela, período durante el cual realizó gestiones en favor de la revolución dominicana. Las circunstancias, sin embargo, no le favorecieron y su retomo al suelo patrio no pudo materializarse hasta poco después de que su magna obra, la República Dominicana, había sido convertida en realidad concreta el memorable 27 de febrero. Para mediados de marzo de ese año glorioso de 1844, Duarte ya se había reintegrado al país y había sido recibido con todos los honores que le correspondían en su calidad de jefe del movimiento independentista.

En este punto conviene formular el siguiente cuestionamiento: ¿Abandonó Duarte la isla en agosto de 1843 obligado por las circunstancias o se trató de una “huida” o auto-exilio, como erradamente sostienen algunos autores?

Diversos testimonios de ilustres coetáneos del Fundador de la República aseveran que su salida del país respondió a una imperiosa necesidad tanto para su seguridad personal como para el buen desenvolvimiento de la causa independentista. A continuación, ofrezco algunos de esos testimonios:

1–El trinitario coronel Jacinto de la Concha, en carta que le dirigió a Duarte en noviembre de 1843, se expresó de esta suerte: “… desde el momento fatal en que la bajeza de algunos ciudadanos nuestros fue causa de que usted abandonara el suelo que le vio nacer…”[88]

2–El entonces vicecónsul inglés en Haití, Harrison J. Thompson, le escribió una misiva al Secretario Principal del Estado Británico, el Conde Alberdeen, de fecha agosto 22 de 1844, en la cual se puede leer el siguiente pasaje: “Antes de la Revolución, Duarte se dedicaba al comercio, pero nunca pasó a ser comerciante detallista. Cuando el ex Presidente Herard le hizo su primera visita a la ciudad de Santo Domingo en el año 1843 como General del Gobierno Provisional, Duarte fue obligado a abandonar la Isla, habiéndose señalado como jefe de una conspiración para separar la parte española de la República Haitiana”.[89]

3–En la petición que la oficialidad del ejército de Santo Domingo elevó a la junta Central Gubernativa, en mayo 31 de 1844, solicitando que Duarte fuese ascendido a General de División así como otras distinciones para Sánchez, Mella y José Joaquín Puello, se justificaba tal solicitud en favor del Patricio porque “ha sido el hombre que desde muchos años está constantemente consagrado al bien de la Patria, y por medio de sociedades, adquiriendo prosélitos y públicamente regando las semillas de separación, ha sido quien más ha contribuido a formar ese espíritu de libertad e independencia en nuestro suelo, en fin, él ha sufrido mucho por la patria, y su nombre fue invocado inmediatamente después de los nombres DIOS, PATRIA Y LIBERTAD; siempre considerado tomo el caudillo de la revolución. Verdad es que en el momento del pronunciamiento no estuvo con nosotros, pero eso prueba que más encarnizada fue la persecución que hubo contra él; el tiempo de su expatriación lo empleó en solicitar auxilios para la patria, pero necesario era que antes hubiese un pronunciamiento y no pudo conseguir lo que anhelaba.[90]

4–El arzobispo Fernando A. Meriño, en su célebre Oración del 27 de febrero de 1884, pronunciada en la Catedral Primada de América, cuando fueron trasladados al país los restos mortales del insigne Patricio, manifestó “que debido a las persecuciones de 1843, Duarte y otros tuvieron que tomar el camino del destierro”.[91]

5.‑ Un decenio después, el eminente ciudadano Emiliano Tejera, en su Exposición al Congreso Nacional de 1894, afirmó que en 1843 “Duarte, Pérez y Pina, activamente perseguidos, pudieron salvarse de sus enemigos i embarcarse poco después para el extranjero…”[92]

6–El trinitario José María Serra, en sus inestimables Apuntes para la historia de los Trinitarios, Fundadores de la República Dominicana, escritos y publicados hacia 1887, al referirse al primer exilio de Duarte, consignó lo siguiente: “… así fue que antes de llegar Riviere a Santo Domingo, recibió una denuncia contra Duarte que le valió su persecución y destierro a Curazao, con las de algunos señalados como Duartistas”.[93]

7–El propio Juan Pablo Duarte dejó constancia de que su salida en 1843 obedeció a la circunstancia de haber sido objeto de implacable persecución por parte de los grupos que le adversaban. Recuérdese su célebre carta de marzo 7 de 1865 dirigida al Ministro dominicano de Relaciones Exteriores, Teodoro Heneken, en la que, entre otras cosas, escribió: “Ahora bien, si me pronuncié dominicano independiente desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad, Honor Nacional se hallaban proscriptos como palabras infames, y por ello merecí (en el año 43) ser perseguido a muerte por esa facción entonces haitiana, y por Riviere que la protegía, y a quien engañaron…”

Como se puede advertir, los testimonios antes citados avalan nuestro aserto en el sentido de que en 1843 Duarte se vio precisado a salir del país debido a causas de fuerza mayor; es decir, que su ausencia fue producto de una acción forzada por las circunstancias, nunca consecuencia de una “huida” o acto vil, cobarde y por demás antipatriótico, como se ha pretendido propalar.

Si entonces el líder de La Trinitaria “huyó” o se “auto-exilió”, sin necesidad de ello, ¿cómo se explica el que tanto Sánchez como los demás conjurados continuaron sus relaciones con él y siempre le dispensaron el trato de jefe principal del partido duartista, contando con sus orientaciones y gestiones para llevar a cabo exitosamente los planes revolucionarios que se habían concebido al calor de su indiscutible liderazgo?

¿Cómo fue posible que una de las primeras disposiciones de la junta Central Gubernativa, de la cual Sánchez era miembro –pero que estaba bajo el control de los conservadores – consistiera en enviar un buque a Curazao con el trinitario Juan Nepomuceno Ravelo en procura de los trinitarios Duarte, Pérez y Pina?

¿Como se explica que a quienes meses antes del 27 de febrero de 1844 supuestamente habían abandonado “irresponsablemente” la causa redentora tras “huir” del país, entonces se les enviara una comunicación en la cual se les decía: “Esperamos que tan pronto como llegue ese buque a Curazao procurarán que su despacho se haga tan pronto como sea posible para tener el imponderable gusto de abrazarnos…”

A lo largo de su trayectoria revolucionaria, Duarte, siempre contra su voluntad, se vio forzado a abandonar el país en tres ocasiones: en agosto de 1843, a raíz de la persecución de que fue víctima por parte del presidente Herard y su ejército; en septiembre de 1844 cuando, frustrado el propósito del general Santana de fusilarlo, fue deportado a perpetuidad, acusado nada menos que de “traidor a la Patria”; y en junio de 1864, en plena guerra restauradora, cuando le fue encomendada una “misión diplomática” en Venezuela, con el velado propósito de alejarlo de Santo Domingo, pues era evidente que algunos de los caudillos emergentes de esa epopeya bélica no estaban dispuestos a permitir que un prócer civil de su estatura moral y de sus múltiples méritos ciudadanos los pudiera desplazar del centro del poder político, en caso de permanecer activo en la política criolla.

Que quede bien claro, pues, que Juan Pablo Duarte jamás huyó del país; y que en las tres ocasiones en que tuvo que abandonar la tierra que le vio nacer, es decir, su Patria tan querida para él (en agosto de 1843, en agosto de 1844 y en junio de 1864), lo hizo simplemente forzado por circunstancias ajenas a su voluntad.

 

Fundador de la República y Padre de la Patria

Hay quienes han querido negarle a Juan Pablo Duarte su condición de principal Fundador de la República y de Padre de la Patria, argumentando que el Patricio fue un alegado incapaz y un cobarde que prefirió “huir” de los haitianos, antes que ofrendar su vida por la causa de la libertad, como lo hizo Francisco del Rosario Sánchez. Consecuentemente, alegan quienes así razonan, que es a este último prócer, esto es, a Sánchez, al que corresponden y pertenecen ambos calificativos.

Es más: se ha llegado hasta el extremo de afirmar que los títulos de “fundador de la República y de Padre de la Patria”, comúnmente atribuidos al general Juan Pablo Duarte, constituyen un ingrediente más de la supuesta conseja que han elaborado los apologistas del Maestro o lo que se ha dado en llamar como historiografía duartista.

Sucede, sin embargo, que documentos históricos de irrecusable veracidad demuestran que fueron contemporáneos de Duarte quienes, en reconocimiento a su meritoria labor revolucionaria, le confirieron los títulos que encabezan este apartado.

Nada menos que el arzobispo Tomás de Portes e Infante, al recibir a Duarte el 15 de marzo de 1844, luego de que la junta Central Gubernativa dispusiera que una comisión fuese a procurarlo en Curazao y así trasladarlo a su país, ya liberado de la dominación extranjera, le dio la bienvenida en estos términos: “Salve, Padre de la Patria!”

“… En ese momento –consignó Emiliano Tejera– el pueblo lo vitoreaba, i al llegar a la Plaza de Armas, tanto él como el Ejército lo proclamaron General de los Ejércitos de la República, título que no aceptó por existir un gobierno…”[94]

El historiador nacional José Gabriel García consigna que el pueblo le dispensó a Duarte “la ovación popular más espontánea de que haya podido ser objeto dominicano alguno,…” Y nada más natural que ello ocurriera de esa manera, toda vez que Duarte “había tenido talento y maestría bastantes para sacar de la nada una nacionalidad llena de esperanzas,…”[95]

“La llegada de este Padre de la Patria –escribiría posteriormente el trinitario José María Serra– fue otro día de júbilo general”.[96]

En 1860 Pedro Alejandrino Pina, tras enterarse de que Juan Pablo se encontraba con vida, le escribió: “Algo hay de providencial en el hecho de saberse del hombre Fundador de la República, que todos creían muerto…”[97]

El poeta Félix María del Monte, en carta de abril 11 de 1865, le dice a Duarte, mientras se cuestiona por qué éste no se encontraba en el Cibao: “Es que no hay espacio para el Padre de la Patria y para su protomártir al mismo tiempo?”.[98]

En 1884, cuando Monseñor Meriño pronunció su célebre oración fúnebre, al recibirse en la Catedral Primada de América los restos venerandos de Duarte, el ilustre prelado se expresó de esta suerte:

“Oh! sepulcro amado que has de encerrar para siempre estos preciosos restos! Humíllese ahora y quede postrado ante ti el monstruo de la discordia civil. Salgan de tu seno voces salvadoras que inspiren la conciencia de todos los ciudadanos, moviéndoles al cumplimiento del deber, y se prenda de perpetua felicidad para la República.

“¡Padre de la Patria, en el Señor y en ella descanse en paz!”.[99]

Como puede advertirse al través de los testimonios que anteceden, los títulos de Padre de la Patria y de Fundador de la República, que indistintamente les han sido conferidos a Juan Pablo Duarte, no son invención del presente ni de los historiadores dedicados al estudio y difusión de su vida y obra políticas. Se trata, en efecto, de un reconocimiento que data desde los albores de la Primera República, lo cual pone de manifiesto que mucho antes de que se intensificara la campaña de descrédito contra el fundador del partido trinitario, ya germinaba la idea, fundamentada sobre hechos históricos concretos, de que Juan Pablo Duarte era el máximo líder del movimiento nacionalista y consecuentemente el principal Padre de la Patria y Fundador de la República, sin que ese merecido reconocimiento constituyera un acto de discriminación respecto de ninguno de los demás próceres que junto con él tuvieron una participación destacada en aquel memorable proceso de separación e independencia.

Se ha hablado, además, de una pretendida campaña exclusivista pro Duarte y en perjuicio de los demás miembros de la tríada de los Padres de la Patria. Se ha pretendido justificar esa falaz imputación argumentado que los historiadores duartianos por lo general se refieren a un solo “Padre de la Patria” y a un único “Fundador de la República”, cuando en realidad ‑como sostuvo Rafael Abreu Licairac– en 1844 el naciente Estado dominicano tuvo varios fundadores.

Pero tal práctica, como se ha podido comprobar, no es invención del presente siglo. Data, también, del siglo XIX y obedece, con toda seguridad, a la circunstancia de que en todo movimiento político existe un líder alrededor del cual gira la mayoría de los integrantes del mismo. En ocasiones ese dirigente es simplemente un fiel intérprete del curso de los acontecimientos y canaliza adecuadamente las tendencias de las fuerzas históricas de su época; pero también puede ser un pensador, un maestro o un doctrinario, cuyas ideas, pensamiento y prédicas, impregnan una dirección correcta al movimiento político del cual es el principal líder o conductor.

Tal fue el caso de Duarte, del que César Nicolás Penson escribió que: “Era el más severo, el más discreto, el de más prestancia, el más instruido y el más favorecido por la fortuna, el que sentía más los aleteos del patriotismo herido, y el único que estaba soñando con restauraciones de antiguas glorias y Patria nueva… Ese joven se llamaba Juan Pablo Duarte, y fue el fundador de la República Dominicana”.[100] De modo pues que se adopta una posición históricamente incorrecta, carente de verosimilitud, cuando se acusa a historiadores duartianos modernos de intentar restarle méritos a otros próceres de la independencia para atribuírselos exclusivamente a Duarte.

En 1892, el ilustre revolucionario y escritor cubano, José Martí, en un artículo en el que se refirió a nuestra nación, “la llamó la Patria de Duarte”.[101] Seis años después, el general cubano Mayía Rodríguez, en carta dirigida a Francisco Gregorio Billini, llamaba la República Dominicana como “la Patria de Duarte y Espaillat”.[102] En abril 17 de 1900, en el Listín Diario, apareció una reseña periodística en la que se aludía al retomo del general Máximo Gómez a la “Patria de Duarte”; y Eugenio Deschamps, notable tribuno dominicano, cuando se refiere a la nación dominicana, también habla de “la Patria de Duarte”.[103]

En conclusión, soy de opinión de que la costumbre de reducir la tríada de los Padres de la Patria a un solo personaje obedece, con toda seguridad, a razones de economía del lenguaje y no, como han sostenido algunos autores, a actitudes mezquinas o sentimientos discriminatorios respecto de los otros dos integrantes del trinomio inmortal. No es común escuchar a un norteamericano referirse a la patria de Washington, Jefferson, Franklyn y Adams, sino que sencillamente dirá “la Patria de Washington”. De igual modo, un cubano por lo general habla de “la patria de Martí”, y un ciudadano haitiano habrá de referirse a “la patria de Toussaint”. Al simplificar la fórmula o expresión, ninguno de los ciudadanos de los países a que he aludido menosprecia o desdeña a los demás próceres que contribuyeron a la liberación de sus respectivos países. Simplemente identifican al principal protagonista del acontecimiento histórico al que se refieren mediante, por así decir, del empleo de una suerte de sinécdoque de valoración histórica.

 

 

 

 

 

 

Duarte, la mala versación y malversación[104]

En la tristemente célebre Resolución emitida por la junta Central Gubernativa, el 22 de agosto de 1844, fundamentándose en supuestas peticiones de sectores civiles y militares que solicitaban castigo para los “sediciosos” dirigidos por el general Juan Pablo Duarte, debido a que éstos alegadamente se proponían “trastornar y derrocar el Gobierno Supremo establecido en virtud del Manifiesto de 16 de Enero que formó las bases de la revolución”, se adoptó el terrible dictamen que a continuación transcribo:

“Que los Generales de Brigada J.P Duarte, Ramón Mella, Francisco Sánchez, los comandantes Pedro Pina, Gregorio Delvalle, Juan Jiménes y el capitán J.J. Illas y el Sr. J. Isidro Pérez, secretario que fue de la junta Central Gubernativa, han sido traidores e infieles a la Patria, y como tales indignos de los empleos y cargos que ejercían, de los que quedan depuestos y destituidos desde este día; ordena que todos ellos sean inmediatamente desterrados y extrañados a perpetuidad del país, sin que puedan volver a poner el pie en él, bajo la pena de muerte que será ejecutada en la persona del que lo hiciere, después que sea aprehendido y que se justifique la identidad de su persona, a cuyo efecto, se le da poder y facultad a cualquiera autoridad civil 6 militar que verifique la captura; todo esto sin perjuicio de las indemnizaciones civiles que deban el Erario público, o algunos ciudadanos particulares, por la mala versación que hayan tenido en sus empleos, por el abuso de poder que hayan hecho o por los daños y perjuicios que hayan causado”.[105]

De la lectura atenta de las providencias que anteceden, las cuales no constituyen sentencia en el estricto sentido jurídico del término porque no emanó de un tribunal legítimamente constituido sino, más bien, de un organismo colegiado, como lo fue la Junta Central Gubernativa, que tenía atribuciones ejecutivas y legislativas de conformidad con la Manifestación del 16 de enero[106], pueden establecerse las siguientes conclusiones:

1–El general Duarte y sus compañeros de lucha fueron acusados de sediciosos y de haber atentado contra la seguridad y estabilidad del Estado dominicano.

2–En virtud de ello fueron declarados traidores e infieles a la Patria, indignos de las posiciones que ejercían al tiempo que destituidos de las mismas y despojados de los rangos militares que ostentaban y que habían ganado en buena lid.

3–Se les condenó al destierro perpetuo, so pena de perder la vida en el supuesto caso que intentaran regresar al país. En este aspecto, la Resolución de la Junta Central Gubernativa, que encabezaba el general Pedro Santana, fue sobremanera cruel al establecer que cualquier autoridad, civil o militar, que identificara a uno de los proscritos en territorio nacional, estaba facultada para proceder, “a verdad sabida y buena fe guardada” a la ejecución sumaria del mismo.

4.‑ Pero, si se lee cuidadosamente el terrible dictamen se advertirá que todas las sanciones antes expresadas debían aplicarse “sin perjuicio de las indemnizaciones civiles que deban al Erario público, o a algunos ciudadanos particulares, por la mala versación que hayan tenido en sus empleos, por el abuso de poder que hayan hecho o por los daños y perjuicios que hayan causado”. Es decir, que los alegados “traidores a la Patria” en el supuesto de haber enfrentado cargos por parte del Estado o de individuos a los cuales hubiesen perjudicado como consecuencia de una indebida conducción en sus funciones o por uso excesivo de poder, primero tenían que reparar los mismos antes de tomar el camino del destierro.

Fuerza establecer diferencias entre la grafía malversación, que no aparece ni tácita ni expresamente en la Resolución del 22 de Agosto de 1844, y el vocablo compuesto mala versación que, como puede advertirse, fue el utilizado por el redactor del texto sentencioso, que probablemente lo fuera esa “eminencia gris” que se llamó Tomás Bobadilla.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, vigésima edición, malversación es la “acción y efecto de malversar. Hurto de caudales del erario público por un funcionario, peculado”; y malversar (palabra compuesta de “mal” y “versar” derivada del latín vertere) significa “invertir ilícitamente los caudales públicos, o equiparados a ellos, en usos distintos de aquellos para que están destinados”.[107] En su Ensayo de un Diccionario Español de Sinónimos y Antónimos, Federico Sainz de Robles, ofrece las siguientes voces como equivalentes a malversación: exacción, desfalco, irregularidad, peculado, falla y sutileza; y por antónimos recoge: honradez, administración, regularidad.

Respecto al verbo versar del latín versare, en el Diccionario de Autoridades, volumen III, se lee: “Dar vueltas alrededor. Tiene muy poco uso. También: “Acostumbrarse, y hacerse práctico y perito por el ejercicio de alguna cosa, en su manejo, o inteligencia”. En el tomo segundo del DRAE[108], se coincide con el Diccionario de Autoridades en las siguientes acepciones: “1. Dar vueltas alrededor. 2. Con la preposición sobre y algunas otras, o el modo adverbial acerca de tratar de o cual materia un libro, discurso o conversación. 3. Hacerse práctico o perito, por el ejercicio de una cosa, en su manejo o inteligencia…”[109] De ahí que cuando se quiere significar que una persona es experta, calificada o competente en una materia específica, se afirma que la misma es “versada”. Lógico es, pues, pensar que la variante sustantivada de versar, precedida del adjetivo “malo”, en el caso que nos ocupa, no se refiere a exacción de fondos públicos, pero sí a incompetencia en el ejercicio de ciertas funciones administrativas. (El ex-presidente de la República, Juan Bosch, en nota fechada el 20 de Noviembre y publicada en el Listín Diario del siguiente día, ofreció interesantes observaciones en relación con el verbo “versar” y sus usos.)[110]

De conformidad con cuanto precede no parece correcta la interpretación dada por el doctor Salvador Jorge Blanco a la parte del dictamen de la junta Central Gubernativa que condena a Duarte y compañeros al ostracismo perpetuo. Según el ex-mandatario, además de que los libertadores merecieron el destierro, fueron condenados “como malversadores de los fondos públicos y del abuso del Poder en que hubiesen incurrido en el ejercicio de sus funciones”.[111] Fundamento mi apreciación en el hecho de que, en el aludido texto, que al decir del historiador Pedro Troncoso Sánchez devino disposición de carácter político-policial y no judicial, el vocablo empleado fue mala versación que, como se ha explicado anteriormente, tiene un significado distinto del término malversación.

Sin embargo, existe un documento en cuyo contenido sí aparece una acusación, pero sólo acusación, de estafa, desfalco o exacción de fondos en perjuicio de Juan Pablo Duarte, falazmente instrumentada por el improvisado general Pedro Santana como parte de su macabra campaña detractora contra el Patricio. Se trata de la Proclama que el hatero dirigió al pueblo y al Ejército, el 28 de julio de 1844, en la cual se expresó de la siguiente manera:

“El anarquista Duarte, siempre firme en su loca empresa, se hizo autorizar, sin saberse cómo, por la junta Gubernativa, para marchar a La Vega con el especioso pretexto de restablecer la armonía entre el Sr. Cura y las autoridades locales; pero el objeto real y verdadero de su viaje era consumar el mencionado proyecto, en el que entraba como requisito indispensable, su elevación a todo trance a la Presidencia de la República. Llega en efecto a la ciudad de Santiago y, ayudado del que se titulaba general en jefe del departamento del Cibao, se presenta como el libertador de los Dominicanos; se denomina único delegado del gobierno con poderes ilimitados; propaga por todos aquellos pueblos el favorito sistema de la pretendida venta del país y del restablecimiento de la esclavitud, arranca cuantiosas sumas al comercio para gastos imaginarios o inútiles; destituye empleados arbitrariamente, distribuye grados y empleos a diestro y siniestro, engaña a aquellos sencillos habitantes a fuerza de intrigas, halagos y manejos…”[112]

Resulta innecesario estar bien versado en materia de lingüística o de jurisprudencia para colegir acertadamente que quien obtenga fondos, cuantiosos o no, para utilizarlos en “gastos”, imaginarios o inútiles, forzosamente habrá de incurrir en malversación de los mismos, tal y como injustamente le imputó Pedro Santana al Fundador de la República Dominicana en el precitado documento, para de esa manera validar la nefanda Resolución del 22 de Agosto de 1844.

Por fortuna, en cuanto respecta a Juan Pablo Duarte, el más impoluto de los héroes civiles y militares de la nación dominicana, aquellas nefastas imputaciones jamás estuvieron avaladas por evidencias concretas. La honestidad pudo más que la vileza, la verdad se impuso sobre la falacia, y, la posteridad, que siempre suele ser justiciera, aquilató en su justa dimensión la probidad, rectitud, abnegación y proceridad sin máculas del más insigne de los revolucionarios dominicanos del siglo XIX, por lo que en merecido tributo a su memoria se le ha concedido el más elevado sitial que puede ocupar un patriota en el Olimpo del nacionalismo dominicano. Por tales motivos, que no por otros, es que Juan Pablo Duarte, como libertador del pueblo de Santo Domingo, sencillamente no tiene parangón en la historia de la República Dominicana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuela Diez de Duarte

Manuela Diez y Jiménez nació en el mes de junio, probablemente el día 26, del año 1786, en la Villa de Santa Cruz del Seybo. Fueron sus padres Antonio Diez (natural de Osorno, obispado de Pamplona, Castilla La Vieja, España), y la dama dominicana Rufina Jiménez y Benítez.

A los 20 días de nacida, esto es, el 16 de julio de 1876, Manuela Diez fue bautizada por el presbítero Miguel de Jesús Robles Paredes, Sacristán Mayor de la Iglesia del Seybo, de la cual era párroco Gerónimo Melchor Paredes y Pimentel.[113] Los señores Sargento Mayor Juan de León Benítez y Valeriana Ruiz fueron sus padrinos.

No hay seguridad en tomo de la fecha ni del lugar de matrimonio de la señora Manuela Diez con el señor Juan José Duarte Rodríguez, natural de Vejer de la Frontera, provincia de Cádiz, España, y quien era hijo de los señores Manuel Duarte y Ana María Rodríguez. Sin embargo, se estima que dichas nupcias debieron ocurrir en Puerto Rico, “acaso en Mayagüez, donde se ha supuesto que nació su primogénito, Vicente Celestino Duarte, prócer de purísima actuación del cual no se tiene aún certeza ni dónde se meció su cuna ni dónde se extinguió su vida …”[114]

Ha de suponerse, sin embargo, que el enlace matrimonial de los padres de Juan Pablo Duarte pudo haberse producido hacia 1800; suposición que se deriva del hecho de que en 1836 el fundador de La Trinitaria, tras declarar el nacimiento del primer hijo de su hermano Vicente Celestino, afirmó que éste tenía 34 años de edad.

En los albores del siglo XIX, la familia Duarte-Diez tuvo que abandonar Santo Domingo a raíz de los conflictos sociales que se originaron en la isla así como de la ocupación de la parte del Este por Toussaint Louverture. Los esposos Duarte-Diez, entonces, se establecieron en Puerto Rico por espacio de varios años y fue allí, en la isla del Encanto, en Borinquen, adonde nació su primer hijo, Vicente Celestino. A propósito, ¿cuántos hijos procrearon los Duarte-Diez? En un bello ensayo de juventud, Vetilio Alfau Durán consigna que fueron ocho los hijos de Manuela Diez y de Juan José Duarte; pero el historiador Carlos Larrazábal Blanco señala que en total fueron once hijos.[115] He aquí los nombres:

VICENTE CELESTINO. Nacido hacia 1802. Fue mercader en detalle y se dedicó al corte de maderas. Fue, además, el único de los Duarte que dejó descendencia. El 9 de junio de 1822 casó con María Trinidad Villeta con quien procreó cinco hijos. Fue connotado luchador por la causa separatista, primero, y por la restauración, después.

MARIA JOSEFA. Nació el 15 de marzo de 18 10, en Puerto Rico.

MANUEL. Nació el 16 de diciembre de 1811 presumiblemente en Puerto Rico.

JUAN PABLO. Nació el 26 de enero de 1813 en la ciudad de Santo Domingo. Fue el Fundador de la República Dominicana. Falleció el 15 de julio de 1876, en Caracas, Venezuela.

ANA MARIA. Se desconoce la fecha de su nacimiento, pero hay constancia de que su deceso ocurrió el 9 de octubre de 1816.

MANUEL. Nació el 21 de noviembre de 1816, en Santo Domingo. Murió a los dos años de edad.

FILOMENA. Nació el 5 de julio de 1818, en Santo Domingo. Murió en Caracas, Venezuela.

ROSA PROTOMARTIR. Nació en Santo Domingo, el 28 de junio de 1820. Murió en Caracas, Venezuela, el 25 de octubre de 1888.

JUANA BAUTISTA. Nació en Santo Domingo el 24 de junio de 1824.

MANUEL, de quien Carlos Larrazábal Blanco estima que tuvo un segundo nombre: Almardo o Amaralos María. Nació el 8 de agosto de 1826. Enloqueció en el exilio. Jamás quiso retomar al país. Murió en Venezuela en 1890, el mismo día de su cumpleaños.

FRANCISCA. Se desconoce su fecha de nacimiento. Murió en Caracas, Venezuela, el 17 de noviembre de 1889.

Hasta aquí los nombres de los hijos de la familia Duarte-Diez, según Larrazábal Blanco. En la lista que antecede no aparece el nombre de SANDALIA, una hija de Manuela, que, muy joven, fue raptada por unos piratas y de quien se dice que devino depresiva y murió súbitamente de “una extraña enfermedad”. Esta Sandalia es la misma persona que algunos autores, sin que todavía hayan ofrecido pruebas documentales fidedignas, señalan como hija de Juan Pablo Duarte.

Manuela Diez de Duarte yace sepultada en cruel e injusto olvido. Es cierto que se carece de suficientes datos que permitan forjarnos un conocimiento más amplio y objetivo acerca de su vida; pero tal circunstancia no justifica el desdén que acaso involuntariamente se le ha dispensado. Tal vez podría decirse que su nombre –al igual que el de su esposo y demás hijos– se ha visto opacado por la inmensa estatura histórica de su hijo Juan Pablo. Sin embargo, fuerza reconocer que el mérito procéreo de doña Manuela Diez no se deriva del hecho de haberle dado un libertador al pueblo dominicano, sino, más bien, de la circunstancia de que conscientemente ella supo apoyar espiritual y materialmente las aspiraciones revolucionarias de su hijo. En ese sentido, fue, también, una revolucionaria.

El historiador Vetilio Alfau Durán estimaba que “el solo hecho de haber dado a la patria y también ¿y por qué no? a la América un hombre de la altura moral y política de Juan Pablo Duarte, le da pleno derecho a doña Manuela Diez a ocupar un puesto distinguido en el grupo selecto de las mujeres de la independencia. Pero hay que consignar en honra de la verdad histórica que a causa del apostolado de su hijo, obra dolorosa, sacrificó su patrimonio, derramó lágrimas amargas, sufrió persecuciones sin cuento hasta ser arrojada para siempre, en unión de sus hijas huérfanas, a llorar, en su viudez y a terminar su vida en una tierra extraña, en cuyo suelo se confundieron en lamentable y doloroso olvido sus huesos venerables, dignos del solemne reposo del Panteón Nacional”.[116]

La afirmación que antecede no responde a falsas elucubraciones. Es correcta e históricamente objetiva. Manuela Diez fue una auténtica y abnegada patriota. Recuérdese la epístola que Duarte le escribiera a principios de febrero de 1844 y que algunos historiadores coinciden en denominar “la carta del sacrificio” en la que le planteó a su madre y hermanos lo siguiente: “El único medio… que encuentro para poder reunirme con ustedes es independizar la Patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, supremos recursos, y cuyos recursos son: que ustedes, de mancomún conmigo, y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la Patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro finado padre hemos heredado…” Es fama que Manuela Diez no titubeó en asentir al pedido que su preclaro hijo le hizo en esa memorable carta. Por consecuencia, gracias a la contribución de la familia Duarte-Diez, y sobre todo al sacrificio de muchos “verdaderos y buenos dominicanos” –como los llamaba Duarte–, el 27 de febrero fue una feliz cristalización y se convirtió en la fecha gloriosa en que nació el Estado nacional.

El destino, empero, le fue completamente adverso a la familia Duarte Diez. La felicidad, que al decir de Jorge Luis Borges es siempre fugaz, parece haber sido un vocablo proscrito de aquel insigne hogar, que apropiadamente alguien llamó Mansión de dolores, pues en el ámbito familiar varios de los hijos del matrimonio murieron a temprana edad; luego, la familia debió separarse de Juan Pablo durante varios años, cuando éste partió hacia Estados Unidos y Europa entre 1827 y 1832. Postreramente, la angustia volvería al seno del hogar una vez reintegrado Juan Pablo al suelo patrio pues, como consecuencia de sus actividades revolucionarias, éste tuvo que salir del país en 1843 prácticamente exiliado. Pero el viacrucis de Juan Pablo Duarte no termina ahí. Poco antes de proclamarse la República, murió su padre; y algunos meses después del 27 de febrero de 1844, su madre y demás hijos de nuevo experimentaron el dolor de ver a Juan Pablo partir hacia playas extranjeras, esta vez, enfermo y arrojado de su patria como si se hubiera tratado de un vulgar delincuente. Y como si todo eso fuese poco, el 3 de marzo de 1845, la eximia madre del Patricio recibió una comunicación del señor Manuel Cabral Bernal, entonces secretario del Interior y Policía del gobierno del general Pedro Santana, en la cual se le participó que la familia Duarte Diez, tras haber sido sindicada como parte de un supuesto complot contra el Gobierno, sería deportada del país. El texto de la carta es el siguiente:

“A la señora Manuela Diez. Presente.

“Señora: Siéndole al Gobierno notorio por documentos fehacientes, que es a su familia de Ud;, una de aquellas a quienes le dirigen del extranjero planes de Contra Revolución e instrucciones, para mantener el país intranquilo, ha determinado enviar a Ud. un pasaporte para el Extranjero, el que le acompaño bajo cubierta a fin de que a la mayor brevedad realice Ud. su salida con todos los miembros de su familia, evitándose el Gobierno de ese modo emplear medios coercitivos para mantener la tranquilidad pública en el país.

“Dios guarde a Ud. muchos años. Cabral Bernal”.

Por consecuencia, doña Manuela Diez y sus hijos no tuvieron más remedio que acceder al emplazamiento del gobierno; y tras vender apresuradamente sus bienes y pertenencias, partieron hacia Venezuela el 19 de marzo de 1845. Allí, en la tierra del inmortal Simón Bolívar, los Duarte-Diez padecieron una miseria sin límites, hasta que la fría losa del sepulcro cubrió para siempre los despojos del último vástago de esa insigne familia.

Manuela Diez de Duarte falleció el 30 o 31 de diciembre de 1858. Tres hermanos de ella (Mariano, José Acupérnico y Mariano) también se radicaron en Venezuela y dejaron allí ilustre descendencia. El doctor José Antonio Diez –sobrino de doña Manuela– fue miembro de la Academia Venezolana de la Historia y nada menos que Presidente interino de Venezuela.

 

Para conocer a Duarte

La nación dominicana transita actualmente por el primer decenio del siglo XXI. Han transcurrido ya más de 150 años desde que fue creado el Estado nacional y todavía esta es la fecha en que los dominicanos carecemos de un estudio biográfico exhaustivo sobre la vida, el pensamiento y la obra de Juan Pablo Duarte.

Se dispone de admirables contribuciones para el conocimiento de la vida del fundador de La Trinitaria, pero la amplia bibliografía duartiana accesible a investigadores y estudiosos ha confrontado el inconveniente de la ausencia de importantes fuentes documentales que impiden reconstruir determinadas facetas de la vida del Maestro de la manera más aproximada posible a la verdad de los hechos.

Existe la posibilidad de que la biografía del general Juan Pablo Duarte y Diez permanezca incompleta por mucho tiempo, quizás para siempre, pues desafortunadamente no hubo un biógrafo que se encargara de recoger para la posteridad, con lujo de detalles, la trayectoria del ilustre Padre de la Patria y fundador de la República.

Sabemos que sólo su devota hermana, la señorita Rosa Duarte, nos legó unas escasas aunque inapreciables notas que intituló Apuntes para la historia de la isla de Santo Domingo, y para la biografía del general Dominicano Juan Pablo Duarte, códice generalmente conocido como el Diario de Rosa Duarte, y el cual ha sido considerado punto de partida para escribir la biografía del Maestro.

Evidencias hay, sin embargo, de que en determinado momento Juan Pablo Duarte se propuso escribir una especie de autobiografía pero, al parecer, semejante proyecto quedó inconcluso debido a los avatares políticos que padeció y que le obligaron a permanecer tanto tiempo en el exilio, agobiado por apremios económicos. Es fama que numerosos documentos y papeles de gran valor histórico, relativos al proceso revolucionario que protagonizó Duarte, fueron incinerados por su tío José Diez poco antes de que su familia fuese expulsada de República Dominicana en 1845.

Los Apuntes de Rosa Duarte revelan que como fuente de referencias ella utilizó manuscritos de su hermano, pues en el célebre texto hay pasajes en los que la autora se refiere a Duarte en tercera persona; y otros en los que el propio Duarte es quien narra los acontecimientos.

Rosa también nos legó unos Borradores de los Apuntes que contienen datos que no aparecen en estos últimos y ambos manuscritos han resultado de mucha utilidad en la ardua tarea de reconstruir la vida de Juan Pablo Duarte de manera fehaciente.

Además de los Apuntes, existen algunos breves escritos del general Duarte, tales como cartas, poemas y un Proyecto de Constitución que constituyen fuente de obligada consulta para comprender a cabalidad la intensa actividad política e intelectual que desplegó el fundador de la nacionalidad dominicana. A estos documentos debemos agregar los Apuntes para la historia de los trinitarios, fundadores de la República Dominicana, escritos hacia 1887, por el trinitario José María Serra, y en cuyo contenido aparecen reflexiones y frases atribuidas al fundador de La Trinitaria.

En este punto conviene destacar que en la vida de Juan Pablo Duarte se advierte un vacío, un paréntesis, de aproximadamente doce años, del cual los estudiosos del período independentista nacional y, en especial, los biógrafos del Fundador de la República, han obtenido escasas informaciones acerca de sus proyectos políticos y actividades revolucionarias.

Ese período incógnito en la vida de Duarte transcurre entre 1848 y 1860. Su hermana Rosa, en los citados Apuntes, sólo consigna una línea que dice: “Doce años estuvo errante en el interior de Venezuela”. Fue la época cuando, de acuerdo con el historiador José Gabriel García, Duarte se dedicó al comercio en las costas orientales de aquella república en donde “fue alejándose poco a poco, hasta que internándose por el Orinoco y por el río Negro llegó a los confines de Brasil, donde se perdieron las huellas de su itinerario hasta para los miembros de su propia familia, que ignorando por completo su paradero llegaron a tenerlo por muerto y a renunciar a la esperanza de poseer sus restos”.

Afortunadamente, Duarte reapareció en 1862 y, tras enterarse de que su magno proyecto político había sido eclipsado en 1861 por obra del “bando traidor y parricida” que conformaban Santana y su grupo político, acto seguido se dispuso a regresar a Santo Domingo a fin de incorporarse a la guerra restauradora. Tan pronto Duarte pisó tierra dominicana se unió al grupo de patriotas (a quienes llamaba los buenos y verdaderos dominicanos) que habían empuñado las armas para devolverle a sus conciudadanos la independencia conculcada. De este punto en adelante, los historiadores han podido reconstruir fidedignamente la trayectoria del insigne revolucionario, hasta su deceso acaecido en Caracas, en 1876.

Para examinar y estudiar la vida de Juan Pablo Duarte es necesario acudir a numerosos documentos de su época, al igual que a los testimonios de varios de sus compañeros. Asimismo, es menester consultar las versiones de algunos coetáneos suyos que le trataron íntimamente, como los escritos de Félix María del Monte, José Gabriel García, Manuel Rodríguez Objío, Emiliano Tejera, Femando Arturo de Meriño y Federico Henríquez y Carvajal, entre otros preclaros ciudadanos. A partir de estas fuentes, que considero primarias, es que se ha podido reconstruir la esencia de todo cuanto actualmente se sabe acerca de Juan Pablo Duarte.

A continuación ofrezco una selecta bibliografía de diversos estudios biográficos así como de numerosos artículos en torno al Maestro, la cual en modo alguno pretende ser exhaustiva. Simplemente se trata de una guía de orientación para quienes se interesen en un estudio más pormenorizado y profundo del principal Padre de la Patria.[117]

Documentos

Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y versos de Juan Pablo Duarte. Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. Larrazábal Blanco y Vetilio Alfau Durán. Instituto Duartiano, Vol. 1, Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1970. 320 pp.

Este texto es considerado como el punto de partida para la reconstrucción de la biografía del Maestro. Conocido también como el Diario de Rosa Duarte, esta obra inicia la serie de publicaciones del Instituto Duartiano. Además de las notas explicativas correspondientes a los eruditos historiadores Rodríguez Demorizi, Alfau Durán y Larrazábal Blanco, el libro reproduce la breve producción poética de Duarte.

Cartas al Padre de la Patria. Publicaciones del Instituto Duartiano, Vol. V, Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, 1970. 52 pp.

Selección de Emilio Rodríguez Demorizi y presentación de Pedro Troncoso Sánchez. Colección de cartas dirigidas a Duarte por sus más allegados compañeros de lucha entre 1843 y 1876.

Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones de los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la República, 1844-1847. Tomo I. Edición Oficial. Impresora ONAP, Santo Domingo, 1982. Tercera edición.

Conveniente consultar las disposiciones oficiales relacionadas con los acontecimientos políticos acaecidos a raíz de proclamada la República. Esta recopilación de leyes contiene, entre otros manifiestos, la Resolución que declara traidores a Duarte y sus principales compañeros de lucha y establece su expatriación a perpetuidad del territorio nacional.

Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1850. II Vols. Edición y notas de Emilio Rodríguez Demorizi. Traducción de Mu Kien Adriana Santo. Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Vol. XI. Santo Domingo, R.D., 1996.

Documentos de interés duartiano localizados por el historiador César Herrera en el Archivo de Indias. B.I.D., Año VIII, No. 14, julio 19 76-junio 19 77.

Documentos para la historia de la República Dominicana. Compilación de Emilio Rodríguez Demorizi. Volúmenes I, II, III y IV publicados en 1944, 1947, 1959 y 1981, respectivamente.

Se trata de una de las más valiosas colecciones de documentos relacionados con la época pre republicana así como con los sucesos políticos y económicos acaecidos en nuestro país en el decurso de la denominada Primera República. En esos textos aparecen múltiples y constantes referencias a Duarte y al papel desempeñado por él durante aquellos acontecimientos.

Julián, Amadeo, Un documento que se refiere a Duarte. Boletín del Instituto Duartiano, Año XII, No. 15, julio 1977-diciembre 1978.

Larrazábal Blanco, Carlos, Documentos Duartianos. B.I.D., Año II, No. 4, abril-junio 1970.

Necrologías del Padre de la Patria. Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXXIX. Centenario de la muerte de J.P Duarte. Editora Educativa Dominicana, S.D., R.D., 1976. Diversos artículos escritos por amigos y compañeros de Duarte a raíz de su deceso. 20 pp.

Papeles relativos a Juan Pablo Duarte y su familia. B.I.D., Año I, No. 3, enero-marzo 1970.

Libros y Opúsculos

Acosta Piña, Carlos Aníbal, Duarte y la Marina. Colección Biblioteca Nacional. Editorial CENAPEC, Santo Domingo, R.D., 1985. 66Pp.

El general Duarte. Publicaciones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Vol. CDXCIV, Editora Universitaria, Santo Domingo, R.D., 1986. 542 pp.

Amplio estudio de la vida militar de Duarte. Contiene numerosas ilustraciones, documentos, mapas y planos militares. Introducción por Alfonso Lockward P., y prólogo por el historiador militar Contralmirante (r) César De Windt Lavandier.

Alfau, Reyna, Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria Dominicana. Colección Histórica CENAPEC. Editorial Cenapec, Santo Domingo, 1989, 80 pp.

Alfau Durán, Vetilio, Ideario de Duarte. Instituto Duartiano, Vol. IV Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1969. 24 pp.

Orientador y conciso folleto del pensamiento del Maestro, extraído de sus diferentes escritos. Este opúsculo ha merecido numerosas reediciones y con frecuencia es consultado por estudiantes e interesados en conocer el pensamiento político de Duarte.

Los fundadores de La Trinitaria. Instituto Duartiano, Vol. VIII. Santo Domingo, R.D., 1972. 50 Pp.

“En torno a Duarte y a su idea de unidad de las razas”; “Duarte como poeta”; “Las virtudes viriles de Duarte”; “Las novias de Duarte”, y Notas al artículo “Juan Pablo Duarte” de José Gabriel García. Insertos en Vetilio Alfau Durán en Clío, Escritos II, Publicaciones del Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Vol. II, Gobierno Dominicano, Santo Domingo, R.D., 1994.

Aybar, Andrejulio, Epístola a Juan Pablo Duarte. Publicaciones de la Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos. Tercera edición facsimilar. Impresos Comerciales, Santo Domingo, R.D., 1976, 70 pp.

Balaguer, Joaquín, El Cristo de la Libertad. Vida de Juan Pablo Duarte. Colección Pensamiento Dominicano, Julio D. Postigo e hijos, editores, Santo Domingo, R.D., 1968, 218 pp.

Emotivo y subjetivo enfoque acerca de la trayectoria pública de Duarte. No se trata de una biografía en el sentido estricto del término sino, más bien, de una obra de amor y no de análisis, como el propio autor la ha definido. Leída por diversas generaciones de dominicanos, la obra ha merecido varias ediciones.

Balcácer, Juan Daniel, El pensamiento político de Duarte. Primera edición, 1980, Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos. Segunda edición, 1983, Publicaciones del Gobierno de Concentración Nacional, Editora Alfa y Omega. Tercera edición, 1986, Editora Taller. Biblioteca Taller, No. 23 1. Incluye el Proyecto de Constitución redactado por el Patricio hacia mediados de 1844, 48 pp.

Breve compilación del ideario de Duarte situándolo en el contexto histórico en el que se produjeron sus pronunciamientos. Originalmente publicado bajo el título de Duarte para estudiantes.

Juan Pablo Duarte, el Padre de la Patria. Primera edición, 1978, Ediciones Pedagógicas Dominicanas. Segunda edición, 1980, Ediciones Susaeta, C. por A. Tercera edición auspiciada por Codetel, 1990.

Biografía para niños y jóvenes. Declarado texto oficial complementario por la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos. La edición auspiciada por Codetel alcanzó una cifra record en el año de su publicación: 120,000 ejemplares.

Beras, Francisco Elpidio, La contribución del Seybo al grito del Conde. Instituto Duartiano, Vol. IX. Santo Domingo, R.D., 1972. 24 pp.

Campillo Pérez, Julio Genaro, En los albores de la Patria. Homenaje a Juan Pablo Duarte. Comisión Permanente de Efemérides Patrias. Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1997. 102 pp.

Cestero-Burgos, Tulio, Duarte, el precursor. Editora del Caribe, C. por A., Ciudad Trujillo, R. D., 1957. 90 Pp.

Del Monte, Félix María, Reflexiones Históricas, escritas en 1852. Reproducido en Duarte y otros temas, de Alcides García Lluberes.

Despradel y Batista, Guido, Duarte (bosquejo histórico) y Aporte de la Familia Duarte-Diez a la independencia dominicana. Primera edición, Imprenta La Palabra, La Vega, 1937. Segunda edición, Editora Nivar, Santo Domingo, R.D. 90 pp.

Dos ensayos conferencias, uno analítico y el otro de carácter genealógico. Se refieren al patriotismo de Duarte y al papel desempeñado por sus parientes en el proceso de proclamación de la República. Publicados en segunda edición por la revista Renovación en 1975, en anticipo al centenario de la muerte del fundador de La Trinitaria.

  1. AA., Duarte y la independencia nacional. Ediciones INTEC, Santo Domingo, R.D., 1976. 170 pp.

Reúne las ponencias presentadas en un simposio sobre Duarte y la independencia dominicana: Franklyn Franco Pichardo, “La sociedad dominicana de los tiempos de la independencia”; Roberto Cassá, “La sociedad haitiana de los tiempos de la independencia”; Pedro Troncoso Sánchez, “Influencia de Juan Pablo Duarte”; Jorge Tena Reyes, “La trinitaria, su fundación, desarrollo y acciones”; Juan Isidro Jimenes Grullón, “La ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte”.

Duarte visto por los niños, Impreso en Tele 3, Santo Domingo, R.D., 1983, 24 pp.

Serie de dibujos infantiles presentados en el Primer Festival de la Cultura. Edición coordinada por la pintora Nidia Serra, con el patrocinio del Banco de Reservas de la República Dominicana.

  1. AA., Duarte en el Cibao en 1844 y La acción del 9 de junio de 1844. Cuarto y Quinto Seminarios del Instituto Duartiano. Colección del Instituto Duartiano, Vol. X, Santo Domingo, R.D., 1973, 74 pp.

Esténger, Rafael, La vida gloriosa y triste de Juan Pablo Duarte. Editorial de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, 1981, 225 pp.

Biografía para estudiantes. El autor, de origen cubano, también ha publicado sendos estudios biográficos sobre José Martí y Eugenio María de Hostos.

García Arévalo, Manuel y Gabriel Zuloaga, La casa de Duarte en Caracas. Instituto Duartiano, Vol. XII, Santo Domingo, R.D., 1977 24 pp.

García Lluberes, Alcides, Duarte y otros temas. Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXVIII, Editora del Caribe, Santo Domingo, 1971. 736 pp.

Voluminosa obra de análisis y reflexión histórica. Densa y erudita en noticias y pormenores acerca de Duarte y la proclamación de la República. Contiene todos los ensayos y artículos de ese notable historiador acerca de la vida y obra del fundador de La Trinitaria.

Duarte y las bellas letras. Imprenta San Francisco, Ciudad Trujillo, R.D., 1954. 50 pp.

Originalmente publicado en Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, No. 101, octubre-diciembre, 1954. Inserto en Duarte y otros temas.

García Lluberes, Leonidas, Crítica Histórica. Academia Dominicana de la Historia, Centenario de la Restauración de la República. Vol. XVI, Editora Montalvo, Santo Domingo, 1964. 462 pp.

Los trabajos sobre Duarte que aparecen en este formidable libro de crítica histórica, al igual que los de su hermano Alcides García Lluberes, en su mayor parte, fueron escritos a raíz de una polémica sostenida hacia 1927 con el doctor Américo Lugo. Imprescindible abrevar en esta obra para un mayor conocimiento del proceso político-social que desencadenó en la separación de Haití y en el nacimiento del Estado dominicano el 27 de febrero de 1844.

Grullón, Ruddy, Duarte Patriota. Sin pié de imprenta. Presentación del doctor Pedro Troncoso Sánchez. 17 pp.

Henríquez y Carvajal, Federico, Duarte, próceres, héroes y mártires de la Independencia. Santo Domingo, 1945, segunda edición. 234 pp.

Colección de discursos, artículos y poemas escritos por don Federico Henríquez y Carvajal. Incluye un apéndice de documentos y cartas del Padre de la Patria.

Hungría Morell, José Joaquín, Duarte y la liberación de dominicana. Colección Conferencia, No. 3 1, Vol. CCII, publicaciones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, año de Duarte, 1976. 16 pp.

Julia, julio Jaime. Antología poética duartista. Editora Taller, Santo Domingo, 1976. Prólogo del doctor Mariano Lebrón Saviñón. 106 pp.

Compilación de 88 poemas dedicados al Patricio Duarte por varios autores dominicanos de la pasada centuria y del presente siglo.

Poesía Duartista. Instituto Duartiano, Vol. VI. Impresora Amigo del Hogar, Santo Domingo, R.D., 1972. 170 pp.

Colección de poemas de diversos autores cuyo tema es Duarte, compilada por Julio Jaime Julia.

Antología de la prosa duartista. Editora del Caribe, Santo Domingo, R.D., 1976. 598 pp.

Amplia y valiosa colección de artículos y fragmentos de algunos estudios biográficos escritos por coetáneos de Duarte y por otros autores.

Lantigua, José Rafael. Hacia una revalorización del ideal duartiano. Publicaciones de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Santo Domingo, R.D., 1985. Primera edición. 156 pp.

Brillante ensayo de interpretación de la doctrina duartiana que mereció el primer premio del Concurso Nacional Duartiano auspiciado por el Instituto Duartiano en 1977.

Lebrón Saviñón, Mariano, Juan Pablo Duarte: Escritos. Edición auspiciada por la Oficina Nacional de Administración y Personal. Santo Domingo, R.D., 1982. Colección Ensayos, No. 6. 130 pp.

Inestimable recopilación de documentos redactados por Juan Pablo Duarte. Incluye: el Proyecto de Constitución, fragmentos del Diario de Rosa Duarte, poemas y cartas dirigidas a diferentes personalidades. Como anexo, el autor reproduce el útil y conocido Ideario de Duarte elaborado por el historiador Vetilio Alfau Durán. Este breve aporte del distinguido historiador de la cultura, Mariano Lebrón Saviñón, es una breve y magnífica fuente directa para estudiar y reconstruir la vida de Duarte.

Marte, Roberto y Cordero Velásquez, Luis, Juan Pablo Duarte y la Venezuela de su época. Contribución al estudio de su vida en los Llanos de Apure. Imprenta del Banco Central de la República Dominicana, Santo Domingo, R.D., 1987. 153 pp.

Admirable esfuerzo por reconstruir el entorno histórico que rodeó la estada de Duarte en Venezuela, luego de que fuera expatriado de la República Dominicana a mediados de 1844. Si bien los autores admiten haber encontrado escasos documentos directamente relacionados con la trayectoria de Duarte en Los Llanos de Apure, consignan que la exposición del medio ambiente en que vivió el Patricio y la conducta de sus principales amigos, permiten al lector forjarse una idea más o menos objetiva de la vida política de Duarte en esa comarca. El libro demuestra que, alejado de su Patria, Duarte no abjuró de sus convicciones democráticas y que en la convulsionada Venezuela de su época, se alió a sectores que combatían la dictadura baecista y propugnaban por un régimen republicano y autónomo.

Miniño, Manuel Marino, El pensamiento de Duarte en su contexto histórico e ideológico. Colección Sesquicentenaria de la Independencia Nacional. Editora Taller, Santo Domingo, R.D., 1994. 102 pp.

Morrison, Mateo, Juan Pablo Duarte a través de nueve autores contemporáneos. Colección Espacios Culturales. Editorial Gente, Santo Domingo, R.D., 1997. 36 pp.

Antología poética compilada y prologada por el reconocido poeta, escritor y gestor cultural Mateo Morrison.

Padilla D’Onis, Luis, Galería de dominicanos ilustres. Juan Pablo Duarte y sus descendientes. Talleres de Litografía Industrial, C. por A., impresores. Santo Domingo, R.D., 1992. 238 pp.

El autor plantea una controversial tesis –no comprobada aún –acerca de la supuesta descendencia de Juan Pablo Duarte, a quien atribuye haberse casado en dos ocasiones y en haber procreado familia en ambos matrimonios. La obra fue escrita en 1955 pero permaneció inédita durante poco más de siete lustros, hasta que sus familiares decidieron darla a la luz pública. Prólogo de Raimundo Tirado Calcaño.

Patín Veloz, Enrique, Las enseñanzas cívicas de Duarte. Editora Taller, Santo Domingo, R.D., 1985. 18 pp.

Temas duartianos. Publicaciones del Gobierno de Concentración Nacional. Editora Milvio y Asociados, Santo Domingo, R.D., 1984. 174 pp.

Este libro comprende diversos tópicos duartianos tratados con propiedad por Enrique Patín Veloz, profundo conocedor de Duarte. Se adentra en el análisis de la personalidad del apóstol; escribe acerca de los diferentes retratos de Duarte; habla de sus viajes en el extranjero; también versa acerca de la contribución intelectual de Duarte, de sus ideas políticas, de su nacionalismo, de su civismo; de su participación en la masonería y, en especial, de su formación religiosa.

Peña, Ángela: Así era Duarte. Editora Lozano, Santo Domingo, R.D., 1976. Prólogo del historiador Frank Moya Pons. 145 Pp.

Versión periodística de la vida de Duarte. De fácil lectura, escrito con un estilo claro, conciso y muy pedagógico. La periodista y destacada investigadora histórica, Ángela Peña, logra presentar un Duarte sencillo, humano, cuyas ejecutorias en el ámbito del patriotismo le convierten en un ser digno de admiración, de veneración y, sobre todo, de emulación por parte de los dominicanos amantes de la libertad y la democracia.

Pérez, Carlos Federico, Duarte: ideal y realidad. Publicaciones del Instituto Duartiano. Editora del Caribe, C. por A. Santo Domingo, R.D. 1968. 58 pp.

El pensamiento y la acción en la vida de Juan Pablo Duarte. Premio Interamericano de la OEA. Publicación conjunta de la OEA y la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña. Talleres Offset UNPHU, Santo Domingo, R.D., 1979, 238 pp.

Notable ensayo acerca del Duarte pragmático y teórico. En este estudio el connotado escritor, catedrático, diplomático y fervoroso duartiano que fue el doctor Carlos Federico Pérez demuestra que el Fundador de la República no fue, como lo ha intentado presentar la historiográfica tradicional, un idealista e iluso que sólo aspiró a una independencia que lograron otros, sino que, por el contrario, fue un hombre de fecundo pensamiento y de exitoso accionar político.

Rodríguez Demorizi, Emilio, Duarte Romántico. Publicaciones del Instituto Duartiano, Vol. III. Editora Taller, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1980. 27 pp.

Discurso de ingreso en el Instituto Duartiano. Contestación del licenciado Pedro Troncoso Sánchez.

En tomo a Duarte, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XLII, Editora Taller, Santo Domingo, 1976. 334 pp.

Recopilación de artículos, ensayos, discursos en tomo a Duarte escritos por Rodríguez Demorizi a lo largo de su fecunda trayectoria como historiador.

Rodríguez de Bergés Bordas, María, Vida y obra del Patricio Juan Pablo Duarte. Impreso en Siri Arias y Asocs., Santo Domingo, R.D., 1978. 16 pp.

Serulle, Haffe, Duarte. Edición auspiciada por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, el Instituto Duartiano y la Editora Cultural Dominicana. Santo Domingo, 1976, primera edición. 150 pp.

Obra de teatro en 13 actos.

Tejera Penson, Emiliano, Monumento a Duarte. Junta Central Directiva. (Exposición al Honorable Congreso Nacional, solicitando permiso para la erección de la estatua al ilustre patricio). Imprenta García Hnos., Santo Domingo, 1894. Hay reedición en la Antología de Emiliano Tijera, Colección Pensamiento Dominicano; también en la documentada obra Duarte en la historiográfica dominicana, compilada por el historiador Jorge Tena Reyes.

Troncoso Sánchez, Pedro, Episodios Duartianos. Editorial Gaviota, Santo Domingo, R.D., 1977. 320 pp.

Biografía en 52 capítulos. Originalmente publicada en el curso del 1976 en la edición sabatina del Listín Diario, año del centenario de la muerte de Duarte. Ilustraciones del artista Gonzalo Briones.

Vida de Juan Pablo Duarte. Publicaciones del Instituto Duartiano, Vol. XI, Santo Domingo, 1975. Primera edición. Impresora Amigo del Hogar. 522 pp.

Documentada biografía del maestro escrita en forma novelada sin desmedro del rigor académico que caracterizó al autor, uno de los más profundos conocedores de la vida y obra de Juan Pablo Duarte. Los editores de este libro lo catalogaron dentro del género literario que Pedro Henríquez Ureña denominó “interpretación viva del pasado”.

La faceta dinámica de Duarte. Santo Domingo, R.D., 1977. 51 Pp.

Originalmente publicado en el libro Estudios de Historia Política Dominicana, Vol. XL, Colección Pensamiento Dominicano, Julio D. Postigo e hijos Editores, Santo Domingo, 1968.

El Decálogo Duartiano. Instituto Duartiano, Vol. VII. Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 19 72, 106 pp.

El historiador Troncoso Sánchez identificó diez cualidades de Duarte que, a su juicio, constituyen auténticos paradigmas morales y personales del Fundador de la República. Cada una de esas virtudes duartianas (amor, estudio, diligencia, valentía, dotes de líder, tacto político, dotes prácticas, nacionalismo, honestidad ‘y modestia) es presentada al estudioso de la vida de Duarte como vivo ejemplo de una conducta intachable, de admirable estatura moral y patriótica.

Las Fechas Duartianas, Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1981. 96 pp.

Serie de artículos publicados en 1968 en el periódico El Caribe en los que el autor analizaba el significado y alcance de determinadas efemérides duartianas. Posteriormente estos trabajos fueron reunidos en un folleto bajo el título de “Las fechas duartianas”.

Troncoso Sánchez, Wenceslao, El frustrado viaje de Duarte a Lima, Perú. (Un aumento a la Historia Dominicana). Editorial Tiempo, Santo Domingo, 1989, 33 pp.

Vásquez, Pedro R., Duarte, apóstol libertador. Editora Lozano, Santo Domingo, R.D., 1980. 288 pp.

Colección de conferencias y escritos sobre el pensamiento y la obra duartianas. El propio autor aclara que no se trata de un libro de carácter biográfico, histórico ni crítico, aunque es obvio que a lo largo de su contenido afloran rasgos de cada uno de esos géneros. Se trata, según el autor, de un aporte a la difusión de la vida de Duarte entre la juventud dominicana.

Vergés Vidal, Pedro, Dos biografías. Duarte y Trujillo. Impresora Dominicana, Ciudad Trujillo, R.D., 1954. 382 Pp.

Duarte, vida y obra del Fundador de la República Dominicana, Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1966. 300 Pp.

Obra de carácter biográfico escrita hacia 1940. Mereció, en ese año, el primer premio de los juegos Florales Hispanoamericanos.

Antologías

Buesa, José Ángel, Canto a Duarte. Poemas varios. Separata de la revista Aula, Universidad Nacional Pedro Henríquez UreÑa. Santo Domingo, 1977. 16 pp.

Duarte en la historiografía dominicana. Recopilación y notas bibliográficas del doctor Jorge Tena Reyes. Primera edición, Editora Taller, Santo Domingo, 1976. Publicaciones de la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos. Hay una segunda edición, con ligeras modificaciones, de 1994, con ocasión del Sesqui centenario de la Independencia Nacional. 810 pp.

Inestimable antología de diversos textos acerca de la vida y obra de Juan Pablo Duarte reúne escritos y extractos de varios ensayos y opúsculos de autores tanto del siglo pasado como del presente. Estructurada en cuatro grandes apartados, a saber: El hombre y la idea; Duarte y sus contemporáneos; En honor de Duarte; y, Duarte y la concepción materialista de la historia, la obra constituye una fuente de obligada consulta para quienes deseen adquirir una visión de conjunto en torno del Fundador de la República Dominicana.

Artículos[118]

Alfau Durán, Vetilio, “Apuntes biográficos de Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año 1, No. 3, enero-marzo, 1970.

“En torno a la supuesta descendencia de Duarte”. B.I.D., Año V, No. 9, enero-diciembre 1973.

Balcácer, Juan Daniel, “Duarte, el Patriota Calumniado”. B.I.D., Año XIII, No. 16, diciembre 1981.

Boletín del Archivo General de la Nación. Año XXV, Vol. XXV, No. 105. Editora del Caribe, S.D., 1976, 177 pp.

Número especial dedicado a Duarte con motivo del centenario de su muerte incluye el raro folleto titulado Apoteosis del Patricio, publicado en 1884 por el Ayuntamiento del Distrito Nacional a raíz del traslado de sus restos al país. Contiene, además, artículos sobre Duarte escritos por el historiador José Gabriel García, por don Federico Henríquez y Carvajal, y también por los hermanos Leonidas y Alcides García Lluberes.

Concepción, Mario, “Presencia de Duarte en La Vega”. B.I.D., Año X, No. 18, agosto 1983.

Coiscou Henríquez, Máximo, “La casa de los Duarte”. B.I.D., Año X, No. 18, agosto 1983.

Francisco, Ramón, “Sonata tristísima a Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año V, No. 9, enero-diciembre 1973.

Frías Galvez, Antonio, “Duarte murió de tisis pulmonar”. B.I.D., Año VIII, No. 13, enero-junio 1976.

Galván, Manuel de Jesús, “Duarte en la Trinitaria”. B.I.D., Año VIII, No. 13, enero-junio 1976.

Gómez, Manuel Ubaldo, “Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año VIII, No. 1 enero-junio 1976.

Hernández Franco, Tomás, “Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año I, No. 3, enero-marzo, 1970.

Henríquez y Carvajal, Federico y José de Js. Ravelo, “Himno a Duarte”. B.I.D., Año VII, No. 12, julio-diciembre 1975.

Homenaje Duartiano. Edición especial de la revista Aula, de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Nos. 16 y 17, enero-junio 1975.

Contiene los siguientes artículos: Fernando Arturo de Meriño, “Oración pronunciada en la Catedral en la apoteosis de Juan Pablo Duarte el 27 de febrero de 1884”; Federico Henríquez y Carvajal, “Discurso leído como presidente de la Junta Rectora en la inauguración del Monumento a Duarte, el 16 de julio de 1930”; Eugenio María de Hostos, “Duarte”; Carlos Federico Pérez, “Duarte como estadista”; Pedro Troncoso Sánchez, “Duarte, su época y su sentido”; José Henríquez Almánzar, “Duarte en la UNPHU”.

Homenaje Duartiano. Revista AULA, Nos. 18 y 19, julio-diciembre 1976.

Segunda parte del homenaje de la UNPHU a Duarte. Su contenido es el siguiente: Leonidas García Lluberes, “Vida del Ilustre Juan Pablo Duarte, Fundador de la República Dominicana”; Emiliano Tejera, “Juan Pablo Duarte”; José G. García, “Duarte”; Félix María del Monte, “Discurso leído desde el balcón de la casa consistorial en la apoteosis de Juan Pablo Duarte, febrero 27 de 1884”; José Ángel Buesa, “Canto a Duarte”.

“Homenaje de la UASD a Duarte”. Palabras del doctor Hugo Tolentino Dipp, entonces vicerrector académico de la UASD. Santo Domingo, enero de 1969. 8 pp.

Hoepelman, Virgilio, “Bolívar y Duarte”. B.I.D., Año XIII, No. 16, diciembre 1981.

Inauguración Monumento Juan Pablo Duarte. Edición con motivo de la inauguración del monumento a Duarte en la autopista “Las Américas”, el 16 de julio de 1977.

Contiene invocación a Duarte a cargo del entonces Presidente de la República, doctor Joaquín Balaguer. Además: breve historia de los himnos dominicanos, apuntes periodísticos diversos, poemas, el juramento de los trinitarios, así como secuencias gráficas de los actos conmemorativos del Año de Duarte y del acto inaugural del monumento.

Jorge Blanco, Salvador, “¿Juicio contra Duarte?”, B.I.D., Año VII, No. 11, enero-junio 1975.

Lamarche, Ángel Rafael, “Paralelo entre Núñez de Cáceres y Juan Pablo Duarte”, Año V, No. 9, enero-diciembre 1973.

Lebrón Saviñón, Mariano, “La Vida de Duarte, una tragedia de Esquilo”. B.I.D., Año I, No. 2, Oct-Dic., 1969.

“Pedestal para un héroe”. B.I.D., Año V, No. 9, enero-diciembre 1973.

Lockward, George, “Duarte, hombre de fe”. B.I.D., Año V, No. 9, enero- diciembre 1973

“Duarte y la Biblia”. B.I.D., Año VII, No. 12, julio-diciembre 1975.

López, José Ramón, “Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año 11, No. 5, julio-septiembre 1970.

Mella Chavier, Georgilio, “Tierra duartista” (discurso en San José de los Llanos). B.I.D., Año VI, No. 10, enero-diciembre 1974.

Miniño, Manuel Marino, “La faceta artística de Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año IX, No. 17, diciembre 1982.

Nolasco, Flérida de, “Duarte al hilo de nuestra historia”. B. I D., Año 1, No. 1, Santo Domingo, 1969.

“Paralelo entre Núñez de Cáceres y Juan Pablo Duarte”. B.I.D., Año V, No. 9, enero-diciembre 1973.

Pérez, Carlos Federico, “Un hallazgo duartiano orientador”. B.I.D., Año X, No. 18, agosto 1983.

Polanco Brito, Mons. Hugo E., “¿Duarte masón?”, B.I.D., Año XII, No. 15, julio 1977-diciembre 1978.

Puig Ortiz, José Augusto, “Duarte en Puerto Plata”. B.I.D., Año VIII, No. 13, enero-junio 1976.

Rodríguez Demorizi, Emilio, “Investigación de Duarte”, B.I.D., Año I, 2, octubre-diciembre 1969.

“Duarte y el teatro de los Trinitarios”.

“Duarte, el Magnificador”, B.I.D., Año V, No. 9, enero-diciembre 1973.

Salazar, Joaquín, “Reflexiones sobre el pensamiento político de Duarte”. B.I.D., Año IV, No. 8, enero-diciembre 1972.

Tejera, Emilio, “La ascendencia paterna de Duarte”. B.I.D., Año VII, No. 11, enero-junio 1975.

[1] José Ortega y Gasset, “Sobre el extremismo como forma de vida”, en Obras Completas, Vol. V, Alianza Editorial, Madrid, España, 1987, segunda edición revisada.

[2] Agradezco al apreciado amigo y colega, licenciado Claudio Cabrera, sus reflexiones y sugerencias sobre el tema del extremismo desarrollado por el filósofo español Ortega y Gasset en Op. Cit.

[3] Antecedentes históricos y sociológicos de la Anexión a España”, p. 300, inserto en Ensayos históricos, compilación y presentación por Juan Daniel Balcácer. Ediciones de la Fundación Peña Batlle, Vol. I, Santo Domingo, 1989.

[4] Peña Batlle, Op. Cit., p. 305.

[5] Cf. Artículo 6to. del Proyecto de Ley Fundamental, escrito por Duarte probablemente entre los meses de abril-agosto de 1844. Originalmente publicado en la revista Letras y Ciencias, No. 164, 1889. Posteriormente en 1935, en Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia. Véase también el Diario de Rosa Duarte, publicaciones del Instituto Duartiano, Vol. I, 1970.

 

[6] Isis Duarte, Ramonina Brea, Ramón Tejada Holguín y Clara Báez. La cultura política de los dominicanos. Entre el autoritarismo y la democracia. Edición de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Colección Documentos. Santiago de los Caballeros, 1995.

[7] Isis Duarte, Ramonina Brea, Ramón Tejada Holguín, La Cultura política dominicana: entre el paternalismo y la participación. Ediciones de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Santo Domingo, 1998.

 

[8] Cf. Gaceta Oficial del 31 de octubre de 1981.

 

[9] Discurso de ingreso como Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, pronunciado en sesión solemne el 24 de febrero de 1998, en la Casa de las Academias, Santo Domingo, R. D.

[10] Ver “Una vida fecunda dedicada a la iglesia y a la Patria”, en Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, Año LXIV, enero-abril de 1996, No. 154.

[11] Entre sus principales publicaciones cabe destacar los siguientes títulos: Seminario Conciliar de Santo Tomás de Aquino (1948), Recuerdos de Familia (1948), Salcedo y su Historia (1954), Novena a San Juan María Vianney (1954), La Parroquia de San José de los Llanos (1958), Calendario Altagraciano (1946-1954), El Concilio Provincial de Santo Domingo y la Ordenación de los Negros e Indios (1969), La Iglesia Católica y la Primera Constitución Dominicana (1970), Manuel María Valencia, Político, Poeta y Sacerdote (1970), Fray Román Pané, Primer Maestro, Catequizador y Antropólogo del Nuevo Mundo (1974), Peregrinación Dominicana Roma-Tierra Santa (1978), María de Altagracia y Juan Pablo II (1979), La Masonería en la República Dominicana (1985), Los Escribanos en el Santo Domingo Colonial (1989), Historia de Salvaleón de Higüey (1994). Fue también compilador de cuatro volúmenes de papeles, cartas y escritos del presbítero Francisco Javier Billini.

[12] Cf. Vetilio Alfau Durán, “El origen de la campaña desatada contra Duarte”, revista ¡Ahora!, No. 408, septiembre 6, 1971, Santo Domingo.

[13] “Las virtudes viriles de Duarte”, inserto en Vetilio Alfau Durán en Clío, tomo II.

[14] Emiliano Tejera: “Exposición al Honorable Congreso Nacional, solicitando permiso para la erección de la estatua del ilustre patricio”. Santo Domingo, 1894.

[15] Vetilio Alfau Durán, “En torno a La Trinitaria” en “Vetilio Alfau Durán en Clío, Escritos”, Vol. II, publicaciones del Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Santo Domingo, R.D., 1994, compilación por Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón.

[16] ”Cosas Anejas”, Ciudad Trujillo, Impresora Dominicana, 1951, p. 296.

 

[17] Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. Larrazábal Blanco y V. Alfau Durán. Instituto Duartiano, Vol. I, Editora del Caribe, Santo Domingo, 1970.

[18] Cf. Vetilio Alfau Durán: “En torno a Duarte y a su idea unidad de las razas”, discurso de ingreso a la Academia Dominicana de la Historia, 1954. Reprod. en Vetilio Alfau Durán en Clío, Escritos, Tomo II, Publicaciones del Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Vol. II, compilación Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón, Gobierno Dominicano, Santo Domingo, R. D. 1994.

[19] Troncoso Sánchez, Pedro: Las fechas duartianas. Separata del Boletín del Instituto Duartiano, Año XIII, diciembre 1981. Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1982.

[20] Cf. Comunicación de la junta Central Gubernativa al General Juan Pablo Duarte, marzo 21, 1844, en Emilio Rodríguez Demorizi: Guerra Dominico-Haitiana”, Pág. 76.

[21] Emiliano Tejera, Op. Cit., P. 100.

[22] Cf. Cartas al Padre de la Patria. (Selección de Emilio Rodríguez Demorizi y presentación de Pedro Troncoso Sánchez), publicaciones del Instituto Duartiano, Vol. V., Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R. D., 1970.

[23] Ver Guerra Dominico-Haitiana, Pág. 128.

[24] Cf. Compendio de la Historia de Santo Domingo, tomo II, P. 261. Santo Domingo, Imprenta García Hermanos, 1894.

[25] Pedro Santana, Proclama al Pueblo y al Ejército. Impreso. Hoja Suelta con siguiente pie: Imprenta Nacional. Santo Domingo. Cf. además: Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones de los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la República, 1844-l847”, Tomo I, Impresora ONAP, 1982.

[26] Para mayores detalles y pormenores acerca de la injerencia del cónsul francés en los asuntos domésticos dominicanos de la época de la independencia, véase Correspondencia del cónsul de Francia en Santo Domingo, Vol. I, Ed. y notas de Emilio Rodríguez Demorizi. Archivo General de la Nación, Vol. I, Ciudad Trujillo, R. D., 1944.

[27]Emiliano Tejera, Op. Cit., p. 106.

[28] Ibíd, p. 84.

[29] Véase, Archivo de Duarte” en “Diario de Rosa Duarte”, p. 212.

[30] Ver, Cartas al Padre de la Patria, publicaciones del Instituto Duartiano, vol. V.

[31] Emilio Rodríguez Demorizi, En torno a Duarte. Academia Dominicana de la Historia, Vol. XLII, Editora Taller, Santo Domingo, 1976.

[32] Cf. Emilio Rodríguez Demorizi, En torno a Duarte. Academia Dominicana de la Historia, Vol. XLI], Editora Taller, Santo Domingo, 1976.

 

[33]Emiliano Tejera, Op. Cit., p. 108.

[34]Cf. Necrologías del Padre de la Patria, p. 7.

[35] Citado por el historiador Alfau Durán en su artículo “Duarte como poeta”, reproducido en Vetilio Alfau Durán en Clío, tomo II, p. 33 y 34.

 

[36] José Gabriel García, artículo en El Monitor, marzo 2, 1867.

[37] Cf. “Dos historiadores coinciden sobre causa muerte Duarte”, en el libro “Vetilio Alfau Durán en el Listín Diario”, tomo II, p. 411. Compiladores Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón. Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Vol. VIII, Editora Corrpio, Santo Domingo, 1994. Existe, además, una magnífica monografía inédita escrita por las doctoras en derecho Mirla Taulé y Josefina Pannocchia, titulada “Juan Pablo Duarte, muerte, inhumación y exhumaciones de sus restos”, Universidad de la Tercera Edad, Santo Domingo, septiembre de 1996.

 

[38] La sentencia es de Jorge Luis Borges en relación con el triste final del poeta norteamericano Edgar Allan Poe.

[39] Ver Leonidas García Lluberes, “Cuál fue el verdadero origen del cisma provocado por los que se opusieron a la estatua de Duarte”, inserto en Crítica Histórica, Pp. 257259, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XVI, Editora Montalvo, Santo Domingo, R.D., 1964.

[40] Acerca de la polémica sobre los principales próceres de la independencia, véase nuestro trabajo “Breve historia de las polémicas sobre los fundadores de la República”, que se reproduce en este libro.

[41] Para más detalles y pormenores sobre este tema, ver nuestro trabajo En torno a la supuesta descendencia de Juan Pablo Duarte”, que se incluye en la presente edición.

[42] Vetilio Alfau Durán, Versos de Duarte, inserto en el Diario de Rosa Duarte, Pág. 278.

[43] Véase cómo concluye una carta suya dirigida a Juan Pablo Duarte, el 27 de noviembre de 1843, inserta en Apuntes de Rosa Duarte. Pág. 190.

[44] Cf. Rufino Martínez, Diccionario Biográfico Histórico Dominicano, pág. 454, S. D. 1971.

[45] Cf. Alcides García Lluberes, “Acrisolando Nuestro Pasado”. “De la Era de la Anexión al Período de la Cuarta Administración de Báez”, en Duarte y otros Temas. Pág. 296. Entre los expedicionarios también figuróFélix Mariano Lluberes, quien salvó la vida milagrosamente en El Cercado. Salió del país y posteriormente logró regresar, uniéndose al ejército español. En 1864 mandaba un cantón realista establecido en San Lorenzo de los Minas; y en 1870 era miembro del Senado Consultor que apoyó a plenitud la anexión del país a los Estados Unidos de América. Véase, Alcides García Lluberes, Op. Cit., p. 281.

[46] Ver Editorial de El Nacional, edición No. 44, noviembre 7 de 1874. El editorialista agregó que a Sánchez debían los dominicanos “el aire libre que respiran, la bellísima y gloriosa enseña que los cubre y la nacionalidad de que disfrutan”. Los juicios del presbítero Calixto María Pina aparecen publicados en El Nacional, No. 66 del 10 de abril de 1875 y reproducidos en el tomo segundo de la obra Sánchez, Pp. 490-95, escrita por el historiador Ramón Lugo Lovatón. Editora Montalvo, Ciudad Trujillo, R. D., 1948.

[47] El Orden, Num. 86. Santo Domingo, julio 6, 1889. Cf. Además, Emilio Rodríguez Demorizi, Acerca de Francisco del Rosario Sánchez. Academia Dominicana de la Historia. Centenario de la Muerte de Juan Pablo Duarte. Vol. XLIII. Editora Taller, Santo Domingo, R. D., 1976.

[48] Rosa Duarte: Apuntes. Pp. 128-9.

[49] En 1968 la Academia Dominicana de la Historia publicó los artículos de García y de Galván bajo el título de Controversia Histórica. Polémica de Santana. Vol. XXIV, Editora Montalvo, Santo Domingo, R. D., 1968, prefacio y notas de Vetilio Alfau Durán.

 

[50] “Obra eminentemente nacional, la apoyan y sostienen treinta y cinco Municipios; treinta Juntas; dieciocho periódicos, y un sinnúmero de ciudadanos, consciente de su deber, esparcidos en toda la República y en el extranjero”. Emiliano Tejera, Op. Cit. P. 115.

[51] Leonidas García Lluberes: Cual fue el verdadero origen del cisma provocado por los que se opusieron a la Estatua de Duarte”, en Crítica Histórica, Pp. 258-259, Academia Dominicana de la Historia. Centenario de la Restauración de la República, Vol. XVI. Editora Montalvo, Santo Domingo, R. D., 1964

[52] Cf. Juan Francisco Sánchez, Declaración dada al Listín Diario, noviembre 14 de 1893.

[53] Listín Diario, No. 1316, noviembre 2, 1893.

 

[54] Listín Diario, noviembre 10, 1893. Ver nota editorial de esa misma edición.

[55] Listín Diario, noviembre 13, 1893, Año V, No. 1325.

[56] Emiliano Tejera, Op. Cit., p. 121.

[57] Vetilio Alfau Durán, “Dos resoluciones legislativas contra Duarte”, en V. A. D. en el Listín Diario, Pp. 385-6.

[58] Rafael Abreu Licairac, Consideraciones acerca de nuestra independencia y sus prohombres. Santo Domingo, 1894, Imprenta Cuna de América. Hay segunda edición auspiciada por la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, Santo Domingo, 1973. Imp. Bona Rivera y Asociados.

[59] Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones emanados de los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la República Dominicana, Pág. 240, Tomo XIII, Santo Domingo, Imprenta del Listín Diario, 1929.

[60] Ver Colección de Leyes… p. 248.

 

[61] Letras y Ciencias, septiembre 10, 1897, Santo Domingo.

[62] Joaquín Balaguer. Literatura Dominicana, Editorial Americana, Buenos Aires, 1950.

[63] El lector interesado en el referido “Epítome” del hijo de Francisco del Rosario Sánchez puede consultarlo en la obra Sánchez, del historiador Ramón Lugo Lovatón, quien lo reproduce en extenso en el segundo volumen, Santo Domingo, 1948.

[64] Véanse las obras, ya citadas Crítica Histórica, de Leónidas García Lluberes, y Duarte y otros temas, de Alcides García Lluberes.

[65] Ver, Carlos Sánchez y Sánchez y Ramón Lugo Lovatón, “Discriminación, difamación y calumnia”, revista Ahora! No. 287, mayo 12 de 1969.

[66] Ver “Una lección de historia y de Derecho”, revista Ahora! Nos., 299, 300, 301, 302 y 304, agosto-septiembre, 1969.

[67] Cf. “Gazapos Históricos”, Ahora! Nos. 305 y 306, septiembre de 1969; “Los tres Duarte: el Duarte histórico, el Duarte mítico y el Duarte místico”, Ahora! Nos. 307 y 308, 29 de septiembre y 6 de octubre de 1969; “Una carta sobre Historia”, No. 317 de diciembre 8, 1969; y “Sánchez en la dirección del movimiento independentista”, Ahora! No. 329, 2 de marzo de 1970. Otros intelectuales también participaron en el debate, Cf. Francisco Antonio Avelino, “Acerca del juicio de valor sobre los Padres de la Patria”, Ahora! No. 342, junio 1, 1970; y Oscar Gil Díaz, “Sánchez y Mella sí son próceres”, Ahora! Nos. 289 y 290, mayo 26 y junio 2, 1969.

[68] Cf. Carlos Sánchez y Sánchez, “Al margen”, Ahora! No. 295, julio 7 de 1969, en el que hace algunas precisiones en torno a señalamientos de Jimenes Grullón sobre el papel desempeñado por su padre, el general Juan Francisco Sánchez de Peña, en los días de la primera ocupación militar norteamericana, a la sazón gobernador de Santo Domingo.

[69] Editora Cultural Dominicana, Santo Domingo, 1971.

 

[70] Ver mi artículo “¿Sánchez Vs. Duarte?”, Listín Diario, 14 de enero de 1980. Al cabo de una semana, José Anibal Sánchez Fernández respondió con un artículo “Sí, Sánchez frente a Duarte”, Listín Diario, 28 de enero de 1980.

[71] Consultar, especialmente, Editorial de Ultima Hora titulado “¡Dejen esa batalla!”, febrero 13; El Nacional, editorial bajo el título “¿Estamos locos?”, febrero 14; Listín Diario, editorial, “El debate del Martes”, febrero 16; Listín Diario, editorial, “El Debate”, febrero 21; Enriquillo Sánchez, carta a don Rafael Herrera, “¿Por qué el miedo?”, Listín Diario, febrero,21; Hamlet Hermann, “Ser cronistas o ser historiadores”, El Sol, febrero 23; Orlando Gil, “El resultado de un debate”, El Sol, febrero 25; Gustavo Guerrero, “Duarte y Sánchez”, El Nacional, febrero 26; Leonel Fernández Reyna, “Duarte y la unidad revolucionaria”, El Nacional, febrero 28 de 1980.

[72] A continuación ofrezco una bibliografía del historiador José Aníbal Sánchez Fernández: “El golpe del 9 de junio de 1844”, revista Ahora!, junio 10, 1974 (también hay edición en forma de opúsculo en la Colección Conferencia, No. 21, Vol. CLXXV, publicaciones de la Universidad Autónoma de Santo Domingo; “Historia Política de la Independencia y Prejuicio Racial en Análisis Documental”, Santo Domingo, R. D., 1975, edición mimeografiada; “Carácter y significación del Manifiesto del 16 de Enero de 1844 y del Pronunciamiento del 27 de febrero de 1844”, en Anuario de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, Vol. I, Santo Domingo, 1975; “¿Cuál fue la ideología política de Duarte?”, Opinión exteriorizada en entrevista publicada en revista Ahora!, agosto 9 de 1976; Precisiones en torno a Duarte”, Suplemento Cultural Aquí, La Noticia, octubre 24, 1976; “Sánchez y la problemática de su época”, Revista Dominicana de Antropología e Historia, Facultad de Humanidades UASD, Vol. 7, Santo Domingo, 1977; “Duarte, ¿Fundador de la República?”, noviembre de 1979, edición mimeografiada; “Sí, Duarte huyó del país en el 1843”, extenso artículo en dos entregas, Listín Diario, enero 17 y 20, respectivamente, de 1980; La Universidad Autónoma de Santo Domingo y Duarte. Duarte Fundador de la República?, Editora Alfa y Omega, S. D. 1980; Sánchez y Duarte Frente al Problema de la Independencia Nacional, Editora Taller, S. D. 1984; “Documento inédito sobre el fusilamiento de Sánchez”, Hoy, febrero 27 de 1987; “Precisiones y rectificaciones históricas”, cinco artículos en Listín Diario, marzo 23 al 27 de 1981; y “Sánchez, primer antillanista”, dos artículos, Listín Diario, junio 26 y julio 7, respectivamente, de 1981.

[73] Ver Francisco Antonio Avelino, “Reflexión sobre la dirección política en la fundación de la República en 1844”, dos entregas, Listín Diario, abril 10 y 11 de 1980. Inserto en su magnífico libro, Reflexiones sobre algunas cumbres del pasado ideológico dominicano, Santo Domingo, 1995, sin pie de imprenta.

[74] Ibíd.

[75] Hoy, sección Temas, Lunes 25 de enero de 1988.

[76] Cf. Luis Padilla D’Onis, Galería de Dominicanos Ilustres. Juan Pablo Duarte y sus descendientes. Santo Domingo, R.D., 1992. Prólogo y notas de Raimundo Tirado Calcaño. Poco antes de que este libro de Padilla fuera puesto en circulación, la periodista Camelia Michel hizo un breve reportaje en el que confronta algunas opiniones de Tirado con las mías. Véase “¿Duarte tuvo hijos? historiadores lo debaten”, Ultima Hora, sábado 25 de enero de 1992.

[77] En efecto, Padilla D’Onis admite que sus fuentes se fundamentan en la “tradición de familia mantenida con religiosidad indoblegable por los nietos del eminente patricio residentes en Sabana de la Mar”. Op. Cit., p. 43.

 

[78] Ibíd Pp. 147-8.

[79] Angela Peña, “Investigan los amores de Duarte en Venezuela”, periódico El Siglo, abril 1, 1990. Raimundo Tirado respondió algunas de las afirmaciones de Karl Sonni Rojas. Ver “Precisiones necesarias sobre la descendencia de Duarte en Venezuela (A propósito de las investigaciones de Karl Sonni Rojas)”. Listín Diario, 4, 6 y 7 de julio de 1990. Tirado manifestó estar de acuerdo con casi todos los aspectos de la investigación de Karl Sonni Rojas, sin embargo señaló su discrepancia respecto de la cuestión referente a la descendencia de Duarte en Venezuela.

[80] Citado por Vetilio Alfau Durán, en “Las Novias de Duarte”, inserto en Vetilio Alfau Durán en Clío, Compilado por Arístides Incháustegui y Blanca Delgado Malagón. Publicaciones del Gobierno Dominicano, Santo Domingo, R. D., 1994. La Nona, hermana del general Félix Mariano Lluberes, compañero de Duarte en los afanes revolucionarios, falleció en 1893 en la residencia de su cuñado Alexis Licairac. En la tradición de la familia Lluberes es fama que Duarte le habría escrito a La Nona proponiéndole matrimonio mediante poder notarial, pero que ella declinó tal proposición porque no quería abandonar a su madre. No se conserva copia de esa comunicación, pero la versión me fue referida personalmente por el señor Alexis Rodríguez Licairac, nacido el 15 de mayo de 1906, hijo de Rafael Ma. Rodríguez y Hortensia Licairac Lluberes.

[81] Esta afirmación de la hermana de Duarte pone en tela de juicio lo sustentado por Padilla D’Onis en el sentido de que para 1843 Duarte ya estaba casado y vivía con su esposa en San Carlos. ¿Por qué estaba Duarte entonces con su madre y hermanas, y no se hallaba en su hogar, junto con su esposa e hijos?

[82] Si Duarte, como afirma Padilla D’Onis, residía en una finca propiedad suya en las afueras de la capital, por donde estuvo el aeropuerto General Andrews, ¿cómo se explica que los soldados haitianos comandados por Herard sólo rodearan la casa de la madre y hermanas de Duarte? Tal proceder de las autoridades haitianas sólo tiene una explicación: Duarte sólo vivía con su madre y hermanas porque era soltero. De haber tenido esposa e hijas habría sido mucho más fácil ejercer sobre él mayor presión reprimiendo a su compañera y descendientes.

[83] Colección de leyes, decretos y resoluciones, emanadas de los poderes legislativo y ejecutivo de la República Dominicana, años 1884‑1885, tomo IX, Santo Domingo, Imp. Listín Diario.

[84] Hay segunda edición de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Santo Domingo, R.D., 1978.

[85] Cf Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y versos de Juan Pablo Duarte.

 

[86] Rosa Duarte, Op. Cit.

 

[87] Véase, Compendio de la Historia de Santo Domingo, p. 544, tomo 1.

 

[88] Cartas al Padre de la Patria, Instituto Duartiano, Vol. V. Editora del Caribe, C. por A. Santo Domingo, R.D., 1970.

 

[89] Ver, Documentos para la Historia de la República Dominicana, Vol. II, Compilación de Emilio Rodríguez Demorizi, p. 67.

[90] Cf. Apuntes de Rosa Duarte.

[91] Ver Femando Arturo de Meriño Obras, Editorial La Nación, C. por A., Ciudad Trujillo, 1960.

 

[92] Emiliano Tejera, “Monumento a Duarte” Santo Domingo, febrero 27 de 1894. Inserto en Manuel Arturo Peña Batlle, Emiliano Tejera. Antología, Colección Pensamiento Dominicano, Librería Dominicana, Ciudad Trujillo, R.D., 1951.

 

[93] José María Serra. Apuntes

 

[94] Cf. Exposición al Congreso Nacional, Santo Domingo, 1894.

[95] Consúltese, Rasgos Biográficos de Dominicanos Célebres, p. 245. Compilación y notas de Vetilio Alfau Durán. Academia Dominicana de la Historia. Centenario de la Muerte de Pedro A. Pina. Vol. XXIX. Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D. 1971. El historiador García repitió estos conceptos en su Compendio de la historia de Santo Domingo, en uno de cuyos volúmenes dice que, a su llegada al país en 1844, Duarte “recibió del público agradecimiento la ovación más espléndida de que puede haber sido objeto un mortal afortunado al regresar del destierro a los lares patrios”

[96] Cf. José María Serra, Apuntes

 

[97] Ver Emiliano Tejera en “Monumento a Duarte”, Op. Cit.

[98] Félix María del Monte, “Carta a Juan Pablo Duarte”, Puerto Rico, abril 11 de 1865. Inserta en Cartas al Padre de la Patria, Instituto Duartiano, Vol. V, Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1970

 

[99] Mons. Fernando A. Meriño, Obras. Editorial La Nación, C. por A., Ciudad Trujillo, Distrito Nacional, 1960. Era de Trujillo, p. 99. Posteriormente el generalísimo Máximo Gómez, en carta dirigida a José Martí, cuando éste era director del periódico Patria, se referiría a Duarte y a su obra revolucionaria en estos términos: “benemérito patricio que fundó su nacionalidad”.

[100] Cf. César Nicolás Penson, Reseña histórico ‑critica de la poesía dominicana.

[101] Veáse, “A tres antillanos” artículo publicado en Patria, noviembre 21, 1892. Inserto en Martí en Santo Domingo, Emilio Rodríguez Demorizi. Ed. Homenaje de la República Dominicana. Centenario de José Martí. La Habana, 1953.

[102] Cf. Martí en Santo Domingo, p. 429.

 

[103] Eugenio Deschamps, revista La Cuna de América, No. 132, Santo Domingo, 1909.

[104] Publicado en el Listín Diario, martes 2 de diciembre de 1986, a raíz de una polémica derivada de declaraciones ofrecidas por el ex presidente de la República Salvador Jorge Blanco en relación con los prohombres de la independencia dominicana, principalmente Juan Pablo Duarte, y a su afirmación en el sentido de que éstos fueron acusados de haber malversado fondos públicos. El doctor Jorge Blanco, quien ejerció la primera magistratura de la nación durante el período 1982-1986, entonces era víctima de calumnias y ataques por parte de figuras y funcionarios del gobierno que presidía el doctor Joaquín Balaguer, quienes finalmente lograron una sentencia de tipo político para encarcelar al ex presidente al igual que a otros ex-funcionarios de su administración.

[105] Véase Colección de Leyes, Decretos y Resoluciones de los Poderes Legislativos y Ejecutivo de la República. 1844-1847, tomo 1, p. 40 ediciones ONAP.

[106] La Manifestación del 16 de Enero de 1844, considerada generalmente como nuestra Acta de Independencia, establecía la forma y composición del gobierno provisional que surgiría a raíz de la separación de Haití. El documento especificó que la Junta asumiría los poderes ejecutivo y legislativo hasta tanto se dotara al Estado de una Carta Magna sancionada por un Congreso Constituyente. El historiador y jurista Wenceslao Vega considera que además de acta independentista, la Manifestación fungió como “pre-constitución” de la Junta Central Gubernativa. Cf. Historia del Derecho Dominicano, ediciones INTEC, 1986

[107] Manuel Seco en su Diccionario de Dudas de la Lengua Española dice de “malversar” que es “invertir fondos ilícitamente”. Registra, asimismo, la voz “malversar” que significa “acostumbrar mal”. Aguilar Ediciones, 1980, Madrid, p. 452.

[108] Cf. Pág. 1380.

[109] Seco sostiene que “versar” significa “tratar de alguna materia; instruir”. Véase Diccionario de Dudas…, p. 452.

[110] El autor hace constar su agradecimiento por las orientaciones que respecto de los vocablos analizados en este texto me brindó en esa ocasión, con su gentileza habitual, el licenciado Max Uribe, distinguido periodista, escritor, filólogo y autor de una célebre columna en el Listín Diario titulada “Notas y Apuntes”, en las que acostumbraba a versar, con singular maestría, acerca del uso correcto del idioma castellano así como de la diversidad y riqueza del habla dominicana. Para más detalles sobre estos temas, véase su libro Notas y Apuntes Lexicográficos. Americanismos y dominicanismos, Ediciones de la Universidad Central del Este, Editora de Colores, Santo Domingo, 1996.

[111] Ver alocución dirigida al pueblo dominicano el miércoles 19 de Noviembre, 1986, a través de una cadena de radio y televisión.

[112] Impreso. Hoja suelta con el siguiente pié: Imprenta Nacional. Santo Domingo, reproducido por Emiliano Tejera en Clío, órgano de la Academia de la Historia, No. 21, mayo-junio, 1936, p. 68.

[113] Vetilio Alfau Duran, “Mujeres de la Independencia” en Cuadernos Dominicanos de Cultura, Nos. 25-26, Santo Domingo, R.D.

[114] Ibíd, p. 5. El historiador Guido Despradel y Batista era de opinión que el matrimonio de Juan José Duarte y Manuela Diez se había efectuado en la ciudad de Santo Domingo. Consúltese su interesante ensayo Duarte y Aporte de la Familia Duarte Diez a la Independencia Dominicana. Ediciones Renovación, p. 51, Santo Domingo, R.D., 1975.

[115] Cf. Familias dominicanas, tomo III. Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXXVII, Santo Domingo, R.D., 1975.

[116] Vetilio Alfau Durán, Op. Cit., p. 6.

[117] Esta bibliografía sólo contiene algunos de los textos utilizados como referencia en los capítulos que integran el presente libro. Es recomendable, además, consultar los aportes que en el ámbito bibliográfico han realizado los historiadores Pedro Troncoso Sánchez, Emilio Rodríguez Demorizi y Vetilio Alfau Durán. Igualmente imprescindible esar en la bibliografía elaborada por el historiador Jorge Tena Reyes en su valioso libro Duarte en la historiografía dominicana.

[118] Los artículos consignados en la presente lista proceden el Boletín del Instituto Duartiano, cuyas siglas aparecen como B.I.D. El primer número de este boletín vio la luz pública en 1969. Su publicación se mantuvo hasta 1983, Nos. 1 al 18. Importante destacar que en el primer número del Boletín del Instituto Duartiano aparece una amplia bibliografía de Duarte. A los interesados en temas duartianos recomendamos, además, consultar la colección completa del Boletín, toda vez que en sus páginas aparecen numerosas noticias’ documentos y otros textos duartianos. Asimismo, sugerimos consultar la colección de Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia, y también la colección del Boletín del Archivo General de la Nación.

 

Pasado y Presente.Quisqueyano, nuestro otro gentilicio

 

Juan Daniel Balcácer

Dos son los gentilicios con que somos conocidos los oriundos del país llamado Santo Domingo, a saber: dominicano, que deriva de Domingo, y quisqueyano, proveniente de Quisqueya. Con este último nombre, supuestamente indígena, los taínos designaban una de las regiones de la demarcación isleña que el Almirante Cristóbal Colón llamó Española pero que con en el fluir del tiempo terminó siendo conocida como isla de Santo Domingo.

Sabemos que el gentilicio dominicano comenzó a usarse desde 1621; y que varias décadas con posterioridad a las Devastaciones de Osorio (1605,1606), la isla de Santo Domingo dejó de ser posesión española en su totalidad y pasó a ser compartida con Francia, país que importó esclavos africanos a la parte Occidental y estableció allí la sociedad colonial conocida como Saint Domingue o Santo Domingo francés. De modo que fue hacia mediados del siglo XVII cuando los primeros escritores del Santo Domingo español empezaron a utilizar el gentilicio dominicano para identificar a los naturales de la parte española de isla, no solo como uno de los elementos definidores de lo que en el futuro sería la identidad nacional del colectivo, sino también para distinguirlos etnológica y culturalmente de los habitantes de la parte francesa.

Así las cosas, esto es, ocupada la isla de Santo Domingo por dos comunidades de diferentes culturas, una de composición afro-hispánica y la otra afro-francesa, para finales del siglo XVIII era común que en los documentos oficiales se identificara a los habitantes de la llamada parte del Este de la isla con el apelativo de “dominicanos españoles” con el propósito de distinguirlos de los naturales del Santo Domingo francés. Sin embargo, fue en los albores del siglo XIX cuando el adjetivo dominicano adquirió un significado cultural mucho más definido, en tanto que gentilicio natural de toda persona nacida en el Santo Domingo español.

Se recordará que hacia 1815, el gobernador Carlos Urrutia, célebre personaje de los tiempos de La España Boba (1808-1821), a quien también se le conocía como Carlos Conuco, en una Proclama se refiere a los “fieles y valerosos dominicanos” que participaron en un asalto protagonizado por sus tropas colecticias. El 10 de diciembre de 1820, el gobernador Sebastián Kindelán, en un Manifiesto público elogió a los “fieles dominicanos”; y cuando el primero de diciembre de 1821 el líder del frustrado movimiento conocido como La independencia efímera, José Núñez de Cáceres, dio a la luz pública el Manifiesto Político mediante el cual los dominicanos se separaban de España, proclamando el Estado Independiente de Haití Español, tituló el referido documento político de esta manera: Declaratoria de independencia del pueblo dominicano.

Durante el período de la Unión con Haití o de la Dominación haitiana (1822-1844), los habitantes de la parte española de la isla ya se identificaban a sí mismos como dominicanos, pese a la insistencia de los gobernantes haitianos quienes en algunas de sus comunicaciones oficiales llamaban a nuestros antepasados “hispano-haitianos” y también “haitianos del Este”. No es casual que en 1827, cuando el entonces joven Juan Pablo Duarte viaja a Europa por primera vez, le aclara al capitán del barco que él no era haitiano, sino dominicano; y que años más tarde, tras elaborar su proyecto político nacionalista con el fin de crear un Estado nación libre e independiente de toda dominación extranjera, dio a la nueva institución política el nombre de República Dominicana.

Cualquier estudioso de la historia colonial de Santo Domingo podrá constatar que, a lo largo de los siglos XVIII y gran parte del XIX, dominicano fue el único gentilicio con el que siempre fueron reconocidos nuestros ancestros.

Quisqueyano

¿Desde cuándo, entonces, se usa quisqueyano, nuestro otro gentilicio? Todo dominicano familiarizado con el proceso histórico republicano, es consciente de que la República fue proclamada el 27 de febrero de 1844, y que a partir de ese trascendental acontecimiento histórico el pueblo dominicano tuvo auto-gobierno, soberano e independiente, inspirado en la doctrina del liberalismo y en el sistema de la democracia representativa. Una cosa, empero, fue proclamar la República; y otra my distinta que los dominicanos adquirieran conciencia de su identidad nacional en tanto que ente sociológica y culturalmente diferente no solo de sus vecinos de Occidente, sino de cualquier otro colectivo nacional. En este punto es importante resaltar que a lo largo de la Primera República (1844-1861) y de la Guerra restauradora (1863-1865), en Santo Domingo poca gente supo (por no decir que nadie) de la existencia del vocablo Quisqueya ni mucho menos del gentilicio quisqueyano.

Fue a partir de 1867, año en el que circuló el primer tomo del Compendio de la historia de Santo Domingo, de José Gabriel García, cuando los dominicanos aprendieron en las escuelas que los taínos solían llamar la isla con varios nombres, a saber: Bohío, Haití, Babeque y Quisqueya. Pero un hecho ocurrido en 1805, al parecer poco trascendente para la parte española, cambiaría el futuro de ese legado toponímico de la cultura taína, toda vez que los habitantes de la parte francesa de la isla, tras el triunfo de la revolución, se declararon independientes respecto de Francia y reivindicando como suyo uno de los nombres autóctonos de la isla, le dieron a la recién creada República el nombre indígena de Haití.

El indigenismo

Postreramente, más de medio siglo después de la revolución haitiana, en el ámbito de la incipiente literatura dominicana surgió (tras la guerra restauradora), el denominado movimiento indigenista que, al decir de Max Henríquez Ureña, “se inspiró principalmente en las desventuras de los aborígenes del Nuevo Mundo al enfrentarse a los conquistadores europeos” (Panorama histórico de la literatura dominicana, Vol. I, 277:1966). El indigenismo literario era una suerte de búsqueda de las raíces ancestrales de los pueblos americanos y, en el caso de Santo Domingo, significó un vigoroso esfuerzo por reencontrarse con parte del legado cultural e histórico de los más remotos ancestros de los dominicanos. Así, en 1867, a raíz de la publicación de la obra citada del historiador García, tuvo lugar la eclosión de la corriente literaria conocida como indigenismo y uno de sus precursores fue el periodista, poeta y escritor Alejandro Angulo Guridi, al que debemos un hermoso drama histórico, en tres actos, titulado Iguaniona, al principio del cual se lee lo siguiente: “La acción se desarrolla en la isla de Quisqueya, a fines del siglo XV”.

Sin embargo, la literatura indigenista en Santo Domingo se desarrolla durante los dos decenios transcurridos entre 1870-1890, y entre sus principales exponentes firaron, además de Guridi, José Joaquín Pérez, autor de Fantasías indígenas, Salomé Ureña de Henríquez, Manuel de Jesús Galván, con su novela Enriquillo, y José Castellanos, quien publicó la primera antología de poesía dominicana, que data de 1874, y cuyo título fue Lira de Quisqueya. Se trató, evidentemente, de una época de esplendor de las letras nacionales en la que los intelectuales criollos buscaban una forma de expresión que los vinculara directamente con el no muy abundante legado de la extinguida cultura taína. Y fue en el seno de ese movimiento que por fuerza de la inspiración poética, si se quiere, devino en una necesidad de carácter emotivo adoptar otro nombre además del nombre europeo del país, que era y es Santo Domingo; un nombre que fuera de auténtico sabor aborigen y con el cual también se identificaran los dominicanos tanto en el plano local como en el internacional. Y ese nombre, como acertadamente señaló el maestro Eugenio María de Hostos, no fue otro que Quisqueya.

No escapaba al conocimiento de los intelectuales de esa generación post-restauradora que los otrora esclavos de Saint Domingue, una vez liberados del yugo francés, pretendieron cambiar el nombre varias veces centenario de la isla y que al tiempo de adoptar para el nuevo Estado uno de los nombres indígenas de la isla, consignaron en la Constitución de 1805 (la de Dessalines) que “el pueblo que habita la isla antes denominada Santo Domingo acuerda constituirse en Estado libre, soberano e independiente de cualquier Potencia del universo bajo el nombre de Imperio de Haití”, Estado al que dicho sea de paso consideraban “uno e indivisible”, el cual solo tenía por límites el mar. Ante esa realidad histórica, es lícito conjeturar que cuando a los dominicanos se les presentó la oportunidad de escoger un nombre aborigen con el cual identificar a su Patria, seleccionaron el que geográficamente los vinculaba directamente con la desaparecida cultura taína y lógico fue que escogieran el vocablo Quisqueya.

Es, pues, durante el período 1870-1890 que la voz Quisqueya y sus derivados quisqueyano o quisqueyana adquiere cierta popularidad entre los dominicanos a través, principalmente, de la poesía de carácter epopéyico, de la narrativa indigenista y, naturalmente, por medio del himno que en 1883 escribió el poeta Emilio Prud´Homme, con música del maestro José Reyes. El himno de Reyes y Prud´Homme recorrió un largo trecho antes de ser oficialmente declarado Himno Nacional el 29 de mayo de 1934; pero es evidente que durante los años transcurridos entre 1883 y 1934, el pueblo dominicano, de manera espontánea, hizo suyas las letras de ese canto patrio y esa circunstancia contribuyó enormemente a popularizar el otro gentilicio con el que desde finales del siglo XIX somos conocidos los dominicanos, pues además de resaltar que la Patria, es decir, Quisqueya, “la indómita y brava”, “será destruida, pero sierva de nuevo, jamás”, nuestro canto nacional comienza con unos versos que desde entonces han entonado y continúan entonando con orgullo todos los dominicanos: “Quisqueyanos valientes alcemos/ Nuestro canto con viva emoción…”

Conviene destacar que el vocablo Quisqueya era el nombre preferido por Hostos, quien incluso en 1880 propuso públicamente que el Estado se llamara República de Quisqueya, idea que ulteriormente secundó César Nicolás Penson en su libro costumbrista Cosas añejas. En cuanto se refiere al uso del gentilicio quisqueyano, éste devino más natural y frecuente en la literatura y en la poesía por fuerza de la métrica. Dicho nombre, según Emilio Rodríguez Demorizi, “apenas ha pasado de la literatura, de la poesía y la oratoria” y se ha convertido en “nuestro nombre poético, como borinqueño en Puerto Rico” (Seudónimos dominicanos, 1956: 33-34).

Los vocablos Quisqueya, quisqueyano y quisqueyana también pasaron de la literatura al cancionero popular, circunstancia que contribuyó de manera significativa a una mayor difusión lo mismo del nombre que del gentilicio. Un ejemplo de ello se encuentra en las inmortales letras que el célebre compositor puertorriqueño, Rafael Hernández, dedicó a nuestro país: “No hay tierra tan hermosa como la mía,…” “Quisqueya la tierra de mis amores,.. Quisqueya divina, en mis cantares linda Quisqueya yo te comparo con una estrella”; o las no menos imperecederas de la dominicana Mercedes Sagredo: “Quisqueya, divina Quisqueya, de dulces recuerdos de ayer… “Quisqueya primada Quisqueya, Tú eres la más bella, tú eres la más bella, flor de mi vergel”. Y como en este punto se trata de rememorar temas dedicados a exaltar la belleza y los valores patrios de Quisqueya, la Madre Patria de los dominicanos, estimo que no será en vano, para orientación de las jóvenes generaciones, traer a colación aquélla célebre canción titulada “Espera quisqueyana”, que en las postrimerías de la dictadura de Trujillo compuso el recordado maestro Billo Frómeta; canción que dicho sea de paso consagró Felipe Pirela, el llamado “bolerista de América”.

Sucedió que a mediados de 1961, ya ajusticiado el sátrapa, pero con la familia Trujillo y sus epígonos aún desgobernando el país, la juventud y la casi totalidad del pueblo, exhausto de tantas injusticias padecidas durante 30 años, demandábamos anhelosos “navidad con libertad”, al tiempo que entonábamos una de las estrofas de esa suerte de himno de esperanza que auguraba un mejor futuro para todos:

“No llores muchachita quisqueyana

Esconde tu dolor un poco más

Y verás las campanas de tu iglesia

Repicar anunciando libertad”.

 

 

 

Raíces del autoritarismo dominicano ( 1era parte)

Juan Daniel Balcácer

I

Los pueblos latinoamericanos compartimos una historia común en no pocos aspectos esenciales de la evolución de nuestras identidades nacionales. Las similitudes culturales e históricas entre nuestros países son mucho más sólidas que los contrastes, rasgos y características que nos diferencian como colectividades.

El descubrimiento, la conquista y la colonización constituyeron una experiencia histórica común a los pueblos latinoamericanos. De la mixtificación entre el español con el indio y con el negro brotó el mestizaje, experiencia también compartida por nuestros pueblos. En algunos casos, como aconteció en Santo Domingo, el elemento indígena fue borrado de la faz isleña, consecuencia de la exterminación a que fue sometido y debido a que la demografía aborigen, al momento del descubrimiento, no excedía de 370,000 personas. En otros países, como México y Perú —para sólo citar dos casos— no ocurrió así.

Semejante fue también la experiencia del encuentro desigual entre las culturas española y la indígena que —gradual pero traumáticamente— dio al traste con formidables civilizaciones, como la de los mayas, aztecas, incas y chibchas, para dar paso a una nueva realidad cualitativa que devino en el germen de las sociedades criollas que, con el tiempo, conformaron los países hispanoamericanos.

El descubrimiento, conquista y colonización de América Latina fue una empresa netamente española, excepto los casos del Brasil, país que, como se sabe, fue posesión portuguesa y también de algunas islas del archipiélago antillano que resultaron colonizadas por Francia, Inglaterra y Holanda.

En la América hispana la conquista precedió a la colonización, mientras que en la América anglosajona fue al revés: la colonización antecedió a la conquista. Los anglosajones primero poblaron y, luego, extendieron su dominio al través del vasto territorio que hoy ocupan los Estados Unidos. Pero los peregrinos del Mayflower, contrario a la expedición de Cristóbal Colón, no fueron a Norteamérica en representación del imperio británico y en plan conquistador. El proceso, por tanto, en Norteamérica fue totalmente diferente del que tuvo lugar en los países de la América hispana. Los peregrinos puritanos, en principio sólo se establecieron en determinado territorio y no fueron colonizados por nadie; mientras que nuestros ancestros, en cambio, padecieron el escarnio del coloniaje, las consecuencias del mestizaje y la implantación, entre otras cosas, del sistema administrativo centralista español, del cual derivó gran parte del autoritarismo latinoamericano.

La España imperial de los Reyes Católicos trasplantó al Nuevo Mundo sus instituciones políticas, militares, religiosas, culturales y sociales. La organización administrativa de los territorios descubiertos se hizo conforme al esquema monárquico absolutista español, sin tomar en cuenta que los pueblos recién descubiertos e incorporados al reino ibérico no habían alcanzado las condiciones subjetivas y objetivas necesarias que les permitiera asimilar la cultura política del dominador.

Desde los albores de la colonización nuestros pueblos estuvieron administrativamente divididos en virreinatos, al tiempo que dirigidos por funcionarios que ostentaron títulos de adelantados, gobernadores, capitanes generales, alcaldes mayores, corregidores y otros. Esos funcionarios, al través de instituciones como la Casa de Contratación de Sevilla, el Consejo de Indias, la Real Audiencia y las sedes Arzobispales, sentaron las bases jurídicas, religiosas y hasta sicológicas de los colectivos que surgirían en las zonas sometidas al dominio europeo.

La conquista, sin embargo, y en este punto está de acuerdo la casi totalidad de los especialistas en historia colonial, fue una empresa fundamentalmente económica. Los pueblos descubiertos y colonizados —y esto también forma parte de las analogías históricas latinoamericanas—, fueron sometidos a un régimen de esclavitud dentro del modelo medieval que conocía Europa: la explotación de la tierra con fines de extracción de metales preciosos (oro y plata), repartición de terrenos para desarrollar plantaciones, fueran azucareras o de otros cultivos y especies apreciados en las metrópolis. El modelo pronto se debilitó debido a varias razones: en algunos casos los metales preciosos sencillamente se agotaron; y, en otros, la metrópoli ibérica, en virtud del debilitamiento de su industria, no tardó en devenir incapaz para suministrar a tiempo, y en las cantidades adecuadas, los productos que necesitaban para su subsistencia las colonias del Nuevo Mundo. El comercio fue, pues, unilateral, y tal circunstancia obligó a muchos pueblos del orbe hispanoamericano a poner en práctica un comercio intérlope con representantes de otras naciones, contrarias a España, cuyos súbditos fueron capaces de aprovechar esas debilidades, estableciendo relaciones comerciales con los pueblos hispanos semi abandonados por la corona española.

Otro ingrediente de gran similitud que aflora en la sociología latinoamericana, sin duda heredado de los conquistadores hispanos, lo constituye el carácter autoritario de nuestras sociedades. La concentración de los poderes políticos y militares en los gobernadores y capitanes generales dio lugar al surgimiento de una cultura autoritaria que en la América hispana predominó durante tres siglos e, incluso, sobrevivió aún después de la eclosión de las independencias de las repúblicas de Sur y Centro América.

De los movimientos independentistas, que en su gran mayoría tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XIX, emergió un fenómeno sociológico, típico de las sociedades agrarias del medioevo, que se manifestó en la casi totalidad de nuestros países: me refiero al caudillismo.

El caudillismo fue un tipo de liderazgo carismático, en muchas ocasiones de trasfondo pretoriano y de orientación dictatorial, esencialmente antagónico al liberalismo y al sistema de la democracia. Cuando nuestros pueblos se separaron de la Madre Patria y se declararon independientes, también fueron testigos del surgimiento de ese liderazgo que tuvo sobre sus hombros la dirección de las luchas contra la metrópolis, al tiempo que protagonizaban las pugnas intestinas por el control del poder político. El caudillo, apoyado por una clientela personal, se oponía a todo vestigio de pluralismo y apertura; por lo general tenía su propio ejército, y cuando no era un potentado económico, se aseguraba de contar, entre sus prosélitos, con el respaldo de quienes fueran capaces de sustentar financieramente sus actividades; servicio éste que solían honrar y reciprocar con sinecuras, canongías y privilegios.

 

II

 

Una característica peculiar del caudillo es que no estaba en disposición de compartir con nadie el poder que había obtenido por medio de las armas o de las urnas. Los primeros héroes de las independencias latinoamericanas primero lucharon contra España, y luego contra los tiranuelos que surgieron en el entorno; pero muchos de ellos mismos, esto es, los precursores de los movimientos independentistas, en determinadas circunstancias devinieron en caudillos y se vieron precisados a hacer uso del poder absoluto a fin de imponer el orden.

Dentro de las similitudes latinoamericanas también aflora el hecho de que, luego de proclamada la independencia, nuestros pueblos padecieron los rigores de sucesivos despotismos, en razón de que algunos de los líderes políticos de las emergentes repúblicas, una vez lograban el control del gobierno se aferraban a él como la hiedra a la pared convirtiéndose, además, en perseverantes continuistas.

Un ejemplo ilustrativo es Venezuela, en donde desde 1830 a 1935 predominaron los caudillos: Páez (1830-1846); luego los hermanos Monagas (1846-1861); Páez, de nuevo (1861-1863); Guzmán Blanco (1870-1887); Crespo (1887-1898); Castro (1899-1908); y, finalmente, Gómez (1908-1935). Similar caso al de Venezuela es República Dominicana, en cuyo devenir histórico, entre 1844 y 1978, puede constatarse una sucesión permanente de caudillos, déspotas y tiranos, así como las pugnas entre Santana y Báez, (1844-1861); luego entre Báez y Cabral; posteriormente la hegemonía de Lilís (1886-1899); o el período turbulento de los caudillos de principios del siglo XX, Jimenes y Vásquez, hasta el advenimiento al poder de Rafael L. Trujillo, quien gobernó el país con mano de hierro desde 1930 hasta 1961 y, finalmente, los gobiernos iliberales de Joaquín Balaguer, especialmente durante el período 1966-1978.

Como se puede advertir, el caudillismo fue un fenómeno general en América Latina y al través de ese tipo de liderazgo se robusteció en la subconsciencia colectiva de nuestros pueblos la noción del ejercicio autoritario del poder. En este sentido no puede afirmarse que sólo una clase social asimiló este tipo de cultura política: se trató, más bien, de un fenómeno consustancial a todas las clases sociales latinoamericanas y a los más diversos tipos de personalidades.

Permítaseme el siguiente ejemplo: el doctor Gaspar Rodríguez Francia, en Paraguay (1811-1840), al decir del profesor Jacques Lambert, “era un notable culto de espíritu paternalista; Santa Ana (1828-1844), en México, era un rico criollo, seductor e inestable, que soñaba con la gloria militar: Santa Cruz (1829-1839), en Bolivia, era un oficial de carrera, honrado y vanidoso, que se creía heredero del inca por parte de su madre; Portales (1830-1837), en Chile, era un rico comerciante preocupado por el orden en Guatemala, era un general, pero Fulgencio Batista (1934-1959), en Cuba, era un suboficial sublevado contra los generales; Guzmán Blanco (1870-1890), en Venezuela, era un caballero educado, pero Cipriano Castro (1889-1908), que le sucedió, no era sino un inculto conductor de ganado”.

Pero no todo el panorama latinoamericano es tan deprimente en la esfera de la política. El siglo XX significó, para nuestro continente, un siglo de esperanzas, de notables logros en el plano de las ciencias y de las ideas, así como también un período propicio para el desarrollo y crecimiento sostenido de nuestras economías. Sin embargo, un cambio operado a escala mundial en el ámbito de los imperialismos, también tuvo similares repercusiones en nuestras sociedades, retrasando, en cierto modo, la transición de la sociedad de base agraria o semi feudal hacia un modelo avanzado de prosperidad económica que sirviera de fundamento a un tipo de dominación política más participativa. El repartimiento colonial que tuvo lugar durante el apogeo de los conflictos imperialistas modernos, también tendría un impacto decisivo en el fomento de regímenes autoritarios, despóticos y militares en África, Asia y América latina.

Se recordará que el siglo XX fue el de las dos grandes conflagraciones mundiales; el de la Revolución mexicana de 1910 y el de la Revolución bolchevique de 1917, que bajo el imperio de la Unión Soviética enarboló la ideología marxista. Fue también el siglo del surgimiento del fascismo y del nazismo, bajo cuyos estandartes se cometieron los crímenes más horrendos que recuerda la humanidad. Fue el siglo de los imperialismos norteamericano y europeo, en Latinoamérica, en África y en Asia. Fue la era de la descolonización de África, Asia y algunos países del medio oriente. En América Latina fue una época turbulenta, de abominables dictaduras (recordemos tan sólo algunos ejemplos: Getulio Vargas, en Brasil (1930-1945), Jorge Ubico, en Guatemala (1931-1944), la dinastía Somoza, en Nicaragua (1934-1978), Isaías Angarita en Venezuela (1941-1945), Alfredo Stroessner, en Paraguay (1954-1989), y Rafael Trujillo, en República Dominicana (1930-1961). Países como México, Argentina y Colombia, pese a que tuvieron sus etapas de dictaduras (Porfirio Díaz, Juan Domingo Perón y Rojas Pinilla), también experimentaron, al igual que Chile y Costa Rica, genuinos ensayos democráticos que posteriormente devendrían casos de estudio por los académicos especialistas en América Latina.

En los albores de la década del 60 nuestra América —como la llamó Martí para diferenciarla de la anglosajona—, no estuvo ajena al fenómeno de la revolución cubana y de los movimientos insurgentes, de contenido ideológico izquierdista; pero también durante estos últimos cuarenta años hubo etapas de lamentables retrocesos, del retorno de élites militares al ejercicio del poder a través de métodos no democráticos, confirmándose así la clásica tesis de Claudio Véliz sobre la persistencia de la tradición centralista de Latinoamérica. Sin embargo, es menester destacar que este siglo que recién concluye ha sido, para alivio de todos, la centuria del resurgimiento del movimiento democrático continental, ahora en pleno apogeo en casi todos nuestros países como en un retorno al proyecto original de los padres fundadores de nuestras naciones.

De modo, pues, que si bien hemos sido un continente unido por las mismas venturas y desventuras; si la cultura autoritaria ha sido un denominador común entre los latinoamericanos, por virtud de las similitudes de nuestros procesos históricos; también es verdad que en la actualidad, cuando nos encontramos en la época de la globalización, la apertura económica y en la era de los más asombrosos avances científicos y tecnológicos, nuestros pueblos escenifican una firme batalla contra los remanentes de la ideología conservadora que durante siglos ha impedido el pleno desarrollo de nuestras naciones.

En 1942, el poeta Tomás Hernández Franco, en una conferencia que pronunció en Honduras acerca de la poesía popular y la poesía negra en las Antillas, afirmó que “las Antillas no han tenido jamás un solo problema que, en su esencia, no haya sido, antes o después, problema de América”.

Ciertamente, los pueblos de América del Sur o Central y los del Caribe han compartido similares experiencias históricas casi en igual proporción o magnitud. Y es por eso que, desde la época de las guerras independentistas, hemos tenido parecidos tiranos, sátrapas o dictadores; pero también conspicuas figuras del pensamiento o de la acción que nos han legado admirables ejemplos de lucha y sacrificio a fin de conquistar la libertad y lograr el bienestar de nuestros pueblos y de todos sus ciudadanos.

La antítesis de la cultura autoritaria que ha prevalecido en nuestras sociedades no es otra que la educación cívica o cultura política entendida, al decir de Norberto Bobbio, como “el conjunto de actitudes, normas y creencias, compartidas más o menos ampliamente por los miembros de determinada unidad social y que tiene como objeto fenómenos políticos”.

En la medida en que profundicemos en el estudio de nuestras historias locales, intercambiemos experiencias y fomentemos la aplicación de programas regionales que propendan a robustecer la educación cívica y el sentimiento de identificación del individuo con el sistema democrático, estaremos contribuyendo a desterrar para siempre el nefasto autoritarismo que hemos padecido durante casi dos siglos de historia.

 

(Originalmente publicado en el Listín Diario en dos entregas, mayo 21 y 28 de 2000, respectivamente).

HAITÍ SÍ OCUPÓ SANTO DOMINGO EN 1822

 

Juan Daniel Balcácer*

En un artículo aparecido en una publicación digital identificada como “Bookmanlit”, con sede en Miami, titulado “Haiti never occupied the Dominican Republic: Time to Put The Myth Aside” (“Haití nunca ocupó la República Dominicana: es hora de poner el mito a un lado”), sus autores incurren en flagrantes manipulaciones históricas y acusan al Gobierno dominicano de propagar el aludido mito a fin de presentar a Haití como una nación beligerante contra el pueblo dominicano. Sostienen, además, que la “clase dominante” dominicana supuestamente infunde entre sus connacionales animosidad y prejuicio racial contra los haitianos, cosa que, según alegan, se ha puesto de manifiesto a través de la Sentencia 168-13 recientemente evacuada por el Tribunal Constitucional.

La República Dominicana fue proclamada Estado soberano e independiente de los haitianos el 27 de febrero de 1844. Todo el mundo sabe que desde 1822 a 1844 el pueblo dominicano estuvo sometido al gobierno haitiano y que fue de esa dominación que la comunidad de la parte española de la isla de Santo Domingo decidió primero separarse, para luego crear un Estado nación libre e independiente de toda dominación extranjera.

Nada más enterarse los gobernantes y legisladores haitianos de la época del triunfo del movimiento independentista, optaron por no reconocer el derecho que le asistía a los habitantes de la parte española de la isla para constituirse en una nación soberana, como lo habían logrado los propios haitianos en 1804, sino que, por el contrario, decidieron invadir militarmente la recién creada República con el propósito de aniquilarla y nueva vez someter al pueblo de Santo Domingo al dominio haitiano. Entre 1844 y 1856 tuvo lugar la Guerra dominico-haitiana que, a lo largo de cuatro o cinco campañas militares consistió, en el enfrentamiento permanente entre diferentes gobiernos haitianos que insistían en recuperar la parte del Este y la resistencia heroica de los gobiernos dominicanos que repelieron con éxito las tentativas haitianas para restablecer la “una e indivisible” tal y como consignaba su Constitución desde los tiempos de Toussaint.

En este punto conviene hacer algunas precisiones de carácter histórico para refutar las distorsiones en que incurren, acaso de manera involuntaria, los autores del referido artículo. Sostienen que Jean Pierre Boyer, en 1822, no invadió la parte del Este de la isla, porque el Santo Domingo español, es decir, el pueblo dominicano, ya era parte integral del Estado haitiano y, consecuentemente, Haití no podía invadirse a sí mismo. Nada más falso. Si bien es cierto que en 1795, mediante el Tratado de Basilea, España cedió a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo, no lo es menos la circunstancia de que cuando en 1801 Toussaint Lverture unificó la isla en nombre de Francia, obró sin contar con la anuencia de Napoleón Bonaparte quien tan pronto tuvo oportunidad envió una imponente expedición armada, al mando de su cuñado el general Leclerc, para que recuperara la isla de Santo Domingo.

Es verdad que Leclerc no pudo recuperar la isla completa, pero no menos cierto es que la parte española quedó bajo control de los franceses desde 1803 hasta 1808 cuando se produjo la revolución de La Reconquista, que acaudilló Juan Sánchez Ramírez. Los autores del mencionado artículo omiten adrede que en 1814, por virtud del Tratado de París, Francia retrocedió a España su antigua posesión de la parte del Este de la isla de Santo Domingo, de suerte tal que para 1822, cuando Boyer invadió la parte española de la isla, hacía ocho años que los dominicanos españoles habían dejado de ser posesión o colonia francesa. Se trató pues de una invasión porque, a despecho de que hubo algunas cartas de individuos aislados, sobre todo del Cibao, solicitando la intervención de Boyer ante el hecho consumado del proyecto independentista de José Núñez de Cáceres, lo cierto es que la comunidad dominicana había decidido separarse de España y constituirse en Estado independiente. Boyer, en consecuencia, al proceder como lo hizo no respetó el deseo del colectivo dominicano, que estaba a tono con los movimientos secesionistas de las antiguas posesiones españolas en lo que hoy es América Latina, y violó el sagrado derecho del pueblo de Santo Domingo a su emancipación definitiva de un país extranjero.

El ensayo citado también presenta al pueblo haitiano como el auténtico propietario de la isla de Santo Domingo, cuyos legisladores, en un acto de generosidad, después de 1867 excluyeron de su Pacto Fundamental el Artículo que hablaba de “la isla de Haití” con el propósito de no continuar representando una amenaza para sus “nuevos vecinos”, los dominicanos. Entre otras cosas, concluye, en que la cuestión territorial fue definida mediante el Tratado de 1929.

La cuestión territorial es otra historia que data desde los lejanos tiempos coloniales, cuando todavía no asomaba en el horizonte de América el Estado haitiano, y la isla era compartida por la colonia del Santo Domingo francés, en la parte Occidental, y por la colonia del Santo Domingo español, en la parte del Este. Sabemos que en plena revolución de los esclavos del Santo Domingo francés, Toussaint Louverture, hacia 1794, ocupó las poblaciones dominicanas de Hincha, Las Caobas, San Rafael y San Miguel de la Atalaya que eran una prolongación del Valle de San Juan. Al proceder de esa manera, el Libertador de los Negros desconoció lo estipulado por el Tratado de Aranjuez de 1777 respecto del territorio que correspondía a ambas comunidades. Sin embargo, a partir de entonces la línea trazada por el tratado de Aranjuez quedó algo indefinida, aun cuando las autoridades dominicanas no reconocieron el derecho de posesión de la República de Haití sobre las referidas poblaciones que, con el devenir del tiempo, fueron absorbidas geográfica y culturalmente en el decurso del período 1822-1844.

Andando el tiempo, y luego de la última campaña militar de la Independencia nacional, que tuvo lugar en 1856, el Estado dominicano se vio compelido a reconocer lo que de hecho ya había devenido en una situación “de jure”. Así las cosas, cuando en 1874 se suscribió el primer Tratado dominicano-haitiano, la ocupación de los territorios que anteriormente habían pertenecido a los dominicanos, en ahora en poder del Estado haitiano, quedaron oficializados, por decirlo así, más allá de la línea de Aranjuez. No obstante, el reconocimiento formal de esa apropiación territorial en que paulatinamente incurrieron los haitianos tuvo lugar en 1929 a raíz del Tratado Vásquez-Bornó cuando, mediante este instrumento jurídico, fueron definitivamente traspasadas las tierras que nuestros vecinos de Occidente ocuparon totalmente desde 1856. Fue menester incluso modificar la Constitución dominicana, en su Artículo 3, sobre la conformación del territorio nacional.

Como puede constatarse, cuanto antecede es parte de lo que reseñan de manera objetiva algunos de los textos escolares y académicos de la República Dominicana en torno de las relaciones dominico haitianas de mediados del siglo XIX y parte del siglo XX. Nada de eso es mito ni narrativa de ficción inventada por la “intelligentsia” dominicana ni por la llamada “clase dominante” nacional, como se afirma en el artículo de marras, con supuestos fines de presentar una imagen distorsionada del pueblo haitiano, por lo que conviene concluir afirmando que Haití sí ocupó y sometió a su dominio al pueblo de Santo Domingo entre 1822 y 1844; y que Haití sí invadió militarmente el territorio nacional durante la llamada Guerra dominico-haitiana, que duró desde 1844 hasta 1857.

 

*El autor es historiador. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

La independencia nacional y la historia escolar

Conferencia Magistral dictada por el historiador Juan Daniel Balcácer con los auspicios del Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma Español y la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, el martes 25 de septiembre de 2012.

 

Señoras y señores:

La independencia nacional es un acontecimiento político que en la mayoría de los textos escolares, por virtud de lo que podría denominarse una sinécdoque histórica, generalmente se relaciona con el 27 de febrero de 1844, es decir, con el día en que fue proclamada la República.

Pocos son los textos que se refieren a la independencia nacional como un proceso social cuya génesis, desarrollo y cristalización transcurrieron en un determinado período histórico insertado en un contexto internacional; y pocos son también los libros de historia patria en matizar con claridad cristalina que la revolución independentista de 1844 no fue resultado de la acción de un solo día, ni mucho menos obra exclusiva de un solo hombre, aunque es evidente que Juan Pablo Duarte fue su más alto exponente doctrinal e ideológico.

La enseñanza de la historia patria a través de los textos escolares data de mediados del siglo XIX y uno de sus propósitos fundamentales es la legitimación del Estado-nación cuyos ideólogos, inspirados en el legado de los Enciclopedistas y del Romanticismo, comprendieron la necesidad de estimular en el ciudadano, por medio de la representación del pasado, el sentimiento de pertenencia y lealtad al país, al tiempo de crear la memoria social y fortalecer la identidad nacional.

Existen tres modelos o esquemas de representación de la historia a través de los cuales se tiene acceso al pasado. Esas tres formas de representar el pasado han sido objeto de numerosos estudios por parte de especialistas en historia, sicología, sociología, pedagogía y lingüística, y son fundamentalmente la historia académica; la historia escolar y la historia cotidiana. Por lo general, existe cierta contradicción entre los contenidos narrativos, ideológicos y metodológicos de cada una de estas formas de representación del pasado, circunstancia que contribuye a generar percepciones diferentes acerca de la genealogía histórica de una nación.

La historia académica es la que cultivan los historiadores profesionales de conformidad con “la lógica disciplinaria de un saber instituido bajo condiciones sociales e institucionales específicas”. La historia escolar, en cambio, suele ser en gran parte una especie de adaptación de textos académicos, pero estrictamente ceñida a un currículo educativo especialmente diseñado para ser utilizado en el sistema escolar básico y medio de acuerdo con la ideología dominante. La historia cotidiana es en muchos aspectos diferentes de las dos representaciones anteriores, pues es el producto de una memoria colectiva que asimila la mente de los ciudadanos y está hecha del recuerdo, también del olvido, de mitos y de tradiciones orales.

“La historia escolar –ha escrito el profesor Mario Carretero, especialista en Psicología Cognitiva- brinda contenidos que se estructuran como narración oficial de la experiencia del pasado común, a los que se agrega una importante carga emotiva destinada a crear identificación (con los próceres y “hombres de la patria”) y un sentimiento de lealtad y pertenencia, fortalecida por el uso de los símbolos patrios, los íconos y los himnos de la rutina escolar. La historia académica ofrece un saber institucionalizado dentro de las ciencias sociales, el cual nace y se constituye en función de los Estados nacionales, a los que aporta la garantía de legitimidad del pasado común que da lugar al desarrollo de la identidad. Por último, la historia cotidiana significa de modo informal parte del “saber enseñado” y parte del “saber sabio”, y lo utiliza para interpretar el presente en clave de “actualidad”.

De la fiabilidad en el uso de las fuentes o huellas que hace el historiador para reconstruir el pasado con ayuda de cualquiera de esos tres modelos dependerá la percepción que tendrán los estudiantes al entrar en contacto con el pasado, “ese país extraño”, como lo denominó el historiador David Lowenthal.

En el caso del tema que nos ha congregado en esta noche, la independencia nacional y la historia escolar, debemos tener presente que todo cuanto el estudiante aprende en el aula está supeditado a un contenido específico diseñado por expertos en currículos educativos quienes, mediante lo que se conoce como transposición didáctica, de manera selectiva y de acuerdo con sus perspectivas ideológicas adaptan narraciones, relatos, sobre personajes y acontecimientos para ser destinados a la enseñanza de la historia patria.

Una breve revisión de varios textos de historia patria o escolar nos permitirá forjarnos una clara idea de cuáles contenidos y conceptos aprendieron y asimilaron diversas generaciones de dominicanos acerca de la independencia nacional y del pensamiento político de Juan Pablo Duarte.

En el siglo pasado, durante más de 50 años, en nuestro sistema escolar se utilizó un texto de historia patria que, al decir de Frank Moya Pons, devino en una suerte de “biblia histórica en la que estaba toda la verdad de lo que había ocurrido en la Isla desde la llegada de Colón hasta la llegada de los americanos en 1916”. Me refiero al Resumen de Historia Patria, de Bernardo Pichardo. En adición a esta obra (que fue una apretada síntesis de la Historia de Santo Domingo de José Gabriel García), durante la llamada Era de Trujillo en el nivel de primaria se utilizaron alternativamente otros textos de la autoría de J. Marino Incháustegui, a quien también debemos una Historia dominicana, en dos volúmenes, que figura en la “Colección del 25 Aniversario de la Era de Trujillo”, conjunto de obras publicado cuando el régimen conmemoró pomposamente sus cinco lustros de opresión y tiranía.

Casi un decenio antes, en 1944, con ocasión del centenario de la República, se publicó otro libro que fue declarado texto oficial y del que guardo impresionantes recuerdos por sus grabados y por la forma casi simiesca (para utilizar un término del ingeniero José Israel Cuello) con que el ilustrador representaba a los personajes haitianos en contraste con las fisonomías refinadas de los dominicanos. El título de ese libro fue Historia gráfica de la República Dominicana, texto de José Ramón Estella e ilustraciones de José Alloza Villagrasa. En 1969 tuvo lugar la última reimpresión del Resumen de historia patria y a partir de ese año hasta 1977 en las escuelas dominicanas se utilizó alternadamente otro texto escrito por Jacinto Gimbernard con el título de Historia de Santo Domingo.

Como puede constatarse, desde 1922 hasta 1976 diversas generaciones conocieron el pasado dominicano a través de los textos recién citados, caracterizados por su contenido narrativista, providencialista, hispanista, racista y tradicionalista. Desde 1977, sin embargo, comenzó una nueva etapa en la historiografía dominicana con la publicación de modernos enfoques teóricos y metodológicos sobre la historia nacional por parte de los historiadores Frank Moya Pons, Roberto Cassá, Franklin Franco, Danilo de los Santos, Valentina Peguero y otros. Como las obras de estos autores contemporáneos no son objeto de mi estudio, me circunscribiré a destacar qué dicen (y qué omitieron) aquellos textos que predominaron en el ámbito escolar durante poco más de 50 años sobre nuestra independencia nacional y las ideas políticas de Juan Pablo Duarte.

En el concepto de los historiadores tradicionales la independencia nacional significaba lo mismo que separación, un término muy en boga en época del pronunciamiento del Conde del 27 de febrero de 1844 que dio como resultado la proclamación de la República. Como saben todos los estudiosos de ese período, separación fue el término utilizado por el sector conservador en contraste con el de independencia, que postulaban Duarte y sus compañeros de lucha. El vocablo, incluso, forma parte del encabezado del célebre documento que circuló en la parte española de la isla desde el 16 de enero de 1844 titulado Manifestación de los pueblos de la parte del este de la isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República haitiana. Resulta curioso que en ese documento, considerado nuestra Acta de Independencia, no se menciona la palabra independencia. Su redactor, que lo fue Tomás Bobadilla, prestante figura del sector conservador, se cuidó de no utilizar dicho término, primero porque no profesaba la doctrina nacionalista y, segundo, porque se trataba de un concepto clave del discurso nacionalista de los trinitarios.

En los primeros textos de historia patria utilizados en el país los vocablos de separación e independencia aparecen como si fueran sinónimos, a pesar de que desde una perspectiva ideológica expresaban realidades políticas distintas. En el segundo volumen de la Historia de Santo Domingo, José Gabriel García, al reconstruir el período durante el cual se gestó el movimiento nacionalista acaudillado por Duarte, lo tituló “Período de la separación dominicana” y es a partir de dicha obra que en la historiografía tradicional se habla de “separatistas” y “anti-separatistas”. Los textos destinados a la enseñanza en las escuelas, y que fueron posteriores a las obras de García y de Manuel Ubaldo Gómez, siguieron esa tradición y sus autores se empeñaron en vincular el concepto de libertad al de separación definitiva del gobierno haitiano. Pero, si obramos con honestidad, debemos resaltar el hecho de que la concepción nacionalista de Juan Pablo Duarte propugnaba por la necesidad de disolver los lazos que unían a las comunidades haitiana y dominicana con el fin de establecer un Estado nación libre e independiente de toda potencia extranjera.

La primera vez que Bernardo Pichardo menciona el nombre de Juan Pablo Duarte (en el apartado de 14 páginas dedicado a explicar la dominación haitiana y el período revolucionario que culminó en la proclamación de la República) es en un párrafo extraído del segundo tomo de la Historia eclesiástica de Santo Domingo del presbítero Carlos Nouel. En apenas unas cuantas líneas leemos que : “Los errores de Boyer comenzaban a producir sus naturales frutos” y Duarte, al regresar de la antigua Metrópoli, “se unificó íntimamente con la Patria”, en desventura. Luego añade que la mayoría del pueblo “sufría con impaciencia” el dominio haitiano y anhelaba demostrar que entre dominicanos no había división de castas y de condiciones, y que todos formaban una familia unida por la religión y el amor dispuestos a luchar por la Libertad” (libertad con L mayúscula).

Los trinitarios, agregó, luchaban por la “separación definitiva” del dominio haitiano; y mientras los primeros representaban “la idea de libertad”, los segundos “la fuerza que reprime”. Salvo escuetas referencias a la sociedad secreta La Trinitaria y el juramento, su lema sacrosanto de Dios, Patria y Libertad, la persecución contra Duarte y compañeros y el pronunciamiento del Conde el 27 de febrero de 1844, Bernardo Pichardo no explicaba la trascendencia y magnitud del proceso independentista, ni tampoco señalaba en cuáles fuentes doctrinales había abrevado Juan Pablo Duarte para concebir su proyecto nacionalista.

El estudiante pues quedaba supeditado a lo poco que podía leer en el texto de Pichardo, también a la imaginación, si es que imaginaba algo, y a todo cuanto en el aula podía ampliar el profesor en relación con el tema estudiado, que en el caso de la independencia nacional se enfatizaba lo perjudicial y mostrenca que había sido la dominación haitiana. Luego, finalizada la jornada escolar, el estudiante llegaba al hogar y allí probablemente escuchaba otra versión diferente acerca de los procesos y personajes estudiados que sus padres habían asimilado de la memoria social. Así, el estudiante se encontraba frente a un galimatías de percepciones y de formas distintas de representar e interpretar el pasado, esto es, a la confrontación de contenidos entre la historia escolar y la historia cotidiana, pues solo en el ámbito universitario el estudiante, ya adulto, tendría la madurez suficiente para leer y comprender otros enfoques provenientes de la historia académica.

Poco más de 50 años, apareció el texto de Jacinto Gimbernard que, como ya se indicó, devino de uso oficial en las escuelas públicas y privadas desde 1969 hasta 1977. En la primera edición, auspiciada por la Librería Dominicana, del recordado Julio Postigo, al describir el movimiento independentista, leemos que: “Boyer, con mano férrea mantuvo al pueblo dominicano y al haitiano sometidos a su tiránico poder hasta que en 1838, la juventud dominicana que se había formado en el sufrimiento y la humillación, coordinó sus esfuerzos rebeldes para iniciar el movimiento que culminaría con el fin de la dominación de los crueles vecinos de occidente.”

El autor procede entonces a describir la fundación de La Trinitaria, el sagrado juramento, la posterior creación de La Filantrópica (para propagar ideas revolucionarias a través del teatro), y de la influencia ejercida por el padre Gaspar Hernández en los jóvenes trinitarios quienes asimilaron, en las cátedras de filosofía y política que impartía aquél humanista peruano, “el espíritu de rebelión contra los haitianos”.

Con el fin de precisar que Duarte es el propagador de la idea independentista, Gimbernard afirma que fue el líder trinitario quien, “educado en España y conocedor de la masonería, ideó la organización del trabajo revolucionario en forma de tríos” y concluye de la siguiente manera: “Duarte, figura sin embargo que es honra de la historia dominicana… camina con paso noble, firme y digno por las rutas de la inmortalidad”.

En los textos escolares anteriormente citados, el estudiante aprendió conceptos tales como “dominación”, “opresión”, “sufrimiento”, “humillación” colectiva, que si bien se referían a una realidad histórica específica, contenían una alta dosis de etnocentrismo cultural e histórico; sin embargo, a mi entender, los conceptos de “libertad e independencia” carecían de contenido ideológico. Se comprende que durante la dictadura de Trujillo no se abundara sobre el verdadero significado de los referidos conceptos a la luz de la doctrina del liberalismo enarbolada por las revoluciones norteamericanas y francesa de 1776 y 1789; pero después de erradicada la tiranía, sobre todo con posterioridad a la Guerra Patria de 1965, asombra constatar que todavía en los niveles primarios y secundarios (hoy educación básica y media), persistiera esa suerte de alienación ideológica consecuencia de programas curriculares sobremanera conservadores. (Es de justicia señalar que en posteriores reimpresiones de su obra, Gimbernard introdujo apreciables correcciones y adiciones a su libro, por lo que en el presente trabajo solo me refiero a la primera edición.)

Al revisar los textos de historia patria comentados se podrá comprobar que muchos dominicanos emergieron del sistema escolar exhibiendo un desconocimiento asombroso de todo cuanto implicó el proceso de la independencia nacional y de la trascendencia del pensamiento político duartiano. En cambio, otro ha sido el panorama en el marco de historiografía académica en el que se ha discutido con bastante amplitud si tras la proclamación de la República Dominicana los dominicanos tuvimos o no independencia plena. Incluso, ha habido eminentes pensadores criollos quienes han sostenido que la independencia nacional se materializó luego de un largo proceso que se inició en 1821, colapsando durante 22 años; alcanzó su cima más alta el 27 de febrero de 1844; languideció nueva vez en 1861 tras la Anexión a España, para resurgir radiante y plena de vigor cuatro años después a raíz del triunfo de los restauradores; y finalmente la independencia nacional logró cristalizarse en 1874 cuando culminó la guerra de los Seis Años contra el general Buenaventura Báez. En ese momento histórico, escribió Pedro Henríquez Ureña, llegó a su término “el proceso de intelección de la idea nacional.”

No cabe dudas de que como todo gran acontecimiento histórico, la independencia nacional no fue obra de unos pocos hombres, ni mucho menos se materializó plenamente en un solo día. Se trató de un proceso social y político a través del cual el pueblo de Santo Domingo, o, lo que es lo mismo, el pueblo dominicano, fue gradualmente adquiriendo conciencia de su verdadera identidad cultural e histórica y de su genuina vocación por el sistema democrático y por el establecimiento de un Estado nación libre e independiente bajo la modalidad de una República.

En cuanto respecta a Juan Pablo Duarte, solo los textos escolares escritos a partir de 1977 nos presentan un rostro menos mitificado y más humano del insigne revolucionario. A diferencia de la historia escolar predominante durante el período 1922-1977, de la cual emerge una imagen de un Duarte idealista y soñador, más poeta que revolucionario pragmático, la nueva historiografía pone de manifiesto, con el apoyo de fuentes de irrecusable veracidad, que Duarte fue un liberal y un nacionalista por excelencia.

El liberalismo, lo mismo que el nacionalismo, tienen su punto de partida en los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVIII tanto en Estados Unidos como en Europa, específicamente en Francia. Es el período de efervescencia política y social que discurre entre 1789 y 1848, período que Eric Hobsbawn ha denominado acertadamente “la Era de la Revolución”, porque supuso “la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos en que los hombres inventaron la agricultura y la metalurgia, la escritura, la ciudad y el Estado.

Esta revolución, agrega el eminente historiador británico, “transformó y sigue transformando [desde entonces] al mundo entero” y, lo mismo en Europa que en América, conquistó numerosos prosélitos quienes no tardaron en liderar los movimientos independentistas ocurridos entre 1804 y 1825. En la península ibérica, por su parte, el liberalismo y el nacionalismo se manifestaron a partir del movimiento independentista que se inició el 2 de mayo de 1808.

Es evidente que esos movimientos sociales de América Latina de alguna manera contribuyeron a inspirar y conformar el pensamiento político liberal que asimiló y preconizó Juan Pablo Duarte, quien, cuando tuvo la oportunidad de viajar a Europa en el lapso 1824-1832, radicándose en España, específicamente en Barcelona, ya tenía referencias de que en la América hispánica se habían proclamado independientes los siguientes pueblos: Haití, 1804; Paraguay, Venezuela, Ecuador, 1811; Colombia, 1813; Argentina, 1816; Chile, 1818; Perú, México y Santo Domingo, 1821; Confederación Centro Americana en 1825 (que luego se escindió en El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica); Brasil, 1822; y Bolivia en 1825.

Durante su permanencia en el extranjero, Juan Pablo Duarte fue testigo de extraordinarias transformaciones revolucionarias que experimentó Europa, especialmente España, que entre 1815 y 1848 fue estremecida por incesantes conflictos políticos escenificados por los defensores del antiguo régimen absolutista y por aquellos que luchaban por implantar la ideología liberal y el sistema económico de libre competencia por el que propugnaban las burguesías emergentes. Consecuentemente, en España se luchó contra la ocupación francesa; se abogó por la independencia del suelo español al amparo de una ideología renovadora que albergaba nuevas energías nacionales, inspirada en el romanticismo literario que enfrentó a sectores que posteriormente, en el caso de la parte española de la isla de Santo Domingo, no resultarían desconocidos para Duarte: conservadores, que preferían mantener las cosas tal y como estaban; tradicionalistas y reformistas, que preconizaban una que otra reestructuración del sistema, pero, en esencia, sin introducir cambios sustanciales que beneficiaran al colectivo; y finalmente la clase de los liberales nacionalistas.

En la antigua Metrópolis, el futuro fundador de la República Dominicana pudo entonces constatar la influencia que tuvo en esas generaciones de españoles la Constitución de Cádiz de 1812. Comprobó, también, la eficacia que desempeñó la masonería como artífice de los movimientos revolucionarios que presenció, al igual que un conjunto de Sociedades Patrióticas que luchaban por implantar, en contraposición al decadente estado absolutista, un liberalismo económico y un romanticismo espiritual, cuyo ámbito de acción fueron Madrid y Barcelona, especialmente esta última ciudad –donde Duarte estableció residencia – que fue “centro de la vorágine liberal…, y foco del único núcleo burgués importante de España”.

En el corpus doctrinal duartiano aparecen claramente definidos los conceptos de nación, pueblo, soberanía nacional, independencia nacional y dominación extranjera pues es evidente que las corrientes políticas más avanzadas de la época, que irradiaban hacia el llamado Nuevo Mundo desde la vieja Europa, tuvieron gran impacto en el pensamiento político de Duarte quien, como sabemos, concibió la independencia nacional como “la fuente y garantía de las libertades patrias, la Ley Suprema del Pueblo Dominicano”. La nación dominicana, escribió en su Proyecto de Constitución, era “la reunión de todos los dominicanos”; y respecto del pueblo dominicano afirmó que debía ser “siempre libre e independiente de toda dominación extranjera” y jamás “patrimonio de familia ni de persona alguna propia y mucho menos extraña”.

El credo político liberal de Juan Pablo Duarte no concebía compromisos de ninguna especie; ni admitía intromisiones de poderes extranjeros, salvo que se tratara de diáfanas relaciones entre Estados soberanos. Tampoco consentía en que a cambio de alguna ayuda –por perentoria que ésta fuese-, los dominicanos cedieran una sola pulgada de su territorio, porque ello constituía, según su particular cosmovisión, una precondición sine qua non para la ulterior ocupación de la isla completa.

Conclusión

 

Es frecuente escuchar el siguiente cuestionamiento: ¿Por qué la generalidad de los dominicanos tiene una percepción algo difusa sobre la faceta revolucionaria y sobre el pensamiento político de Juan Pablo Duarte? De igual modo, muchos inquieren sobre las causas que han contribuido a que la mayoría de la población tampoco haya podido comprender en su justa dimensión la significación y trascendencia del movimiento independentista liderado por Duarte.

Hay quienes creen que ese desconocimiento obedece al hecho de que se trata de procesos y personajes muy remotos y de que las generaciones del presente solo piensan “en el aquí, en el hoy”, y en lo que podría depararles el porvenir. Sus modelos o paradigmas ideales no son precisamente los prohombres que vivieron hace más de siglo y medio. En mi humilde concepto, esas deficiencias cognoscitivas respecto de procesos como la independencia nacional y de personajes de la estatura procera de Juan Pablo Duarte, obedecen en gran parte a los limitados contenidos históricos que a lo largo de 55 años conocieron y asimilaron varias generaciones a través de la historia escolar.

 

 

Pasado y Presente .La otra historia dominicana, de Frank Moya Pons ( 2nda parte)

Por Juan Daniel Balcácer

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La tradición historiográfica liderada por Leopold Von Ranke no fue el único aporte de Alemania a la ciencia de la historia, pues no puede pasarse por alto la contribución a los estudios históricos de la corriente historiográfica marxista, que adquirió notable auge en la primera mitad del siglo XX, durante el período de entre guerras, especialmente después de la revolución bolchevique de 1917, bajo el influjo de la llamada “escuela soviética de historiografía”, a despecho del rígido esquema dogmático de interpretación histórica que le impuso la escuela estalinista.

Sin embargo, fue a partir de la revolución cultural de 1968, movimiento que implicó una ruptura generacional en diversos órdenes a escala mundial, cuando los estudios históricos experimentaron otra nueva conmoción y mutación en sus diversas metodologías de investigación tras los novedosos aportes intelectuales de la denominada “Nueva Historia” francesa, (liderada por Jacques Le Goff, Roger Chartier y Jacques Revel, entre otros); de la “escuela socialista británica”, entre cuyos principales exponentes se hallan Lawrence Stone, Edward P. Thompson y Eric Hobsbawn; de la “Nueva Historia Económica” o “New Economic History” estadounidense, a la que también se alude como “cliometría”; tendencias estas que, imbricadas con las demás corrientes historiográficas precedentes, produjeron, a partir de 1968, la eclosión de una nueva ciencia de la historia o nuevo paradigma historiográfico alejado de los antiguos centros hegemónicos intelectuales o escuelas ideológicas. En la actualidad, esta circunstancia, en plena era de la mundialización o globalización, significa que de la misma manera en que dentro del sistema-mundo moderno, al decir de Immanuel Wallerstein (2007), no existe un solo centro imperial hegemónico, sino que hoy somos testigos de un nuevo sistema imperial multipolar, Carlos Aguirre Rojas sostiene que en el ámbito de la ciencia de la historia tampoco “existe una sola historiografía dominante en el mundo, sino más bien toda una serie de polos fuertes de esa misma historiografía mundial, junto a varios polos emergentes que han permitido conformar “un esquema policéntrico mucho menos jerarquizado y mucho más plural y diversificado en cuanto a los espacios de generación y de desarrollo de las innovaciones historiográficas en curso” (Carlos Antonio Aguirre: 2005).

Es dentro del marco de este panorama internacional de la ciencia de la Historia, que debemos situar la obra historiográfica de Frank Moya Pons, la cual, vista como un todo, ocupa un lugar preponderante dentro de las modernas tendencias historiográficas dominicanas, caribeñas y latinoamericanas.

Todo estudioso del pasado dominicano sabe que la historia del pueblo de Santo Domingo en el siglo XIX comenzó con Antonio del Monte y Tejada y con José Gabriel García. El primero fue autor de una Historia de Santo Domingo, en cuatro volúmenes, mientras que el segundo, al que generalmente se alude como “el Padre de la Historia Nacional”, nos legó su monumental Compendio de la Historia de Santo Domingo, también en cuatro tomos. Las obras de ambos historiadores encuadran perfectamente dentro del llamado género de la historia tradicional y sus rasgos fundamentales se caracterizan por lo que el propio Moya Pons, en un discurso de orden que pronunció en 1975 durante un solemne acto de graduación en el Instituto de Estudios Superiores (IES), hoy Universidad APEC, calificó de “hispanismo, antihaitianismo, catolicismo y tradicionalismo”.

Más adelante, durante los primeros tres decenios del siglo XX, en la historiografía dominicana, enclaustrada en los moldes decimonónicos del positivismo, surgió la generación de los llamados “historiadores documentalistas”, quienes acudieron a diversos archivos de Europa y Estados Unidos en donde se dedicaron a rescatar un vasto acervo documental que eventualmente sería de gran utilidad para las futuras generaciones de investigadores sobre temas históricos especialmente coloniales y republicanos.

Entre 1930 y 1961, como también se sabe, el país estuvo sometido al totalitarismo que impuso la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, que si bien por un lado auspició la publicación de numerosas obras de carácter documental, por el otro fomentó la creación de una “escuela” que no tardó en devenir una corriente historiográfica que, en lugar de interpretar objetivamente el pasado fue, más bien, de distorsión histórica. Me refiero a la denominada “escuela o intelligentsia trujillista” que con arreglo a algunos de los postulados de la historia tradicional no tuvo reparos en presentar al dictador –según escribió Moya Pons-, “como el defensor de una dominicanidad de orígenes hispánicos amenazada de muerte por la presencia haitiana, y para hacerlo aparecer como el constructor de una nacionalidad que no existía” (Moyas Pons: 1975).

Durante la dictadura, la mayoría de los dominicanos que asistió al nivel secundario de las escuelas conoció parte del pasado dominicano a través del Resumen de Historia Patria, de Bernardo Pichardo, obra que a pesar de sus limitaciones y del acendrado “hispanismo, providencialismo, narrativismo, antihaitianismo, y falta de sentido crítico” que la caracterizó, llegó a ser considerada –afirmó Moya Pons- como una especie de “catecismo histórico” o de “Biblia histórica” nacional durante poco más de 50 años, hasta que después de la Revolución de Abril de 1965, la sociedad dominicana comenzó a experimentar profundas transformaciones sociales, económicas, políticas, culturales e ideológicas de las que no estuvo exenta la historiografía nacional.

 

Pasado y Presente.La otra historia dominicana, de Frank Moya Pons ( 1era Parte)

Por Juan Daniel Balcácer

 

(1)

 

Está circulando, desde mediados de abril pasado, una novedosa obra del historiador Frank Moya Pons intitulada La otra historia dominicana. Los siguientes artículos, divididos en cuatro entregas, conforman el discurso que elaboré para presentar el nuevo libro del académico Frank Moya Pons, cuya obra historiográfica, para poder apreciarla en un contexto social e intelectual adecuado es menester adentrarse en el análisis de la evolución de la ciencia de la historia en el siglo XX a escala mundial, y en el impacto que dicha evolución ha tenido en el desarrollo de la historiografía moderna de la República Dominicana.

Al despuntar la pasada centuria, los estudios históricos estuvieron influenciados en su mayor parte por la denominada escuela alemana liderada por Leopold Von Ranke, quien en el siglo XIX propugnó porque los acontecimientos del pretérito fuesen narrados o reconstruidos “tal y como en verdad acontecieron”, desde una perspectiva positivista que concedía un desmesurado culto al manejo del documento escrito como única fuente posible para escribir la historia. Esta corriente o tendencia historiográfica se mantuvo en vigor principalmente en Europa, pero irradió sus destellos de influencia hacia otros continentes durante el período 1870-1929. Entre las principales características de la corriente historiográfica rankeana, además del tratamiento casi fetichista por el documento escrito como única fuente epistemológica del pasado, predomina el estudio de la política, la diplomacia, la historia militar y la biografía de los héroes o las grandes personalidades de la historia.

Hacia 1929 surgió en Francia la llamada escuela de Annales, que era el título de una revista de investigación sobre temas históricos, económicos y sociales del mismo nombre, fundada por los historiadores Lucien Febvre y Marc Bloch. Esta “escuela” o “corriente historiográfica” estableció un prolongado reinado dentro del gremio de los historiadores desde la fecha de su nacimiento hasta el año de 1968, cuando tuvo lugar la revolución cultural que tanto en Praga, París, México, Estados Unidos y en otras naciones contribuyó a transformar radicalmente el planeta, al tiempo que generó una modificación sustancial y cualitativa en las diversas formas de hacer historia por parte de los historiadores profesionales.

A partir, pues, de la publicación de la revista Anales de Historia Económica y Social (que posteriormente, tras importantes innovaciones teóricas, cambiaría de nombre y sería conocida como Anales. Economías. Sociedades. Civilizaciones, para, finalmente, identificarse como Annales. Economías. Sociedades. Civilizaciones.), sus fundadores, a los que postreramente se unieron otros eminentes historiadores, como Fernand Braudel, además de conceder atención al desarrollo político del Estado, a las guerras y a las biografías de las grandes personalidades, también propugnaron por un estudio holístico, esto es, integral, de la historia de la sociedad humana en su conjunto, destinando mayor interés al análisis de las estructuras económicas, la superestructura político-ideológica, las mentalidades colectivas, la gente común o sin historia, los cambios geográficos, ecológicos, demográficos, en fin, terminaron desarrollando una suerte de historia total no excluyente, que fuese capaz de abarcar todo cuanto de algún modo pudiera modificar o incidir en la vida de los hombres en el espacio y en el tiempo, esas dos categorías fundamentales del episteme historiográfico (Peter Burke: 2006).

Uno de los más importantes aportes de la escuela de Annales al estudio de la historia, en tanto que ciencia social, estribó en la reivindicación de la “célebre definición de que el objeto del historiador es toda huella humana existente en cualquier tiempo, y, por lo tanto, que la historia es una historia global, cuyas dimensiones abarcan desde la más lejana prehistoria hasta el más actual presente, además de incluir en sus vastos dominios todas las distintas manifestaciones de lo humano social y de lo humano en toda la compleja gama de realidades geográficas, territoriales, étnicas, antropológicas, tecnológicas, económicas, sociales, políticas, culturales, religiosas, artísticas, etcétera.” (Carlos Antonio Aguirre Rojas: 2005). En la cita que precede hay una cuestión de principio por la cual desde hace muchos años ha estado abogando públicamente Frank Moya Pons: que los historiadores dominicanos, además de centrar su interés en el pasado, no deben soslayar o desdeñar el estudio del presente, que también es parte de la historia; y que en adición a esa perspectiva epistemológica, el objeto de sus investigaciones no debería circunscribirse a los aspectos políticos, diplomáticos, bélicos o biográficos, cuya importancia nadie cuestiona, sino que también deben dedicar especial atención al estudio de la “evolución política económica de los gobiernos, las relaciones exteriores, los sistemas agrícolas, el campesinado, el comercio, los sectores laborales, los procesos de urbanización, los ferrocarriles, el impacto de las carreteras, la moderna industria azucarera, la introducción de nuevos cultivos comerciales, la demografía, los partidos políticos, las clases medias, las elites, la evolución de la cultura, los nuevos movimientos religiosos, las fuerzas armadas, el Estado, las migraciones, la mujer, las ideas, las empresas, la educación, la reforma agraria, la política agropecuaria, la vida local, en fin, todo lo que hasta ahora ha estado ausente de los libros de nuestros historiadores”. (Moya Pons: 1986).

En este sentido también se han pronunciado los historiadores Roberto Cassá Bernaldo de Quiroz (1976) y Rafael Emilio Yunén (2005). El primero es de opinión que “la inserción de los estudios históricos en los problemas del presente no se puede efectuar” por la sencilla razón de que “los historiadores de esta escuela [la escuela tradicional] se limitan a estudiar el área de la historia política o, para ser más exactos, lo político en relación con lo militar, lo diplomático y a veces lo jurídico”, logrando así “una historia política narrativa, una historia carente de interpretaciones causales sistemáticas.”; mientras que el segundo ha planteado la necesidad de que en la historiografía nacional se aborde “una temática contemporánea llena de significados relevantes [como] la interpretación crítica de lo local, con perspectivas que superen lo meramente político, lo histórico, o lo económico. Posiblemente –añadió-, no exista en estos tiempos de globalización algún otro tema mejor que el desarrollo local para abordar la forma de inserción en los procesos globales y la forma de defensa de las identidades”.

 

Pasado y Presente.Memoria y olvido

Juan Daniel Balcácer

Fue en el siglo XIX cuando la Historia adquirió categoría de ciencia social, en tanto que discurso narrativo que describe, explica, valora y procura comprender las causas y consecuencias el devenir del hombre en sociedad. Fue también en el decurso de esa misma centuria, tras el surgimiento del Estado-nación, que se estatuyó la educación nacional y la Historia, como práctica epistémica, entró en un proceso de institucionalización respecto de la enseñanza del pasado en los diferentes niveles del sistema escolar y en las universidades. Posteriormente, en los albores del siglo XX, lo mismo en Europa que en Norteamérica, se estableció que la escolarización de todos los ciudadanos debía ser obligatoria, al menos en los niveles básicos, y se determinó que la enseñanza de la Historia Patria era una condición sine qua non a fin de lograr que desde los niveles básicos y medios del sistema educativo emergieran jóvenes convertidos en auténticos patriotas, orgullosos de las glorias del pasado de su país, y, por tanto, con una firme identidad nacional.

Sabemos que para reconstruir el pasado los historiadores fundamentan sus investigaciones sobre fuentes fiables de diversas índoles, entre las que se destaca el documento escrito. Pero lo que tal vez muchas personas desconocen es el hecho de que al momento de reunir las fuentes con las que habrá de reconstruir determinados acontecimientos del pasado, al historiador no le es dable trabajar con todas las fuentes disponibles a la vez, razón por la cual se ve precisado a seleccionar aquellas huellas o evidencias que más interesen al objeto de su estudio al tiempo de desestimar otras que, según su criterio, les aportarán escasa o ninguna información relevante. Su método de investigación y las fuentes que habrá de utilizar, pues, estarán determinados por unos límites fijados a priori.

Es en ese proceso heurístico y hermenéutico de la construcción del discurso histórico en el que se producen los textos de historia patria, por citar un tipo específico de aproximación al pasado de una nación, dado a que ellos (los textos de historia patria) constituyen la fuente esencial para que un determinado colectivo recuerde de manera permanente los acontecimientos más resonantes de la historia de su país. Conviene resaltar que la Historia patria es un componente fundamental en la construcción de la memoria social, esto es, la memoria colectiva de un pueblo; y que en la misma medida en que el historiador, a través del discurso histórico, contribuye a la configuración de la referida memoria social, en esa misma proporción el historiador -de manera involuntaria, aunque los hay que lo hacen ex profeso– también puede generar olvido respecto de trascendentes episodios acaecidos en el pasado; acontecimientos o personajes que determinados sectores o grupos enquistados o no en la maquinaria del Estado están interesados en que no sean conocidos ni recordados por las jóvenes generaciones del presente y del porvenir.

El historiador de los siglos XIX y XX, ha escrito José Carlos Bermejo, “es el que recuerda, es el profesional del recuerdo y aquella persona a la que su sociedad le encarga que enseñe a sus conciudadanos a recordar. Pero a la vez que cultiva el recuerdo, también cultiva el olvido y no porque el olvido forme parte indispensable del recuerdo. La memoria es selectiva, no podremos recordarlo todo, si solo recordásemos no podríamos vivir. Lo que ocurre es que además de ese olvido que es un elemento constituyente de la memoria, el historiador introduce otro tipo de olvido de carácter excluyente”. (Cf.Genealogía de la historia, 1999: 195).

Examinemos brevemente estas dos categorías: olvido constituyente y olvido excluyente. Se dice del primero que es consustancial al recuerdo, algo así como una de sus caras o su anverso; mientras que del segundo se afirma que es selectivo en sentido negativo… Y excluye porque existe una voluntad de excluir, de suprimir aspectos, hechos, personajes que se quiere sumergir en zonas profundas del inconsciente colectivo. El olvido excluyente es una parte fundamental del ejercicio del poder político; al tiempo que establece aquello de lo que no puede ni debe hablarse, pues como sentenció George Orwell: “quien controla el presente, controla el pasado.”

Naturalmente, el hecho de que haya prohibiciones, manifiestas o veladas, y de que el tratamiento de ciertos temas o personajes haya devenido tema tabú por disposiciones de instancias represivas de la superestructura político ideológica del Estado, en modo alguno significa, como bien consigna el historiador español Bermejo, que “lo indecible, no por serlo, deja de tener existencia y, por supuesto, [que] puede ser conservado en la memoria, pero no en la memoria colectiva, sino en la individual o en la de un pequeño grupo más o menos marginal” (Op. cit., p. 196).

Casos de olvidos excluyentes

Un caso típico de olvido excluyente es el que se han propuesto fomentar algunos historiadores alemanes y norteamericanos quienes bajo la égida de una supuesta corriente histórica revisionista sostienen que no existió el exterminio de los judíos perpetrado por el nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Además de que hay quienes hasta han puesto en dudas de que unos 6,000,000 de judíos perdieron sus vidas en lo que también se ha llamado la Shoa, la catástrofe; hay autores que aducen que los responsables de los crímenes cometidos en los Lagers o campos de concentración, como los que existieron en Auschwitz, Birkenau, Dachau o Buchenwald, para mencionar unos cuantos, no deben buscarse únicamente en el alto mando del Tercer Reich, sino que hubo militares científicos nazis que de manera particular se excedieron en sus funciones y cometieron barbaridades que luego fueron atribuidas al Fuhrer. Quienes enarbolan esas teorías tan descabelladas soslayan el hecho de que el holocausto de los judíos durante la segunda guerra mundial fue consecuencia de un sistema político, el nazismo-fascismo, con el que se identificaron todos los que condujeron a una conflagración mundial en la que más de 20,000,000 de personas perdieron la vida.

Las secuelas traumáticas que permanecen en las víctimas sobrevivientes de sistemas totalitarios (como el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia y España) y de regímenes dictatoriales (como la tiranía Trujillo, en Santo Domingo, la dictadura militar en Argentina o la dictadura de Augusto Pinochet, en Chile, para sólo citar tres casos), reprimen todo cuanto ha sido padecimiento y degradación humana en las víctimas y no permiten que muchas de ellas revelen las inenarrables torturas y vejámenes padecidas en las lóbregas cámaras de tortura de esos sistemas tan degradantes para el género humano. Los verdugos también tienen memoria, pero por lo general no hablan de sus “especialidades”, no acostumbran a dejar testimonios, sino que tratan de borrar toda evidencia posible. Hay casos aislados de verdugos que deciden hablar, pero, cuando lo hacen, es para desvincularse de toda responsabilidad o culpabilidad, pretendiendo culpar a otros personajes que tal vez por estar muertos no pueden defenderse o, peor aún, atribuirán el peso de la responsabilidad únicamente a sus superiores bajo el argumento de que actuaron cumpliendo órdenes.

Por fortuna, en cada uno de esos casos de exterminio contra personas indefensas, y en los que para que haya olvido se ha tratado de borrar la evidencias o huellas, han aflorado testimonios verdaderamente … como Si esto es un hombre, de Primo Levi, o La hora 25, de … o los testimonios que hicieron posible que el cine proyectara filmes de la calidad y objetividad de “La lista de Schindler”, “El Pianista” y “La Vida es bella”…

La dictadura de Trujillo

Pero no solo en Alemania han surgido movimientos revisionistas centrados en el propósito de maquillar el régimen nazista de Adolfo Hitler, argumentando que no todo lo que este encarnó fue negativo. También en República Dominicana ha surgido en los últimos años un movimiento, endeble aún, de “revisión de la figura histórica de Trujillo” según el cual ha habido interés por ocultar los aspectos positivos de la dictadura y que sólo ha habido interés por destacar la parte mostrenca y abyecta de aquella maquinaria infernal que llevó al patíbulo a miles de dominicanos a lo largo de los tres decenios en que mantuvo sojuzgado al pueblo dominicano. Los trujillistas nostálgicos, y algunos de sus epígonos más conspicuos, insisten en que en el decurso de los 30 años de la llamada “Era de Trujillo” la nación dominicana transitó por senderos de desarrollo y crecimiento económicos, al igual que experimentó notables transformaciones sociales, que solo un hombre de las cualidades personales del dictador Trujillo pudo impulsar y acometer. Soslayan que ese progreso y crecimiento económico se produjo merced a un costo espiritual muy elevado para el pueblo dominicano que tuvo que someterse a la voluntad omnímoda del dictador, quien suprimió las libertades públicas y el pluralismo político, y de paso relegan a un plano secundario la parte represiva y atroz de la tiranía, argumentando que también en otros países se han cometido atrocidades y actos de barbarie.