¿Merece el general Santana un busto en Santiago?

Por Juan Daniel Balcácer

El próximo 6 de septiembre se inaugurará en Santiago, en la histórica Fortaleza San Luis, un bulevar en el cual se colocarán varias esculturas en honor de diferentes próceres de la Independencia y la Restauración, entre los que figuran Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez, Ramón Mella, José María Imbert y Pedro Santana, “a quien sólo se reconocerá por su participación en la cruzada del 19 de marzo en Azua”. También tendrán presencia en el bulevar otras figuras proceras como Gregorio Luperón, Pepillo Salcedo, Juan Luis Franco Bidó, José María Cabral, Gaspar Polanco, Benito Monción, Santiago Rodríguez, José Cabrera, Antonio Duvergé, y Juan Saltitopa.

El proyecto de homenaje a los referidos próceres es bien loable y, de acuerdo con una reseña publicada en El Caribe el domingo 7 del mes en curso, se trata de una iniciativa del general y arquitecto Gustavo Jorge, según el cual la razón para incluir a Pedro Santana en la galería de héroes es porque pudo comprobar que éste “no tiene ningún busto en este país. Nosotros lo que vamos es a reconocer sus méritos como militar, lo que él hizo como político ese es su problema.”

Considero que la inclusión de Pedro Santana en el referido bulevar de la Fortaleza San Luis en cierto modo riñe con la verdad histórica. Precisamente el pueblo de Santiago nada tiene que agradecerle al Santana militar ni al Santana político, que, dicho sea de paso, constituyen, como Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una entidad indivisible.

Cierto que el general Santana descolló en el triunfo de las tropas dominicanas en Azua, primero, y en El Número, años después. Pero fue el general Santana quien arremetió implacablemente contra la familia Duarte hasta el punto de expatriar al Fundador de la República a perpetuidad del país. Fue el mismo general Santana quien hizo fusilar a María Trinidad Sánchez y a un hermano de Francisco del Rosario Sánchez; a los hermanos Gabino y José Joaquín Puello; también a Antonio Duvergé y a un hijo de este desdichado prócer. Fue el general Santana quien se opuso a los liberales cibaeños en 1844 cuando –precisamente en Santiago y luego en Puerto Plata- proclamaron a Duarte presidente de la República; fue el propio general Santana quien en 1858 traicionó los ideales del gobierno revolucionario santiagués, que integraban José Desiderio Valverde y Benigno Filomeno de Rojas, y desconoció la Constitución de Moca, acaso la más liberal del siglo XIX. Y, finalmente, fue el general Pedro Santana quien en 1861 aniquiló la República Dominicana y, tras la inconsulta Anexión a España, convirtió nuestro país en provincia ultramarina española.

En respuesta a esas acciones proditorias, fue que la mayoría del pueblo dominicano se insurreccionó en 1863 a raíz del heroico grito de Capotillo. En el Acta de Independencia, del 14 de septiembre de 1863, suscrita por más de ciento cincuenta ciudadanos entre cuyos firmantes figuran algunos nombres de los que serán objeto de reconocimiento en la Fortaleza San Luís, sus redactores se refieren a “los justos y los legales motivos que nos han obligado a tomar las armas para restaurar la República Dominicana y reconquistar nuestra libertad…” al tiempo que le reiteraron a la Reina Isabel II que “nuestra anexión a la Corona no fue obra de nuestra espontánea voluntad, sino el querer fementido del general Pedro Santana y sus secuaces, quienes, en la desesperación de su indefectible caída del poder, tomaron el desesperado partido de entregar la República, obra de grandes y cruentos sacrificios, bajo el pretexto de anexión al poder de la España, permitiendo que descendiese el pabellón cruzado, enarbolado a costa de sangre del pueblo dominicano y con mil patíbulos de triste recuerdo.”

El 24 de septiembre de 1863, en una Exposición a Su Majestad la Reina de España, el gobierno restaurador con sede en Santiago reiteró su firme decisión de luchar en pos de la reconquista de nuestra soberanía al tiempo que acusó al general Santana de ser un “infiel mandatario” y un “traidor” quien, además, había defraudado la confianza de su pueblo cuando, motu proprio, incorporó la República a la monarquía española.

La anexión a España, obra exclusiva del general Santana, le acarreó al país (en especial a la población de Santiago), grandes pérdidas de vidas y un descalabro financiero de enormes proporciones. Baste recordar que, desde la Fortaleza de San Luís, el tristemente célebre brigadier Manuel Buceta, a raíz del asedio de las fuerzas restauradoras que duró desde el 6 hasta el 14 de septiembre de 1863, antes de evacuar el lugar procedió a incendiar la ciudad, dejándola reducida a cenizas y totalmente en ruinas. Ante aquel panorama desolador, el gobierno restaurador en armas, en la referida Exposición a Isabel II, se expresó en estos términos: “Sobre las cenizas y escombros de la que no hace muchos días era la rica y feliz ciudad de Santiago se ha constituido este Gobierno Provisional precisamente para armonizar y regularizar la revolución; y estos escombros, estas cenizas y estas ruinas, en fin, que nos llena el alma de honda melancolía, así como las de Guayubín y Moca, dicen bien a las claras que el dominicano prefiere la indigencia con todos sus horrores para él, sus esposas y sus hijos, y aun la muerte misma, antes, Señora, que seguir dependiendo de quienes la atropellan, le insultan y le asesinan sin fórmula de juicio.”

Como se puede apreciar, constituye un contrasentido histórico erigirle un busto al general Santana en la Fortaleza San Luís, en Santiago, junto con todos los prohombres, civiles y militares, a quienes durante la Primera República él enfrentó política y militarmente en diferentes circunstancias, llegando hasta el extremo, en algunos casos, de fabricarles “juicios militares” y hacerlos fusilar no “por simples posiciones encontradas”, sino más bien por tratarse de personas que preconizaban principios nacionalistas y democráticos con los cuales Santana jamás se identificó.

¿Merece el general Santana ese reconocimiento del pueblo de Santiago? Si es por su participación en la batalla del 19 de marzo, estimo que ese busto debería ser erigido en alguna plaza o monumento en la ciudad de Azua, más no en Santiago, pueblo al que le infligió no pocas calamidades. Habrá, sin embargo, quienes recordarán que algo peor sucedió en 1978 cuando los restos mortales del controvertido caudillo militar, por disposición del entonces presidente de la República, Joaquín Balaguer, fueron trasladados al Panteón de la Patria. ¿Cómo se explica que Balaguer, quien se había proclamado ferviente admirador de Duarte y de Duvergé, incurriera en semejante desatino histórico? La explicación tal vez se encuentre en el curioso antihaitianismo en boga durante la campaña electoral de ese año, puesto que, según Balaguer, Santana era acreedor de tan alta distinción porque había sido “grande frente a Haití”; argumento que en esa coyuntura histórica naturalmente devino en anacrónico y deleznable. Pero, razón tenía Lilís cuando decía que “a la hora del peligro, cada cual invoca al santo de su devoción”.

El autor es historiador. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

 

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