Pasado y Presente.¿Por qué se suicidó Antonio Guzmán?

Por Juan Daniel Balcácer

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En torno del tema de la salud de los Presidentes, José Báez Guerrero insiste, en la página 370 de su obra “Guzmán, su vida, gobierno y sucididio”, que “tanto la salud física como mental de los Presidentes de la República, merece un escrutinio mayor de parte del público y una mejor supervisión de alguna autoridad competente”.

Soy de opinión de que respecto de este tema el distinguido periodista y escritor se desplaza sobre arena movediza. Es obvio que los Presidentes, sean dominicanos o de cualquier otro país, dentro de su numeroso equipo de colaboradores, permanentemente cuentan con médicos asistentes de diferentes especialidades de la medicina. Pero, como se trata de los Primeros Ejecutivos de la nación, es evidente que el tema de la salud de los mandatarios por lo general es manejado como un asunto de Estado y no siempre –salvo que se trate de afecciones menores- el mismo es materia de debate público.

Muchos dominicanos tal vez recuerden el hermetismo con el que rodeaba todo cuanto atañía a la vida personal, por ejemplo, de Joaquín Balaguer. Su estilo de trabajo, su exclusiva dedicación a la actividad política y al arte de gobernar, y el misterio con que siempre él y sus asesores manejaron sus asuntos personales, hizo creer a muchos ciudadanos que Balaguer siempre disfrutó de una salud perfecta y que jamás padeció de una simple afección gripal. Sin embargo, cuando devinieron evidentes las manifestaciones de sus problemas visuales (se recordará que en una alocución televisada no pocas personas comprobaron que cuando el mandatario gesticulaba, sus manos inadvertidamente chocaban con el micrófono), el tema devino asunto público y el propio Balaguer admitió sus deficiencias visuales.

Posteriormente, tras ocho años fuera del poder, y a despecho de que ya había perdido totalmente la facultad de la visión, y experimentaba mayores limitaciones físico-motoras, Joaquín Balaguer retornó a la Presidencia de la República en 1986 y se mantuvo gobernando el país hasta 1996, con la participación de un reducido equipo de sus colaboradores de mayor confianza. Han transcurrido varios años del fallecimiento de Joaquín Balaguer y ninguno de los facultativos que durante años le brindaron asistencia profesional se ha referido a los problemas de salud que afectaron al mandatario durante el ejercicio de sus elevadas funciones.

En Europa y en Estados Unidos el tema de la salud de los Presidentes también es tratado con mucha discrecionalidad, y sólo cuando algunos padecimientos devienen inocultables, entonces los medios de comunicación y la opinión pública se mantienen enterados de la evolución de los mismos, siempre a través de un vocero autorizado de la casa de Gobierno. Jefes de Estado, como Adolfo Hitler, Woodrow Wilson, Franklyn Delano Roosevelt y Winston Churchill, para sólo citar unos cuantos ejemplos, durante el ejercicio de sus respectivos mandatos padecieron, unos de “anormalidades síquicas”, otros de deficiencias físico-motoras o de accidentes vasculares, y, sin embargo, se mantuvieron conduciendo los asuntos de Estado a pesar de los consejos de algunos de sus facultativos y asesores en sentido contrario.

A continuación cito algunos textos que versan sobre el tema de la salud de los gobernantes a escala mundial: “El poder enfermo. La salud de diez líderes políticos del siglo XX”, del doctor Francisco J. Flores Tascón (Madrid, 1996); “When illness strikes the leader. The dilemma of the captive King”, escrito por Jerrold M. Post y Robert S. Robins (New Haven, London, 1993); “Aquellos enfermos que nos gobernaron”, de Pierre Accoce y Pierre Rentchnick (Barcelona, 1976); “Locos egregios”, de Juan Antonio Vallejo Nájera (Madrid, 1982); y los ensayos “Retrato sicológico del Presidente Thomas W. Wilson”, de Sigmund Freud; y el titulado “Consideraciones sobre poder político y psicopatología”, de Vallejo Nájera, incluido en su obra anteriormente citada.

A lo largo del libro “Guzmán, su vida, gobierno y suicidio”, Báez Guerrero no revela si tuvo acceso a una patografía del entonces Presidente de la República, es decir, a una historia clínica del personaje que permitiera constatar si sus facultativos personales habían detectado alguna manifestación de embotamiento mental o de profunda melancolía o algún síntoma de arterioesclerosis que de alguna manera pudiese haber minado su capacidad de discernimiento político y su estabilidad emocional, induciéndolo a considerar erradamente que su administración había resultado en un fracaso político.

Es muy probable que los más cercanos colaboradores de Antonio Guzmán confundieran ciertas manifestaciones patológicas al parecer comunes a no pocos políticos que se encuentran al frente del timón de la nave del Estado y, cuando son conscientes de que están próximos al término de su gestión gubernativa, padecen los efectos del síndrome denominado “la soledad del poder”. Pero cuanto antecede son simples conjeturas. Lo verdad, la que no desnaturaliza los hechos con elucubraciones o suposiciones, sino que parte del hecho históricamente concreto, confiable y comprobable, es que la noche del 3 de julio de 1982, el entonces presidente de la República, Antonio Guzmán Fernández, en un pequeño salón contiguo a su Despacho en el Palacio Nacional, decidió quitarse la vida mediante un tiro en la cabeza; y las verdaderas causas de esa trágica decisión todavía permanecen en la bruma del misterio. Evidentemente que el tema es muy sugestivo e interesante y, naturalmente, su dilucidación escapa a la competencia del historiador. Ojalá y que algunos de nuestros especialistas en el alma humana, como los doctores César Mella, Fernando Sánchez Martínez, Enrique Silié, Huberto Bogaert, Pedro Pablo Paredes, y otros no menos connotados especialistas, se interesen por el tema y nos ilustren con sus autorizadas reflexiones y consideraciones.

El autor es historiador. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

 

 

 

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