HAITÍ SÍ OCUPÓ SANTO DOMINGO EN 1822

 

Juan Daniel Balcácer*

En un artículo aparecido en una publicación digital identificada como “Bookmanlit”, con sede en Miami, titulado “Haiti never occupied the Dominican Republic: Time to Put The Myth Aside” (“Haití nunca ocupó la República Dominicana: es hora de poner el mito a un lado”), sus autores incurren en flagrantes manipulaciones históricas y acusan al Gobierno dominicano de propagar el aludido mito a fin de presentar a Haití como una nación beligerante contra el pueblo dominicano. Sostienen, además, que la “clase dominante” dominicana supuestamente infunde entre sus connacionales animosidad y prejuicio racial contra los haitianos, cosa que, según alegan, se ha puesto de manifiesto a través de la Sentencia 168-13 recientemente evacuada por el Tribunal Constitucional.

La República Dominicana fue proclamada Estado soberano e independiente de los haitianos el 27 de febrero de 1844. Todo el mundo sabe que desde 1822 a 1844 el pueblo dominicano estuvo sometido al gobierno haitiano y que fue de esa dominación que la comunidad de la parte española de la isla de Santo Domingo decidió primero separarse, para luego crear un Estado nación libre e independiente de toda dominación extranjera.

Nada más enterarse los gobernantes y legisladores haitianos de la época del triunfo del movimiento independentista, optaron por no reconocer el derecho que le asistía a los habitantes de la parte española de la isla para constituirse en una nación soberana, como lo habían logrado los propios haitianos en 1804, sino que, por el contrario, decidieron invadir militarmente la recién creada República con el propósito de aniquilarla y nueva vez someter al pueblo de Santo Domingo al dominio haitiano. Entre 1844 y 1856 tuvo lugar la Guerra dominico-haitiana que, a lo largo de cuatro o cinco campañas militares consistió, en el enfrentamiento permanente entre diferentes gobiernos haitianos que insistían en recuperar la parte del Este y la resistencia heroica de los gobiernos dominicanos que repelieron con éxito las tentativas haitianas para restablecer la “una e indivisible” tal y como consignaba su Constitución desde los tiempos de Toussaint.

En este punto conviene hacer algunas precisiones de carácter histórico para refutar las distorsiones en que incurren, acaso de manera involuntaria, los autores del referido artículo. Sostienen que Jean Pierre Boyer, en 1822, no invadió la parte del Este de la isla, porque el Santo Domingo español, es decir, el pueblo dominicano, ya era parte integral del Estado haitiano y, consecuentemente, Haití no podía invadirse a sí mismo. Nada más falso. Si bien es cierto que en 1795, mediante el Tratado de Basilea, España cedió a Francia la parte española de la isla de Santo Domingo, no lo es menos la circunstancia de que cuando en 1801 Toussaint Lverture unificó la isla en nombre de Francia, obró sin contar con la anuencia de Napoleón Bonaparte quien tan pronto tuvo oportunidad envió una imponente expedición armada, al mando de su cuñado el general Leclerc, para que recuperara la isla de Santo Domingo.

Es verdad que Leclerc no pudo recuperar la isla completa, pero no menos cierto es que la parte española quedó bajo control de los franceses desde 1803 hasta 1808 cuando se produjo la revolución de La Reconquista, que acaudilló Juan Sánchez Ramírez. Los autores del mencionado artículo omiten adrede que en 1814, por virtud del Tratado de París, Francia retrocedió a España su antigua posesión de la parte del Este de la isla de Santo Domingo, de suerte tal que para 1822, cuando Boyer invadió la parte española de la isla, hacía ocho años que los dominicanos españoles habían dejado de ser posesión o colonia francesa. Se trató pues de una invasión porque, a despecho de que hubo algunas cartas de individuos aislados, sobre todo del Cibao, solicitando la intervención de Boyer ante el hecho consumado del proyecto independentista de José Núñez de Cáceres, lo cierto es que la comunidad dominicana había decidido separarse de España y constituirse en Estado independiente. Boyer, en consecuencia, al proceder como lo hizo no respetó el deseo del colectivo dominicano, que estaba a tono con los movimientos secesionistas de las antiguas posesiones españolas en lo que hoy es América Latina, y violó el sagrado derecho del pueblo de Santo Domingo a su emancipación definitiva de un país extranjero.

El ensayo citado también presenta al pueblo haitiano como el auténtico propietario de la isla de Santo Domingo, cuyos legisladores, en un acto de generosidad, después de 1867 excluyeron de su Pacto Fundamental el Artículo que hablaba de “la isla de Haití” con el propósito de no continuar representando una amenaza para sus “nuevos vecinos”, los dominicanos. Entre otras cosas, concluye, en que la cuestión territorial fue definida mediante el Tratado de 1929.

La cuestión territorial es otra historia que data desde los lejanos tiempos coloniales, cuando todavía no asomaba en el horizonte de América el Estado haitiano, y la isla era compartida por la colonia del Santo Domingo francés, en la parte Occidental, y por la colonia del Santo Domingo español, en la parte del Este. Sabemos que en plena revolución de los esclavos del Santo Domingo francés, Toussaint Louverture, hacia 1794, ocupó las poblaciones dominicanas de Hincha, Las Caobas, San Rafael y San Miguel de la Atalaya que eran una prolongación del Valle de San Juan. Al proceder de esa manera, el Libertador de los Negros desconoció lo estipulado por el Tratado de Aranjuez de 1777 respecto del territorio que correspondía a ambas comunidades. Sin embargo, a partir de entonces la línea trazada por el tratado de Aranjuez quedó algo indefinida, aun cuando las autoridades dominicanas no reconocieron el derecho de posesión de la República de Haití sobre las referidas poblaciones que, con el devenir del tiempo, fueron absorbidas geográfica y culturalmente en el decurso del período 1822-1844.

Andando el tiempo, y luego de la última campaña militar de la Independencia nacional, que tuvo lugar en 1856, el Estado dominicano se vio compelido a reconocer lo que de hecho ya había devenido en una situación “de jure”. Así las cosas, cuando en 1874 se suscribió el primer Tratado dominicano-haitiano, la ocupación de los territorios que anteriormente habían pertenecido a los dominicanos, en ahora en poder del Estado haitiano, quedaron oficializados, por decirlo así, más allá de la línea de Aranjuez. No obstante, el reconocimiento formal de esa apropiación territorial en que paulatinamente incurrieron los haitianos tuvo lugar en 1929 a raíz del Tratado Vásquez-Bornó cuando, mediante este instrumento jurídico, fueron definitivamente traspasadas las tierras que nuestros vecinos de Occidente ocuparon totalmente desde 1856. Fue menester incluso modificar la Constitución dominicana, en su Artículo 3, sobre la conformación del territorio nacional.

Como puede constatarse, cuanto antecede es parte de lo que reseñan de manera objetiva algunos de los textos escolares y académicos de la República Dominicana en torno de las relaciones dominico haitianas de mediados del siglo XIX y parte del siglo XX. Nada de eso es mito ni narrativa de ficción inventada por la “intelligentsia” dominicana ni por la llamada “clase dominante” nacional, como se afirma en el artículo de marras, con supuestos fines de presentar una imagen distorsionada del pueblo haitiano, por lo que conviene concluir afirmando que Haití sí ocupó y sometió a su dominio al pueblo de Santo Domingo entre 1822 y 1844; y que Haití sí invadió militarmente el territorio nacional durante la llamada Guerra dominico-haitiana, que duró desde 1844 hasta 1857.

 

*El autor es historiador. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia.

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