La independencia nacional y la historia escolar

Conferencia Magistral dictada por el historiador Juan Daniel Balcácer con los auspicios del Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma Español y la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, el martes 25 de septiembre de 2012.

 

Señoras y señores:

La independencia nacional es un acontecimiento político que en la mayoría de los textos escolares, por virtud de lo que podría denominarse una sinécdoque histórica, generalmente se relaciona con el 27 de febrero de 1844, es decir, con el día en que fue proclamada la República.

Pocos son los textos que se refieren a la independencia nacional como un proceso social cuya génesis, desarrollo y cristalización transcurrieron en un determinado período histórico insertado en un contexto internacional; y pocos son también los libros de historia patria en matizar con claridad cristalina que la revolución independentista de 1844 no fue resultado de la acción de un solo día, ni mucho menos obra exclusiva de un solo hombre, aunque es evidente que Juan Pablo Duarte fue su más alto exponente doctrinal e ideológico.

La enseñanza de la historia patria a través de los textos escolares data de mediados del siglo XIX y uno de sus propósitos fundamentales es la legitimación del Estado-nación cuyos ideólogos, inspirados en el legado de los Enciclopedistas y del Romanticismo, comprendieron la necesidad de estimular en el ciudadano, por medio de la representación del pasado, el sentimiento de pertenencia y lealtad al país, al tiempo de crear la memoria social y fortalecer la identidad nacional.

Existen tres modelos o esquemas de representación de la historia a través de los cuales se tiene acceso al pasado. Esas tres formas de representar el pasado han sido objeto de numerosos estudios por parte de especialistas en historia, sicología, sociología, pedagogía y lingüística, y son fundamentalmente la historia académica; la historia escolar y la historia cotidiana. Por lo general, existe cierta contradicción entre los contenidos narrativos, ideológicos y metodológicos de cada una de estas formas de representación del pasado, circunstancia que contribuye a generar percepciones diferentes acerca de la genealogía histórica de una nación.

La historia académica es la que cultivan los historiadores profesionales de conformidad con “la lógica disciplinaria de un saber instituido bajo condiciones sociales e institucionales específicas”. La historia escolar, en cambio, suele ser en gran parte una especie de adaptación de textos académicos, pero estrictamente ceñida a un currículo educativo especialmente diseñado para ser utilizado en el sistema escolar básico y medio de acuerdo con la ideología dominante. La historia cotidiana es en muchos aspectos diferentes de las dos representaciones anteriores, pues es el producto de una memoria colectiva que asimila la mente de los ciudadanos y está hecha del recuerdo, también del olvido, de mitos y de tradiciones orales.

“La historia escolar –ha escrito el profesor Mario Carretero, especialista en Psicología Cognitiva- brinda contenidos que se estructuran como narración oficial de la experiencia del pasado común, a los que se agrega una importante carga emotiva destinada a crear identificación (con los próceres y “hombres de la patria”) y un sentimiento de lealtad y pertenencia, fortalecida por el uso de los símbolos patrios, los íconos y los himnos de la rutina escolar. La historia académica ofrece un saber institucionalizado dentro de las ciencias sociales, el cual nace y se constituye en función de los Estados nacionales, a los que aporta la garantía de legitimidad del pasado común que da lugar al desarrollo de la identidad. Por último, la historia cotidiana significa de modo informal parte del “saber enseñado” y parte del “saber sabio”, y lo utiliza para interpretar el presente en clave de “actualidad”.

De la fiabilidad en el uso de las fuentes o huellas que hace el historiador para reconstruir el pasado con ayuda de cualquiera de esos tres modelos dependerá la percepción que tendrán los estudiantes al entrar en contacto con el pasado, “ese país extraño”, como lo denominó el historiador David Lowenthal.

En el caso del tema que nos ha congregado en esta noche, la independencia nacional y la historia escolar, debemos tener presente que todo cuanto el estudiante aprende en el aula está supeditado a un contenido específico diseñado por expertos en currículos educativos quienes, mediante lo que se conoce como transposición didáctica, de manera selectiva y de acuerdo con sus perspectivas ideológicas adaptan narraciones, relatos, sobre personajes y acontecimientos para ser destinados a la enseñanza de la historia patria.

Una breve revisión de varios textos de historia patria o escolar nos permitirá forjarnos una clara idea de cuáles contenidos y conceptos aprendieron y asimilaron diversas generaciones de dominicanos acerca de la independencia nacional y del pensamiento político de Juan Pablo Duarte.

En el siglo pasado, durante más de 50 años, en nuestro sistema escolar se utilizó un texto de historia patria que, al decir de Frank Moya Pons, devino en una suerte de “biblia histórica en la que estaba toda la verdad de lo que había ocurrido en la Isla desde la llegada de Colón hasta la llegada de los americanos en 1916”. Me refiero al Resumen de Historia Patria, de Bernardo Pichardo. En adición a esta obra (que fue una apretada síntesis de la Historia de Santo Domingo de José Gabriel García), durante la llamada Era de Trujillo en el nivel de primaria se utilizaron alternativamente otros textos de la autoría de J. Marino Incháustegui, a quien también debemos una Historia dominicana, en dos volúmenes, que figura en la “Colección del 25 Aniversario de la Era de Trujillo”, conjunto de obras publicado cuando el régimen conmemoró pomposamente sus cinco lustros de opresión y tiranía.

Casi un decenio antes, en 1944, con ocasión del centenario de la República, se publicó otro libro que fue declarado texto oficial y del que guardo impresionantes recuerdos por sus grabados y por la forma casi simiesca (para utilizar un término del ingeniero José Israel Cuello) con que el ilustrador representaba a los personajes haitianos en contraste con las fisonomías refinadas de los dominicanos. El título de ese libro fue Historia gráfica de la República Dominicana, texto de José Ramón Estella e ilustraciones de José Alloza Villagrasa. En 1969 tuvo lugar la última reimpresión del Resumen de historia patria y a partir de ese año hasta 1977 en las escuelas dominicanas se utilizó alternadamente otro texto escrito por Jacinto Gimbernard con el título de Historia de Santo Domingo.

Como puede constatarse, desde 1922 hasta 1976 diversas generaciones conocieron el pasado dominicano a través de los textos recién citados, caracterizados por su contenido narrativista, providencialista, hispanista, racista y tradicionalista. Desde 1977, sin embargo, comenzó una nueva etapa en la historiografía dominicana con la publicación de modernos enfoques teóricos y metodológicos sobre la historia nacional por parte de los historiadores Frank Moya Pons, Roberto Cassá, Franklin Franco, Danilo de los Santos, Valentina Peguero y otros. Como las obras de estos autores contemporáneos no son objeto de mi estudio, me circunscribiré a destacar qué dicen (y qué omitieron) aquellos textos que predominaron en el ámbito escolar durante poco más de 50 años sobre nuestra independencia nacional y las ideas políticas de Juan Pablo Duarte.

En el concepto de los historiadores tradicionales la independencia nacional significaba lo mismo que separación, un término muy en boga en época del pronunciamiento del Conde del 27 de febrero de 1844 que dio como resultado la proclamación de la República. Como saben todos los estudiosos de ese período, separación fue el término utilizado por el sector conservador en contraste con el de independencia, que postulaban Duarte y sus compañeros de lucha. El vocablo, incluso, forma parte del encabezado del célebre documento que circuló en la parte española de la isla desde el 16 de enero de 1844 titulado Manifestación de los pueblos de la parte del este de la isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República haitiana. Resulta curioso que en ese documento, considerado nuestra Acta de Independencia, no se menciona la palabra independencia. Su redactor, que lo fue Tomás Bobadilla, prestante figura del sector conservador, se cuidó de no utilizar dicho término, primero porque no profesaba la doctrina nacionalista y, segundo, porque se trataba de un concepto clave del discurso nacionalista de los trinitarios.

En los primeros textos de historia patria utilizados en el país los vocablos de separación e independencia aparecen como si fueran sinónimos, a pesar de que desde una perspectiva ideológica expresaban realidades políticas distintas. En el segundo volumen de la Historia de Santo Domingo, José Gabriel García, al reconstruir el período durante el cual se gestó el movimiento nacionalista acaudillado por Duarte, lo tituló “Período de la separación dominicana” y es a partir de dicha obra que en la historiografía tradicional se habla de “separatistas” y “anti-separatistas”. Los textos destinados a la enseñanza en las escuelas, y que fueron posteriores a las obras de García y de Manuel Ubaldo Gómez, siguieron esa tradición y sus autores se empeñaron en vincular el concepto de libertad al de separación definitiva del gobierno haitiano. Pero, si obramos con honestidad, debemos resaltar el hecho de que la concepción nacionalista de Juan Pablo Duarte propugnaba por la necesidad de disolver los lazos que unían a las comunidades haitiana y dominicana con el fin de establecer un Estado nación libre e independiente de toda potencia extranjera.

La primera vez que Bernardo Pichardo menciona el nombre de Juan Pablo Duarte (en el apartado de 14 páginas dedicado a explicar la dominación haitiana y el período revolucionario que culminó en la proclamación de la República) es en un párrafo extraído del segundo tomo de la Historia eclesiástica de Santo Domingo del presbítero Carlos Nouel. En apenas unas cuantas líneas leemos que : “Los errores de Boyer comenzaban a producir sus naturales frutos” y Duarte, al regresar de la antigua Metrópoli, “se unificó íntimamente con la Patria”, en desventura. Luego añade que la mayoría del pueblo “sufría con impaciencia” el dominio haitiano y anhelaba demostrar que entre dominicanos no había división de castas y de condiciones, y que todos formaban una familia unida por la religión y el amor dispuestos a luchar por la Libertad” (libertad con L mayúscula).

Los trinitarios, agregó, luchaban por la “separación definitiva” del dominio haitiano; y mientras los primeros representaban “la idea de libertad”, los segundos “la fuerza que reprime”. Salvo escuetas referencias a la sociedad secreta La Trinitaria y el juramento, su lema sacrosanto de Dios, Patria y Libertad, la persecución contra Duarte y compañeros y el pronunciamiento del Conde el 27 de febrero de 1844, Bernardo Pichardo no explicaba la trascendencia y magnitud del proceso independentista, ni tampoco señalaba en cuáles fuentes doctrinales había abrevado Juan Pablo Duarte para concebir su proyecto nacionalista.

El estudiante pues quedaba supeditado a lo poco que podía leer en el texto de Pichardo, también a la imaginación, si es que imaginaba algo, y a todo cuanto en el aula podía ampliar el profesor en relación con el tema estudiado, que en el caso de la independencia nacional se enfatizaba lo perjudicial y mostrenca que había sido la dominación haitiana. Luego, finalizada la jornada escolar, el estudiante llegaba al hogar y allí probablemente escuchaba otra versión diferente acerca de los procesos y personajes estudiados que sus padres habían asimilado de la memoria social. Así, el estudiante se encontraba frente a un galimatías de percepciones y de formas distintas de representar e interpretar el pasado, esto es, a la confrontación de contenidos entre la historia escolar y la historia cotidiana, pues solo en el ámbito universitario el estudiante, ya adulto, tendría la madurez suficiente para leer y comprender otros enfoques provenientes de la historia académica.

Poco más de 50 años, apareció el texto de Jacinto Gimbernard que, como ya se indicó, devino de uso oficial en las escuelas públicas y privadas desde 1969 hasta 1977. En la primera edición, auspiciada por la Librería Dominicana, del recordado Julio Postigo, al describir el movimiento independentista, leemos que: “Boyer, con mano férrea mantuvo al pueblo dominicano y al haitiano sometidos a su tiránico poder hasta que en 1838, la juventud dominicana que se había formado en el sufrimiento y la humillación, coordinó sus esfuerzos rebeldes para iniciar el movimiento que culminaría con el fin de la dominación de los crueles vecinos de occidente.”

El autor procede entonces a describir la fundación de La Trinitaria, el sagrado juramento, la posterior creación de La Filantrópica (para propagar ideas revolucionarias a través del teatro), y de la influencia ejercida por el padre Gaspar Hernández en los jóvenes trinitarios quienes asimilaron, en las cátedras de filosofía y política que impartía aquél humanista peruano, “el espíritu de rebelión contra los haitianos”.

Con el fin de precisar que Duarte es el propagador de la idea independentista, Gimbernard afirma que fue el líder trinitario quien, “educado en España y conocedor de la masonería, ideó la organización del trabajo revolucionario en forma de tríos” y concluye de la siguiente manera: “Duarte, figura sin embargo que es honra de la historia dominicana… camina con paso noble, firme y digno por las rutas de la inmortalidad”.

En los textos escolares anteriormente citados, el estudiante aprendió conceptos tales como “dominación”, “opresión”, “sufrimiento”, “humillación” colectiva, que si bien se referían a una realidad histórica específica, contenían una alta dosis de etnocentrismo cultural e histórico; sin embargo, a mi entender, los conceptos de “libertad e independencia” carecían de contenido ideológico. Se comprende que durante la dictadura de Trujillo no se abundara sobre el verdadero significado de los referidos conceptos a la luz de la doctrina del liberalismo enarbolada por las revoluciones norteamericanas y francesa de 1776 y 1789; pero después de erradicada la tiranía, sobre todo con posterioridad a la Guerra Patria de 1965, asombra constatar que todavía en los niveles primarios y secundarios (hoy educación básica y media), persistiera esa suerte de alienación ideológica consecuencia de programas curriculares sobremanera conservadores. (Es de justicia señalar que en posteriores reimpresiones de su obra, Gimbernard introdujo apreciables correcciones y adiciones a su libro, por lo que en el presente trabajo solo me refiero a la primera edición.)

Al revisar los textos de historia patria comentados se podrá comprobar que muchos dominicanos emergieron del sistema escolar exhibiendo un desconocimiento asombroso de todo cuanto implicó el proceso de la independencia nacional y de la trascendencia del pensamiento político duartiano. En cambio, otro ha sido el panorama en el marco de historiografía académica en el que se ha discutido con bastante amplitud si tras la proclamación de la República Dominicana los dominicanos tuvimos o no independencia plena. Incluso, ha habido eminentes pensadores criollos quienes han sostenido que la independencia nacional se materializó luego de un largo proceso que se inició en 1821, colapsando durante 22 años; alcanzó su cima más alta el 27 de febrero de 1844; languideció nueva vez en 1861 tras la Anexión a España, para resurgir radiante y plena de vigor cuatro años después a raíz del triunfo de los restauradores; y finalmente la independencia nacional logró cristalizarse en 1874 cuando culminó la guerra de los Seis Años contra el general Buenaventura Báez. En ese momento histórico, escribió Pedro Henríquez Ureña, llegó a su término “el proceso de intelección de la idea nacional.”

No cabe dudas de que como todo gran acontecimiento histórico, la independencia nacional no fue obra de unos pocos hombres, ni mucho menos se materializó plenamente en un solo día. Se trató de un proceso social y político a través del cual el pueblo de Santo Domingo, o, lo que es lo mismo, el pueblo dominicano, fue gradualmente adquiriendo conciencia de su verdadera identidad cultural e histórica y de su genuina vocación por el sistema democrático y por el establecimiento de un Estado nación libre e independiente bajo la modalidad de una República.

En cuanto respecta a Juan Pablo Duarte, solo los textos escolares escritos a partir de 1977 nos presentan un rostro menos mitificado y más humano del insigne revolucionario. A diferencia de la historia escolar predominante durante el período 1922-1977, de la cual emerge una imagen de un Duarte idealista y soñador, más poeta que revolucionario pragmático, la nueva historiografía pone de manifiesto, con el apoyo de fuentes de irrecusable veracidad, que Duarte fue un liberal y un nacionalista por excelencia.

El liberalismo, lo mismo que el nacionalismo, tienen su punto de partida en los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVIII tanto en Estados Unidos como en Europa, específicamente en Francia. Es el período de efervescencia política y social que discurre entre 1789 y 1848, período que Eric Hobsbawn ha denominado acertadamente “la Era de la Revolución”, porque supuso “la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos en que los hombres inventaron la agricultura y la metalurgia, la escritura, la ciudad y el Estado.

Esta revolución, agrega el eminente historiador británico, “transformó y sigue transformando [desde entonces] al mundo entero” y, lo mismo en Europa que en América, conquistó numerosos prosélitos quienes no tardaron en liderar los movimientos independentistas ocurridos entre 1804 y 1825. En la península ibérica, por su parte, el liberalismo y el nacionalismo se manifestaron a partir del movimiento independentista que se inició el 2 de mayo de 1808.

Es evidente que esos movimientos sociales de América Latina de alguna manera contribuyeron a inspirar y conformar el pensamiento político liberal que asimiló y preconizó Juan Pablo Duarte, quien, cuando tuvo la oportunidad de viajar a Europa en el lapso 1824-1832, radicándose en España, específicamente en Barcelona, ya tenía referencias de que en la América hispánica se habían proclamado independientes los siguientes pueblos: Haití, 1804; Paraguay, Venezuela, Ecuador, 1811; Colombia, 1813; Argentina, 1816; Chile, 1818; Perú, México y Santo Domingo, 1821; Confederación Centro Americana en 1825 (que luego se escindió en El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica); Brasil, 1822; y Bolivia en 1825.

Durante su permanencia en el extranjero, Juan Pablo Duarte fue testigo de extraordinarias transformaciones revolucionarias que experimentó Europa, especialmente España, que entre 1815 y 1848 fue estremecida por incesantes conflictos políticos escenificados por los defensores del antiguo régimen absolutista y por aquellos que luchaban por implantar la ideología liberal y el sistema económico de libre competencia por el que propugnaban las burguesías emergentes. Consecuentemente, en España se luchó contra la ocupación francesa; se abogó por la independencia del suelo español al amparo de una ideología renovadora que albergaba nuevas energías nacionales, inspirada en el romanticismo literario que enfrentó a sectores que posteriormente, en el caso de la parte española de la isla de Santo Domingo, no resultarían desconocidos para Duarte: conservadores, que preferían mantener las cosas tal y como estaban; tradicionalistas y reformistas, que preconizaban una que otra reestructuración del sistema, pero, en esencia, sin introducir cambios sustanciales que beneficiaran al colectivo; y finalmente la clase de los liberales nacionalistas.

En la antigua Metrópolis, el futuro fundador de la República Dominicana pudo entonces constatar la influencia que tuvo en esas generaciones de españoles la Constitución de Cádiz de 1812. Comprobó, también, la eficacia que desempeñó la masonería como artífice de los movimientos revolucionarios que presenció, al igual que un conjunto de Sociedades Patrióticas que luchaban por implantar, en contraposición al decadente estado absolutista, un liberalismo económico y un romanticismo espiritual, cuyo ámbito de acción fueron Madrid y Barcelona, especialmente esta última ciudad –donde Duarte estableció residencia – que fue “centro de la vorágine liberal…, y foco del único núcleo burgués importante de España”.

En el corpus doctrinal duartiano aparecen claramente definidos los conceptos de nación, pueblo, soberanía nacional, independencia nacional y dominación extranjera pues es evidente que las corrientes políticas más avanzadas de la época, que irradiaban hacia el llamado Nuevo Mundo desde la vieja Europa, tuvieron gran impacto en el pensamiento político de Duarte quien, como sabemos, concibió la independencia nacional como “la fuente y garantía de las libertades patrias, la Ley Suprema del Pueblo Dominicano”. La nación dominicana, escribió en su Proyecto de Constitución, era “la reunión de todos los dominicanos”; y respecto del pueblo dominicano afirmó que debía ser “siempre libre e independiente de toda dominación extranjera” y jamás “patrimonio de familia ni de persona alguna propia y mucho menos extraña”.

El credo político liberal de Juan Pablo Duarte no concebía compromisos de ninguna especie; ni admitía intromisiones de poderes extranjeros, salvo que se tratara de diáfanas relaciones entre Estados soberanos. Tampoco consentía en que a cambio de alguna ayuda –por perentoria que ésta fuese-, los dominicanos cedieran una sola pulgada de su territorio, porque ello constituía, según su particular cosmovisión, una precondición sine qua non para la ulterior ocupación de la isla completa.

Conclusión

 

Es frecuente escuchar el siguiente cuestionamiento: ¿Por qué la generalidad de los dominicanos tiene una percepción algo difusa sobre la faceta revolucionaria y sobre el pensamiento político de Juan Pablo Duarte? De igual modo, muchos inquieren sobre las causas que han contribuido a que la mayoría de la población tampoco haya podido comprender en su justa dimensión la significación y trascendencia del movimiento independentista liderado por Duarte.

Hay quienes creen que ese desconocimiento obedece al hecho de que se trata de procesos y personajes muy remotos y de que las generaciones del presente solo piensan “en el aquí, en el hoy”, y en lo que podría depararles el porvenir. Sus modelos o paradigmas ideales no son precisamente los prohombres que vivieron hace más de siglo y medio. En mi humilde concepto, esas deficiencias cognoscitivas respecto de procesos como la independencia nacional y de personajes de la estatura procera de Juan Pablo Duarte, obedecen en gran parte a los limitados contenidos históricos que a lo largo de 55 años conocieron y asimilaron varias generaciones a través de la historia escolar.

 

 

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