Las cartas patrióticas de Juan Pablo Duarte

Juan Daniel Balcácer

 

Diversas son las fuentes que permiten conocer el carácter liberal de las ideas políticas del general Juan Pablo Duarte al igual que su indiscutible patriotismo. Pese a la amplia bibliografía duartiana disponible, no pocos investigadores y estudiosos han confrontado el inconveniente de la ausencia de importantes fuentes documentales de primera mano que han impedido reconstruir de manera exhaustiva determinadas facetas de la trayectoria pública y privada del insigne revolucionario a quien el pueblo dominicano debe la existencia de un Estado-nación, libre e independiente de toda dominación extranjera, con el nombre de República Dominicana.

Rosa Duarte, quien fue depositaria de gran parte del archivo particular del líder de los trinitarios, escribió unas escasas aunque inapreciables notas que intituló Apuntes para la historia de la isla de Santo Domingo, y para la biografía del general Dominicano Juan Pablo Duarte, códice generalmente conocido como el Diario de Rosa Duarte, el cual ha devenido un texto fundamental para configurar la biografía política de Duarte, con ayuda de otros no menos valiosos documentos.

Como he señalado en otros trabajos, hay evidencias de que en determinado momento Juan Pablo Duarte acometió el proyecto de escribir una especie de autobiografía que al parecer quedó inconclusa como consecuencia de los avatares políticos que lo obligaron a permanecer poco más de 30 años en el extranjero, primero en condición de exiliado entre 1844 y 1864, y luego forzado por las circunstancias a residir en Caracas durante el período 1865-1876 debido a que en el país –después de restaurada la República- no había garantías ni para sus derechos constitucionales ni para seguridad personal, en vista de la hegemonía del partido baecista, cuyo principal líder, Buenaventura Báez, al igual que lo había sido antes Pedro Santana, era un acérrimo adversario del patricio.

Para escribir sus Apuntes Rosa utilizó manuscritos de su hermano Juan Pablo como fuente de referencias, pues en el célebre texto hay pasajes en los que la autora se refiere al fundador de la República en tercera persona; y otros en los que es el propio Duarte quien narra los acontecimientos. También se conservan unos Borradores, de la autoría de Rosa Duarte, en los que aparecen datos que no figuran en el Diario, razón por la que ambos manuscritos han devenido de mucha utilidad en la ardua tarea de configurar una biografía del apóstol de la independencia dominicana que describa de manera fehaciente los períodos más significativos de su trayectoria pública.

Sabemos que, además de los Apuntes, existen algunos breves escritos de Duarte, tales como un Proyecto de Constitución, poemas, comunicaciones oficiales y parte de su correspondencia personal, que constituyen fuente de obligada referencia para comprender a cabalidad la intensa actividad política e intelectual que desplegó el fundador de la República. A estos documentos debemos agregar los Apuntes para la historia de los trinitarios, fundadores de la República Dominicana, escritos hacia 1887, por el trinitario José María Serra, en cuyas páginas aparecen reflexiones y frases atribuidas al principal líder del partido trinitario. Con estos documentos, en tanto que fuentes de irrecusable veracidad, es que ha sido posible que los historiadores hayan podido rescatar parte esencial del discurso político y doctrinal de Juan Pablo Duarte.

En el presente trabajo me propongo destacar su concepción nacionalista y patriótica conservada para la posteridad en diversas cartas que escribió en los años 1864 y 1865 cuando regresó al país con la firme determinación de incorporarse activamente a la guerra de la Restauración, definida por él mismo en carta a Pedro Alejandrino Pina como la “augusta y santa causa de nuestra amada Patria”.[1]

La carta como fuente primaria

Conviene resaltar que dentro de la disciplina historiográfica, la modalidad discursiva comúnmente conocida como epístola o carta constituye una fuente de primer orden al momento de reconstruir la biografía o el pensamiento político de un prócer, porque se trata de un documento o texto proveniente del testigo presencial de un hecho histórico o, en el caso de Duarte, de un protagonista de primera magnitud en los acontecimientos objeto de estudio.

En consecuencia, antes de adentrarme en el estudio del nacionalismo y del patriotismo duartianos, apelo a la paciencia del lector y le invito a acompañarme en una breve digresión sobre el género epistolar que desde los albores del lenguaje escrito ocupa un lugar privilegiado en la comunicación interpersonal, ya sea en forma de carta privada, pública, abierta, oficial, científica, poética, amorosa o de tema político.

Conspicuas figuras del pensamiento universal, estadistas, revolucionarios o conservadores, en fin, todo hombre o mujer, excepcional o no, han legado a la posteridad un acervo epistolar al través del cual se ha podido juzgar con mucha mayor objetividad su manera de pensar y de actuar en determinadas coyunturas históricas.

En los textos bíblicos abundan las epístolas, pero entre las más conocidas figuran las Epístolas de San Pablo. Cuando el Sumo Pontífice se dirige al orbe católico en ocasiones lo hace a través de cartas solemnes llamadas Encíclicas. El Episcopado Dominicano también estila dirigir al país mensajes conocidos como Cartas Pastorales, que invitan a honda reflexión acerca de temas políticos, sociales, económicos y morales.

Hace más de 500 años, el Descubridor de América, el Almirante Cristóbal Colón, admirado por la belleza y exuberancia de nuestra isla (que lo aborígenes llamaban Bohío o Haití y que, tras breve lapso, se llamó Española para, finalmente, adoptar el nombre de Santo Domingo), plasmó sus primeras impresiones en una carta impresa en 1493. Es fama que cuando en julio de 1801 fue aprobada la primera Constitución haitiana que prohibía la esclavitud y establecía la libertad de cultos, Toussaint Louverture le remitió una copia de ese Pacto Fundamental a Napoleón Bonaparte acompañada de una carta personal que comenzaba de esta suerte: “El primero de los negros al primero de los blancos”.

En la bibliografía dominicana disponemos de un valioso acervo epistolario de prominentes figuras del quehacer político e intelectual. En adición a la correspondencia entre Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña, cabe mencionar el Epistolario de la Familia Henríquez Ureña, revelador, entre no pocos episodios importantes, de la angustiante soledad y enfermedad de la poetisa Salomé Ureña. Célebre también fue la carta pública que en 1936 le escribió el historiador Américo Lugo al dictador Rafael L. Trujillo, en la que le informaba que no podía escribir un libro de historia dominicana que le había solicitado el Gobierno, porque para ello habría tenido que plegarse a exigencias de carácter oficial a las que él no podía consentir. Además, el fino autor de Heliotropo, a modo de sentencia inapelable, le dijo al tirano lo siguiente: “escribo en un rincón de mi casa y no recibo órdenes de nadie.”

Hacia 1946 el doctor Francisco Moscoso Puello escribió una serie de profundas reflexiones políticas y socio-sicológicas en torno al ethos dominicano a las que dio el título de Cartas Evelina. En 1970 el Instituto Duartiano dio a la luz pública un interesante opúsculo titulado Cartas al Padre de la Patria, selección y presentación de los historiadores Emilio Rodríguez Demorizi y Pedro Troncoso Sánchez, respectivamente, que reproduce gran parte de la correspondencia dirigida a Duarte por sus principales compañeros del partido trinitario.

Es evidente que la carta tiene la particularidad de que en la mayoría de los casos es concebida como un documento personal, íntimo, casi siempre escrito con la sencillez que caracteriza lo cotidiano. A través de la carta –cuando intencionalmente no es redactada con fines de publicidad- su autor o autora acostumbran a expresar sin aprehensión todo cuanto emana de lo más profundo del alma. Por eso, al momento del historiador reconstruir un discurso narrativo sobre determinado período de la vida de un hombre o de una mujer, sean o no figuras públicas, las cartas personales constituyen documentos de una importancia capital y por lo tanto de obligada consulta.

Son memorables algunas epístolas personales y oficiales del general Juan Pablo Duarte y Diez[2] que permiten apreciar su formación intelectual y política desde una perspectiva doctrinal e ideológica. Citaré por lo menos cuatro de las más relevantes, a saber:

1) La carta que hacia principios de febrero de 1844 dirigió a su madre y hermanos solicitándoles vender parte de las propiedades que tenían en la ciudad de Santo Domingo a fin de recabar dinero para financiar el movimiento independentista;

2) La de fecha 28 de marzo de 1864 destinada al gobierno provisorio de la Restauración;

3) La que finalmente escribió, el 7 de marzo de 1864, al Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Restaurador, Teodoro Heneken, en la que por diversos motivos renunció al cargo de Ministro Plenipotenciario de la República Dominicana ante el gobierno de Venezuela, al tiempo de exponer sus firmes preceptos nacionalistas y revolucionarios en relación con el destino político de la nación dominicana; y,

4) La que en 1865 remitió al poeta Félix María del Monte.

De acuerdo con Duarte la política exterior del gobierno provisorio había tomado un sesgo anti-nacional que tendría consecuencias lesivas para el interés colectivo, porque había devenido genuflexa ante cierta metrópolis de vocación imperialista cuyo principal interés era mantener subordinado al pueblo dominicano bajo un esquema de “dominación sin hegemonía”[3] que bien pudo haber implicado una de estas tres modalidades:

  1. a) La anexión del país a una potencia en condición de provincia ultramarina;
  2. b) Un protectorado político económico a cambio de la concesión de derechos de explotación de diversos recursos naturales; y/o,
  3. c) El arrendamiento de una parte del territorio insular, como, por ejemplo, la bahía de Samaná, en donde, entre otras cosas, se pretendía instalar una estación carbonera y una base naval.

La doctrina liberal preconizada por Duarte planteaba que las modalidades precedentes, lejos de contribuir a preservar la soberanía nacional más bien constituían una seria amenaza para la supervivencia de la Nación dominicana como entidad independiente, razón por la que era menester oponerse a ese tipo de componenda ya que la nación dominicana, según el credo duartiano, no debía ni podía ser “jamás parte integrante de ninguna otra potencia, ni el patrimonio de familia ni persona alguna propia ni mucho menos extraña.”[4]

Formación política

Gran parte de la formación académica e intelectual de Juan Pablo Duarte fue de carácter particular. La instrucción primaria la recibió en el hogar y luego en una escuela particular de la época que dirigía el profesor Manuel Aybar. Ya adolescente recibió instrucción privada, lo mismo en idiomas que en Filosofía, Derecho Romano y otras disciplinas sociales, a cargo de reconocidos profesores e intelectuales de la talla de Augusto Brouard, Mr. Groot, Manuel María Valencia y, muy en especial, del doctor Juan Vicente Moscoso, quien fuera rector de la universidad de Santo Domingo, que fue clausurada por los haitianos a poco de comenzar el período llamado de “La Dominación Haitiana”.

El doctor Moscoso, eminente hombre de ciencias y del pensamiento, a quien Félix María del Monte llamó “el Sócrates dominicano”, fue deportado por el gobierno haitiano en 1830. Siete años después arribó a Santo Domingo el sacerdote de origen peruano Gaspar Hernández, quien no tardó en formar un discipulado con un selecto grupo de jóvenes entre los que figuraban Juan Pablo Duarte y sus amigos más cercanos, con quienes, a despecho de profesar ideas políticas opuestas a la de los nacionalista, el prelado cultivó estrechas relaciones de amistad y afectos. Bajo las sabias orientaciones del padre Gaspar Hernández, en los claustros de Regina Angelorum, los futuros trinitarios estudiaron y debatieron sobre tópicos tan fundamentales como “los derechos imprescriptibles del hombre, sobre el origen del poder en las Sociedades, sobre las formas de Gobierno, sobre la índole de las constituciones, sobre el sufragio de los pueblos, sobre el principio legítimo de la autoridad, [y] sobre la soberanía de la razón…”[5]

Consciente los padres de Duarte respecto de que en Santo Domingo no había posibilidad de que éste cursara estudios superiores, decidieron enviarlo a Europa en viaje de estudios. Para tales fines aprovecharon la circunstancia de que un amigo de la familia, el comerciante Pablo Pujols, de ascendencia catalana, se disponía viajar a España en gestiones de negocios y confiaron al joven Duarte a su cuidado.

Duarte era apenas un mozalbete de 16 años, pero a esa edad temprana debió tener referencias de que en la América hispánica se habían proclamado independientes los siguientes pueblos: Haití, 1804; Paraguay, Venezuela, Ecuador, 1811; Colombia, 1813; Argentina, 1816; Chile, 1818; Perú, México y Santo Domingo, 1821; Confederación Centro Americana en 1825 (que luego se escindió en El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica); Brasil, 1822; y Bolivia en 1825. Su propio padre, Juan José Duarte, se había negado a firmar un documento que en 1822 el presidente Jean Pierre Boyer hizo circular entre los dominicanos para que estos admitieran que formaban parte del régimen haitiano de manera voluntaria.

Algunos historiadores difieren en cuanto respecta a los años en que Duarte viajó al extranjero y regresó al país. Es más, también hay autores, escasos, pero los hay, que han puesto en tela de juicio el hecho de que Duarte realizara estudios superiores durante su estada en Barcelona. Todo parece indicar, de acuerdo con datos recientemente aportados por Leonor de Ayala G Duarte (ciudadana catalana, sobrina tataranieta del Fundador de la República, hija del venezolano Crispín de Ayala Duarte), que el patricio zarpó del puerto de Santo Domingo el 1° de julio de 1829 con destino al denominado viejo mundo –vía los Estados Unidos- a bordo del bergantín “George Washington”, de matrícula norteamericana, siendo el primer punto de escala Providence, del estado de Rhode Island.

El 26 de agosto Duarte llegó al puerto de South Hampton, Inglaterra, procedente de New York, en el barco “Saint James Kent”. Al cabo de varios días embarcó hacia París, en calidad de comerciante de Santo Domingo (según consta en el registro de pasajeros del barco), y desde esta ciudad, junto con sus demás acompañantes, continuó la travesía hasta España, específicamente Barcelona, adonde arribó el 1° de octubre de 1829. Residió en esa ciudad catalana por espacio de casi dos años y puede afirmarse que allí fue donde terminó de conformar el corpus doctrinal liberal que sirvió de fundamento para su proyecto revolucionario en beneficio del pueblo dominicano.

Respecto de la experiencia acumulada en Europa durante el período 1829-1832, su amigo y compañero en La Trinitaria y en La Filantrópica, el poeta Félix María del Monte, escribió en 1852 que durante ese viaje, Duarte “miró funcionar de cerca cada una de las ruedas de la máquina política de tres estados esencialmente distintos. En Inglaterra observó cuánto influye en su manera de ser política y social la combinación estupenda de aquellas instituciones especiales del gran pueblo…” “Asistió a las célebres sesiones del Parlamento donde recordó al Senado Romano… asistió a las sesiones criminales y experimentó más de una vez el júbilo de ver con asombro aquel jurado que vanamente ensayaron trasplantar otras naciones…” Posteriormente se trasladó a Francia en donde apreció el eclecticismo social del pueblo francés, “la ligereza de carácter, la sede de aventuras, el puntillo del honor rayando en susceptibilidad, la idolatría por la igualdad que constituye la primera ambición gálica, aquella ansia de gloria militar que hace del francés un sonámbulo, capaz de dormir en las cadenas de la opresión si se le decora de laureles el reducido lecho.” Finalmente, en España, vio una “nación sin unidad de idioma, de usos, costumbres y legislación: aquella desmembración histórica malamente incrustada a un todo más bien que reconstruida por la política, posee únicamente un punto de asimilación…”[6]

A pesar de esos contrastes, fue en España, sobre todo en Barcelona, adonde al decir de Leonor de Ayala llegó “en mal momento”, debido a que Fernando VII recién acababa de restablecer el régimen absolutista y el país vivía bajo el período luego conocido como la década ominosa (1823-1833), que Duarte se convenció plenamente de la necesidad de coadyuvar a la liberación de su pueblo. El viejo continente, entonces, lo mismo que los Estados Unidos de América, experimentaba extraordinarias transformaciones sociales. En España, por ejemplo, entre 1815 y 1848, se produjeron incesantes conflictos políticos escenificados por los defensores del antiguo régimen absolutista y por aquellos que luchaban por implantar la ideología liberal y el sistema económico de libre competencia por el que propugnaban las burguesías emergentes. Allí se luchó contra la ocupación francesa; se abogó por la independencia del suelo español al amparo de una ideología renovadora que albergaba nuevas energías nacionales, inspirada en el romanticismo literario que enfrentó a sectores que posteriormente, no resultarían desconocidos para Duarte en el caso de la parte española de la isla de Santo Domingo: conservadores que preferían mantener las cosas tal y como estaban; tradicionalistas y reformistas que preconizaban por una que otra reestructuración del sistema, pero, en esencia, sin introducir cambios sustanciales que beneficiaran al colectivo; y, finalmente, la clase de los liberales nacionalistas, a la que pertenecían él y sus compañeros de ideales, quienes postulaban el principio de la pura y simple.

Es evidente que Duarte, en España, asimiló el legado de las luchas políticas progresistas que abogaban por la soberanía nacional desde los tiempos de la ocupación francesa de la península. Asimismo, el futuro fundador de la República Dominicana pudo entonces constatar la influencia que tuvo la Constitución de Cádiz de 1812 en esas generaciones de españoles. Comprobó, también, la eficacia que desempeñó la masonería como artífice de los movimientos revolucionarios que presenció, al igual que un conjunto de Sociedades Patrióticas que luchaban por implantar, en contraposición al decadente estado absolutista, un liberalismo económico y un romanticismo espiritual, cuyo ámbito de acción fueron Madrid y Barcelona, especialmente esta última ciudad, que fue “centro de la vorágine liberal…, y foco del único núcleo burgués importante de España”.                                      Durante ese período de efervecencia revolucionaria, Duarte también presenció la gestación del llamado partido carlista, aun cuando fue después de la muerte de Fernando VII en 1833 que se produjo el alzamiento de su hermano Carlos de Borbón, quien se oponía a la regencia de María Cristina de Borbón (madre de la niña Isabel II, heredera del trono). Ya para esa época Juan Pablo Duarte había regresado a su país.

En adición a esas vivencias que le permitieron ser testigo presencial de trascendentales cambios sociales, nuestro patricio también aprovechó su estada en Barcelona para continuar perfeccionando sus conocimientos y, sobre todo, fortaleciendo sus convicciones revolucionarias. El historiador nacional José Gabriel García consignó que en el transcurso de su estadía en “aquel foco de ilustración y de trabajo”, que fue Barcelona, Duarte “aprendió la lengua latina con la misma perfección que su propio idioma; dio con marcado provecho un curso completo de filosofía; estudió con fruto las matemáticas puras y mixtas; y en punto a humanidades adquirió conocimientos bastantes para figurar como literato en cualquier parte, sin contar con el aprendizaje de otras materias de mero adorno que le dieron toda la fisonomía de la cultura de un cumplido caballero.”[7] El historiador García no indica la institución académica en la que Duarte realizó sus estudios, pero de acuerdo con investigaciones realizadas por Leonor de Ayala Duarte, en la Barcelona de 1829 había varios institutos docentes así como escuelas particulares y colegios privados; y parece verosímil la hipótesis de esta autora respecto de que Duarte pudo haber asistido al Seminario Conciliar, entidad que no sólo “suplía a la Universidad de Barcelona”, sino que además era el único centro de estudios superiores esa época que admitía laicos e impartía las asignaturas que cursó el futuro fundador de la República Dominicana durante su permanencia en Barcelona.[8]

Las cartas de Duarte

Ya sabemos que Duarte regresó al país hacia mediados de 1832, pues a partir del siguiente año su firma aparece en varias actas civiles en calidad de testigo en Santo Domingo. Otro dato fidedigno es que desde 1833 Duarte inicia sus actividades revolucionarias y se dispone a estructurar un partido político con el fin de lograr la separación definitiva de las comunidades dominicana y haitiana. Su objetivo queda claramente expuesto desde que arribó al puerto de Santo Domingo, según se infiere de la respuesta que dio al doctor Manuel María Valverde, un amigo de la familia, cuando éste le preguntó por lo que más había concitado su atención durante sus viajes: “los fueros y libertades de Barcelona, fueros y libertades que espero demos nosotros un día a nuestra Patria”.[9]

Se ha dicho y escrito que el nacionalismo, en tanto que teoría o doctrina política, define los conceptos de “pueblo” y “nación”, y a los conglomerados sociales que los conforman les atribuye un derecho natural a la auto emancipación y auto gobernación; es decir, que las comunidades que habitan esos pueblos o naciones tienen pleno derecho para establecer, por sus propios recursos y potencialidades, un Estado nación soberano e independiente basado en un sistema político que, a diferencia del absolutismo, que se sustenta en la monarquía, es de naturaleza democrática y se fundamenta principalmente en el gobierno de tipo republicano. Duarte y sus compañeros trinitarios concibieron su proyecto revolucionario inspirados en el modelo de la democracia representativa, expresión política del sistema capitalista entonces en pleno auge. Su principal objetivo, por tanto, era proporcionarle a los dominicanos un Estado-nación independiente de toda dominación extranjera; y hacia esos propósitos orientaron todos sus esfuerzos, enfrentando no sólo a los gobernantes haitianos que insistían en la cuestión de la indivisibilidad de la isla, sino también al grupo de conservadores criollos que nunca creyó en la capacidad del pueblo dominicano para proclamarse independiente y mantenerse libre de toda injerencia foránea.

El 4 de febrero de 1844, mientras se encontraba en Curazao en medio de los aprestos revolucionarios para liberar a su patria, Duarte le escribe una carta a su madre y hermanos que será memorable por el alto grado de sacrificio material y espiritual que la misma significó para toda su familia con tal de que la revolución concluyera exitosamente. El texto de esa misiva, según Emilio Rodríguez Demorizi, fue vaciado en bronce en el pedestal de la estatua del Patricio en la Plaza Duarte, en Santo Domingo, dice así:

“El único medio que encuentro para reunirme con Uds., es independizar la patria; para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que Uds., de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente, ofrendemos en aras de la patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado. Independizada la patria puedo hacerme cargo del almacén, y a más, heredero del ilimitado crédito de nuestro padre, y de sus conocimientos en el ramo de Marina, nuestros negocios mejorarán y no tendremos por qué arrepentirnos de habernos mostrado dignos hijos de la patria”.

En el párrafo recién transcrito resaltan diversos valores cívicos: primero, el fervor de Duarte por su familia y por su patria, que se halla involuntariamente sometida al dominio haitiano. El patricio está en el exilio desde hace un año; ha realizado gestiones infructuosas en Caracas con el fin de obtener recursos financieros y armamentos para llevar a cabo su proyecto liberador y, como no los ha conseguido, apela a la sensibilidad y solidaridad de su madre viuda, y de sus hermanos, para que con la venta de algunas propiedades de la familia se obtengan recursos económicos con los cuales contribuir al financiamiento de la revolución. Segundo, el sentido de la responsabilidad social: no importa cuánto sacrifique la familia en términos materiales, pues tan pronto la patria sea libre, él se incorporará al negocio familiar, optimista y consciente de que dentro de una atmósfera de libertades públicas y de autogobierno la quincallería heredada de su padre devendrá en un comercio próspero. (Observe el lector que en ningún momento Duarte manifiesta el propósito de que una vez liberada la Patria, el gobierno le retribuya cuanto haya aportado su familia, sino que asegura que se dedicará a recuperar esos recursos en el marco del negocio privado de su familia). Tercero, y tal vez el valor cívico más importante, que al hacer la contribución solicitada para la causa de la revolución, la familia Duarte-Diez cumplía con un deber ciudadano y patriótico del que jamás tendría que arrepentirse.

El 27 de febrero de 1844 nació la República Dominicana. Duarte, como se sabe, regresó al país el 15 de marzo y de inmediato ofreció sus servicios a la Junta Central Gubernativa interesado en luchar como militar activo por la defensa de la República, ya amenzado por una imponente invasión haitiana que comandaba en persona el presidente de ese país Charles Herard. Sin embargo, además del diferendo bélico dominico-haitiano, afloró otro problema de consecuencias mucho más nefastas para la estabilidad del naciente Estado: las pugnas intergrupales, caudillistas, entre liberales y conservadores, por el control del poder político que dieron al traste con el partido trinitario.

Los trinitarios tuvieron que enfrentarse al sector conservador y llevar la lucha al plano del enfrentamiento fratricida. Al cabo de poco tiempo, en el mes de septiembre y tras sucumbir ante el poderío militar y económico de los proteccionistas y anexionistas, los revolucionarios se vieron precisados a tomar el camino del ostracismo, acusados nada menos que de traidores a la patria. Emiliano Tejera, al rememorar esos tristes episodios escribió: “Cinco meses antes eran Libertadores de la Patria; aún no hacía veinte días, un puñado de patriotas; y ahora, sin haber faltado a ley alguna, enemigos de la nacionalidad, reos de lesa nación, criminales dignos de muerte.”[10]

Dos decenios después, tras prolongado exilio durante el cual hasta sus hermanas perdieron su rastro y llegaron incluso a suponerlo muerto, Duarte reaparece. Al enterarse de que la República Dominicana había sido aniquilada y anexionada a España, decide regresar al país. En agosto del año 1862 el patrició escribió: “Los sufrimientos de mis hermanos me eran sumamente sensibles, pero más dolorosa me era ver que el fruto de tantos sacrificios, tantos sufrimientos, era la pérdida de la idenepdencencia de esa Patria tan cara a mi corazón, y en lugar de aceptar la opulencia que nos degradaba acepté con júbilo la amarga decepción que sabía me aguardaba el día que no se creyeran útiles ni necesarios a particulares mis cortos servicios.” Así, emprende la travesía de regreso a la Patria acompañado por varios compañeros de ideales, entre los que se encontraban el poeta Manuel Rodríguez Objío, que fungió como su secretario particular. Tan pronto pisaron tierra dominicana, desde Guayubín, en fecha 28 de marzo de 1864, Duarte le escribe una comunicación a los miembros del gobierno provisorio de la Restauración y les dice:

“Señores Individuos del Gobierno Provisorio

En Santiago.

“Arrojado de mi suelo natal por ese bando parricida que empezando por proscribir a perpetuidad a los fundadores de la República ha concluido por vender al extranjero la Patria, cuya independencia jurara defender a todo trance; he arrostrado durante veinte años la vida nómada del proscrito, sin que la Providencia tuviese a bien realizar la esperanza, que siempre se albergó en mi alma, de volver un día al seno de mis conciudadanos y consagrar a la defensa de sus derechos políticos cuanto aún me restase de fuerza y vida.

“Pero sonó la hora de la gran traición en que el Iscariote creyó consumada su obra, y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria: el Señor allanó mis caminos y a pesar de cuantas dificultades y riesgos se presentaron en mi marcha, heme al fin, con cuatro compañeros más, en este heroico pueblo de Guayubín dispuesto a correr con vosotros, y del modo que tengáis a bien, todos los azares y vicisitudes que Dios tenga aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana que con tanto denuedo como honra y gloria habéis emprendido. Creo, no sin fundamento, que el Gobierno Provisorio no dejará de apreciar luego que me comunique con él personalmente lo que he podido hacer en obsequio del triunfo de nuestra justa causa, y espero de su alta sabiduría que sacará de ello importantes y positivos resultados.”[11]

La noticia de que el principal fundador de la República había retornado con el propósito de participar en la guerra restauradora, luchando por el rescate de la soberanía nacional, al parecer no fue del agrado de ciertos caudillos del gobierno provisorio que juzgaron más conveniente para la causa redentora que el patricio volviera a Caracas en misión diplomática y así se lo comunicaron por conducto del vicepresidente Ulises Espaillat. La primera reacción del patricio fue rechazar la propuesta, toda vez que había vuelto a la patria para luchar por su independencia, sin embargo, tras enterarse de un comentario avieso publicado en un periódico de La Habana según el cual su presencia en Santo Domingo era causa de desavenencias entre algunos líderes restauradores, Duarte optó por aceptar la misión diplomática que se le había encomendado en Venezuela. Su decisión aparece expuesta en la comunicación, del 15 de abril de 1864, que desde Santiago (en donde entre otras cosas había visitado a su compañero trinitario Ramón Matías Mella en su lecho de enfermo), dirigió al gobierno provisorio, en la persona del vicepresidente Ulises Espaillat, y en la que se expresó en estos términos:

“El deseo de participar de los riesgos y peligros que arrostran en los campos de batalla los que con las armas en la mano sostienen con tanta gloria los derechos sacrosantos de nuestra querida patria y la falta de salud que experimentaba al recibir la nota fecha 14 del que cursa por la cual se me ordenaba alistarme para emprender viaje a Ultramar me compelieron con harto sentimiento a renunciar el alto honor que seme dispensaba en la importante misión que se trató de encomendarme; pero al ver el modo de expresarse con respecto a mi vuelta al país el Diario de la Marina se han modificado completamente mis ideas y estoy dispuesto a recibir vuestras órdenes si aún me juzgareis aparente para la consabida comisión, pues si he vuelto a mi patria después de tantos años de ausencia ha sido para servirla con alma, vida y corazón, siendo cual siempre fui motivo de amor entre todos los verdaderos dominicanos y jamás piedra del escándalo, ni manzana de la discordia. No tomo esta resolución porque tema que el falaz articulista logre el objeto de desunirnos, pues hartas pruebas de estimación y aprecio me han dado y están dando el Gobierno y cuantos jefes y oficiales he tenido la dicha de conocer, sino porque nos es necesario parar con tiempo los golpes que pueda dirigirnos el enemigo y neutralizar sus efectos. [12]

En agosto de 1864 Duarte llegó a Caracas para desempeñar una misión diplomática ante el gobierno de Venezuela; sin embargo, en cierto sentido, esa nueva ausencia del país equivalía a una suerte de tercer y último exilio para el fundador de la República, ya que el destino no le depararía otra oportunidad para regresar a su patria tan querida. Desempeñó sus funciones de Ministro Confidencial del Gobierno Restaurador hasta finales de marzo de 1865 cuando, a raíz del derrocamiento y posterior asesinato del presidente Pepillo Salcedo, el patricio consideró necesario que el presidente sucesor, que lo fue el general Gaspar Polanco, ratificara el nombramiento que se le había expedido bajo la anterior administración. En virtud de que la referida ratificación no se produjo, Duarte entonces dio por finalizada la misión diplomática que desempeñaba en Venezuela y escribió la célebre carta del 7 de marzo de 1865, dirigida al Ministro de Relaciones Exteriores, Teodoro Heneken, en la que a un tiempo expuso las causas de su dimisión y formuló interesantes reflexiones acerca de la política internacional de la época.

Como podrá constatar el lector, en esa misiva, que debería estar grabada con letras de oro sobre el arco triunfal de la Puerta del Conde, Duarte revela que fue un nacionalista y un patriota en todo el sentido de la palabra. Su formación política, hasta prueba en contrario, fue la más avanzada de su época. No tuvo excepciones ni preferencias políticas, salvo la independencia pura y simple. Y cuando se rumoreó que los Estados Unidos se disponían a aplicar en la región del Caribe la Doctrina Monroe (fundamento teórico de la expansión territorial norteamericana con fines de establecer nuevos esquemas de “dominación sin hegemonía”), advirtiendo a las potencias europeas que no permitirían injerencias en la región, al tiempo que gestionaban con un grupo de entreguistas nativos el arrendamiento de la Bahía de Samaná o la incorporación del país a la Unión Norteamericana, el patricio reafirmó su férreo principio nacionalista destacando que siempre se opondría a la anexión de la República Dominicana no sólo a esa poderosa nación del norte, sino a cualquier otra potencia de la tierra. Parte esencial de esa carta es como sigue:

“… En Santo Domingo no hay más que un pueblo que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra esta ley, contra el querer del pueblo dominicano, logrando siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación y hacer aparecer al pueblo dominicano de un modo distinto de cómo es en realidad; esa fracción o mejor diremos esa facción ha sido, es y será siempre todo menos dominicana; así se la ve en nuestra historia, representante de todas nuestras revoluciones: y si no, véase ministeriales en tiempos de Boyer, y luego rivieristas, y aún no había sido el 27 de Febrero cuando se le vio proteccionistas franceses, y más tarde anexionistas americanos y después españoles y hoy mismo ya pretenden ponerse al abrigo de la vindicta pública con otra nueva anexión, mintiendo así a todas las naciones la fe política que no tienen, y esto en nombre de la Patria! Ellos no tienen ni merecen otra patria sino el fango de su miserable abyección. Ahora bien, si me pronuncié dominicano independiente, desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad y Honor Nacional se hallaban proscritos como palabras infames, y por el merecí (en el año 43) ser perseguido a muerte por esa facción entonces haitiana y por Riviere que la protegía, y a quien engañaron; si después del año 44 me pronuncié contra el protectorado francés decidido por esos facciosos y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en las manos contra la anexión a España llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y parricida, no es de esperarse que yo deje de protestar (y conmigo todo buen dominicano) cual protesto y protestaré siempre, no digo tan sólo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del Pueblo Dominicano”.

“Otrosí y concluyo: visto el sesgo que por una parte toma la política francoespañola y por otra la anglo-americana y la importancia que en sí posee nuestra isla para el desarrollo de los planes ulteriores de todas Cuatro Potencias, no deberemos extrañar que un día se vean en ella peleando por lo que no es suyo. Entonces podrá haber necios que por imprevisión o cobardía, ambición o perversidad correrán a ocultar su ignominia a la sombra de esta o aquella extraña bandera o como llegado el caso no habrá un solo dominicano, que pueda decir yo soy neutral si no que tendrá cada uno que pronunciarse contra o por la Patria, es bien que yo os diga desde ahora, (más que sea repitiéndome) que por desesperada que sea la causa de mi Patria será la causa del honor y que siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”.

Dos meses después de que se produjera la evacuación del territorio nacional por parte de las tropas españolas, y la soberanía nacional fue restablecida en toda su magnitud, Duarte le responde una carta a su amigo y viejo compañero en los afanes independentistas, el poeta Félix María del Monte[13], en la que entre otras cosas le confiesa:

“Tienes razón y mucha, en aconsejarme, cual lo haces, diciéndome: consérvate bueno, conserva tu cabeza, y tu corazón; tienes razón, repito, porque nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la Patria. Contristan el corazón del bueno y pretenden trastornar el juicio del Pueblo, con sus planes proditorios y liberticidas… Procuraré conservarme bueno, conservaré mi corazón y mi cabeza, sí, mi buen amigo, así lo aconsejan mis amigos, así lo exige el honor, así lo quiero yo, porque pienso que Dios ha de concederme bastante fortaleza para no descender a la tumba sin dejar a mi Patria libre, independiente y triunfante.”

“…Los providencialistas son los que salvarán la Patria del infierno a que la tienen condenada los ateos, cosmopolitas, orcopolitas (allá va esa expresión aventurada queriendo significar ciudadanos del infierno).[14]

“Todo es providencial y el crimen no prescribe ni queda jamás impune.Un 12 de julio, el del 43, entró Riviére en Santo Domingo y los buenos patricios fueron encarcelados o perseguidos hasta el destierro por haber querido salvar a su Patria, y el 12 de julio del año entrante entró el orcopolita Santan y los patriotas fueron o encarcelados o lanzados a un destierro perpetuo por haber logrado salvar la patria y no haber querido vender al extranjero…”

“Los enemigos de la patria, por consiguiente nuestros, están todos muy acordes en estas ideas, destruir la nacionalidad aunque para ello sea preciso aniquilar a la nación entera y cerrarnos las puertas de la patria…”[15]

A manera de conclusión

No cabe dudas de que en los fragmentos de las cartas que anteceden afloran las más puras ideas del pensamiento político de Juan Pablo Duarte; pensamiento esencialmente nacionalista y patriótico, que le sirvió de sustento ideológico para su redentora labor revolucionaria en beneficio del pueblo dominicano. A continuación esbozo algunos motivos por los cuales el general Juan Pablo Duarte merece ser reverenciado como el más ilustre patricio de la nación dominicana:

Fue el principal inspirador político e ideológico de la revolución que puso fin a la Dominación Haitiana, propiciando así el surgimiento de un Estado democrático con el nombre de República Dominicana;

Fue, además, un hombre de praxis. Sus ideas políticas siempre estuvieron respaldadas por acciones concretas dirigidas a un propósito de bien colectivo. En otras palabras supo vertebrar de manera armoniosa la teoría política con la práctica revolucionaria; demostró poseer excelentes cualidades de planificador y organizador, aunque en este aspecto sus opositores impidieron que desarrollara plenamente su potencial creativo; y fue un revolucionario intransigente, cuya trayectoria de lucha siempre propendió hacia la conquista y conservación de la soberanía nacional pura y simple, sin posiciones intermedias.

Legó a la posteridad unos escasos escritos (pues casi todos sus papeles tuvieron que ser destruidos cuando en 1843 fue perseguido por los haitianos) a través de los cuales se evidencian diafanamente la solidez y contundencia de sus concepciones político-ideológicas gracias a las cuales estructuró lo que suele denominarse como el pensamiento político de Duarte.

Aun cuando no se descolló como escritor, ni dejó, como Martí, una amplia obra a través de la cual juzgarlo en la plenitud de su ideario político, sus escasos escritos retratan un revolucionario cabal, un intelectual preocupado por su pueblo y un verdadero humanista.

Su depurada erudición la puso al servicio del bien y de las mayorías. José Martí lo llamó “noble Juan Pablo Duarte” y el general Máximo Gómez lo consideró una “gloria antillana”. Los dominicanos debemos gratitud imperecedera al principal Padre de la Patria, porque gracias a su incansable apostolado revolucionario, a sus principios éticos y morales, a su vocación democrática y a su indiscutible patriotismo, puestos de relieve en las cartas citadas en el presente trabajo, hacia mediados del siglo XIX, cuando muchos de nuestros ancestros lo juzgaban una utopía, América recibió un nuevo Estado libre e independiente de toda dominación extranjera que Juan Pablo Duarte bautizó con el nombre de República Dominicana.

REFERENCIAS

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Vicens Vives, J., Director, Historia de España y América Social y Económica. Los siglos XIX y XX. América Independiente, Vol. V, Barcelona, Editorial Vicens-Vives, 1972.

 

Vilar, Pierre, Historia de España. Barcelona, Editorial Crítica, 1978.

 

 

[1] Cf. Diario de Rosa Duarte, p. 221.

[2] El lector habrá advertido que en ocasiones utilizo el rango de General para referirme a Duarte. Cuando el 16 de julio de 1838 quedó instalada la sociedad secreta La Trinitaria, varios de sus miembros recibieron rangos militares que debían ser efectivos tan pronto se cristalizara el proyecto independentista. A Duarte se le confirió el título de General en Jefe de los Ejércitos de la República y Director General de la Revolución. Posteriormente, ya creada la República, la Junta Central Gubernativa le ratificó al principal fundador del Estado-nación el rango de General de Brigada. Por tal razón, 20 años después, cuando regresó al país en plena guerra restauradora, Duarte solía firmar sus comunicaciones oficiales de esta manera: “JUAN PABLO DUARTE, Decano de los Fundadores de la República y Primer General en Jefe de sus ejércitos”. Cf. Apuntes de Rosa Duarte, p. 220. También ver Emiliano Tejera, “Monumento a Duarte”, 27 de febrero de 1894, en Emiliano Tejera, Antología, compilado por Manuel Arturo Peña Batlle, Colección Pensamiento Dominicano, Librería Dominicana, Ciudad Trujillo, R.D., 1951.

[3] Para una definición del concepto “dominación sin hegemonía”, de origen gramsciano, ver Ranahi Guha, La historia en el término de la historia universal, Crítica, Barcelona, 2003, al igual que su obra Dominance Without Hegemony, Harvard UUniversity Press, Cambridge, Mass., 1997.

[4] Ver Art. 18 del Proyecto de Ley Fundamental en Emilio Rodríguez Demorizi, En torno a Duarte, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XLII, p. 62. Editora Taller, Santo Domingo, R.D., 1976.

[5] Cf. Félix María del Monte, “Reflexiones históricas de Santo Domingo”, inestimable ensayo escrito por el poeta trinitario en 1852 y reproducido en Alcides García Lluberes, Duarte y otros temas, pp. 93-114, Academia Dominicana de la Historia, Vol XXVIII, Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1971.

[6] Ver Félix María del Monte, en Alcides García Lluberes, Duarte y otros temas, pp. 110-111.

[7] José Gabriel García, Rasgos biográficos de dominicanos célebres, p. 239, Academia Dominicana de la Historia, Vol. XXIX, Editora del Caribe, C. por A., Santo Domingo, R.D., 1971

[8] Leonor de Ayala G. Duarte, Juan Pablo Duarte y Diez, Fundador de la República Dominicana, Datos inéditos para la historia de Europa y América (páginas nuevas para la Historia de España con un manuscrito irlandés), Edicions Marré, Barcelona, España, 2007.

[9] Ver Diario de Rosa Duarte, p. 42.

[10] Cf. Exposición al Congreso Nacional,…

[11] Ibídem, pp. 226-27.

[12] Op. Cit., p. 231.

[13] Cuando los restos mortales de Juan Pablo Duarte fueron trasladados a Santo Domingo, el 27 de febrero de 1884 e inhumados en la Capilla de los Inmortales, de la Catedral Primada de América, el poeta Félix María del Monte pronunció un discurso desde el balcón de la Casa Consistorial, en el que refiriéndose a los estrechos lazos de amistad fraterna que lo unieron al líder del partido trinitario afirmó: “Conocí demasiado a ese adalid de la libertad dominicana. Fue uno demis más íntimos amigos; mi condiscípulo, mi compañero en la Trinitaria, en la Sociedad Filantrópica; en el hecho de armas de la plaza de la Catedral el 24 de marzo del 43; y no en la Puerta del Conde, porque aún no había regresado de su primera expatriación.” Cf. Julio Jaime Julia, Antología de la prosa duartista, Imprenta del Caribe, C. por A., Santo Domingo, 1976, p. 155.

[14] Duarte acuñó ese neologismo: orcopolita, para significar, como indicó, “ciudadano del infierno”. Así llamaba al general Santana, “el orcopolita Santana”, cuyo apellido también escribía “Santan”, asociándolo al de Satanás.

[15] Op. Cit., pp. 268-272.

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