Pasado y Presente.La otra historia dominicana, de Frank Moya Pons ( 1era Parte)

Por Juan Daniel Balcácer

 

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Está circulando, desde mediados de abril pasado, una novedosa obra del historiador Frank Moya Pons intitulada La otra historia dominicana. Los siguientes artículos, divididos en cuatro entregas, conforman el discurso que elaboré para presentar el nuevo libro del académico Frank Moya Pons, cuya obra historiográfica, para poder apreciarla en un contexto social e intelectual adecuado es menester adentrarse en el análisis de la evolución de la ciencia de la historia en el siglo XX a escala mundial, y en el impacto que dicha evolución ha tenido en el desarrollo de la historiografía moderna de la República Dominicana.

Al despuntar la pasada centuria, los estudios históricos estuvieron influenciados en su mayor parte por la denominada escuela alemana liderada por Leopold Von Ranke, quien en el siglo XIX propugnó porque los acontecimientos del pretérito fuesen narrados o reconstruidos “tal y como en verdad acontecieron”, desde una perspectiva positivista que concedía un desmesurado culto al manejo del documento escrito como única fuente posible para escribir la historia. Esta corriente o tendencia historiográfica se mantuvo en vigor principalmente en Europa, pero irradió sus destellos de influencia hacia otros continentes durante el período 1870-1929. Entre las principales características de la corriente historiográfica rankeana, además del tratamiento casi fetichista por el documento escrito como única fuente epistemológica del pasado, predomina el estudio de la política, la diplomacia, la historia militar y la biografía de los héroes o las grandes personalidades de la historia.

Hacia 1929 surgió en Francia la llamada escuela de Annales, que era el título de una revista de investigación sobre temas históricos, económicos y sociales del mismo nombre, fundada por los historiadores Lucien Febvre y Marc Bloch. Esta “escuela” o “corriente historiográfica” estableció un prolongado reinado dentro del gremio de los historiadores desde la fecha de su nacimiento hasta el año de 1968, cuando tuvo lugar la revolución cultural que tanto en Praga, París, México, Estados Unidos y en otras naciones contribuyó a transformar radicalmente el planeta, al tiempo que generó una modificación sustancial y cualitativa en las diversas formas de hacer historia por parte de los historiadores profesionales.

A partir, pues, de la publicación de la revista Anales de Historia Económica y Social (que posteriormente, tras importantes innovaciones teóricas, cambiaría de nombre y sería conocida como Anales. Economías. Sociedades. Civilizaciones, para, finalmente, identificarse como Annales. Economías. Sociedades. Civilizaciones.), sus fundadores, a los que postreramente se unieron otros eminentes historiadores, como Fernand Braudel, además de conceder atención al desarrollo político del Estado, a las guerras y a las biografías de las grandes personalidades, también propugnaron por un estudio holístico, esto es, integral, de la historia de la sociedad humana en su conjunto, destinando mayor interés al análisis de las estructuras económicas, la superestructura político-ideológica, las mentalidades colectivas, la gente común o sin historia, los cambios geográficos, ecológicos, demográficos, en fin, terminaron desarrollando una suerte de historia total no excluyente, que fuese capaz de abarcar todo cuanto de algún modo pudiera modificar o incidir en la vida de los hombres en el espacio y en el tiempo, esas dos categorías fundamentales del episteme historiográfico (Peter Burke: 2006).

Uno de los más importantes aportes de la escuela de Annales al estudio de la historia, en tanto que ciencia social, estribó en la reivindicación de la “célebre definición de que el objeto del historiador es toda huella humana existente en cualquier tiempo, y, por lo tanto, que la historia es una historia global, cuyas dimensiones abarcan desde la más lejana prehistoria hasta el más actual presente, además de incluir en sus vastos dominios todas las distintas manifestaciones de lo humano social y de lo humano en toda la compleja gama de realidades geográficas, territoriales, étnicas, antropológicas, tecnológicas, económicas, sociales, políticas, culturales, religiosas, artísticas, etcétera.” (Carlos Antonio Aguirre Rojas: 2005). En la cita que precede hay una cuestión de principio por la cual desde hace muchos años ha estado abogando públicamente Frank Moya Pons: que los historiadores dominicanos, además de centrar su interés en el pasado, no deben soslayar o desdeñar el estudio del presente, que también es parte de la historia; y que en adición a esa perspectiva epistemológica, el objeto de sus investigaciones no debería circunscribirse a los aspectos políticos, diplomáticos, bélicos o biográficos, cuya importancia nadie cuestiona, sino que también deben dedicar especial atención al estudio de la “evolución política económica de los gobiernos, las relaciones exteriores, los sistemas agrícolas, el campesinado, el comercio, los sectores laborales, los procesos de urbanización, los ferrocarriles, el impacto de las carreteras, la moderna industria azucarera, la introducción de nuevos cultivos comerciales, la demografía, los partidos políticos, las clases medias, las elites, la evolución de la cultura, los nuevos movimientos religiosos, las fuerzas armadas, el Estado, las migraciones, la mujer, las ideas, las empresas, la educación, la reforma agraria, la política agropecuaria, la vida local, en fin, todo lo que hasta ahora ha estado ausente de los libros de nuestros historiadores”. (Moya Pons: 1986).

En este sentido también se han pronunciado los historiadores Roberto Cassá Bernaldo de Quiroz (1976) y Rafael Emilio Yunén (2005). El primero es de opinión que “la inserción de los estudios históricos en los problemas del presente no se puede efectuar” por la sencilla razón de que “los historiadores de esta escuela [la escuela tradicional] se limitan a estudiar el área de la historia política o, para ser más exactos, lo político en relación con lo militar, lo diplomático y a veces lo jurídico”, logrando así “una historia política narrativa, una historia carente de interpretaciones causales sistemáticas.”; mientras que el segundo ha planteado la necesidad de que en la historiografía nacional se aborde “una temática contemporánea llena de significados relevantes [como] la interpretación crítica de lo local, con perspectivas que superen lo meramente político, lo histórico, o lo económico. Posiblemente –añadió-, no exista en estos tiempos de globalización algún otro tema mejor que el desarrollo local para abordar la forma de inserción en los procesos globales y la forma de defensa de las identidades”.

 

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