Pasado y Presente .La otra historia dominicana, de Frank Moya Pons ( 2nda parte)

Por Juan Daniel Balcácer

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La tradición historiográfica liderada por Leopold Von Ranke no fue el único aporte de Alemania a la ciencia de la historia, pues no puede pasarse por alto la contribución a los estudios históricos de la corriente historiográfica marxista, que adquirió notable auge en la primera mitad del siglo XX, durante el período de entre guerras, especialmente después de la revolución bolchevique de 1917, bajo el influjo de la llamada “escuela soviética de historiografía”, a despecho del rígido esquema dogmático de interpretación histórica que le impuso la escuela estalinista.

Sin embargo, fue a partir de la revolución cultural de 1968, movimiento que implicó una ruptura generacional en diversos órdenes a escala mundial, cuando los estudios históricos experimentaron otra nueva conmoción y mutación en sus diversas metodologías de investigación tras los novedosos aportes intelectuales de la denominada “Nueva Historia” francesa, (liderada por Jacques Le Goff, Roger Chartier y Jacques Revel, entre otros); de la “escuela socialista británica”, entre cuyos principales exponentes se hallan Lawrence Stone, Edward P. Thompson y Eric Hobsbawn; de la “Nueva Historia Económica” o “New Economic History” estadounidense, a la que también se alude como “cliometría”; tendencias estas que, imbricadas con las demás corrientes historiográficas precedentes, produjeron, a partir de 1968, la eclosión de una nueva ciencia de la historia o nuevo paradigma historiográfico alejado de los antiguos centros hegemónicos intelectuales o escuelas ideológicas. En la actualidad, esta circunstancia, en plena era de la mundialización o globalización, significa que de la misma manera en que dentro del sistema-mundo moderno, al decir de Immanuel Wallerstein (2007), no existe un solo centro imperial hegemónico, sino que hoy somos testigos de un nuevo sistema imperial multipolar, Carlos Aguirre Rojas sostiene que en el ámbito de la ciencia de la historia tampoco “existe una sola historiografía dominante en el mundo, sino más bien toda una serie de polos fuertes de esa misma historiografía mundial, junto a varios polos emergentes que han permitido conformar “un esquema policéntrico mucho menos jerarquizado y mucho más plural y diversificado en cuanto a los espacios de generación y de desarrollo de las innovaciones historiográficas en curso” (Carlos Antonio Aguirre: 2005).

Es dentro del marco de este panorama internacional de la ciencia de la Historia, que debemos situar la obra historiográfica de Frank Moya Pons, la cual, vista como un todo, ocupa un lugar preponderante dentro de las modernas tendencias historiográficas dominicanas, caribeñas y latinoamericanas.

Todo estudioso del pasado dominicano sabe que la historia del pueblo de Santo Domingo en el siglo XIX comenzó con Antonio del Monte y Tejada y con José Gabriel García. El primero fue autor de una Historia de Santo Domingo, en cuatro volúmenes, mientras que el segundo, al que generalmente se alude como “el Padre de la Historia Nacional”, nos legó su monumental Compendio de la Historia de Santo Domingo, también en cuatro tomos. Las obras de ambos historiadores encuadran perfectamente dentro del llamado género de la historia tradicional y sus rasgos fundamentales se caracterizan por lo que el propio Moya Pons, en un discurso de orden que pronunció en 1975 durante un solemne acto de graduación en el Instituto de Estudios Superiores (IES), hoy Universidad APEC, calificó de “hispanismo, antihaitianismo, catolicismo y tradicionalismo”.

Más adelante, durante los primeros tres decenios del siglo XX, en la historiografía dominicana, enclaustrada en los moldes decimonónicos del positivismo, surgió la generación de los llamados “historiadores documentalistas”, quienes acudieron a diversos archivos de Europa y Estados Unidos en donde se dedicaron a rescatar un vasto acervo documental que eventualmente sería de gran utilidad para las futuras generaciones de investigadores sobre temas históricos especialmente coloniales y republicanos.

Entre 1930 y 1961, como también se sabe, el país estuvo sometido al totalitarismo que impuso la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo, que si bien por un lado auspició la publicación de numerosas obras de carácter documental, por el otro fomentó la creación de una “escuela” que no tardó en devenir una corriente historiográfica que, en lugar de interpretar objetivamente el pasado fue, más bien, de distorsión histórica. Me refiero a la denominada “escuela o intelligentsia trujillista” que con arreglo a algunos de los postulados de la historia tradicional no tuvo reparos en presentar al dictador –según escribió Moya Pons-, “como el defensor de una dominicanidad de orígenes hispánicos amenazada de muerte por la presencia haitiana, y para hacerlo aparecer como el constructor de una nacionalidad que no existía” (Moyas Pons: 1975).

Durante la dictadura, la mayoría de los dominicanos que asistió al nivel secundario de las escuelas conoció parte del pasado dominicano a través del Resumen de Historia Patria, de Bernardo Pichardo, obra que a pesar de sus limitaciones y del acendrado “hispanismo, providencialismo, narrativismo, antihaitianismo, y falta de sentido crítico” que la caracterizó, llegó a ser considerada –afirmó Moya Pons- como una especie de “catecismo histórico” o de “Biblia histórica” nacional durante poco más de 50 años, hasta que después de la Revolución de Abril de 1965, la sociedad dominicana comenzó a experimentar profundas transformaciones sociales, económicas, políticas, culturales e ideológicas de las que no estuvo exenta la historiografía nacional.

 

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