Pasado y Presente.Memoria y olvido

Juan Daniel Balcácer

Fue en el siglo XIX cuando la Historia adquirió categoría de ciencia social, en tanto que discurso narrativo que describe, explica, valora y procura comprender las causas y consecuencias el devenir del hombre en sociedad. Fue también en el decurso de esa misma centuria, tras el surgimiento del Estado-nación, que se estatuyó la educación nacional y la Historia, como práctica epistémica, entró en un proceso de institucionalización respecto de la enseñanza del pasado en los diferentes niveles del sistema escolar y en las universidades. Posteriormente, en los albores del siglo XX, lo mismo en Europa que en Norteamérica, se estableció que la escolarización de todos los ciudadanos debía ser obligatoria, al menos en los niveles básicos, y se determinó que la enseñanza de la Historia Patria era una condición sine qua non a fin de lograr que desde los niveles básicos y medios del sistema educativo emergieran jóvenes convertidos en auténticos patriotas, orgullosos de las glorias del pasado de su país, y, por tanto, con una firme identidad nacional.

Sabemos que para reconstruir el pasado los historiadores fundamentan sus investigaciones sobre fuentes fiables de diversas índoles, entre las que se destaca el documento escrito. Pero lo que tal vez muchas personas desconocen es el hecho de que al momento de reunir las fuentes con las que habrá de reconstruir determinados acontecimientos del pasado, al historiador no le es dable trabajar con todas las fuentes disponibles a la vez, razón por la cual se ve precisado a seleccionar aquellas huellas o evidencias que más interesen al objeto de su estudio al tiempo de desestimar otras que, según su criterio, les aportarán escasa o ninguna información relevante. Su método de investigación y las fuentes que habrá de utilizar, pues, estarán determinados por unos límites fijados a priori.

Es en ese proceso heurístico y hermenéutico de la construcción del discurso histórico en el que se producen los textos de historia patria, por citar un tipo específico de aproximación al pasado de una nación, dado a que ellos (los textos de historia patria) constituyen la fuente esencial para que un determinado colectivo recuerde de manera permanente los acontecimientos más resonantes de la historia de su país. Conviene resaltar que la Historia patria es un componente fundamental en la construcción de la memoria social, esto es, la memoria colectiva de un pueblo; y que en la misma medida en que el historiador, a través del discurso histórico, contribuye a la configuración de la referida memoria social, en esa misma proporción el historiador -de manera involuntaria, aunque los hay que lo hacen ex profeso– también puede generar olvido respecto de trascendentes episodios acaecidos en el pasado; acontecimientos o personajes que determinados sectores o grupos enquistados o no en la maquinaria del Estado están interesados en que no sean conocidos ni recordados por las jóvenes generaciones del presente y del porvenir.

El historiador de los siglos XIX y XX, ha escrito José Carlos Bermejo, “es el que recuerda, es el profesional del recuerdo y aquella persona a la que su sociedad le encarga que enseñe a sus conciudadanos a recordar. Pero a la vez que cultiva el recuerdo, también cultiva el olvido y no porque el olvido forme parte indispensable del recuerdo. La memoria es selectiva, no podremos recordarlo todo, si solo recordásemos no podríamos vivir. Lo que ocurre es que además de ese olvido que es un elemento constituyente de la memoria, el historiador introduce otro tipo de olvido de carácter excluyente”. (Cf.Genealogía de la historia, 1999: 195).

Examinemos brevemente estas dos categorías: olvido constituyente y olvido excluyente. Se dice del primero que es consustancial al recuerdo, algo así como una de sus caras o su anverso; mientras que del segundo se afirma que es selectivo en sentido negativo… Y excluye porque existe una voluntad de excluir, de suprimir aspectos, hechos, personajes que se quiere sumergir en zonas profundas del inconsciente colectivo. El olvido excluyente es una parte fundamental del ejercicio del poder político; al tiempo que establece aquello de lo que no puede ni debe hablarse, pues como sentenció George Orwell: “quien controla el presente, controla el pasado.”

Naturalmente, el hecho de que haya prohibiciones, manifiestas o veladas, y de que el tratamiento de ciertos temas o personajes haya devenido tema tabú por disposiciones de instancias represivas de la superestructura político ideológica del Estado, en modo alguno significa, como bien consigna el historiador español Bermejo, que “lo indecible, no por serlo, deja de tener existencia y, por supuesto, [que] puede ser conservado en la memoria, pero no en la memoria colectiva, sino en la individual o en la de un pequeño grupo más o menos marginal” (Op. cit., p. 196).

Casos de olvidos excluyentes

Un caso típico de olvido excluyente es el que se han propuesto fomentar algunos historiadores alemanes y norteamericanos quienes bajo la égida de una supuesta corriente histórica revisionista sostienen que no existió el exterminio de los judíos perpetrado por el nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Además de que hay quienes hasta han puesto en dudas de que unos 6,000,000 de judíos perdieron sus vidas en lo que también se ha llamado la Shoa, la catástrofe; hay autores que aducen que los responsables de los crímenes cometidos en los Lagers o campos de concentración, como los que existieron en Auschwitz, Birkenau, Dachau o Buchenwald, para mencionar unos cuantos, no deben buscarse únicamente en el alto mando del Tercer Reich, sino que hubo militares científicos nazis que de manera particular se excedieron en sus funciones y cometieron barbaridades que luego fueron atribuidas al Fuhrer. Quienes enarbolan esas teorías tan descabelladas soslayan el hecho de que el holocausto de los judíos durante la segunda guerra mundial fue consecuencia de un sistema político, el nazismo-fascismo, con el que se identificaron todos los que condujeron a una conflagración mundial en la que más de 20,000,000 de personas perdieron la vida.

Las secuelas traumáticas que permanecen en las víctimas sobrevivientes de sistemas totalitarios (como el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia y España) y de regímenes dictatoriales (como la tiranía Trujillo, en Santo Domingo, la dictadura militar en Argentina o la dictadura de Augusto Pinochet, en Chile, para sólo citar tres casos), reprimen todo cuanto ha sido padecimiento y degradación humana en las víctimas y no permiten que muchas de ellas revelen las inenarrables torturas y vejámenes padecidas en las lóbregas cámaras de tortura de esos sistemas tan degradantes para el género humano. Los verdugos también tienen memoria, pero por lo general no hablan de sus “especialidades”, no acostumbran a dejar testimonios, sino que tratan de borrar toda evidencia posible. Hay casos aislados de verdugos que deciden hablar, pero, cuando lo hacen, es para desvincularse de toda responsabilidad o culpabilidad, pretendiendo culpar a otros personajes que tal vez por estar muertos no pueden defenderse o, peor aún, atribuirán el peso de la responsabilidad únicamente a sus superiores bajo el argumento de que actuaron cumpliendo órdenes.

Por fortuna, en cada uno de esos casos de exterminio contra personas indefensas, y en los que para que haya olvido se ha tratado de borrar la evidencias o huellas, han aflorado testimonios verdaderamente … como Si esto es un hombre, de Primo Levi, o La hora 25, de … o los testimonios que hicieron posible que el cine proyectara filmes de la calidad y objetividad de “La lista de Schindler”, “El Pianista” y “La Vida es bella”…

La dictadura de Trujillo

Pero no solo en Alemania han surgido movimientos revisionistas centrados en el propósito de maquillar el régimen nazista de Adolfo Hitler, argumentando que no todo lo que este encarnó fue negativo. También en República Dominicana ha surgido en los últimos años un movimiento, endeble aún, de “revisión de la figura histórica de Trujillo” según el cual ha habido interés por ocultar los aspectos positivos de la dictadura y que sólo ha habido interés por destacar la parte mostrenca y abyecta de aquella maquinaria infernal que llevó al patíbulo a miles de dominicanos a lo largo de los tres decenios en que mantuvo sojuzgado al pueblo dominicano. Los trujillistas nostálgicos, y algunos de sus epígonos más conspicuos, insisten en que en el decurso de los 30 años de la llamada “Era de Trujillo” la nación dominicana transitó por senderos de desarrollo y crecimiento económicos, al igual que experimentó notables transformaciones sociales, que solo un hombre de las cualidades personales del dictador Trujillo pudo impulsar y acometer. Soslayan que ese progreso y crecimiento económico se produjo merced a un costo espiritual muy elevado para el pueblo dominicano que tuvo que someterse a la voluntad omnímoda del dictador, quien suprimió las libertades públicas y el pluralismo político, y de paso relegan a un plano secundario la parte represiva y atroz de la tiranía, argumentando que también en otros países se han cometido atrocidades y actos de barbarie.

 

 

 

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