Raíces del autoritarismo dominicano ( 1era parte)

Juan Daniel Balcácer

I

Los pueblos latinoamericanos compartimos una historia común en no pocos aspectos esenciales de la evolución de nuestras identidades nacionales. Las similitudes culturales e históricas entre nuestros países son mucho más sólidas que los contrastes, rasgos y características que nos diferencian como colectividades.

El descubrimiento, la conquista y la colonización constituyeron una experiencia histórica común a los pueblos latinoamericanos. De la mixtificación entre el español con el indio y con el negro brotó el mestizaje, experiencia también compartida por nuestros pueblos. En algunos casos, como aconteció en Santo Domingo, el elemento indígena fue borrado de la faz isleña, consecuencia de la exterminación a que fue sometido y debido a que la demografía aborigen, al momento del descubrimiento, no excedía de 370,000 personas. En otros países, como México y Perú —para sólo citar dos casos— no ocurrió así.

Semejante fue también la experiencia del encuentro desigual entre las culturas española y la indígena que —gradual pero traumáticamente— dio al traste con formidables civilizaciones, como la de los mayas, aztecas, incas y chibchas, para dar paso a una nueva realidad cualitativa que devino en el germen de las sociedades criollas que, con el tiempo, conformaron los países hispanoamericanos.

El descubrimiento, conquista y colonización de América Latina fue una empresa netamente española, excepto los casos del Brasil, país que, como se sabe, fue posesión portuguesa y también de algunas islas del archipiélago antillano que resultaron colonizadas por Francia, Inglaterra y Holanda.

En la América hispana la conquista precedió a la colonización, mientras que en la América anglosajona fue al revés: la colonización antecedió a la conquista. Los anglosajones primero poblaron y, luego, extendieron su dominio al través del vasto territorio que hoy ocupan los Estados Unidos. Pero los peregrinos del Mayflower, contrario a la expedición de Cristóbal Colón, no fueron a Norteamérica en representación del imperio británico y en plan conquistador. El proceso, por tanto, en Norteamérica fue totalmente diferente del que tuvo lugar en los países de la América hispana. Los peregrinos puritanos, en principio sólo se establecieron en determinado territorio y no fueron colonizados por nadie; mientras que nuestros ancestros, en cambio, padecieron el escarnio del coloniaje, las consecuencias del mestizaje y la implantación, entre otras cosas, del sistema administrativo centralista español, del cual derivó gran parte del autoritarismo latinoamericano.

La España imperial de los Reyes Católicos trasplantó al Nuevo Mundo sus instituciones políticas, militares, religiosas, culturales y sociales. La organización administrativa de los territorios descubiertos se hizo conforme al esquema monárquico absolutista español, sin tomar en cuenta que los pueblos recién descubiertos e incorporados al reino ibérico no habían alcanzado las condiciones subjetivas y objetivas necesarias que les permitiera asimilar la cultura política del dominador.

Desde los albores de la colonización nuestros pueblos estuvieron administrativamente divididos en virreinatos, al tiempo que dirigidos por funcionarios que ostentaron títulos de adelantados, gobernadores, capitanes generales, alcaldes mayores, corregidores y otros. Esos funcionarios, al través de instituciones como la Casa de Contratación de Sevilla, el Consejo de Indias, la Real Audiencia y las sedes Arzobispales, sentaron las bases jurídicas, religiosas y hasta sicológicas de los colectivos que surgirían en las zonas sometidas al dominio europeo.

La conquista, sin embargo, y en este punto está de acuerdo la casi totalidad de los especialistas en historia colonial, fue una empresa fundamentalmente económica. Los pueblos descubiertos y colonizados —y esto también forma parte de las analogías históricas latinoamericanas—, fueron sometidos a un régimen de esclavitud dentro del modelo medieval que conocía Europa: la explotación de la tierra con fines de extracción de metales preciosos (oro y plata), repartición de terrenos para desarrollar plantaciones, fueran azucareras o de otros cultivos y especies apreciados en las metrópolis. El modelo pronto se debilitó debido a varias razones: en algunos casos los metales preciosos sencillamente se agotaron; y, en otros, la metrópoli ibérica, en virtud del debilitamiento de su industria, no tardó en devenir incapaz para suministrar a tiempo, y en las cantidades adecuadas, los productos que necesitaban para su subsistencia las colonias del Nuevo Mundo. El comercio fue, pues, unilateral, y tal circunstancia obligó a muchos pueblos del orbe hispanoamericano a poner en práctica un comercio intérlope con representantes de otras naciones, contrarias a España, cuyos súbditos fueron capaces de aprovechar esas debilidades, estableciendo relaciones comerciales con los pueblos hispanos semi abandonados por la corona española.

Otro ingrediente de gran similitud que aflora en la sociología latinoamericana, sin duda heredado de los conquistadores hispanos, lo constituye el carácter autoritario de nuestras sociedades. La concentración de los poderes políticos y militares en los gobernadores y capitanes generales dio lugar al surgimiento de una cultura autoritaria que en la América hispana predominó durante tres siglos e, incluso, sobrevivió aún después de la eclosión de las independencias de las repúblicas de Sur y Centro América.

De los movimientos independentistas, que en su gran mayoría tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XIX, emergió un fenómeno sociológico, típico de las sociedades agrarias del medioevo, que se manifestó en la casi totalidad de nuestros países: me refiero al caudillismo.

El caudillismo fue un tipo de liderazgo carismático, en muchas ocasiones de trasfondo pretoriano y de orientación dictatorial, esencialmente antagónico al liberalismo y al sistema de la democracia. Cuando nuestros pueblos se separaron de la Madre Patria y se declararon independientes, también fueron testigos del surgimiento de ese liderazgo que tuvo sobre sus hombros la dirección de las luchas contra la metrópolis, al tiempo que protagonizaban las pugnas intestinas por el control del poder político. El caudillo, apoyado por una clientela personal, se oponía a todo vestigio de pluralismo y apertura; por lo general tenía su propio ejército, y cuando no era un potentado económico, se aseguraba de contar, entre sus prosélitos, con el respaldo de quienes fueran capaces de sustentar financieramente sus actividades; servicio éste que solían honrar y reciprocar con sinecuras, canongías y privilegios.

 

II

 

Una característica peculiar del caudillo es que no estaba en disposición de compartir con nadie el poder que había obtenido por medio de las armas o de las urnas. Los primeros héroes de las independencias latinoamericanas primero lucharon contra España, y luego contra los tiranuelos que surgieron en el entorno; pero muchos de ellos mismos, esto es, los precursores de los movimientos independentistas, en determinadas circunstancias devinieron en caudillos y se vieron precisados a hacer uso del poder absoluto a fin de imponer el orden.

Dentro de las similitudes latinoamericanas también aflora el hecho de que, luego de proclamada la independencia, nuestros pueblos padecieron los rigores de sucesivos despotismos, en razón de que algunos de los líderes políticos de las emergentes repúblicas, una vez lograban el control del gobierno se aferraban a él como la hiedra a la pared convirtiéndose, además, en perseverantes continuistas.

Un ejemplo ilustrativo es Venezuela, en donde desde 1830 a 1935 predominaron los caudillos: Páez (1830-1846); luego los hermanos Monagas (1846-1861); Páez, de nuevo (1861-1863); Guzmán Blanco (1870-1887); Crespo (1887-1898); Castro (1899-1908); y, finalmente, Gómez (1908-1935). Similar caso al de Venezuela es República Dominicana, en cuyo devenir histórico, entre 1844 y 1978, puede constatarse una sucesión permanente de caudillos, déspotas y tiranos, así como las pugnas entre Santana y Báez, (1844-1861); luego entre Báez y Cabral; posteriormente la hegemonía de Lilís (1886-1899); o el período turbulento de los caudillos de principios del siglo XX, Jimenes y Vásquez, hasta el advenimiento al poder de Rafael L. Trujillo, quien gobernó el país con mano de hierro desde 1930 hasta 1961 y, finalmente, los gobiernos iliberales de Joaquín Balaguer, especialmente durante el período 1966-1978.

Como se puede advertir, el caudillismo fue un fenómeno general en América Latina y al través de ese tipo de liderazgo se robusteció en la subconsciencia colectiva de nuestros pueblos la noción del ejercicio autoritario del poder. En este sentido no puede afirmarse que sólo una clase social asimiló este tipo de cultura política: se trató, más bien, de un fenómeno consustancial a todas las clases sociales latinoamericanas y a los más diversos tipos de personalidades.

Permítaseme el siguiente ejemplo: el doctor Gaspar Rodríguez Francia, en Paraguay (1811-1840), al decir del profesor Jacques Lambert, “era un notable culto de espíritu paternalista; Santa Ana (1828-1844), en México, era un rico criollo, seductor e inestable, que soñaba con la gloria militar: Santa Cruz (1829-1839), en Bolivia, era un oficial de carrera, honrado y vanidoso, que se creía heredero del inca por parte de su madre; Portales (1830-1837), en Chile, era un rico comerciante preocupado por el orden en Guatemala, era un general, pero Fulgencio Batista (1934-1959), en Cuba, era un suboficial sublevado contra los generales; Guzmán Blanco (1870-1890), en Venezuela, era un caballero educado, pero Cipriano Castro (1889-1908), que le sucedió, no era sino un inculto conductor de ganado”.

Pero no todo el panorama latinoamericano es tan deprimente en la esfera de la política. El siglo XX significó, para nuestro continente, un siglo de esperanzas, de notables logros en el plano de las ciencias y de las ideas, así como también un período propicio para el desarrollo y crecimiento sostenido de nuestras economías. Sin embargo, un cambio operado a escala mundial en el ámbito de los imperialismos, también tuvo similares repercusiones en nuestras sociedades, retrasando, en cierto modo, la transición de la sociedad de base agraria o semi feudal hacia un modelo avanzado de prosperidad económica que sirviera de fundamento a un tipo de dominación política más participativa. El repartimiento colonial que tuvo lugar durante el apogeo de los conflictos imperialistas modernos, también tendría un impacto decisivo en el fomento de regímenes autoritarios, despóticos y militares en África, Asia y América latina.

Se recordará que el siglo XX fue el de las dos grandes conflagraciones mundiales; el de la Revolución mexicana de 1910 y el de la Revolución bolchevique de 1917, que bajo el imperio de la Unión Soviética enarboló la ideología marxista. Fue también el siglo del surgimiento del fascismo y del nazismo, bajo cuyos estandartes se cometieron los crímenes más horrendos que recuerda la humanidad. Fue el siglo de los imperialismos norteamericano y europeo, en Latinoamérica, en África y en Asia. Fue la era de la descolonización de África, Asia y algunos países del medio oriente. En América Latina fue una época turbulenta, de abominables dictaduras (recordemos tan sólo algunos ejemplos: Getulio Vargas, en Brasil (1930-1945), Jorge Ubico, en Guatemala (1931-1944), la dinastía Somoza, en Nicaragua (1934-1978), Isaías Angarita en Venezuela (1941-1945), Alfredo Stroessner, en Paraguay (1954-1989), y Rafael Trujillo, en República Dominicana (1930-1961). Países como México, Argentina y Colombia, pese a que tuvieron sus etapas de dictaduras (Porfirio Díaz, Juan Domingo Perón y Rojas Pinilla), también experimentaron, al igual que Chile y Costa Rica, genuinos ensayos democráticos que posteriormente devendrían casos de estudio por los académicos especialistas en América Latina.

En los albores de la década del 60 nuestra América —como la llamó Martí para diferenciarla de la anglosajona—, no estuvo ajena al fenómeno de la revolución cubana y de los movimientos insurgentes, de contenido ideológico izquierdista; pero también durante estos últimos cuarenta años hubo etapas de lamentables retrocesos, del retorno de élites militares al ejercicio del poder a través de métodos no democráticos, confirmándose así la clásica tesis de Claudio Véliz sobre la persistencia de la tradición centralista de Latinoamérica. Sin embargo, es menester destacar que este siglo que recién concluye ha sido, para alivio de todos, la centuria del resurgimiento del movimiento democrático continental, ahora en pleno apogeo en casi todos nuestros países como en un retorno al proyecto original de los padres fundadores de nuestras naciones.

De modo, pues, que si bien hemos sido un continente unido por las mismas venturas y desventuras; si la cultura autoritaria ha sido un denominador común entre los latinoamericanos, por virtud de las similitudes de nuestros procesos históricos; también es verdad que en la actualidad, cuando nos encontramos en la época de la globalización, la apertura económica y en la era de los más asombrosos avances científicos y tecnológicos, nuestros pueblos escenifican una firme batalla contra los remanentes de la ideología conservadora que durante siglos ha impedido el pleno desarrollo de nuestras naciones.

En 1942, el poeta Tomás Hernández Franco, en una conferencia que pronunció en Honduras acerca de la poesía popular y la poesía negra en las Antillas, afirmó que “las Antillas no han tenido jamás un solo problema que, en su esencia, no haya sido, antes o después, problema de América”.

Ciertamente, los pueblos de América del Sur o Central y los del Caribe han compartido similares experiencias históricas casi en igual proporción o magnitud. Y es por eso que, desde la época de las guerras independentistas, hemos tenido parecidos tiranos, sátrapas o dictadores; pero también conspicuas figuras del pensamiento o de la acción que nos han legado admirables ejemplos de lucha y sacrificio a fin de conquistar la libertad y lograr el bienestar de nuestros pueblos y de todos sus ciudadanos.

La antítesis de la cultura autoritaria que ha prevalecido en nuestras sociedades no es otra que la educación cívica o cultura política entendida, al decir de Norberto Bobbio, como “el conjunto de actitudes, normas y creencias, compartidas más o menos ampliamente por los miembros de determinada unidad social y que tiene como objeto fenómenos políticos”.

En la medida en que profundicemos en el estudio de nuestras historias locales, intercambiemos experiencias y fomentemos la aplicación de programas regionales que propendan a robustecer la educación cívica y el sentimiento de identificación del individuo con el sistema democrático, estaremos contribuyendo a desterrar para siempre el nefasto autoritarismo que hemos padecido durante casi dos siglos de historia.

 

(Originalmente publicado en el Listín Diario en dos entregas, mayo 21 y 28 de 2000, respectivamente).

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